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Domingo 19 de Mayo del 2002

Pruebas de la Vida Nueva
Pastor Tony Hancock

Introducción

Un día estaba en la tienda cuando vi un letrero que decía, billetes falsos serán destruidos. Con eso me puse a pensar, ¡qué problema el de los billetes falsos! Y para combatir este problema, los gobiernes instituyen diferentes sistemas para detección de los billetes falsos. En muchos países, incluyendo el Perú, los billetes contienen filigranas que son visibles poniéndolos a la luz. De esta manera, se puede detectar una copia de un billete legítimo.

El gobierno estadounidense tiene sistemas muy complejos también. Por ejemplo, el papel que se usa en los billetes es creado con un proceso especial, y su composición está protegida. Los que trabajan en las fábricas donde se produce este papel están sujetos a muchos controles para que nadie pueda llevarse hojas y así reproducir los billetes. Este papel incluye hilos de distintos colores y otras características únicas. Es más, el diseño de los billetes ha cambiado. Se han introducido nuevos modelos de los billetes de diferentes denominaciones, para que sea más difícil falsificarlos.

Todo este esfuerzo para que los cajeros y otros negociantes puedan fácilmente distinguir un billete verdadero de uno falso. La cosa es que el billete verdadero tiene un valor garantizado por el gobierno, mientras que el billete falso sólo sirve para prender un fuego.

Así como hay billetes verdaderos y billetes falsos, y es importante saber distinguirlos, hay también fe verdadera y fe falsa. Y es imprescindible para nuestra salud espiritual, y nuestra vida eterna, poder distinguirlos en nosotros mismos.

Tenemos que examinarnos para ver si la fe que profesamos, si somos creyentes, es falsa o verídica. Por eso nos dice el apóstol Pablo, en 2 Corintios 13:5, Examínense para ver si están en la fe; pruébense a sí mismos.

Hermanos y amigos, simplemente porque están aquí en esta mañana no significa que todo está bien. Es una posibilidad que no debemos ignorar que tú puedas ser un miembro bautizado de la iglesia, que puedas asistir fielmente a todas las reuniones, y sin embargo tener una fe ficticia. El pasaje que estudiaremos en esta mañana nos ayudará a examinarnos para ver si nuestra fe es verdadera o si es falsa.

Lectura: Santiago 1:18-27

1:18 El, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.
1:19 Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse;
1:20 porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios.
1:21 Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas.
1:22 Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.
1:23 Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.
1:24 Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era.
1:25 Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.
1:26 Si alguno se cree religioso entre vosotros, y no refrena su lengua, sino que engaña su corazón, la religión del tal es vana.
1:27 La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.

Es importante notar que Santiago está hablando aquí a cristianos. Por ejemplo, él se dirige a ellos llamándolos "hermanos" - término que sólo se puede aplicar a otros creyentes.

Así que, no pensemos que estas palabras no tienen que ver con nosotros, que son para los del mundo, que nosotros ya estamos bien. Al contrario: estas palabras son para todos nosotros. Así que te invito en esta mañana a ser honesto contigo mismo y con Dios, y examinarte a la luz de lo que vemos aquí. Si tú insistes en fingir que todo está bien porque no quieres enfrentar la realidad de que algo está mal, podrás condenarte; mientras que si eres honesto, el dolor y la pena que sientes ahora pueden resultar en el gozo del verdadero perdón y la paz verdadera después.

Tomamos nuestro punto de partida del verso 18. Este versículo nos habla del nuevo nacimiento. Nos dice que Dios el Padre nos ha hecho nacer, nos ha dado nueva vida, mediante la Palabra de verdad - es decir, la Palabra del evangelio, que hemos creído si somos creyentes.

Si nosotros hemos llegado a confiar en Cristo como nuestro Señor y Salvador, es porque Dios nos ha dado vida. Esa vida nos ha llegado mediante nuestra fe en el mensaje que oímos - el mensaje de que Cristo, en su muerte, satisfizo la ira de Dios contra nuestro pecado y nos ofrece perdón.

Pero, como dijimos al principio, existen falsificaciones de esa fe. Puede ser que nos estamos engañando, que la fe que tenemos no es fe verdadera. Veamos tres pruebas que podemos hacernos para distinguir la realidad o falsedad de esa fe que nos trae nueva vida.

I. La nueva vida no se produce; se recibe (19-21)

La nueva vida no es algo que nosotros mismos hacemos, no es algo que nuestro esfuerzo produce; es algo que Dios hace en nosotros. Sin embargo, nosotros sí jugamos un papel. El problema surge cuando no entendemos qué hace Dios y qué podemos hacer nosotros.

  1. Dios nos da la vida mediante su Palabra

    Aquí Santiago da eco a la enseñanza de Jesús. Por ejemplo, en Juan 3:7 y 8, él dice: No te sorprendas de que te haya dicho, "Tienen que nacer de nuevo". El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va. Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu.

    Con esto vemos que el nuevo nacimiento, que produce la nueva vida, no es algo que podamos explicar en términos humanos. No podemos hacer un diagrama de los pasos que tomamos para que suceda. Es algo que el Espíritu Santo obra en nuestro ser, algo que experimentamos y que nos transforma, pero que somos incapaces de explicar - porque es obra de Dios.

    Nunca podemos perder esto de vista. Nunca debemos de identificar la salvación con algo humano. No debemos de pensar que somos salvos porque oramos una oración con alguien, o porque pasamos al frente de una iglesia, o porque fuimos bautizados. Esas cosas pueden haber acompañado a nuestra salvación, pero no son su causa. La causa es la obra de Dios en nuestro corazón.

    Así que seamos honestos: ¿de veras conocimos la obra de Dios en nuestra vida? ¿De veras experimentamos una transformación por el Espíritu Santo? ¿De veras fuimos trasladados de muerte a vida? ¿Fue algo que recibimos de Dios? ¿O hemos creído que hicimos algo para tenerlo?

    La única cosa que podemos hacer es prepararnos para recibir esa obra de Dios, esa salvación

    Y Santiago nos anima a todos a hacer esto. Puede ser que realmente no lo hemos recibido, o puede ser que necesitemos más transformación. Pero lo seguro es que tenemos que prepararnos para recibirlo.

  2. Nos preparamos para recibir la vida mediante el arrepentimiento

    El versículo 21 nos dice que las atracciones del mundo están en guerra contra la Palabra que nos puede salvar. Es decir, si nosotros no nos deshacemos de la lujuria, del rencor, de la falta de amor, del egoísmo, del materialismo, o cualquier otra cosa que nos aleja de Dios, entonces la Palabra no podrá tener su efecto en nosotros.

    La Palabra tiene poder para salvarnos la vida. Dios nos da vida mediante la fe en esa Palabra. Pero recuerden la parábola del Sembrador: una de las clases de terreno tenía el problema de que las malas hierbas crecían y ahogaban a la semilla. Y así puede ser en nuestras vidas, si no arrancamos esas raíces de maldad en nosotros. Pueden ahogar los comienzos de la fe que tenemos.

    ¿Cuántos de Uds. han sembrado un jardín? Voy a describir el procedimiento, y díganme si así lo hicieron. Escogieron un pedazo de tierra, y luego fueron a la tienda a comprar semillas. Miraron los dibujos en los paquetes hasta escoger unas plantas que les parecían muy buenas. Fueron a la casa, tiraron los paquetes de semillas sobre la tierra, y empezaron a esperar. De repente, allí estaba el fruto. Así fue, ¿verdad?

    Claro que no. Para que un jardín crezca, hay que preparar la tierra. Hay que moverla, hay que abonar, hay que sembrar la semilla a la profundidad indicada, hay que arrancar la mala hierba, hay que regar si falta lluvia, y muchas otras cosas. De otra manera, el jardín no dará fruto.

    De igual manera, para que la Palabra dé su fruto en nuestras vidas, tenemos que labrar nuestro corazón. Tenemos que arrancar esas malas costumbres, esos malos pensamientos, esas malas actitudes que la pueden hacer infructífera.

    Sólo así podremos recibir la nueva vida que Dios quiere darnos - en humildad y pureza de corazón.

II. La nueva vida no se escucha; se vive (22-25)

  1. El que sólo escucha la Palabra se engaña

    ¡Qué tentación para todos nosotros! Nos gusta la sensación de venir a la iglesia, oír la Palabra de Dios, y luego irnos a la casa, sintiéndonos bien por haber cumplido con nuestro deber.

    Pero aquí se nos dice que, si la Palabra no transforma nuestro diario vivir, entonces nos estamos engañando. La Palabra es como un espejo, que nos demuestra como somos en realidad; nos enseña nuestras fallas, y las maneras en que Dios quiere cambiarnos. Pero si sólo la oímos, y no dejamos que tenga su efecto en nosotros, entonces es como si olvidáramos lo que habíamos visto.

    Para cambiar la comparación un poco, es como si fuéramos al doctor con mucho dolor, y al sacarnos radiografías encontrara un gran tumor en ellas. ¡Caramba! dice el doctor, ¡Tendremos que hacer algo! Y luego se ocupa con sus otros pacientes, y se olvida por completo de lo que vio en la radiografía. Por la incompetencia de ese doctor, vamos a morirnos.

    De igual manera, si oímos la Palabra, pero esa Palabra no nos transforma, si no dejamos que haga su obra en nuestra vida, nos estamos engañando.

    A menudo me dice la gente, Me gusta oír la Palabra de Dios. Eso es bueno; pero si es todo, es muy posible que se estén engañando. Es posible que piensen que el oír les hará algún bien mágico. No es así. La nueva vida no se escucha; se vive.

  2. El que practica la Palabra hallará bendición

    Es decir, si nosotros somos atentos a la Ley perfecta de Dios, si perseveramos en ella, si seguimos adelante en obediencia, entonces recibiremos bendición.

    Pero, ¿cuál es esa ley perfecta? Tiene que ser la Ley así como Jesús nos la enseñó - su ley de amor, de pureza, de adoración sincera a Dios.

    Lo que nos está diciendo este pasaje es sencillo. Si hemos recibido de veras el evangelio, entonces estaremos caminando en los pasos que nos trazó Jesús. Estaremos siguiendo su ley de amor. En cambio, si pensamos que hemos recibido el evangelio, pero no estamos creciendo en obediencia a la voluntad de Dios, somos meros oidores - y estamos engañados.

    Jesús lo dijo de otra manera en Juan 14:15: Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Es decir, si nosotros tenemos una verdadera fe en Cristo que produce un verdadero amor hacia él, entonces será natural para nosotros hacer lo que él desea. Pero si no tenemos ningún interés en obedecer a Cristo, y creemos que estamos a salvo, será mejor que nos dejemos de engañar a nosotros mismos.

    ¿Cómo crecemos en obediencia y en amor a la ley de Cristo? Lo hacemos leyendo y meditando sobre sus enseñanzas, aplicándolas a nuestra vida. No hay otro camino. No es suficiente sólo oírlo de vez en cuando; tenemos que estar diariamente conociendo más de la Palabra y viviéndola en nuestras vidas.

    Hermanos, no se engañen. Si no tienen ningún deseo de leer la Biblia, si no les llama la atención para nada, si no tienen ganas de conocer más de la voluntad de Cristo para Uds., deben de examinar su corazón muy seriamente para ver si de veras han llegado a creer en él. ¿Cómo podemos decir que creemos en Cristo, que lo amamos, si no tenemos ningún interés en saber y hacer lo que él quiere? ¡No es posible!

    Por eso, seguimos en los próximos versículos con esta idea:

III. La nueva vida no es religiosa; es real (26-27)

  1. La religión sin resultados es inútil

    La persona que se cree religiosa es la persona que es fiel a todos los cultos, que está en la iglesia cada momento que las puertas estén abiertas, que puede citarte muchos versículos, pero que no muestra ningún cambio en su vida.

    Puedes ser miembro de la iglesia, puedes traer tu Biblia cada domingo y verte muy bien, pero si no se muestra el cambio en tu comportamiento y el amor práctico en tu vida, de nada te sirve.

    Alguien ha dicho que puedes pasar la noche en la cochera y no te convertirás en carro. De igual manera, puedes pasar todo el tiempo que quieras en la iglesia, y si no hay transformación, sólo te estás engañando.

    Tú puedes poner muy buena cara los domingos, y salir el lunes a chismear de tus hermanos, a sembrar rumores acerca del pastor, a ofender a las personas con quienes trabajas - y ¿sabes qué? - con eso demuestras que tu fe no sirve de nada. Con eso demuestras que es pura hipocresía. Sería mejor para ti dejar de fingir, en vez de engañarte con esa actuación.

  2. La religión real tiene resultados

    La verdadera religión - es decir, la verdadera adoración que a Dios le agrada, y que demuestra la realidad de nuestra fe - consiste en servir a los demás y vivir en pureza.

    Estas dos cosas están al centro de la verdadera vida cristiana. Los huérfanos y las viudas eran las personas en la cultura antigua que solían tener más necesidades, y que recibirían menos ayuda. La idea es que nos toca cuidar y ayudar a la persona que nadie más quiere ayudar. Nos toca buscar las necesidades, no simplemente responder a nuestros familiares.

    La fe real, la verdadera religión, produce el resultado de un amor práctico que busca cómo llenar las necesidades de los demás. Y su segundo resultado es pureza ante la corrupción del mundo.

    Sólo tenemos que abrir los ojos para ver que el mundo nos quiere corromper con su lenguaje, con su materialismo, con su violencia, con su sexualidad, con todas las maneras en que se rebela contra Dios. Si tenemos una fe verdadera, nos mantendremos separados de esas cosas. Nos limitaremos en lo que miramos en la tele, en el cine, en las revistas. Nos limitaremos en lo que decimos. Nos limitaremos en nuestros pensamientos.

    Si de veras amamos y servimos a Dios, no podemos hacer nada menos. Si de veras creemos que el mayor bien de la vida es conocerle a él, entonces nos purificaremos de cualquier cosa que nos podría estorbar en la tarea de ser más como él es.

    Pero si nuestra religión sólo consiste en rito religioso, de nada sirve.

Conclusión

Y ahora te voy a preguntar: ¿qué clase de fe tienes? ¿Es una fe verídica? ¿Tienes una fe que Dios ha producido en ti? ¿Tienes una fe fuerte porque has quitado de tu vida las cosas que podrían ahogarla?

¿Tienes una fe que se vive, en vez de no más escucharla? ¿Tienes una fe que es real en vez de simplemente religiosa?

La buena noticia es que no es muy tarde. Si tu fe no es genuina, reconócelo. No te escondas en el orgullo. Admite a Dios que has pecado, que necesitas de su perdón. Pídele que él te transforme. Pon tu mirada en Jesús, reconoce lo que él hizo en la cruz, y acéptalo como tu Señor. Pero no te engañes. Sé honesto.

No seas como el hombre que siempre decía que los dolores que tenía iban a desaparecerse solos - hasta que ya era muy tarde, y su enfermedad era incurable.  Si vez problemas en tu vida, resuélvelos ahora. No dejes que pase más tiempo.


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