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Domingo 30 de Junio del 2002

La verdadera satisfacción
Pastor Tony Hancock

Todos estamos familiarizados con las tasas que existen del desempleo, de la inflación, y de otras cosas que influyen sobre nuestra existencia. Algún tiempo atrás, se hizo la sugerencia de que se creara también una tasa de felicidad. La idea de esta nueva medida era determinar si los habitantes de alguna zona estaban contentos, midiendo quizás tales cosas como sus posibilidades de recreo, la estabilidad familiar, y otros detalles que podrían indicar el nivel de satisfacción existente en el lugar.

No sé si así sería posible determinar la tasa de felicidad o no, pero imaginemos por un momento que tuviéramos algún instrumento para medir el nivel de satisfacción y de felicidad existentes entre algún grupo de personas. ¿Qué mostraría la aguja si pudiéramos calcular el nivel de satisfacción en nuestra comunidad? ¿Qué tal aquí, en esta iglesia?

Creo que en verdad, cuando somos honestos, la mayoría de nosotros reconocemos que nos falta algo. Aunque seamos creyentes, podemos sentir la frustración de no encontrar lo que realmente deseamos.

¿Qué sucede cuando somos víctimas de estos deseos irresueltos, de las pasiones que viven en nuestro ser? Lo que sucede es que buscamos locamente la manera de satisfacerlos. Voy a decirles algo que les podrá sorprender: fuimos creados para ser felices. Dios no nos creó para sufrir; él nos creó para la felicidad.

Pero nos hemos extraviado en el camino. Conservamos aún el deseo de conocer la verdadera satisfacción, pero ya no sabemos dónde encontrarla. La buena noticia es que Dios nos dice dónde. No importa si eres creyente o si aún no aceptas a Cristo como Señor, si te sientes frustrado y no has encontrado la verdadera satisfacción, este mensaje es para ti.

Leamos el pasaje que será el fundamento de nuestra meditación en esta mañana.

Lectura: Santiago 4:1-10

4:1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?
4:2 Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
4:3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
4:4 ¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.
4:5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?
4:6 Pero él da mayor gracia. Por esto dice: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.
4:7 Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros.
4:8 Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones.
4:9 Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza.
4:10 Humillaos delante del Señor, y él os exaltará.

¿Cómo podremos encontrar la verdadera satisfacción? Tenemos que retroceder un poco para encontrar primero el problema. Porque todos

I. Tenemos un deseo ardiente por encontrar la satisfacción

Echemos un vistazo a la situación que se describe en estos versos, y veamos si las cosas han cambiado mucho en los últimos dos mil años. Vemos que se mencionan guerras y conflictos. ¿De qué guerras y conflictos se está hablando? En la primera instancia, Santiago tiene en mente los conflictos entre los miembros de la iglesia.

Es obvio que sus lectores no eran muy maduros. Se peleaban entre sí para ver quien sería el más importante. Uno era maestro de la escuela dominical, y los demás lo criticaban porque - según ellos - se creía mucho. A otro le gustaba criticar todo lo que se hacía en la iglesia, pero cuando llegaba la hora de trabajar para mejorar las cosas, nunca se encontraba.

En fin, la situación era un lío de celos, de peleas, de riñas constantes. ¡Y eso dentro de la iglesia! Pero la realidad es que la situación en el mundo tiene las mismas causas. Las familias, como algunos ex-vecinos nuestros, que viven en un ambiente constante de gritos y sartenazos, o las naciones, que responden a cada supuesta agresión con otra mayor, realmente sufren del mismo problema que nos señala aquí Dios.

La diagnosis es simplemente ésta: los problemas que tenemos con otras personas surgen de nuestros propios deseos mal satisfechos. Nos encanta hacernos los víctimas, o solapar nuestras agresiones con razones bonitas: Yo sólo me preocupo por el bienestar de la iglesia, decimos. Le digo esas cosas por su propio bien. Todo empezó con lo que ella dijo.

Pero la realidad es que tenemos dentro de nosotros toda una ensalada de deseos, de pasiones, de entusiasmos que pelean por nuestra atención. Los conflictos externos son simplemente una proyección de ese conflicto interno que nos enreda, como un pulpo a su presa.

En la mayoría de los casos, no se nos ocurre la posibilidad de que Dios podría satisfacer esos deseos más profundos de nuestro corazón. Por eso dice, No tienen, porque no piden. No buscamos en Dios la satisfacción de nuestros deseos.

Pero lo peor de todo sucede cuando intentamos satisfacer esos deseos en Dios, pero no sabemos cómo. Hay muchas personas que se han metido a la iglesia, han tomado una decisión de fe, y piensan que ahora Dios les va a dar lo que realmente quieren.

¡Qué desilusión cuando descubren que no funciona de esa manera! Y entonces se resignan a una vida espiritual de desilusión y tedio, o se van de la iglesia a buscar en otro lado. Pero aquí en este pasaje hay un secreto que te puede transformar la vida, si lo entiendes.

La realidad es que Dios quiere satisfacer tus deseos más profundos. El quiere que tú vivas con gozo, con satisfacción, con todo eso que tú más deseas. Pero sólo lo vas a encontrar si dejas de buscarlo. Si insistes en buscar lo que tú quieres, entonces te sucederá esto: Cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones.

Si tú le pides a Dios que te bendiga para que puedas estar feliz, no recibirás respuesta. Pero cuando reconoces que Dios quiere usarte como un canal desbordante de sus bendiciones a otras personas, entonces empezarás a orar por lo que Dios quiere - y encontrarás lo que tú realmente quieres en el proceso.

Pero quizás no estás convencido. Quizás crees que Dios realmente no está interesado en tu vida, en tu satisfacción, en tu gozo. Quizás lo que esperas es simplemente que Dios no se enoje contigo. Déjame mostrarte que Dios quiere mucho más que eso para tu vida.

II. Dios tiene un deseo ardiente de que lo encontremos

Hemos dicho que nosotros como seres humanos tenemos un fuerte deseo de encontrar la felicidad. Esto no nos llega como ninguna sorpresa. Pero lo que quizás sí nos puede sorprender es darnos cuenta de que Dios también siente un deseo profundo - un amor celoso por el espíritu que él ha puesto en nosotros.

Aquí no se está refiriendo al Espíritu Santo. Más bien, es una referencia al espíritu humano que, como creación de Dios, fue hecho para tener comunión con él y vivir amando y adorando a su Señor.

Estamos acostumbrados a pensar en Dios como un ser autosuficiente, que no necesita de nada ni de nadie. Por supuesto, Dios no nos necesita; pero él ha elegido amar desmedidamente a la humanidad. A pesar de que le hemos desobedecido, a pesar de que hemos escogido nuestro propio camino vez tras vez, Dios persiste en extender sus manos hacia nosotros.

Es un inmenso privilegio ser amado de esa manera. Ese es el amor que puede satisfacer nuestros deseos más profundos. Pero también es un amor que nos puede intimidar, porque con ese gran privilegio viene una gran responsabilidad. Y no podemos recibir el privilegio de ser amados de tal modo por Dios sin recibir también la responsabilidad.

Es por eso que dice el pasaje en seguida, Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Es sólo por medio de la gracia de Dios que somos capaces de recibir ese amor tan grande que Dios tiene por nosotros. Es sólo por la gracia de Dios que podemos encontrar la verdadera satisfacción. Es sólo por la gracia de Dios que podemos escapar de la esclavitud a nuestras pasiones que nos llevan a la autodestrucción.

Oye bien lo que digo: sólo vas a encontrar la verdadera satisfacción si dejas que la gracia de Dios entre en tu vida y te transforme. No hay otra manera. No hay mujer u hombre en el mundo que pueda llenar ese vacío. No hay cantidad suficiente de dinero. No hay droga que te pueda elevar a ese punto.

¿Pero cómo, entonces, entra la gracia de Dios en nuestra vida para transformarnos? La respuesta es la misma si nunca hemos aceptado la salvación, o si somos creyentes que no están viviendo la plenitud de lo que Dios quiere para nosotros.

Tiene que ver con la sumisión, el arrepentimiento, y la humildad. Leamos los versículos 7 al 10 otra vez para ver esto. Para entenderlo, es importante reconocer que Santiago nos está describiendo de varias maneras la misma respuesta. No es una lista de pasos discretos, sino que son distintas maneras de entender la misma transformación interna que permite que la gracia de Dios entre a nuestro corazón.

Alguien estará pensando, Pastor, eso se oye muy bien, pero yo no tengo de qué arrepentirme y soy una persona muy humilde. ¿Cómo es, entonces, que no siento la satisfacción que describes? Si piensas eso, te recomiendo que te examines nuevamente. El corazón humano es experto en el autoengaño.

Si queremos tener la verdadera satisfacción, el verdadero gozo, entonces tenemos que reconocer que no somos el centro del universo. Someterse a Dios significa buscar su voluntad para nuestra vida, reconocer su señorío sobre nosotros, estar dispuestos a hacer lo que él quiere, aunque nos cueste.

Si vamos a someternos a Dios, tendremos que reconocer cuánto le hemos fallado. El camino a la satisfacción y la felicidad pasa por las lágrimas del arrepentimiento. Es por esto que Santiago nos manda a convertir nuestra risa en llanto.

El mundo vive con una felicidad espumosa, insincera, una risa cuasi histérica que oculta la tristeza y la preocupación de una vida sin sentido y sin futuro. Dios nos llama a dejar ese falso gozo y sentir la tristeza apropiada por nuestro pecado - para entonces poder conocer su gozo verdadero.

Si tú eres creyente, el simple hecho de que hayas sentido tristeza por tus pecados hace años cuando te entregaste al Señor no significa que no debas de volver a sentirlo. Como el hijo pródigo, muchas veces nos alejamos de Dios, y nos hace falta regresar.

El otro lado de la moneda es resistir al diablo. El diablo nos tienta a través de nuestros propios deseos. Si los sometemos a la voluntad de Dios, entonces podremos resistir las asechanzas del diablo. Como dijo una niña, "Cuando Satanás viene a tocar a la puerta de mi corazón, le pido a Jesús que conteste la puerta. Cuando Satanás ve a Jesús, dice, ‘Parece que tengo la dirección equivocada’."

Para que eso suceda, Cristo tiene que estar en el trono de nuestro corazón. Sólo reinará allí si nos humillamos ante él, y bajamos de la posición exaltada que queremos tener para humillarnos ante él. Pero ahí viene la gran promesa: Humíllense delante del Señor, y él los exaltará. Cuando nos humillamos ante Dios, entonces su gracia entra en nuestro corazón y nos levanta.

Ahora quiero extender una invitación. Voy a llamarte primero a ti que eres creyente, pero que no estás viviendo el pleno gozo de la salvación. ¿Has dejado que Dios reine en tu vida? ¿Te has arrepentido de corazón de tus pecados?

Toma esa decisión ahora. Y tú que nunca has aceptado la salvación, hoy puede ser el día. Si quieres conocer el gozo de aceptar el perdón de Dios, debes reconocer tu pecado, arrepentirte de él, y confiar en el sacrificio que Cristo hizo por ti en la cruz.


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