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Domingo 2 de Junio del 2002

¿Estás preparado para el juicio?
Pastor Tony Hancock

Hace poco, un amigo me contó la historia de un conocido suyo, de habla inglesa, que hacía misiones en algún país hispanoparlante. Llegaba a los hogares y ofrecía un estudio bíblico, una película evangelística, o algún otro material. Muchas de las personas, dispuestos a oírlo, respondían: Cómo no.

Surgió un problema, sin embargo. El anglosajón no manejaba muy bien el idioma español, y al oír la palabra "no", se retiraba decepcionado para tocar otra puerta. Quedaba el misionero desilusionado y los residentes perplejos, pues no entendían por qué les ofrecía algo que no les entregaba. Este hombre, pese a sus buenas intenciones, no estaba preparado ni tenía el conocimiento necesario para hacer lo que se había propuesto. Por no entender, se perdió muchas oportunidades.

De igual modo, hay muchas personas hoy en día que piensan estar preparados para el día del juicio final, pero no saben qué es lo necesario. Es muy posible que ellos también se topen con una sorpresa no muy agradable cuando lleguen a la presencia de Dios.

Quizás en esta mañana crees que estás listo para ese día del juicio. Presta atención a lo que dice la Palabra de Dios, para que puedas estar seguro de estarlo. También es posible que nunca hayas pensado mucho en ese tribunal ante el cual padecerá todo ser humano. No esperes hasta que sea muy tarde para hacerlo.

Lectura: Santiago 2:8-13

2:8 Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis;
2:9 pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.
2:10 Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.
2:11 Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley.
2:12 Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.
2:13 Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.

Este pasaje nos presenta con dos opciones muy claras: podemos estar preparados para el juicio final, o podemos no estarlo. Santiago lo menciona en conexión con el tema del favoritismo que vimos la semana pasada, pero podemos darle una aplicación más amplia. Sus palabras se aplican a nuestra vida en general, y nos llaman a examinarnos para ver si realmente estamos preparados para ese gran día de juicio.

Muchas personas creen que están listas para el juicio. Piensan que realmente no han hecho muchas cosas malas. Se fijan en lo bueno que han realizado en su vida, y se sienten más o menos confiados. Pero hay algo que ellos - y todos - tenemos que entender:

I. En el día del juicio, la persona que haya quebrantado una parte de la ley será totalmente culpable

Nos dice el versículo diez, El que cumple con toda la ley pero falla en un solo punto ya es culpable de haberla quebrantado toda. Mucho ojo con este concepto: Dios no nos está diciendo que si hemos cometido un pecado, entonces le da igual si salimos a cometerlos todos. No es una invitación a pensar como el niño que quiebra el florero de su mamá por accidente, y piensa: "Bueno, de una vez me voy a comer todas las galletas también, porque de todos modos me va a castigar".

Más bien, tenemos que darnos cuenta de que la ley de Dios representa lo que él quiere para nosotros. Si nosotros le desobedecemos en un detalle, entonces ya le hemos desobedecido. No importa cuántas leyes no hayamos quebrantado, si hemos desobedecido una de ellas, entonces ya estamos en rebelión contra Dios.

Es por esto que nos dice el verso once: El que dijo: "No cometas adulterio", también dijo: "No mates". Si no cometes adulterio, pero matas, ya has violado la ley. En otras palabras, hay muchas leyes; pero sólo hay un Dios. Si desobedeces una de esas leyes, ya te has hecho culpable ante Dios. Ya eres un rebelde.

Así que, la ley no nos puede justificar si no la hemos guardado perfectamente. No podremos decirle a Dios en el día del juicio, "Mira todas las leyes tuyas que obedecí. Claro que pequé algunas veces, pero también obedecí en varias ocasiones." Eso no valdrá.

Entonces dirás: "¿Qué esperanzas hay de salir justificado en aquel día? Todos hemos desobedecido a Dios. Todos nos hemos rebelado de alguna manera u otra." Precisamente ahí está el detalle fundamental. Significa que ninguno de nosotros se puede creer mejor que otro, ni tampoco podemos clasificarnos según los pecados que hemos cometido.

Si la ley nos condena a todos porque todos la hemos desobedecido, entonces nadie podrá decir: "Es cierto que he pecado, pero ¡aquél es homicida! ¡aquél es terrorista! ¡aquél es vendedor de drogas! ¡Yo jamás he hecho alguna de esas cosas!" Será verdad que no eres homicida o terrorista, pero hay algo que te une a ellos: el ser pecador.

Así que no pienses que el chisme, el favoritismo, o cualquier otro pecado es sólo un pecadillo que Dios ignorará. Cualquier pecado te hace transgresor, te hace pecador, te aleja de Dios.

La buena noticia es que sí hay una salida.

II. En el día del juicio, la persona que haya sido transformada por la compasión de Dios será absuelta de culpa

El versículo doce habla de una ley nueva. Es la ley de la libertad. No es la libertad de la ley, sino más bien una nueva ley que nos trae libertad, si nos sometemos a ella.

La ley antigua, la ley del Antiguo Testamento, sólo tenía poder para condenar. Sus cientos de reglamentos indicaban cuál era la vida que Dios deseaba, pero no tenía ningún poder la ley para ayudarnos a cumplirla.

En otras palabras, la ley era algo parecido a la persona que te dice: "¡Ten cuidado con esa piedra!" cuando acabas de tropezar con ella. Pues, gracias; pero eso no quita el dolor de la espinilla.

De igual modo, la ley nos dice qué no hacer; pero el pecado que traemos dentro nos lleva constantemente a desobedecerla. Nos haca falta algo más. Ese algo es la ley que Cristo vino a traernos.

Cristo vino, en un sentido, para hacer más difícil la ley. Cuando él la explicó, nos dio a entender que no solamente son nuestras acciones externas las que nos condenan ante Dios, sino que también nuestros pensamientos nos hacen culpables. Cristo no vino para decirnos que Dios se había equivocado, que realmente algunas de las cosas prohibidas están bien; al contrario. Nos dijo que la intención de Dios es una pureza total, de acción, pensamiento, y palabra - algo más inalcanzable de lo que nos podríamos imaginar.

Pero a la vez, Jesús vino para darnos una ley que nos trae libertad. Es una ley que conlleva el poder para guardarla, porque es una ley escrita en el corazón. El propósito de Jesús en explicarnos lo que Dios realmente desea es llevarnos al quebrantamiento de nosotros mismos, al punto donde estemos listos a entregarnos a él porque ya no podemos nosotros mismos.

Jesús no vino a darnos otra lista de reglas para memorizar; él vino para que pudiéramos tener la presencia de Dios mismo en nuestro ser, quien nos da poder para obedecer, nos da perdón cuando fallamos, y nos da una nueva perspectiva sobre la vida y sobre las personas.

En otras palabras, es una ley de compasión. Es por esto que dice el verso trece: Habrá un juicio sin compasión para el que actúe sin compasión. ¡La compasión triunfa en el juicio! Si hemos reconocido nuestro pecado, nos hemos arrepentido de él, y por fe en el sacrificio de Cristo hemos recibido la compasión de Dios, entonces tenemos seguridad para el juicio. No seremos declarados culpables. Pero si esto ha sucedido, entonces es inevitable que la compasión también se demuestre en nuestro trato con los demás.

En el día del juicio, no importa cuánto hayas obedecido la ley; serás condenado, porque has desobedecido parte de ella. En cambio, si la compasión de Dios te ha transformado de tal modo que tu vida ha cambiado, entonces estás a salvo. La compasión triunfa en el juicio.

La primera ley nos lleva al final de nosotros mismos - nos lleva al punto de perder la esperanza - para que podamos recibir la compasión de Dios. Mientras creemos que tenemos algo que ofrecerle a Dios, no podremos recibir su gracia. El momento en que estamos dispuestos a lanzarnos sobre su gracia, entonces él nos acoge, nos perdona, y nos capacita para que podamos vivir de la manera que le agrada.

Si esto te ha sucedido, entonces vive esa compasión con los demás. Tú también serás juzgado; si tu vida demuestra que te has arrepentido, y el amor de Dios se demuestra en tu trato hacia los demás, entonces serás aprobado. Por el otro lado, si te crees cristiano, pero tu vida no demuestra nada de amor, de gracia, de compasión, entonces debes de examinarte seriamente.

Si nos examinamos a nosotros mismos para arrepentirnos, entonces no seremos condenados. Si vas por la calle demasiado rápido, y te das cuenta antes de que lo note el policía, entonces puedes salvarte de una multa. De igual modo, si te examinas y te arrepientes ahora, podrás salvarte del juicio después.

 

Ahora déjame hacerte la pregunta: ¿estás listo para el juicio final? ¿Ha llegado la compasión de Dios a tu corazón? ¿Te has arrepentido de tus pecados? ¿Estás viviendo como hijo de Dios?

Si nunca has recibido la gracia de Dios, la puedes recibir en esta mañana. Si te das cuenta de que eres incapaz de agradar a Dios por tu propia cuenta, y estás dispuesto a recibir el perdón que Jesús murió por comprarte, sólo tienes que arrepentirte de tus pecados y entregarte a él. El entrará en tu vida, y serás aceptado. Su compasión podrá transformarte.


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