Firmes y Adelante

Enlaces El Sermón Dominical

Esta semana

Todos los Sermones

Contactar al autor

¡Suscríbete!

Domingo 3 de Mayo del 2009

La santidad de Dios
Pastor Tony Hancock

Introducción

De niño, Teddy Roosevelt sufría de un gran temor de la iglesia. Su madre se dio cuenta de que el niño se rehusaba a entrar solo al templo, y descubrió que el temía algo llamado el celo. El decía que se escondía en los rincones oscuros de la iglesia, listo para atacarlo.

Cuando su mamá le preguntó qué era el celo, él respondió que no estaba seguro, pero pensaba que era un animal grande, como un tigre o un dragón. El había escuchado al pastor leer de la Biblia acerca del celo.

Su mamá tomó entonces una concordancia y le empezó a leer todos los pasajes que contenían la palabra "celo". De repente, con mucha emoción, el pequeño Teddy le dijo que leyera de nuevo Juan 2:17: "Entonces se acordaron sus discípulos que está escrito: El celo de tu casa me consume."

El niño había oído esta frase, y se había imaginado que el "celo" era un animal que vivía en la casa de Dios y que tenía mucha hambre. Ahora bien, nos podemos reír de las ocurrencias de los niños, pero detrás de este malentendido hay una gran verdad. Nuestro Dios es un Dios celoso, y su ira puede consumir a los que se burlan de El.

A veces nos imaginamos a Dios como si fuera algún osito de peluche, inofensivo y sentimental. Sin embargo, Jesús es descrito como el león de la tribu de Judá. Cuando el autor C.S. Lewis buscaba un animal apropiado para representar a Jesús en sus "Crónicas de Narnia", el león fue el animal más apropiado que pudo encontrar.

El león es un animal majestuoso, pero no es inofensivo ni sentimental. Al contrario: su majestad es feroz, e infunde respeto en quienes lo ven. En la Biblia, quienes se encuentran en la presencia de Dios descubren que El así es también.

Observemos, por ejemplo, lo que le pasó a Moisés cuando se encontró frente a Dios.

Leamos Exodo 3:1-6:

3:1 Apacentando Moisés las ovejas de Jetro su suegro, sacerdote de Madián, llevó las ovejas a través del desierto, y llegó hasta Horeb, monte de Dios.
3:2 Y se le apareció el Angel de Jehová en una llama de fuego en medio de una zarza; y él miró, y vio que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía.
3:3 Entonces Moisés dijo: Iré yo ahora y veré esta grande visión, por qué causa la zarza no se quema.
3:4 Viendo Jehová que él iba a ver, lo llamó Dios de en medio de la zarza, y dijo: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí.
3:5 Y dijo: No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es.
3:6 Y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Entonces Moisés cubrió su rostro, porque tuvo miedo de mirar a Dios.

Dios llamó la atención de Moisés con una zarza ardiente. El fuego, asombrosamente, no consumía el arbusto; Moisés se acercó para ver por qué. Cuando Dios le habló de en medio del fuego, se identificó como el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, los patriarcas del pueblo de Dios.

¿Cuál fue la primera reacción de Moisés? ¿Alegría? ¿Risa? ¿Asombro? La Biblia nos dice que Moisés se cubrió el rostro, porque tenía miedo de mirarle a Dios. La reacción de Moisés al encontrarse frente a Dios fue el temor. Como un niño asustado por los truenos que esconde la cabeza debajo de las sábanas, Moisés escondió su rostro para no ver a Dios.

La santidad de Dios, su perfección, es como una luz que encandila; como la luz del sol, que trae ceguera si se mira directamente. El ser humano que se encuentra frente a esta perfección, como Moisés, queda espantado. Lo mismo le sucedió a Isaías, cuando vio al Señor en su templo.

Leamos Isaías 6:1: "En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo." Isaías recibió una visión del Señor; veamos en el verso 5 cómo respondió: "Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos." Isaías dijo: ¡Estoy perdido! Si seguimos leyendo, descubrimos que él tuvo que ser purificado para poder permanecer en la presencia del Señor. Isaías, siendo profeta y siervo de Dios, se asustó frente a esta muestra de la santidad de Dios.

Aun en la Iglesia primitiva descubrimos lo mismo. Ananías y Safira tuvieron la osadía de mentirle a Dios en medio de la congregación. ¿Qué les pasó? Primero uno, y luego el otro, murieron al instante. Leamos ahora Hechos 5:5 para ver qué pasó después de la muerte de Ananías: "Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron." Luego, muere Safira; el verso 11 nos dice qué pasó después de la muerte de ella: "Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.".

¿Lo vieron? Un gran temor vino sobre todos los que enteraron. Estuvieron en la presencia de Dios, y les trajo temor. El Dios que creó este universo, en su perfecta santidad, no puede ser visto por el ser humano pecador sin que éste quede instantáneamente destruido. Nuestro Dios, dice la Biblia, es un fuego consumidor (Hebreos 12:29).

La santidad de Dios se ve en sus acciones. Cuando Dios le reveló su nombre - es decir, su naturaleza - a Moisés en el monte Sinaí, le habló de su naturaleza.

Veamos lo que le dijo en Exodo 34:5-7:

34:5 Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová.
34:6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad;
34:7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación.

La santidad de Dios se expresa en su comportamiento. Así como un manantial limpio produce agua pura, la pura santidad de Dios se refleja en sus acciones santas.

Este Dios santo es justo y misericordioso. Es misericordioso, perdonador y amoroso hacia quienes le temen; no se enoja fácilmente, ni es caprichoso. Con los malvados e incrédulos, en cambio, El se muestra implacable; su castigo se recuerda hasta la cuarta generación.

Si es así, ¿qué clase de ser humano se podría acercar a este Dios santo? ¿Quién puede estar sin temor en su presencia?

Empezamos a encontrar la respuesta en el Salmo 24:

24:1 De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan.
24:2 Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos.
24:3 ¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?
24:4 El limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a cosas vanas, ni jurado con engaño.
24:5 El recibirá bendición de Jehová, y justicia del Dios de salvación.
24:6 Tal es la generación de los que le buscan, de los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob.
24:7 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.
24:8 ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla.
24:9 Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, y alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria.
24:10 ¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, El es el Rey de la gloria.

Los primeros dos versículos establecen la grandeza de Dios, y la importancia de poder estar en su presencia. El es Creador de todo lo que hay; la vida verdadera está con El.

Esto nos lleva a la pregunta que plantea el verso 3: ¿quién puede estar en su presencia? El autor lo imagina en su trono sobre el monte Sión, en un lugar alto, como se merece su grandeza. ¿Quién puede subir a ese lugar santo y entrar ante Dios, sin ser destruido?

La respuesta está en el verso 4: sólo el que tiene manos limpias y un corazón puro, que no adora dioses falsos - ídolos o imágenes. Las manos limpias representan una vida de justicia, de pureza y de integridad; lo opuesto a tener las manos limpias es tenerlas sucias por la sangre inocente.

El corazón puro significa que no sólo es cuestión de tener una vida que parece buena por fuera. Los fariseos del día de Jesús tenían eso, pero no era suficiente para que ellos quedaran bien con Dios. Jesús los comparó con sepulcros blanqueados; por fuera se veían bien, pero por dentro estaban llenos de muerte. Sus corazones no eran íntegros.

De igual modo, no basta con tener las manos más o menos limpias; Dios ve nuestro corazón, y conoce todos sus pensamientos y todas sus intenciones. Ahora bien, si es así, ¿cómo podemos entrar a la presencia de este Dios santo? ¿Quién realmente tiene manos suficientemente limpias, o un corazón suficientemente puro? ¡Les aseguro que yo no los tengo!

Todos hemos pecado; todos tenemos manchas en nuestras manos y en nuestro corazón. Es por este motivo que necesitamos ser purificados. Nuestras manos y nuestro corazón tienen que ser limpiados para que podamos entrar en la presencia del Señor. ¿Con qué los podemos limpiar? ¿Será suficiente el jabón o el agua?

Sólo hay un detergente con la fuerza suficiente para limpiarnos. Es la sangre. Leamos lo que nos dice Hebreos 9:13-14: "Porque si la sangre de los toros y de los machos cabríos, y las cenizas de la becerra rociadas a los inmundos, santifican para la purificación de la carne,  ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?". Bajo el sistema del Antiguo Testamento, un sistema temporal, la sangre de los animales purificaba por fuera el pecado de la gente. Ahora, sin embargo, nosotros podemos ser purificados por una sangre mucho mejor, purificados por dentro.

La sangre de Jesús es capaz de purificar nuestro corazón, nuestra conciencia, para que seamos puros por dentro y por fuera. Cuando somos purificados de esa manera, tenemos confianza para entrar a la presencia de Dios. Esto nos lo dice Hebreos 10:19: "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, ...". Ese Dios que causaba temor en los corazones de quienes se encontraban en su presencia nos recibe libremente mediante la sangre de Jesucristo.

Quizás tú nunca has sido santificado en la sangre de Cristo. Nunca has aceptado que esa sangre sea aplicada, por fe, a tu corazón para que El te limpie. En unos momentos vamos a tener un momento de decisión, y te invito a pasar para indicar esa decisión y orar para que Cristo te purifique.

Muchos de nosotros, sin embargo, hemos sido rociados con esa sangre. Por fe, la sangre de Cristo ha sido aplicada a nuestros corazones. ¿Qué más sigue? Simplemente esto: de la misma manera en que la santidad de Dios se demuestra en sus acciones de justicia y misericordia, El también nos llama a mostrar nuestro corazón santificado mediante nuestras acciones.

En otras palabras, si nuestro corazón ha sido santificado mediante la sangre de Jesús, es imposible que nuestra vida siga siendo la misma de antes. Si nuestro corazón ha sido cambiado, nuestra vida lo tiene que reflejar. Lo vemos en las cartas del Nuevo Testamento: veamos Romanos 1:7: "a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.", 1 Corintios 1:2: "a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro", 2 Corintios 1:1: "Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que están en toda Acaya", Efesios 1:1: "Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Efeso", Filipenses 1:1: "Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos, con los obispos y diáconos" - podríamos continuar, pero creo que ya lo ven.

Somos llamados a ser ¿qué? ¡Santos! Separados para Dios - diferentes de los demás. Esta santidad no sólo se refleja en un área de nuestra vida. Quizás dices: Yo ya no tomo, así que soy diferente. ¡Qué bueno! Pero ¿ha sido santificada tu lengua? ¿Tienes una cartera santificada? ¿Las meditaciones de tu corazón son santificadas?

Así como Dios es santo, El nos llama a ser santos en toda nuestra vida. ¿Estás viviendo la santidad que es tuya en Cristo Jesús? ¿Estás mostrando con tu vida lo que eres en tu corazón? Una vida de verdadera santidad dejará huellas. Una vida de verdadera santidad es imposible de ignorar. Algunos la rechazarán; otros se sentirán atraídos, y querrán saber más. No te conformes con una vida de mediocridad. Tu Dios te llama a ser santo.

Conclusión

Frente a este Dios santo, la primera respuesta es de temor. Pero El nos llama a venir reverentemente y ser purificados por la sangre de su Hijo Cristo. ¿Has sido lavado en su sangre? ¿Has sido purificado? Si no, te invito a venir y ser limpiado. Acércate hoy a la cruz por fe.

También te invito a ti que no estás viviendo en la santidad que Dios te pide. Ven a comprometerte de nuevo con El, a entregarle esa parte de tu vida que has estado guardando. No sigas viviendo a medias. Entrégate de lleno a vivir en santidad. Nunca te arrepentirás.


Visita la página web del Pastor Tony Hancock: www.pastortony.net.

Puedes enviar al Pastor tus preguntas acerca de la Biblia, la Iglesia, la vida cristiana o cualquier otro tema, por email a pastortony@iglesiatriunfante.com, o por medio de la sección Preguntas al Pastor en pastortony.net. Envía tus preguntas incluyendo tus iniciales y tu país de residencia, y serán respondidas en dicha página.

Ver todos los mensajes publicados


¡Suscríbete a la lista Sermones y recibe todos los Domingos estos sermones en tu casilla de correo! Clickea AQUI para llenar el formulario de suscripción.


El Sermón Dominical

Foros Ekklesia Viva - www.foroekklesia.com
Portal Iglesia Triunfante - www.iglesiatriunfante.com
¡Ayúdanos a dar a conocer esta web! | Declaración de Fe