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Domingo 31 de Agosto del 2008

Sordera selectiva
Pastor Tony Hancock

Introducción

Cuando era niño, mi madre me decía que sufría de una enfermedad. Esta condición, desconocida para la ciencia, se llamaba sordera selectiva. Funcionaba de la siguiente manera: si ella me decía que yo hiciera la tarea o limpiara el cuarto - algo que yo quizás no quería hacer - ¡me volvía sordo!

Mis oídos simplemente dejaban de funcionar. La prueba consistía en que, cuando ella revisaba mi tarea o mi cuarto para ver si yo había hecho lo que me había pedido, se daba cuenta de que no había hecho nada. Claramente yo no la había escuchado.

Sin embargo, este problema de audición sólo aparecía en ratos. Milagrosamente, cuando sonaba la campana que nos llamaba a todos a comer, ¡yo la oía! - aunque estuviera encerrado en mi cuarto escuchando música. Desgraciadamente, nunca se descubrió la causa de esta lamentable enfermedad - pero felizmente, con el tiempo, quedó atrás.

Seguramente se han dado cuenta de que mi problema de sordera selectiva no radicaba en mis oídos, que funcionaban perfectamente bien, sino en mi corazón. Jesús te llama a considerar si tú también tienes un problema de sordera selectiva.

Lectura: Lucas 8:16-18

8:16 Nadie que enciende una luz la cubre con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone en un candelero para que los que entran vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto, que no haya de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido, y de salir a luz.
8:18 Mirad, pues, cómo oís; porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará.

Nosotros creemos en un Dios que nos ha hablado. Se ha dado a conocer. El no es un Dios oculto, un Dios que juega a las escondidas para ver si lo podemos encontrar. El nos ha hablado. Nos habla principalmente por medio de su Palabra escrita y su Palabra encarnada - es decir, por medio de la Biblia y por medio de Jesús. Puede ser que nos hable de otras formas - en sueños, por ejemplo - pero su forma principal de hablarnos es por su Palabra.

¿Cómo hemos respondido a lo que Dios nos ha dicho? La frase clave del pasaje que hemos leído está en el verso 18: "Por lo tanto, pongan mucha atención". Una traducción más literal diría: "Miren cómo oyen". Tengan cuidado con su audición; fíjense en la forma en que responden a lo que oyen. ¿Lo toman a la ligera? ¿Lo oyen sólo por un momento?

Nadie prende una lámpara para esconderla, sino que la pone en un lugar visible para que todos sean iluminados. ¿Dónde ponemos las lámparas y los focos? Generalmente los ponemos en el techo. Aun en las casas más humildes, el foco cuelga del techo porque así ilumina todo el cuarto.

Con esta comparación, Jesús nos dice que Dios nos ha dado su revelación con un propósito. El no se ha comunicado con nosotros por puro gusto, sino que tiene una razón en lo que nos dice. Aquí debo de aclarar una cosa. Como cualquier predicador itinerante, Jesús a veces usaba la misma comparación en más de una ocasión. De hecho, ustedes seguramente me han oído a mí usar las mismas anécdotas en varias ocasiones.

Antes me sentía mal por esto, pero ya no, porque me doy cuenta de que Jesús también lo hacía. El usó esta comparación de la lámpara encendida en otra ocasión para hablar acerca de nuestra responsabilidad como sus seguidores de brillar su luz a todo el mundo. Así como nadie esconde una lámpara, nosotros tampoco debemos de esconder nuestra fe.

Aquí es el mismo ejemplo, pero con un sentido diferente. Aquí la luz representa la revelación de Dios, el mensaje que El nos ha dado a conocer. La pregunta es, ¿qué hacemos con esa luz? ¿La buscamos, o huimos de ella? Esto nos lleva a nuestra primera conclusión:

I. Dios nos revela su verdad para iluminarnos

Dios se ha dado a conocer de muchas maneras. Para empezar, la creación misma testifica de la existencia y del poder de Dios. Escribe Pablo: "Desde la creación del mundo las cualidades invisibles de Dios, es decir, su eterno poder y su naturaleza divina, se perciben claramente a través de lo que él creó." (Romanos 1:20)

Cualquier persona que no haya sido indoctrinada con una explicación inventada reconoce que alguien tuvo que haber creado este mundo tan espectacular. Los niños preguntan: ¿quién hizo el mundo? ¿Quién me hizo a mí? Intuyen que Alguien tuvo que haber creado todo esto.

Un niño estaba aprendiendo acerca de la creación en su clase de escuela dominical. Le pareció especialmente interesante la forma en que Dios tomó una costilla del costado de Adán para crear a Eva. Esa tarde se acostó en la cama como si estuviera enfermo, y su mamá le preguntó: ¿Te sientes bien, hijo? El respondió: Tengo un dolor en el costado. Creo que voy a tener una esposa.

Bueno, aunque quizás se equivoquen en los detalles, los niños saben que Dios creó lo que existe. Podemos saber que Dios existe y que es poderoso al observar su creación. También podemos saber que Dios es justo cuando examinamos nuestro corazón. Aun las personas que no conocen los Diez Mandamientos saben que hay cosas buenas y cosas malas.

Dice Pablo: "Estos muestran que llevan escrito en el corazón lo que la ley exige, como lo atestigua su conciencia, pues sus propios pensamientos algunas veces los acusan y otras veces los excusan." (Romanos 2:15) Aunque haya diferencias de opinión entre las personas acerca de lo que es bueno y lo que es malo, el hecho de tener una conciencia y saber que existen el bien y el mal señala hacia el Dios que los define.

Sabemos algo acerca de Dios, entonces, al simplemente considerar su creación y al considerar nuestro corazón. Para conocerlo, sin embargo, es necesario algo más. Para conocerlo, El nos tiene que hablar. Puedes sacar ciertas conclusiones acerca de una persona con simplemente verla en la calle; puedes observar su forma de vestir, su forma de llevarse y de caminar.

Para conocer a esa persona, sin embargo, es necesario conversar. Sólo cuando nos hablamos es que empezamos a tener una relación. Seguramente todos podemos recordar alguna conversación que marcó el comienzo de una amistad o de una relación romántica. Para que lo podamos conocer, Dios ha empezado una conversación con nosotros.

Esa conversación empezó con Adán y Eva en el jardín del Edén, pero vino una desastrosa ruptura en esa conversación cuando ellos le dieron la espalda a su Creador. Dios volvió a entablar la conversación con Abraham, prometiéndole bendición y restauración. Continuó con Moisés, mostrando su voluntad para la vida humana individual y social. Siguió con los profetas, que llamaron al pueblo a volver a su compromiso con Dios.

Esa conversación llegó a su momento de mayor claridad y significado cuando, en el momento que había sido dispuesto desde antes de la creación del mundo, Jesús llegó - la Palabra divina y final de Dios. Por medio de El, Dios se comunicó con nosotros de forma definitiva - porque en El podemos ver todo lo que Dios es.

El nos vino a hablar cara a cara. El vino a restaurar la línea de conversación que nosotros habíamos cortado con nuestra rebelión y pecado. El vino a dar su vida en sacrificio para abrir el camino a Dios. Ahora,

II. Dios nos llama a responder con atención a su revelación

Dios no ha prendido esa luz de su revelación - es decir, no emprendió esta conversación - para que la luz se ocultara. La luz es para brillar sobre nosotros. Aquí está la pregunta: ¿cómo responderemos a esa luz? ¿Nos acercaremos a El? ¿Le responderemos?

Tenemos que dar atención a la revelación de Dios en lugar de menospreciarla. De nuestra respuesta depende si recibiremos más, o si perderemos lo poco que tenemos. Esto nos lo dice Jesús: "Al que tiene, se le dará más; al que no tiene, hasta lo que cree tener se le quitará." (v. 18)

Dios te ha hablado. Si tú le das la espalda, te dejará de hablar. Hasta lo poco que sabes de El - o que piensas saber - no te servirá. Es como cuando empiezas a aprender un idioma: si practicas lo que aprendes, podrás aprender más; si no lo practicas, pronto lo olvidarás.

Dios nos invita a cada uno de nosotros a entrar en una relación con El, y dependiendo de nuestra respuesta, llegamos a conocer más, o quedamos excluidos. Hubo un hombre llamado Cornelio, un oficial militar romano. Al estar destinado en Palestina, empezó a oír acerca de un Dios que había hablado. Se interesó en conocer más acerca de este Dios.

Como resultado, Dios le envió milagrosamente a Pedro para que le explicara más plenamente el camino de salvación. Cornelio respondió a lo poco que sabía, y como resultado, Dios le dio más. De hecho, toda su casa recibió la salvación.

En el Antiguo Testamento encontramos la historia de un rey que hizo lo opuesto. El se llamaba Acab, y tenía en su reino un profeta del Dios verdadero. Sin embargo, no lo escuchaba. De hecho, dijo de él: "Me cae muy mal porque nunca me profetiza nada bueno; sólo me anuncia desastres." (2 Crónicas 18:7)

Por fin, llamó a este profeta para que profetizara acerca de una batalla que pensaba lanzar. El profeta le dijo que, si iba a esa batalla, no regresaría vivo. El rey insistió en que encarcelaran al profeta, y luego se fue a la guerra. Fíjate que no siempre les va bien a los que dicen la verdad, pero les irá peor a los que viven por la mentira.

El rey decidió disfrazarse e ir así a la batalla, para que no muriera. Aunque el ejército opositor no trató de matarlo porque no lo reconocía como rey, una flecha disparada al azar penetró su armadura y lo mató - tal y como lo había anunciado el profeta. Por no escucharlo - por pensarse más listo que Dios - llegó a su muerte.

Ahora te pregunto: ¿a quién te pareces más: a Cornelio, o a Acab? ¿Cómo respondes a la revelación que Dios te ha dado? Quizás tú no sabes mucho acerca de las cosas de Dios. Eso no importa. Lo que importa es lo que estás haciendo con lo que sabes. Cornelio no sabía mucho, pero puso atención a lo poco que sabía, y Dios le enseñó mucho más.

Acab, en cambio, ignoró el claro mensaje de Dios, y lo perdió todo.

Conclusión

Un hombre temía que su esposa se estaba volviendo sorda, y decidió hacer un experimento. Una noche, se paró detrás de ella en la cocina, a una distancia de cinco metros, y le preguntó qué iban a cenar. No recibió respuesta. Se acercó un poco y volvió a hacerle la pregunta. Nuevamente, no escuchó nada. Por fin se paró inmediatamente detrás de su esposa y, casi gritando, le preguntó qué iban a cenar. Ella se volteó y le dijo: Por tercera vez, ¡pollo!

Si tú no estás escuchando la voz de Dios, considera dónde está el problema. Tú crees que El no te está hablando, pero quizás es que tú no le estás escuchando. ¿Será que sufres de sordera selectiva? Si es así, considera cómo escuchas, y abre tus oídos a la voz de Dios.


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