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Domingo 18 de Abril del 2010

Un problema de la vista
Pastor Tony Hancock

Un equipo de fútbol solía hacer rifas para recaudar fondos. Un día, le tocó al árbitro ser el anunciador del ganador de la rifa. Después de sacar de la tolva el número ganador, dio la vuelta para hablar con uno de los jugadores. ¿Podrías leerme el número ganador? - le pidió al jugador-. Es que mi vista no es muy buena.

¡Imagínate! Un árbitro con problemas de la vista. Bueno, en algún momento todos hemos visto un árbitro con aparentes problemas de la vista, sobre todo cuando sus decisiones no favorecen a nuestro equipo. En el contexto de un deporte, un problema de la vista puede causar problemas significativos.

El libro de Jueces en la Biblia nos cuenta de otra clase de problema de vista que se presentó en el pueblo de Israel, y que también se presenta en nuestro día. Veamos cuál era. Se menciona en Jueces 17:6: "En aquellos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía." Lo encontramos nuevamente en Jueces 18:1: "En aquellos días no había rey en Israel." También se ve en el 19:1: "En aquellos días, cuando no había rey en Israel...". El libro cierra con el mismo pensamiento, en el 21:25: "En estos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía."

¿Por qué se repetirá el mismo pensamiento tantas veces? ¿Será importante? Por supuesto que lo es. Cuando Dios nos repite algo, es porque tiene importancia. El problema de la vista que se presenta en el libro de Jueces es que las personas se confiaban de su propia visión; hacían lo que mejor les parecía.

Una traducción literal de esta frase diría: cada hombre hacía lo recto según sus propios ojos, o según su propia vista. Cada uno veía lo que le convenía, lo que le parecía bien, en lugar de ver lo que Dios quería, lo que Dios decía que estaba bien. Esto produjo toda una sería de problemas.

La época de los jueces duró aproximadamente trescientos años. Durante este tiempo en la historia de Israel, no hubo avance alguno. Bajo el liderazgo de Josué, se habían establecido en la tierra prometida; habían entrado como conquistadores. No lo hicieron por astucia militar o por la superioridad de sus armamentos, sino por el poder de Dios.

Después de la muerte de Josué, sin embargo, se empezaron a alejar del Señor. Durante el tiempo de los jueces, el pueblo se alejó una y otra vez del Señor, yendo tras los dioses de las naciones de Canaán. Cada vez que ellos hacían esto, Dios los castigaba, permitiendo que alguna nación cercana los sojuzgara. Los israelitas perdían sus batallas y empezaban a tener que pagar fuertes impuestos a sus opresores.

Por lo general, después de encontrarse oprimidos, se acordaban del Señor. ¡Qué típico! ¿no? Nos olvidamos del Señor hasta que todo nos va mal, pero cuando nos vemos en apuros, entonces lo buscamos. Es lo que ellos hicieron también. Cuando Dios oía su clamor, levantaba un juez - es decir, un caudillo - como líder del pueblo, para llevarlos hacia la victoria.

Este ciclo de idolatría y pecado, castigo, arrepentimiento y liberación se repite una y otra vez en el libro de los jueces. Al mismo tiempo, el pueblo iba de mal en peor. La restauración era cada vez menos completa. Por fin, llegó el último juez. El se llamaba Sansón. De seguro, todos hemos oído hablar de él.

Sansón es famoso por dos cosas: por su fuerza extraordinaria, y por su relación con una mujer llamada Dalila. Hoy, con la ayuda de Dios, comprenderemos más a fondo su vida y lo que Dios nos quiere enseñar a través de él. La historia de Sansón comienza en el capítulo 13, verso 1 de Jueces: "Los hijos de Israel volvieron a hacer lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en mano de los filisteos por cuarenta años."

Aquí vemos que se repite el ciclo que se había visto muchas veces ya durante el tiempo de los jueces. Una vez más el pueblo del Señor se olvida de su Creador y Redentor, y hace lo que le ofende. Como resultado, El los entregó en manos de sus enemigos. En este caso, se trataba de los filisteos - un pueblo vecino que tenía la tecnología especializada para hacer armamentos de metal, y la organización militar para darles buen uso.

En los versos siguientes, del 2 al 5, leemos la historia del nacimiento de Sansón:

13:2 Y había un hombre de Zora, de la tribu de Dan, el cual se llamaba Manoa; y su mujer era estéril, y nunca había tenido hijos.
13:3 A esta mujer apareció el ángel de Jehová, y le dijo: He aquí que tú eres estéril, y nunca has tenido hijos; pero concebirás y darás a luz un hijo.
13:4 Ahora, pues, no bebas vino ni sidra, ni comas cosa inmunda.
13:5 Pues he aquí que concebirás y darás a luz un hijo; y navaja no pasará sobre su cabeza, porque el niño será nazareo a Dios desde su nacimiento, y él comenzará a salvar a Israel de mano de los filisteos.

Sin embargo, notamos que falta algo. En el libro de Jueces, la historia de algunos de los jueces se resume en 2 ó 3 versos. La historia de otros jueces se cuenta con más detalle. Ahora bien, en el caso de todos los jueces de quienes se cuenta con detalle, encontramos el registro del arrepentimiento del pueblo.

Leamos para ver esto, estos pasajes: 3:9, 3:15, 4:3, 6:6 y 10:10:

"Entonces clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová levantó un libertador a los hijos de Israel y los libró; esto es, a Otoniel hijo de Cenaz, hermano menor de Caleb." (Jueces 3:9)
"Y clamaron los hijos de Israel a Jehová; y Jehová les levantó un libertador, a Aod hijo de Gera, benjamita, el cual era zurdo. Y los hijos de Israel enviaron con él un presente a Eglón rey de Moab." (Jueces 3:15)
"Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, porque aquél tenía novecientos carros herrados, y había oprimido con crueldad a los hijos de Israel por veinte años."  (Jueces 4:3)
"De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová." (Jueces 6:6)
"Entonces los hijos de Israel clamaron a Jehová, diciendo: Nosotros hemos pecado contra ti; porque hemos dejado a nuestro Dios, y servido a los baales."   (Jueces 10:10)

En cada caso, los israelitas claman al Señor con arrepentimiento. Sin embargo, durante los 40 años de opresión por los filisteos antes del nacimiento de Sansón, no hay ningún registro de arrepentimiento. El pueblo había llegado al colmo de la rebelión. Aun así, Dios en su misericordia levantó un liberador.

Sin embargo, en este caso, tal como estaba el pueblo, así fue también su libertador. Para un pueblo rebelde y desobediente, un juez rebelde y desobediente también. Desde su nacimiento, Sansón había sido dotado de una fuerza especial relacionada con el voto nazareo. El no debía beber vino, tocar cosas impuras ni cortarse el cabello.

Para el capítulo siguiente, ya empezamos a ver la desobediencia de Sansón. El se enamoró de una joven filistea. En total desobediencia al Señor, quiso casarse con una mujer que alejaría su corazón de los mandamientos del Señor - ¡y era del pueblo que estaba oprimiendo a los israelitas! Los padres de Sansón trataron de disuadirlo, pero él insistía.

En un viaje que hizo para hablar con ella, se encontró con un león en el camino. ¿Qué harías tú si se te atravesara un león? Lo que hizo Sansón fue matarlo a mano limpia y dejar el cadáver tirado al lado del camino.

Tiempo después, regresó por el mismo camino para casarse con la muchacha. Vio a la orilla el cadáver del león, y vio también un enjambre de abejas dentro del cadáver. Acercándose, tomó la miel del panal para comérselo. En esta historia algo insólita hay un significado profundo. Recuerden que Sansón era nazareo. El no podía beber vino, cortarse el cabello o tocar lo inmundo.

El cadáver del león era inmundo porque estaba muerto, pero Sansón tuvo que haberlo tocado para sacar la miel del panal de abejas. Desde su juventud, Sansón ya había decidido que prefería el placer a la obediencia. Aunque sabía que le era prohibido tocar lo inmundo, prefirió la dulzura de la miel.

Dios usó a Sansón como su instrumento en contra de los filisteos. Esto no significa que le agradaban sus actitudes. A fin de cuentas, Dios es capaz de usar hasta a sus enemigos para lograr sus fines. Dios usó también a Sansón para librar a su pueblo de los filisteos, pero no le agradaba su corazón.

Esto lo vemos en la forma en que Sansón terminó. El se enamoró de una mujer llamada Dalila. Los jefes de los filisteos le ofrecieron a Dalila una fuerte suma de dinero para conseguir de Sansón el secreto de su fuerza. Varias veces, Sansón le dijo a Dalila cosas que resultaron no ser ciertas; cada vez, ella los probaba y luego se daba cuenta de que no era verdad lo que le había dicho.

Por fin, después de mucho fastidiar, ella consiguió que él le dijera el secreto de su poder. Si se le rapaba la cabellera, quedaría igual a cualquier hombre. Me pregunto: ¿no se daba cuenta Sansón de lo que Dalila estaba tratando de conseguir? Después de tantos intentos, ¿no lo había visto?

Debió de haberlo visto, pero la realidad es que, cuando tú deseas el placer más que la obediencia, te quedas ciego. Desde mucho tiempo atrás, Sansón había preferido el placer a la obediencia cuando sacó la miel del cadáver del león; ahora él prefería el placer a la obediencia, pues le interesaban más los encantos de Dalila que el propósito de Dios para su vida.

Como resultado de su debilidad moral, Sansón perdió su poder físico y cayó en manos de los filisteos. Ellos le quitaron los ojos, una de las vergüenzas comunes que sufrían los cautivos. Un día, lo llevaron al templo de su dios Dagón para festejar su captura. Leamos ahora en el capítulo 16, versos 25 al 30, lo que le sucedió:

16:25 Y aconteció que cuando sintieron alegría en su corazón, dijeron: Llamad a Sansón, para que nos divierta. Y llamaron a Sansón de la cárcel, y sirvió de juguete delante de ellos; y lo pusieron entre las columnas.
16:26 Entonces Sansón dijo al joven que le guiaba de la mano: Acércame, y hazme palpar las columnas sobre las que descansa la casa, para que me apoye sobre ellas.
16:27 Y la casa estaba llena de hombres y mujeres, y todos los principales de los filisteos estaban allí; y en el piso alto había como tres mil hombres y mujeres, que estaban mirando el escarnio de Sansón.
16:28 Entonces clamó Sansón a Jehová, y dijo: Señor Jehová, acuérdate ahora de mí, y fortaléceme, te ruego, solamente esta vez, oh Dios, para que de una vez tome venganza de los filisteos por mis dos ojos.
16:29 Asió luego Sansón las dos columnas de en medio, sobre las que descansaba la casa, y echó todo su peso sobre ellas, su mano derecha sobre una y su mano izquierda sobre la otra.
16:30 Y dijo Sansón: Muera yo con los filisteos. Entonces se inclinó con toda su fuerza, y cayó la casa sobre los principales, y sobre todo el pueblo que estaba en ella. Y los que mató al morir fueron muchos más que los que había matado durante su vida.

Sansón resulta ser un fiel reflejo del pueblo que defendió. Ellos no se arrepintieron, y él tampoco se arrepintió. No le pidió perdón al Señor por lo que había hecho. Sólo le pidió fuerzas, y el Señor se las dio. Leemos esta frase tan trágica: "Fueron muchos más los que Sansón mató al morir, que los que había matado mientras vivía." (v. 30)

Dios le dio su deseo, y lo usó para matar a muchos de los que oprimían a su pueblo; pero fue, trágicamente, en su muerte. Sansón terminó mal, así como había vivido. Sus apetitos lo destruyeron. Y tú, ¿qué prefieres? ¿Prefieres el placer, o prefieres la obediencia? En la obediencia, hay placer; pero el placer en desobediencia siempre te llevará a un mal fin.

Sansón, como el pueblo que defendía, se había dejado llevar por lo que él veía, lo que le parecía mejor. Tenía también un problema de la vista. Su historia hace relucir el problema que surge cuando no hay rey. ¿Se acuerdan de esa frase repetida? En esos días, no había rey. Ni el pueblo tenía rey, ni Sansón reconocía el reinado de Dios en su vida. Realmente nos hace falta un rey.

Sólo ha habido uno que pueda llenar esa necesidad de Rey en nuestras vidas. El se llama Jesús. Leamos sus palabras en Juan 18:37: "Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz."  Jesús vino a este mundo como el único Rey verdadero, y ahora, todo el que busca la verdad, oye su voz. La historia trágica de Sansón muestra lo que pasa cuando no hay rey; Jesús vino para ser ese Rey que todos necesitamos.

Escúchame bien. Si tú no aprendes a obedecer a tu Rey, tu vida terminará tan trágicamente como terminó la vida de Sansón. El fue desobediente, y prefirió hacer lo que mejor le parecía; por eso terminó mal. Si tú no aprendes a obedecer a Jesucristo como tu verdadero Rey y Señor, también terminarás mal.

Jesús dijo en cierta ocasión: "Ustedes son mis amigos, si hacen lo que les mando." (Juan 15:14) La clave para conocer a Jesús como Rey y hasta disfrutar de su amistad está en la obediencia. La fe que no resulta en obediencia no es fe bíblica. Es esencial tomar nuestra cruz, negarnos a nosotros mismos y seguir a Jesús. ¿Estás dispuesto a obedecer a Jesús, o seguirás más bien el ejemplo de Sansón? Tú eliges.


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