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Domingo 1 de Noviembre del 2009

La protección por la Palabra
Pastor Tony Hancock

Introducción

Algunos años atrás, una mujer llamada Elvira Arellano se refugió en una iglesia en Chicago para evitar ser deportada. Después de vivir dentro de la iglesia por el espacio de un año, ella salió, fue arrestada y deportada. Sin embargo, durante el espacio de ese año, estuvo a salvo.

Lo que hizo ella al refugiarse dentro de un santuario no fue novedoso; al contrario, tiene una larga historia. En algunos casos funciona, y en otros no. En la Biblia, por ejemplo, encontramos la historia de Joab, el jefe del ejército de David. Después de la muerte de David, Joab conspiró con uno de sus hijos para que éste tomara el trono en lugar de Salomón, el escogido de Dios y de David.

Cuando Salomón había establecido su reino, mandó matar a todos los que habían conspirado contra él, incluyendo a Joab. Este hombre se refugió dentro del templo y tomó los cuernos del altar, el lugar más sagrado. Sin embargo, Salomón mandó matarlo, reconociendo que no se había refugiado con justicia en la casa del Señor.

Un edificio, aunque sea un templo o una iglesia, no siempre sirve de refugio. ¿Dónde, entonces, puede la Iglesia encontrar protección? Si el simple hecho de estar en este edificio no nos protege, si sabemos que el enemigo también obra dentro de la Iglesia, ¿dónde podemos encontrar verdadera protección?

Hoy veremos dónde se refugió la Iglesia cuando enfrentó sus primeras amenazas. Los primeros ataques a la Iglesia vinieron desde afuera, y llegaron cuando Dios había hecho un gran milagro y muchas personas escuchaban el Evangelio.

La verdad es que el enemigo ataca precisamente cuando el Señor se está moviendo en una congregación. A veces pensamos que los ataques indican que el Señor nos está castigando, pero la verdad es que el enemigo suele atacar cuando Dios está obrando. No nos deben de sorprender los ataques, sino más bien debemos de responder como lo hizo la Iglesia.

Lo que sucedió fue esto: Pedro y Juan llegaron al templo, y vieron en la puerta a un hombre lisiado que mendigaba. Éste les pidió dinero, y Pedro pronunció unas palabras inesperadas. Le dijo así: "No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy. En el nombre de Jesucristo de Nazaret, ¡levántate y anda!" (Hechos 3:6)

Cuando las personas vieron lo que había sucedido, se maravillaron, pues estaban acostumbrados a ver al hombre mendigando cuando llegaban al templo. La impresión de ver a ese hombre que por años había estado pidiendo limosna a la puerta del templo fue tal que buscaron a Pedro y Juan. Pedro, por supuesto, aprovechó para predicarles el Evangelio, y muchos creyeron.

Sin embargo, a los gobernantes del templo no les pareció bien lo que hacían Pedro y Juan. La mayoría de ellos eran saduceos, una secta judía que no creía en la resurrección; no les parecía, entonces, que Pedro predicara acerca de la resurrección de Jesús. Así que, arrestaron a Pedro y Juan, y los metieron a la cárcel hasta el día siguiente.

Cuando tuvieron su audiencia, los líderes decidieron simplemente ordenarles a Pedro y Juan que dejaran de predicar de Jesús. Con gran osadía, estos hombres respondieron: "¿Es justo delante de Dios obedecerlos a ustedes en vez de obedecerlo a él? ¡Júzguenlo ustedes mismos! Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído." (Hechos 4:19-20)

Los líderes no pudieron hacer más que volver a amenazar a Pedro y Juan, y luego soltarlos. La primera cosa que hicieron los apóstoles al quedar en libertad fue dirigirse a donde estaban los creyentes reunidos. Vamos a ver qué pasó allí.

Lectura: Hechos 4:23-31

4:23 Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
4:24 Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay;
4:25 que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?
4:26 Se reunieron los reyes de la tierra, Y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo.
4:27 Porque verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel,
4:28 para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.
4:29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra,
4:30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades y señales y prodigios mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús.
4:31 Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios.

¿Qué hicieron los creyentes cuando se dieron cuenta de lo que había sucedido? ¿Buscaron a los mejores abogados para defenderlos de los ataques legales que sufrían? ¿Hicieron una estrategia de mercadeo para tratar de convencer a la gente de que ellos tenían la razón? Estas cosas quizás tengan su lugar en algún momento, pero lo primero que hicieron ellos debe ser también nuestra primera reacción. Ellos oraron.

Cuando observo la Iglesia actual, veo muchas cosas buenas. Veo muchas obras de Dios. Sin embargo, también veo una gran debilidad; esta debilidad surge de nuestra tendencia de confiar en nuestras propias capacidades. Muchas veces, lo que hacemos es formar nuestros planes y pedir que Dios los bendiga, en lugar de primero buscar a Dios en oración y luego hacer nuestros planes.

¡Tenemos las cosas al revés! Vemos grandes necesidades, pero en lugar de buscar la forma en que Dios quiere usarnos para suplirlas, pensamos solamente en nuestros propios recursos. Sin embargo, cuando observamos el patrón bíblico, descubrimos lo siguiente: el pueblo de Dios se defiende principalmente en oración con la Palabra.

Observemos más de cerca la oración de los creyentes. Ellos empiezan adorando al Señor. La primera frase de su oración da eco a un tema que aparece y reaparece varias veces en el Antiguo Testamento, entre ellos en Nehemías 9:6 ("Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército, la tierra y todo lo que está en ella, los mares y todo lo que hay en ellos; y tú vivificas todas estas cosas, y los ejércitos de los cielos te adoran"). La siguiente parte (Hechos 4:25-26) es una cita directa del Salmo 2:1-2.

¿Qué significa esto? Significa que, antes de hablar con Dios acerca de su problema, los creyentes lo alabaron - y lo hicieron en base a lo que conocían acerca de Dios en su Palabra. En otras palabras,

I. La Palabra de Jesús es la base de nuestra alabanza y seguridad

En la alabanza, encontramos seguridad. La alabanza más fuerte y poderosa es la que se basa en la Palabra de Dios. La Biblia nos demuestra cómo es Dios, para que podamos alabarle de verdad. Jesús dijo que Dios está buscando adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad. La única forma de adorar a Dios en verdad es adorarle basándonos en su Palabra.

Cuando enfrentamos un problema - sea como personas o como Iglesia - nuestra primera reacción muchas veces es empezar a pedirle a Dios su ayuda. La Iglesia de Hechos hizo esto, pero primero, recurrieron a la alabanza. Se acordaron de quién es Dios, y lo alabaron. Al hacerlo, daban eco a las verdades de la Biblia que ellos habían llegado a conocer.

Es muy provechoso aprender a orar la Biblia. Con esto me refiero a tomar las verdades de la Biblia y convertirlos en oración. Esto es lo que hicieron estos hermanos; tomaron la verdad que habían guardado en sus corazones y lo expresaron a Dios en oración.

Tú lo puedes hacer también. Sin embargo, para poder hacerlo, tienes primero que guardar la Biblia en tu corazón. Tienes que conocerla a fondo, para poder recordar y repetirla cuando la necesitas. De otro modo, te quedas como el policía que deja sus balas guardadas en el armario. Cuando las necesita, no las va a tener.

Es sólo cuando hemos alabado a Dios, cuando hemos recordado quién es El en base a su Palabra, que podemos pedirle. Por esto,

II. La Palabra de Jesús es la base de nuestra petición y ruego

Hacemos bien en pedirle al Señor que nos socorra y ampare. Ellos lo hicieron también. Tengamos cuidado, sin embargo, de no poner las cosas al revés. Las peticiones sólo pueden venir después de la alabanza, basada en la Palabra.

Hermanos, quiero que lleguemos a ser realmente una Iglesia que sabe alabar. Sólo lo vamos a hacer en base a la Palabra de Cristo. Sólo será cuando hayamos aprendido a expresar al Señor nuestra alabanza y hemos llegado a ver lo que nos sucede desde su perspectiva que estaremos preparados para compartir su victoria también.

¿Estás dispuesto a unirte conmigo en esta aventura de descubrimiento? ¿Estás dispuesto a alabar al Señor en base a su Palabra? Hermanos, construyamos una Iglesia protegida por la alabanza, una Iglesia que se defiende con alabanza basada en la Palabra de Dios y que se sabe defender porque conoce la verdad. Sólo así tendremos una Iglesia que avanza en victoria.


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

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