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Domingo 11 de Abril del 2010

Camino a la victoria
Pastor Tony Hancock

Para muchos, el fútbol es más que un pasatiempo - es una pasión y una obsesión. Cuando su equipo gana un partido, los fanáticos están por las nubes. En cambio, cuando pierden, es como si el mundo se hubiera acabado. El fútbol consume su atención.

Encontré unas frases interesantes de algunos futbolistas. Por ejemplo, uno comentó: "Perdimos el partido porque no ganamos." Un poco obvio, ¿verdad? Otro dijo: "Si vamos a ganar este partido, tendremos que meter un gol." ¡Parece que estaba muy seguro de lo obvio!

Otro: "Mientras nadie metía un gol, iba a ser un partido muy cerrado." ¡Pues claro! ¡Si nadie mete un gol, los dos quedan en ceros! Uno más: "El fútbol no sólo se trata de meter goles - se trata de ganar." Interesante filosofía - pero me parece que la mejor forma de ganar es meter goles, ¿no? Claro, sin dejar que el otro equipo los meta.

Bueno, así se gana un juego que puede servir para un rato de diversión, pero que no tiene importancia trascendental. ¿Cuál es el camino a la victoria en la batalla que Dios nos ha llamado a librar? Hoy veremos en la Palabra de Dios algunas claves que no son tan obvias.

Hemos dejado al pueblo de Israel a punto de entrar a la tierra que Dios les había prometido. Moisés les ha dado sus últimas palabras, un reto fuerte de caminar en obediencia a la Palabra del Señor. Finalmente, después de ver de lejos la tierra prometida, Moisés murió - y Dios mismo lo sepultó en un lugar desconocido.

Ahora le tocaba al ayudante de Moisés convertirse en líder del pueblo y guiarlo hasta la victoria. Se trataba de un hombre llamado Josué, uno de los dos espías que habían dado un buen reporte de la tierra prometida. Ahora él tendría el privilegio de guiar al pueblo en su conquista de la tierra prometida. Antes de eso, Dios le habló para darle ciertas instrucciones importantes.

¿Por qué nos interesa lo que Dios le dijo a Josué? ¡Nosotros no vamos a invadir una tierra extraña! Durante ese momento en el desarrollo del plan de Dios, su propósito era llevar a los israelitas a la tierra que le había prometido a Abraham dar a sus descendientes, una tierra localizada en varios caminos importantes de comercio por donde pasaban personas de muchas naciones, la tierra donde - siglos después - Jesús viviría y moriría.

Nosotros no vivimos en esa época. El propósito de Dios para su pueblo es diferente; sin embargo, todavía estamos en conquista. Vamos camino a la victoria, pero ahora la conquista es espiritual. Somos llamados a conquistar el territorio del enemigo mediante la proclamación del mensaje del evangelio, con oración y obediencia. Somos llamados a ser luz en medio de las tinieblas de este mundo, y así llamar a otros a venir a la luz de Cristo.

Abran conmigo sus Biblias en Josué 1:1-10:

1:1 Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo:
1:2 Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel.
1:3 Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie.
1:4 Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Eufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio.
1:5 Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida; como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé.
1:6 Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos.
1:7 Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas.
1:8 Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.
1:9 Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.
1:10 Y Josué mandó a los oficiales del pueblo, diciendo:

¿Observan la promesa que Dios le hace a Josué en el verso 5? "No te dejaré ni te abandonaré." Dios envía a su siervo hacia la victoria con la seguridad de su presencia. Esto lo conecta con la gran comisión, cuando Jesús dijo: "Estaré con ustedes siempre" (Mateo 28:20).

Para que se realice la victoria que Dios tiene para su pueblo, hay ciertas cualidades de carácter que son esenciales. En efecto, la victoria viene con valor y devoción. Dios lo repite tres veces. El verso 6: "Sé fuerte y valiente". El verso 7: "Sólo te pido que tengas mucho valor y firmeza..." Verso 9: "¡Sé fuerte y valiente!"

No sé de dónde surgió la idea de que el cristianismo es una fe para cobardes. La única forma de vivir de verdad la vida cristiana es con valentía. La valentía no significa no sentir temor; significa actuar a pesar del temor, confiados en la presencia y el poder de Dios. Sólo así podremos avanzar hacia la victoria.

Jesús fue el hombre más valiente de todos. Durante todo su ministerio, El sabía lo que le esperaba. Sabía que terminaría clavado en una cruz. Pero siguió las palabras de Isaías 50:7: "Por cuanto el Señor omnipotente me ayuda, no seré humillado. Por eso endurecí mi rostro como el pedernal, y sé que no seré avergonzado."

Enfrentaba su destino marcado con la frente en alto, con el rostro fuerte como la piedra, y terminó derrotando la muerte y ganando la victoria eterna para su pueblo. ¡Eso es valor! Sin embargo, de alguna forma hemos llenado a Jesús de flores y lo hemos convertido en una figura casi femenina.

La realidad es otra. Jesús nos demuestra lo que significa seguir estas palabras: "Sé fuerte y valiente". ¿Estás dispuesto a ser fuerte y valiente también? ¿Estás dispuesto a seguir el ejemplo de tu Señor y enfrentar el futuro, venga lo que venga, con la seguridad de que tu Dios te dará la victoria? Sólo así lo podemos lograr. La victoria viene con valor y devoción.

Encontramos la segunda clave para la victoria en el capítulo 3, verso 5. Josué le dice al pueblo: "Purifíquense, porque mañana el Señor va a realizar grandes prodigios entre ustedes." Para que Dios haga grandes cosas, su pueblo se tiene se purificar. Dios no hace obras maravillosas entre un pueblo impuro, y muchas veces estorbamos la obra de Dios por medio de nuestra desobediencia.

Sin embargo, en nuestra debilidad humana, solemos desear que las cosas estén al revés. Queremos ver primero la obra del Señor, y luego purificarnos. Decimos: Si tan sólo viera la mano del Señor obrar con poder en mi vida y en mi Iglesia, entonces cambiaría. ¡Tenemos que quitarnos esa mentira de la cabeza! La pureza moral, el arrepentimiento verdadero viene antes de la victoria.

Desgraciadamente, el pueblo de Israel no aprendió bien esta lección. El capítulo 7 nos cuenta la triste historia de una gran derrota que sufrió el pueblo.

7:1 Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel.
7:2 Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai.
7:3 Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo, sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai; no fatigues a todo el pueblo yendo allí, porque son pocos.
7:4 Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai.
7:5 Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua.
7:6 Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas.
7:7 Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!
7:8 ¡Ay, Señor! ¿qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos?
7:9 Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán, y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra; y entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?
7:10 Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?
7:11 Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
7:12 Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
7:13 Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.
7:14 Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare, se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare, se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare, se acercará por los varones;
7:15 y el que fuere sorprendido en el anatema, será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.
7:16 Josué, pues, levantándose de mañana, hizo acercar a Israel por sus tribus; y fue tomada la tribu de Judá.
7:17 Y haciendo acercar a la tribu de Judá, fue tomada la familia de los de Zera; y haciendo luego acercar a la familia de los de Zera por los varones, fue tomado Zabdi.
7:18 Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
7:19 Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras.
7:20 Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho.
7:21 Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
7:22 Josué entonces envió mensajeros, los cuales fueron corriendo a la tienda; y he aquí estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello.
7:23 Y tomándolo de en medio de la tienda, lo trajeron a Josué y a todos los hijos de Israel, y lo pusieron delante de Jehová.
7:24 Entonces Josué, y todo Israel con él, tomaron a Acán hijo de Zera, el dinero, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, sus bueyes, sus asnos, sus ovejas, su tienda y todo cuanto tenía, y lo llevaron todo al valle de Acor.
7:25 Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos.
7:26 Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy. Y Jehová se volvió del ardor de su ira. Y por esto aquel lugar se llama el Valle de Acor, hasta hoy.

Murieron treinta y seis soldados, y la razón fue la desobediencia de un hombre. Dios les había dicho que todas las riquezas de Jericó, la primera ciudad que ellos conquistaron, le pertenecían a El.

Sin embargo, cuando entraron a Jericó, un hombre llamado Acán vio entre los escombros del pueblo una tela extravagante, varias monedas de plata y una barra de oro. Codició lo que no le pertenecía, decidió tomar las cosas y guardarlas en su carpa. ¿Qué podría importar? ¿Quién se daría cuenta? ¿Cuál sería el daño? Así que, él desobedeció la orden del Señor, y como resultado, Israel perdió su siguiente batalla.

El apóstol Pablo nos enseña en 1 Corintios 5:6 y 9-13 que el mismo principio se aplica a la Iglesia:

1 Corintios 5:6, 9-13
5:6 No es buena vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa?
...
5:9 Os he escrito por carta, que no os juntéis con los fornicarios;
5:10 no absolutamente con los fornicarios de este mundo, o con los avaros, o con los ladrones, o con los idólatras; pues en tal caso os sería necesario salir del mundo.
5:11 Más bien os escribí que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.
5:12 Porque ¿qué razón tendría yo para juzgar a los que están fuera? ¿No juzgáis vosotros a los que están dentro?
5:13 Porque a los que están fuera, Dios juzgará. Quitad, pues, a ese perverso de entre vosotros.

Cuando hay inmoralidad, avaricia, idolatría, calumnia, vicios y avaricia sin confrontarse dentro de la Iglesia, todo el cuerpo queda contaminado. El progreso del Reino de Dios se estorba por la desobediencia de uno o dos.

Me pregunto: ¿cuáles pecados ocultos estarán deteniendo el progreso de nuestra iglesia? Me los puedes esconder a mí, se los puedes esconder a los demás, pero de Dios no los puedes esconder. El los ve, y retira su mano de bendición. Por el pecado de uno o dos, el progreso de todos sufre.

Es por esto que el arrepentimiento es tan importante. Si tú estás ocultando algún pecado, por favor, confiésalo y arrepiéntete. Acán, el hombre que robó de las ruinas de Jericó, tuvo que morir por su pecado. ¿Sabes por qué? Porque no lo confesó. El esperó hasta que fuera señalado directamente como culpable, en lugar de reconocer su pecado ante todos.

Dios le ordenó a Josué que se destruyera al que fuera sorprendido en posesión del botín. Si lo hubiera confesado voluntariamente, de seguro el resultado habría sido diferente. Sin embargo, como no quiso confesar su pecado, tuvo que ser destruido. ¡No esperes a que se descubra tu pecado! Confiésalo ahora, y empieza el proceso de restauración. La victoria viene a los que se purifican.

Vamos ahora al capítulo 5 para ver la tercera clave para la victoria. Leamos los versos 13 al 15:

5:13 Estando Josué cerca de Jericó, alzó sus ojos y vio un varón que estaba delante de él, el cual tenía una espada desenvainada en su mano. Y Josué, yendo hacia él, le dijo: ¿Eres de los nuestros, o de nuestros enemigos?
5:14 El respondió: No; mas como Príncipe del ejército de Jehová he venido ahora. Entonces Josué, postrándose sobre su rostro en tierra, le adoró; y le dijo: ¿Qué dice mi Señor a su siervo?
5:15 Y el Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué: Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo. Y Josué así lo hizo.

Josué y el pueblo de Israel estaban a punto de capturar la primera ciudad en la tierra prometida, el anteriormente mencionado Jericó. Antes de hacerlo, Josué tuvo un encuentro con una figura misteriosa. Parecía ser un hombre armado, y Josué lógicamente deseaba saber si era amigo o enemigo.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no era un hombre común y corriente. Más bien, era una manifestación divina, probablemente de Cristo mismo. Le aclara que aunque él peleará por Josué, no está bajo su mando. Antes de entrar a la batalla, Josué tuvo que humillarse ante el Señor y reconocer que la batalla era de El.

En seguida de estos versos, leemos la historia de la conquista de Jericó. Esta historia es una de las favoritas de los maestros de escuela dominical: cómo los israelitas, siguiendo las instrucciones del Señor, marcharon alrededor de los muros de la ciudad durante siete días consecutivos. Al día final, los sacerdotes tocaron la trompeta, el pueblo gritó y ¡los muros se cayeron!

¿Cómo sucedió esto? ¿Por la astucia del pueblo? ¿Por su gran sabiduría? ¡No! La victoria es del Señor. Dios les dio a los israelitas instrucciones extrañas para capturar la ciudad de Jericó para que quedara totalmente claro que El les estaba dando la victoria. No vino por esfuerzo de ellos.

Para alcanzar la victoria en nuestra misión de llevar el mensaje de salvación, tenemos que reconocer también que la batalla es del Señor. Cuando compartimos a Cristo, debemos orar primero para expresar nuestra dependencia de la obra del Espíritu Santo. No podemos hacer nada solos; con Cristo, todo lo podemos hacer.

Cualquier cosa que hagamos, tenemos que hacerlo con dependencia en el Señor. Si enseñamos una clase, tenemos que orar primero y expresar nuestra dependencia sobre el Señor. Si compartimos a Cristo, si ayudamos a alguien, cualquier cosa que hagamos tiene que ser en el poder del Señor. Cuando empezamos a tratar de hacer las cosas por nuestra propia fuerza y astucia, estamos en grave peligro.

Al final de la conquista de la tierra, y al final de su vida, Josué lanzó un reto al pueblo. Leámoslo en Josué 24:14-15:

24:14 Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.
24:15 Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.

Mi pregunta para ti en esta mañana es ésta: ¿qué eliges? ¿Eliges servir al Señor? ¿Eliges compartir su victoria? Si es así, ármate de valor, purifica tu vida y recibe por fe la victoria que Dios tiene para ti como parte de su pueblo. Al cerrar este tiempo, te invito a reafirmar tu compromiso con el Señor y declarar que le servirás a El.


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