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Domingo 15 de Marzo del 2009

Libertad inesperada
Pastor Tony Hancock

Introducción

Era una noche fresca de verano, tarde y oscura. Había salido del último turno del trabajo, y tenía prisa para llegar a la casa. A mis dieciséis años, iba manejando mi carro deportivo con motor V8 - viejo pero veloz. Estaba parado en un semáforo, esperando la luz verde, cuando vi los faros de otro carro que se detuvo detrás de mí.

Cuando la luz se puso en verde, decidí mostrarle al chofer que venía atrás la potencia del motor que yacía debajo del cofre. Empujé el acelerador, y dentro de pocos segundos la velocidad del carro había subido a sesenta millas por hora - en una zona residencial.

Fue en ese momento que vi las luces azules que empezaron a brillar en el retrovisor. Con un estado alterado de nervios, me orillé y esperé a que el policía se acercara a mi ventana. El oficial me pidió los documentos, y me preguntó qué hacía fuera de la casa a esa hora. Le di las respuestas correspondientes, con una pequeña vibración en la voz, y él se fue a su patrulla.

Dentro de unos momentos regresó al carro. No se imaginan la sensación que me llenó cuando me dijo: "Te puedes ir. En el futuro, maneja más despacio." ¡Qué alegría! ¡Qué alivio! Me fui contento a la casa. Fue una libertad realmente inesperada.

Ese policía me mostró misericordia. Esto es lo que significa la misericordia: merecer el castigo, pero no recibirlo. Yo merecía una multa, pero no la recibí. Hoy vamos a leer acerca de otra persona que recibió la libertad inesperada.

Lectura: Juan 8:1-11

8:1 y Jesús se fue al monte de los Olivos.
8:2 Y por la mañana volvió al templo, y todo el pueblo vino a él; y sentado él, les enseñaba.
8:3 Entonces los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio,
8:4 le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio.
8:5 Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres.Levitico 20. 10Deuteronomio 22. 22-24 Tú, pues, ¿qué dices?
8:6 Mas esto decían tentándole, para poder acusarle. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo.
8:7 Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella.
8:8 E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra.
8:9 Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, salían uno a uno, comenzando desde los más viejos hasta los postreros; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio.
8:10 Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?
8:11 Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más.

Quizás hayan notado en su Biblia que este pasaje aparece separado por rayas o alguna otra marcación. Algunas traducciones de la Biblia indican de diferentes formas que esta historia no aparece en las copias más antiguas que tenemos del evangelio de Juan.

Es muy probable que Juan no escribió esta historia, pero es igualmente seguro que esta historia refleja un episodio verídico en la vida de Jesús. Vamos a ver, entonces, qué nos enseña acerca de nuestro Señor y la relación que podemos tener con El.

En esta historia hay tres trampas, tres personas atrapadas. La primera persona atrapada es la mujer. La Biblia nos dice que ella había sido sorprendida en adulterio. Estoy seguro de que, cuando llegaron los hombres para llevársela, ella se sorprendió; nadie espera que suceda tal cosa.

Pero surge un detalle interesante. El adulterio, a distinción de algunos otros pecados, es un delito que no se puede cometer a solas. Se necesitan dos participantes, y la ley del Antiguo Testamento ordenaba un castigo igual para ambos. Sin embargo, falta uno - el hombre.

¿Por qué no trajeron los fariseos al hombre? Quizás eran machistas. En muchas culturas - no menos en la nuestra - se considera que la mujer debe mantenerse pura, mientras que el hombre puede tener sus aventuras. Sin embargo, Dios no lo ve así.

Pero si los fariseos realmente estuvieran tan interesados en aplicar la ley, ellos sabrían que había que traer al hombre también. La ley es muy clara en esto. Esto nos lleva a una conclusión alarmante: que los fariseos habían creado esta situación, con la colaboración del hombre, para atrapar a la mujer.

Esta mujer fue atrapada por los fariseos, como ave en una jaula, simplemente para realizar su plan contra Jesús. Pero también estaba en otra trampa, una trampa mucho peor: la trampa del pecado. Lo que permitió que ella fuera atrapada por los fariseos fue su carnalidad. Estaba doblemente atrapada.

Los fariseos atraparon a esta mujer para atrapar a Jesús. Ellos ya se habían declarado en su contra, y buscaban cualquier pretexto para acusarlo. Por fin encontraron un plan: con esta mujer como carnada, atraparían a Jesús. El plan fue simple: pedir su opinión sobre la situación.

La ley de Moisés mandaba la pena de muerte para la mujer. Sin embargo, si Jesús declaraba que ella debía morir, lo podrían acusar ante el gobierno civil como incitador de violencia. Ellos creían, entonces, que lo habían atrapado. Si respondía que la perdonaran, podían acusarlo ante la gente de deshonrar la ley; si respondía que la mataran, podían acusarlo ante las autoridades.

Pero Jesús les puso una trampa también a los fariseos, y con la trampa, se salió de la que ellos le habían puesto. Primero, empezó a escribir en el suelo. ¿Qué escribiría? ¡Cómo me encantaría saberlo! Hay muchas sugerencias, pero la realidad es que nadie sabe lo que El escribió.

Sin embargo, el acto de escribir nos hace recordar otro momento en el que un dedo escribió - esta vez, sobre tablas de piedra. Se trata de la ocasión en la que se dio la ley - la misma ley que los fariseos ahora querían usar para condenar a la mujer. En Exodo 31:18, se dice de las tablas de la ley que eran "dos lajas escritas por el dedo mismo de Dios".

Ellos no se dieron cuenta de que, en ese momento, el mismo dedo que había escrito las leyes que pretendían interpretar ¡estaba escribiendo en el suelo! No pudieron reconocer la presencia de Dios mismo. Por fin, Jesús les puso la trampa: "Aquel de ustedes que esté libre de pecado, que tire la primera piedra".

Es muy importante entender exactamente qué está pasando aquí. Jesús no les está diciendo que sólo una persona completamente perfecta podría acusar a esta mujer. Más bien, El se refiere a las condiciones que la ley misma ponía para un apedreamiento. Bajo la ley del Antiguo Testamento, los testigos de un delito tenían que ser los primeros en lanzar las piedras, y no podían ser partícipes del pecado mismo.

Jesús, en efecto, les dice: "Ustedes dicen ser testigos de su pecado. ¡Perfecto! El que no haya participado en este pecado, que sea el primero en lanzar la piedra." ¿Se dan cuenta de la sabiduría de Jesús? Usa la misma ley que El había escrito y que ellos pretendían abusar para radiografiarlos a ellos.

Habían aplicado una doble moral a la mujer: disculpando al hombre, y condenándole a ella. Jesús ahora les hace ver que ellos también habían participado en el pecado, todos a su manera. Algunos probablemente habían tenido aventuras; otros quizás sólo habían incitado al hombre que pecó con ella a hacerlo. Todos, sin embargo, eran culpables - y ninguno podía tirar la piedra.

Los fariseos, por su corazón duro, caen en su propia trampa - y se retiran. No han logrado atrapar a Jesús, ni han recibido beneficio alguno de su diálogo con El. Jesús se ha salido de la trampa también. Ahora, ¿qué pasa con la trampa de la mujer? Observen lo que sucede: Jesús le abre la trampa.

Le pregunta: "¿Dónde están? ¿Ya nadie te condena?" La mujer le dice: "Nadie, Señor". La mujer está libre de la trampa de los fariseos. Pero recuerden que ella también estaba en otra trampa - la trampa del pecado. Jesús ahora se prepara para librarla de esa trampa también.

Estas palabras son tan preciosas. Leámoslas bien. "Tampoco yo te condeno. Ahora vete, y no vuelvas a pecar." La Biblia nos dice que Jesús no vino a este mundo para condenar, sino para salvar. Un día El regresará para hacer justicia, pero su primera venida tuvo como propósito salvar.

Aquí vemos la forma en que esa salvación se realiza en la vida de una persona. Jesús primero la libera de la culpabilidad de su pecado. Le dice: "Tampoco yo te condeno". Cuando tú vienes a Jesús con fe, El te libera de la condenación. No importa lo que has hecho, puedes ser libre.

Pero El también te llama a una vida diferente. Por eso, le dice a la mujer: "Vete, y no vuelvas a pecar." Le dice que deje su vida de pecado, que empiece a vivir de una forma diferente. Aquí precisamente es donde hemos malentendido a Jesús. En el perdón que El libremente nos ofrece hay también un llamado a una vida diferente. Cuando tú vienes a Cristo, El no sólo te ofrece perdón; El te llama a vivir, con su poder, una vida distinta.

Conclusión

Déjame preguntarte: ¿dónde te ves en esta historia? Quizás te puedas identificar con los fariseos. Has tenido una actitud de condenación hacia otras personas. ¿Sabes? Esa actitud te dejará atrapado. Pablo dice esto en Romanos 2:1: "Por tanto, no tienes excusa tú, quienquiera que seas, cuando juzgas a los demás, pues al juzgar a otros te condenas a ti mismo, ya que practicas las mismas cosas."

El problema de los fariseos fue el no querer reconocer su propio pecado. La Biblia dice: "Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón." (Proverbios 28:13) Cristo te llama a reconocer tu pecado y dejarlo. ¿Por qué te crees mejor que los demás? Te quedarás atorado en tu propia trampa.

Quizás te identificas más con la mujer. Traes en el corazón algún pecado del que piensas: "Si esta gente supiera lo que he hecho, me botarían de aquí." ¿Sabes? Ningún pecado es demasiado grande para el Señor. Jesucristo quiere abrirte esa trampa y dejarte salir, para que puedas vivir en libertad.

El mismo dio su vida en la cruz para pagar por todos tus pecados. Ahora te llama a venir a El, reconocer tu pecado, confiar en El para recibir el perdón y empezar una vida nueva y diferente. Si tú lo deseas, no esperes más. Ven hoy a Cristo, y recibe tu libertad.


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