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Domingo 14 de Marzo del 2010

La ley y sus limitaciones
Pastor Tony Hancock

¿Cómo sería la vida si no hubiera leyes? Sería divertido, ¿verdad? Nadie te diría a qué velocidad podrías manejar sobre la carretera - podrías ir a la velocidad que quisieras. No habría que pagar impuestos cada año. No tendrías que cuidarte de la policía, porque - ¡no habría policía! Suena como un paraíso.

Vamos a reflexionar un poco más. Si no hubiera leyes para mí, tampoco los habría para los demás. Eso significa que, si alguien quisiera meterse a mi casa a robar, nadie se lo estorbaría. Cualquier persona que se enojara conmigo, aunque fuera por la razón más insignificante, podría matarme - y nadie le diría nada. Si fuera víctima de un asalto, no podría llamar a la policía - ¡no habría policía!

De repente ya no suena tan bonita la idea. En realidad, para que los seres humanos podamos vivir en sociedad, tiene que haber leyes. Las leyes nos protegen y nos permiten vivir libremente. Es por eso que una de las primeras cosas que hizo Dios después de liberar a su pueblo de la esclavitud en Egipto fue darles su ley. Era un regalo de su revelación, las normas para que su pueblo pudiera vivir en armonía y de una forma agradable a El.

La semana pasada hablamos de la forma en que Dios sacó a su pueblo de la esclavitud en Egipto mediante las diez plagas, culminando con la muerte de los primogénitos de Egipto. Los israelitas fueron protegidos de la muerte mediante la sangre del cordero, lo cual se celebraba anualmente en la Pascua.

Sin embargo, inmediatamente después de salir de Egipto, los israelitas confrontaron un grave problema. El faraón se arrepintió de haberlos dejado salir, y mandó sus ejércitos para obligarlos a regresar a Egipto. Huyeron hasta llegar frente al mar, y allí se quedaron - con el agua al frente y el ejército del faraón atrás.

¿Cómo reaccionaron? ¿Se pusieron a orar? ¿Hicieron vigilia? ¿Alabaron al Señor, sabiendo que El les daría la victoria? No, se empezaron a quejar contra Moisés. Le dijeron: ¿Nos trajiste aquí a morir porque no había tumbas en Egipto? Pero Dios ya sabía lo que iba a hacer. Le dijo a Moisés que extendiera su vara sobre el agua, y el mar se abrió. Los israelitas cruzaron sobre tierra seca, pero los ejércitos del faraón que los perseguían se ahogaron.

¡Qué emoción! ¡Dios los había salvado! Los israelitas se pusieron a alabar a Dios, cantando una linda canción de alabanza que puedes leer en Exodo 15. Luego se dirigieron hacia su destino, a través del desierto. Después de tres días, no habían encontrado agua. Llegaron a un lugar llamado Mara donde había agua, pero era amarga. No servía para beber.

¿Qué hicieron? ¿Se pusieron a orar? ¿Hicieron vigilia? ¿Alabaron al Señor, porque sabían que El les daría la victoria? No, no hicieron esto. Se quejaron con Moisés. Murmuraron contra él. Dios le mostró la forma de endulzar las aguas tirando un madero al estanque, y pudieron beber.

¿Cómo fue posible que ellos vieran el poder de Dios de una forma tan espectacular, partiendo el mar y dándoles paso en tierra seca, y tres días después olvidarse de esto y pensar que se iban a morir de sed? ¿Cómo pudieron ser tan olvidadizos? No sé cómo, pero te diré que tú y yo somos iguales a ellos. ¿Cuántas veces hemos visto el poder de Dios, sus respuestas espectaculares a la oración, su poder en nuestra vida - y se presenta un problema, y nuevamente estamos dudando?

Con la mano que usamos para señalarles a ellos nos señalamos a nosotros también. Más bien, tenemos que tomar la lección. Nuestro Dios es capaz de proveer por nosotros. El no cambia. Si lo hizo ayer, lo hará hoy y mañana también. No dudemos de su poder. Más bien, cuando enfrentamos un gran reto, recordemos que nuestro Dios es más grande aun. Di conmigo: Confiaré en Dios, porque El ha sido fiel. Confiaré en Dios, porque El ha sido fiel.

Los israelitas continuaron su viaje hacia el monte Sinaí, donde Dios se había revelado a Moisés y lo había llamado como líder. En el camino, Dios proveyó un alimento milagroso del cielo que se llamaba maná. La palabra maná significa ¿qué es? en hebreo, porque es lo que dijeron los israelitas la primera vez que vieron el maná extendido como escarcha sobre el suelo.

Dios les volvió a dar agua milagrosamente, esta vez de una roca, y Moisés recibió una visita de su suegro, Jetro. Este le recomendó algo que sigue siendo importante en las iglesias, que es la división de labor. Moisés estaba haciendo solo todo el trabajo de liderazgo. Jetro le recomendó que pusiera ayudantes. Así lo hizo, y la vida se volvió más fácil para todos.

Finalmente, llegamos al monte Sinaí, donde Dios apareció ante el pueblo para darle la ley.

Lectura: Exodo 19:1-8

19:1 En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí.
19:2 Habían salido de Refidim, y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte.
19:3 Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel:
19:4 Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí.
19:5 Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra.
19:6 Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.
19:7 Entonces vino Moisés, y llamó a los ancianos del pueblo, y expuso en presencia de ellos todas estas palabras que Jehová le había mandado.
19:8 Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos. Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo.

Este es el momento del establecimiento del pacto entre Dios e Israel. Es una ampliación del pacto hecho con Abraham. Cuando se casa una pareja, hay un momento en la ceremonia en la que se dicen los votos. Con esas palabras, hacen un compromiso ante Dios y ante la Iglesia de fidelidad y amor.

De la misma manera, este es el momento de los votos entre Dios y su pueblo. Dios había conquistado a su pueblo salvándolo de manos del faraón, trayéndolo sobre alas de águila hasta este lugar donde se manifestaba su presencia. Ellos no habían ganado su libertad; El los había liberado por su propio poder, como un águila levanta su presa y se la lleva a su guarida.

Ahora, El los invita a entrar en pacto con El; a ser su pueblo, un pueblo de sacerdotes. Esto significa que ellos funcionarían como un pueblo de sacerdotes para las demás naciones de la tierra. A través de Israel toda la tierra llegaría a conocer quién es el Señor. Este fue el compromiso que Dios les invitó a hacer. ¿Cómo respondieron? El verso 8 lo dice.

Dios entonces les dio su ley para que supieran cómo El quería que vivieran como su pueblo. Esta ley empieza con los diez mandamientos, en Exodo 20:1-17. Vamos a repasarlos rápidamente:

20:1 Y habló Dios todas estas palabras, diciendo:
20:2 Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre.
20:3 No tendrás dioses ajenos delante de mí.
20:4 No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
20:5 No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen,
20:6 y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos.
20:7 No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano.
20:8 Acuérdate del día de reposo para santificarlo.
20:9 Seis días trabajarás, y harás toda tu obra;
20:10 mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas.
20:11 Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó.
20:12 Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.
20:13 No matarás.
20:14 No cometerás adulterio.
20:15 No hurtarás.
20:16 No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.
20:17 No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

Estos mandamientos no eran toda la ley. Después siguen otras instrucciones en los capítulos 21-23, en el libro de Levítico y en Deuteronomio. Sin embargo, sirven como resumen de los puntos sobresalientes de la ley.

No tengo tiempo para hacer una exposición completa de la ley, pero quiero hacer algunos breves comentarios para aclarar ciertas dudas que surgen acerca de la ley. En primer lugar, la ley era particular. Se dirigía a la situación de Israel en ese momento de la historia humana. Los principios que la ley describe son universales, pero algunas de sus expresiones son particulares a la historia de Israel.

En segundo lugar, la ley era parcial. No es la palabra final acerca de la voluntad de Dios, sino que incluía concesiones para la situación humana. Por ejemplo, la ley permitía el divorcio. No era porque Dios quería que la gente se divorciara, sino - en las palabras de Jesús - porque sus corazones eran duros, y El sabía que se divorciarían. Por esto, puso ciertos límites para proteger a la mujer en el caso de divorcio.

Podemos aplicar este mismo principio a las menciones dentro de la ley de la esclavitud, por ejemplo. La esclavitud era permitida, pero con muchas limitaciones. No era porque Dios la aprobara, sino porque era parte de la sociedad, y El prefirió poner limitaciones a prohibir algo que se haría de todas formas. La voluntad de Dios, por supuesto, es la libertad.

La tercera cosa acerca de la ley es que era preliminar. Era la preparación para algo que vendría después. Veamos lo que dice Gálatas 3:23-25 acerca de esto:

3:23 Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada.
3:24 De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe.
3:25 Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo,

El propósito de la ley era de preparación. La ley vino para prepararnos para recibir por fe a Cristo. Es como un maestro de kínder que nos prepara para aprender lo que se nos enseña en la escuela.

¿Cómo es esto? La ley nos muestra nuestra necesidad de Cristo. Sin la ley, podríamos pensar que somos personas buenas, que no le debemos nada a Dios; pero la ley nos demuestra que somos pecadores que necesitan el perdón de un Salvador.

La ley también predice la obra de Cristo. Dentro de la ley encontramos diferentes normas que nos enseñan lo que Cristo vendría a hacer. Por ejemplo, las leyes acerca del sacrificio mostraban la forma en que un ser viviente podría tomar el lugar de otro y morir por su pecado. Así comprendemos el sacrificio de Cristo en la cruz.

Venido el cumplimiento, sin embargo, ya no hace falta la preparación. Por esto dice Pablo que ya no estamos sujetos al guía, que es la ley. No se refiere a los aspectos morales de la ley; éstos se aplican a todos en todo tiempo. No matarás, no darás falso testimonio, no cometerás adulterio - estas leyes nunca caducan.

Mas bien, se refiere a los aspectos de la ley que se cumplieron en Cristo - entre otras cosas, la ley del sábado, las leyes acerca de los sacrificios, las leyes alimenticias. Se han cumplido, y ya no estamos bajo su tutoría. Hemos sido librados de todos esos detalles de la ley.

¿Para qué hemos sido librados? ¿Para vivir en libertinaje, en pecado, en maldad? De ninguna forma. Más bien, hemos sido librados para conocer a Cristo, seguir su ejemplo en el poder del Espíritu Santo. De esta forma, cumpliremos las justas demandas de la ley en el poder sublime de Dios.

Quizás tú estás aquí en este día y has estado viviendo toda tu vida bajo la ley. Has tratado de obedecer las leyes de Dios, y siempre has fracasado. Claro, a veces sí lo haces; pero muchas veces has fallado, y eres culpable ante Dios. A ti te digo en esta mañana: Hay uno que obedeció perfectamente la ley de Dios, y lo hizo por ti. El murió, sin tener que hacerlo, en tu lugar y el mío.

El ahora te invita a entregarle tu vida, y aprender de El como vivir en obediencia tu Padre - no para tratar de ganar la salvación, sino porque El ya te la ganó. ¿Quieres conocerlo hoy? La ley es buena, pero tú y yo no lo somos. Por eso necesitamos un Salvador. Si no lo has recibido, ven hoy a hacerlo.


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