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Domingo 28 de Febrero del 2010

El llamado de un libertador
Pastor Tony Hancock

En nuestro último encuentro con la Palabra de Dios, hablamos de la vida de José. Ese varón nos demuestra el valor de la perseverancia en toda situación, el valor de resistir la tentación y la forma en que Dios protege a su pueblo, el pueblo que más tarde trajo al mundo al Salvador.

Vimos también la forma en que la vida de José, en varios de sus detalles, anticipa la vida de Jesús, como un destello sobre el agua que lleva nuestra vista hacia el sol. Hasta allí hemos llegado en nuestro recorrido de la Biblia, buscando en la Palabra abierta los rasgos de Palabra viva, nuestro Señor Jesucristo.

Algunos días atrás conversaba con un miembro de la congregación que me comentó que iba leyendo la Biblia más o menos a la velocidad que vamos avanzando en los mensajes dominicales, para comprenderla mejor. Esto me parece excelente, pues sólo así podemos llegar a un conocimiento profundo de las Escrituras. Hay muchas personas que tienen un conocimiento leve y pasajero de la Biblia, pero Dios nos llama a ser estudiantes de su Palabra.

Continuando en nuestro viaje a través de la Palabra descubrimos que la familia de Israel, el padre de José, se estableció en Egipto y se multiplicó. Pasaron alrededor de cuatrocientos años, hasta que reinaba ya otro faraón que no sabía nada de José y lo que había hecho por Egipto. El sólo sabía que vivía dentro de las fronteras de su reino un pueblo que no era suyo, un pueblo ya numeroso, que podría volverse en su contra y cometer actos de sabotaje en cualquier momento.

Decidió entonces hacer algo al respecto. Su plan fue doble: en primer lugar, usó a los israelitas como esclavos para construir almacenes, y buscó reducir su población ordenando que todos los varones israelitas que nacieran fueran tirados al río Nilo. La idea era que así sólo quedarían mujeres, quienes al crecer se casarían con hombres egipcios - y dejaría de existir la nación israelita.

Humanamente hablando, el plan del faraón parecía lógico. Desde la perspectiva divina, representaba una gran amenaza al plan de Dios. Si se exterminaba de esta forma el linaje de Abraham, el pueblo de Israel, ¿de qué forma nacería el Salvador, por medio del cual todas las naciones de la tierra serían bendecidas?

Era un momento de gran peligro, no sólo para los israelitas, sino para la realización del plan de Dios. Fue en esta situación precisa que nació Moisés. La Biblia nos dice que su madre lo vio y se dio cuenta de que era hermoso, así que no quiso sacrificarlo. Durante tres meses lo ocultó, hasta que llegó el momento en que ya no lo podía hacer.

Decidió entonces cumplir con el edicto del faraón y tirar a Moisés al río. Sólo hizo un ajuste: lo puso primero en una canasta impermeable al agua, e instaló también a su hermana mayor a vigilarlo. Moisés fue encontrado por la hija del faraón, quien sintió compasión de él y decidió adoptarlo.

La hermanita de Moisés, aprovechando la situación, se acercó a la hija del faraón y le ofreció a su madre como nodriza del bebé. Fue así que la madre de Moisés fue contratada para criar a su hijo durante sus primeros años de vida por la hija del faraón, quien luego lo llevó a vivir al palacio.

Aquí encontramos una gran lección en la vida de Moisés. ¿Cuánto tiempo tuvo Moisés con sus padres? Unos pocos años solamente. No duraría mucho antes de que la hija del faraón se lo llevara a vivir al palacio, donde él no aprendería nada acerca del Dios verdadero - sólo lecciones acerca de los dioses falsos que adoraban los egipcios.

Sin embargo, durante esos pocos años de la niñez de Moisés, su madre y su padre le enseñaron acerca del Dios verdadero. Sus lecciones fueron tan profundas e impactantes que cuando, muchos años después, Dios llamó a Moisés, Moisés sabía quién era Dios. Sus padres habían inculcado en el corazón de Moisés la fe en el Dios verdadero, y ni los años que vivió en el lujo del palacio del faraón ni la educación que seguramente recibió allí pudieron sacar esa fe de su corazón.

Padres, ustedes tienen una gran responsabilidad ante Dios - la responsabilidad de criar a sus hijos en el amor y la disciplina del Señor. La Iglesia no lo puede hacer por ustedes - lo que sus hijos aprenden en la Iglesia les servirá de muy poco si no lo ven respaldado en el hogar. La escuela no lo hará tampoco - sólo ustedes pueden enseñarles los valores que deben tener.

¿Qué han llegado a saber tus hijos acerca de Dios al ver tu ejemplo y escuchar tus palabras? ¿Les reflejas el amor, la integridad, la justicia y la santidad de Dios? Ellos llegarán a conocer mucho mejor a Dios si lo han visto reflejado en tu vida. Esto sucedió en la vida de Moisés, y yo sé que Dios desea que suceda en la vida de cada niño en esta Iglesia también.

Sin embargo, lo que Moisés conoció acerca de Dios no evitó que él cometiera errores en su vida. Esta es una realidad: por mejor que sea la crianza, algunos niños cometen errores. En el caso de Moisés, él se enojó al ver a uno de sus hermanos israelitas que fue maltratado por un capataz egipcio, y en un arrebato de ira, lo mató.

Como resultado, tuvo que huir del país. Durante cuarenta años, él vivió lejos, en la región de Madián. Allí se casó y vivió como un humilde pastor de ovejas, hasta que un día, vio algo insólito.

Lectura: Exodo 3:1-12

3:1 Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios.
3:2 Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía.
3:3 Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema.
3:4 Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí. 
3:5 Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.
3:6 Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.
3:7 Dijo luego Jehová: Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias,
3:8 y he descendido para librarlos de mano de los egipcios, y sacarlos de aquella tierra a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel, a los lugares del cananeo, del heteo, del amorreo, del ferezeo, del heveo y del jebuseo.
3:9 El clamor, pues, de los hijos de Israel ha venido delante de mí, y también he visto la opresión con que los egipcios los oprimen.
3:10 Ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel.
3:11 Entonces Moisés respondió a Dios: ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel?
3:12 Y él respondió: Ve, porque yo estaré contigo; y esto te será por señal de que yo te he enviado: cuando hayas sacado de Egipto al pueblo, serviréis a Dios sobre este monte.

En este día, como tantos otros, Moisés se paseaba en el desierto de Madián cuando vio algo inusual. No era inusual ver una zarza en llamas; en esa parte del mundo, sucede con cierta frecuencia debido a la sequedad. Más bien, lo inusual era que la zarza no se consumía.

Entre las llamas de la zarza se oyó la voz del ángel del Señor. En la Biblia, hay ángeles, que son seres creados. Pero también aparece una figura misteriosa conocida como el ángel del Señor, que es más que un ángel. Podemos ver en este mismo pasaje que el verso 2 nos habla del ángel del Señor, pero el verso 4 lo describe como el Señor mismo. Lo más probable es que se trate de una manifestación del Señor Jesucristo antes de su encarnación.

La voz del Señor se identifica como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, y como ya hemos visto, fue sólo por la preparación que Moisés había recibido de sus padres que él pudo identificar a este Dios y mostrarle el respeto debido. Dios le declara que El ha visto el sufrimiento de su pueblo, y que ahora va a empezar el siguiente paso en su plan - llevarlos de regreso a la tierra que le había prometido a Abraham, una tierra espaciosa y fértil. Dios se había propuesto usar a Moisés para liberar a su pueblo de la esclavitud.

Moisés, sin embargo, no estaba muy de acuerdo con este plan. Al parecer, él estaba perfectamente contento como pastor de ovejas, y no se sentía capaz de aparecer ante el faraón. En el resto del pasaje, descubrimos que Moisés presenta una objeción tras otra, y Dios contesta cada una.

Moisés se convirtió en un gran líder del pueblo de Dios, y fue grandemente usado por Dios en su plan. En las próximas dos semanas, veremos algunos aspectos del ministerio de Moisés. Hoy quiero que nos enfoquemos en su preparación y llamado, para compararlos con otro personaje. Para ver esta comparación, tenemos que ir a otro pasaje.

Lectura: Hebreos 3:1-6

3:1 Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús;
3:2 el cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios.
3:3 Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo.
3:4 Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios.
3:5 Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir;
3:6 pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.

Moisés fue un gran líder usado por Dios, pero Jesús es mayor que él, así como el constructor de una casa es mayor que la casa. Vean que aquí el autor nos enseña que Jesús es igual a Dios. Esto queda claro en los versos 3 y 4.

De ninguna forma se desprestigia a Moisés en estos versículos. Al contrario; al ver el gran líder que él fue, debemos de considerar cuánto mejor fue Jesús. Esto lo podemos ver precisamente en los dos aspectos que hemos considerado de la vida de Moisés.

Moisés fue preparado desde su niñez; Jesús también lo fue, y El fue íntegro desde su juventud. Ya hemos mencionado el error que cometió Moisés, en su pueril coraje, de matar a un egipcio. Jesús nunca cometió semejante error. Al contrario; Lucas 2:52 nos dice que "Jesús siguió creciendo en sabiduría y estatura, y cada vez más gozaba del favor de Dios y de toda la gente".

Como adolescente, El demostró una singular conciencia de su llamado. En aquella ocasión en la que sus padres lo llevaron al templo, El se quedó atrás, pues según El, tenía que estar en los asuntos de su Padre. Vemos que tanto Moisés como Jesús disfrutaron de una buena preparación desde su niñez, pero Jesús aprovechó la suya al máximo.

Comparemos también el llamado de estos dos hombres. Cuando Dios llamó a Moisés, éste contestó con toda una lista de razones por las que no podía cumplir con el llamado. Me pregunto si Dios no era capaz de distinguir su capacidad. ¿No era el llamado mismo suficiente garantía de que lo podía hacer?

Cuando estudiamos la vida de Jesús, no encontramos ningún llamado similar al que recibió Moisés. En su bautismo, El fue declarado hijo de Dios; esto sirve como confirmación de su identidad, no como un llamado. Más bien, Jesús refleja en su vida la conciencia de haber sido llamado siempre.

Ya hemos mencionado la ocasión en la que, a sus trece años de edad, El declaró: "En los asuntos de mi Padre he de estar" (Lucas 2:49). Antes de nacer, Jesús, como Dios, ya había decidido lo que iba a hacer. Al hacerse hombre, ya estaba respondiendo al llamado. Su nacimiento fue el acto de sumisión a la voluntad de su Padre.

Al comparar las vidas de Moisés y de Jesús, sacamos una conclusión: Jesús es digno de recibir nuestra fe y nuestra obediencia. Hebreos 3:6 indica esto. Si Dios nos ha mandado un libertador de tal calidad, nos urge seguirlo y obedecerle siempre. No podemos perder nuestra fe, porque las consecuencias serían desastrosas.

Es triste observar a las personas que han naufragado en su fe. Es peor, en realidad, haber conocido de Cristo y luego haberlo dejado, que jamás haberlo conocido. Dios no quiere eso para ninguno de nosotros. Más bien, El nos ha llamado a perseverar hasta alcanzar la victoria.

Quizás hoy estás enfrentado alguna traba o algún estorbo en tu fe. Con un Libertador tan extraordinario, no te conviene abandonar el camino. Más bien, comprométete ahora en buscar la solución. Si tienes dudas, no te desanimes; busca las respuestas. Cristo no se merece menos de ti.


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