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Domingo 24 de Agosto del 2008

Los que necesitan doctor
Pastor Tony Hancock

Introducción

En una nación nueva en el continente africano, se le explicaba a un anciano que él tendría que pagar impuestos al nuevo gobierno. "¿Por qué?" - preguntó el hombre. Se le respondió: "Para protegerle de los enemigos, para alimentarle cuando tiene hambre, para cuidarle cuando está enfermo y para educar a sus hijos. "

"Ya veo", - dijo el hombre. "Es como si yo tuviera un perro hambriento que viene a pedirme comida. Al ver a mi perro con hambre, agarro un cuchillo, le corto parte de la cola y se la doy a comer. Así son estos impuestos que ahora voy a tener que pagar. "

¿A cuántos de ustedes les gusta pagar sus impuestos? ¡A mí tampoco me gusta! Aunque la Biblia nos dice que tenemos que pagarlos, no nos dice que nos tiene que gustar. Si a nadie le gusta pagar los impuestos, mal le caerán las personas que recolectan estos impuestos. Cuando llega el cobrador de impuestos, las madres les dicen a sus hijos: "Dile que no estoy. "

Es, sin embargo, precisamente con una de estas personas que se encuentra Jesús en el pasaje que hoy leeremos. En lugar de esquivarlo, como tantos lo harían, Jesús le hace un llamado. Veamos cómo responde.

Lectura: Lucas 5:27-32

5:27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme.
5:28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
5:29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había mucha compañía de publicanos y de otros que estaban a la mesa con ellos.
5:30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos, diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis con publicanos y pecadores?
5:31 Respondiendo Jesús, les dijo: Los que están sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
5:32 No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.

Consideren conmigo algunos detalles de esta historia, para luego sacar algunas conclusiones. Coloquemos primero la historia en su contexto. Hasta este momento en el evangelio de Lucas, Jesús ha liberado a un endemoniado, ha sanado a un leproso y ha restaurado a un paralítico. Ahora lo vemos con un recolector de impuestos.

Cada una de estas personas enfrentaba un problema que le afectaba profundamente la vida. Cada uno arrastraba por la vida una condición que le quitaba la felicidad, la utilidad y la capacidad de vivir la vida plenamente, como Dios desea que la vivamos. El endemoniado tenía un problema espiritual, que le afectaba mental y físicamente. El leproso y el paralítico tenían problemas físicos, que les afectaban mental y espiritualmente. Leví, el recaudador de impuestos, tenía un problema social; era rechazado por sus vecinos. Aunque tenía un buen trabajo, vivía el rechazo de la gente “decente”. Sus amigos eran personas marginadas.

A cada una de estas personas Jesús le trajo libertad. Al observar la vida, me he dado cuenta de que todos arrastramos algún problema que nos afecta la vida. Puede ser un problema de carácter, un problema físico o un problema familiar. Cualquiera que sea el problema, Cristo te quiere traer libertad.

A veces esa libertad no es instantánea. A veces toma tiempo. A veces esa libertad no consiste en quitarte el problema, sino en usarlo para bendición. Pienso, por ejemplo, en Joni Eareckson Tada. A la edad de diecisiete años, un accidente de natación la dejó tetrapléjica.

Al no poder usar los brazos y las piernas, empezó a preguntar el por qué de todo esto. ¿Por qué permitiría Dios que una muchacha de su edad quedara paralizada? ¡Seguramente la sanaría de su parálisis como testimonio de su poder! Pasaron los años, muchos oraron por ella, pero nunca fue sanada.

Sin embargo, estoy seguro que ella misma diría que fue liberada. Dios le ha dado un ministerio inigualable, permitiéndole mediante su testimonio y enseñanza impactar la vida de miles. Aunque su discapacidad no ha desaparecido, tampoco la ha dominado. Ella es libre.

Cristo también te quiere liberar a ti. Fíjate cómo se expresó esa liberación en la vida de Leví, también conocido como Mateo. Se expresó en el llamado de Jesús. Es un llamado sencillo: "Sígueme". No tiene condiciones, peros o explicaciones. Consiste simplemente en una invitación a un compromiso total.

Jesús te extiende la misma invitación: "Sígueme". Tú dirás: ¿A dónde, Señor? Jesús responde: Eso no lo tienes que saber. Sólo sígueme. El no te va a dar un mapa de tu vida antes de que te comprometas con El. No te va a explicar con lujo de detalles a dónde te va a llevar y qué vas a hacer.

El sólo te dice: "No te preocupes. ¡Confía en mí!" Cuando El lo dice, es verdad - y entonces tienes que decidir si lo vas a hacer, o no. En responder a ese llamado encontrarás la libertad. Frente a este llamado, leemos que Leví "se levantó, lo dejó todo y lo siguió".

Fue la misma respuesta radical que habían dado los pescadores: dejándolo todo, siguieron a Jesús. Por si no nos habíamos dado cuenta, Dios nos lo repite en su Palabra: "Lo dejó todo". ¿Te acuerdas de esa libertad que mencionaba antes? Sólo la vas a encontrar si lo dejas todo por seguir a Cristo.

Encontramos una gran libertad en lo que dejamos atrás. Nuestra carne nos llama a tratar de tenerlo todo. Satanás nos susurra que podemos cumplir con Dios yendo a la iglesia el domingo, y quedarnos con esas cosas que tanto anhelamos al mismo tiempo.

¿Qué has dejado por seguir a Jesús? Martín Lutero dijo que una fe que no da nada, que no cuesta nada, que no sufre nada, no vale nada. ¿Qué has dejado por seguir a Jesús? Esa cosa que tú no quieres dejar, que te tratas de convencer que está bien, que no es gran cosa - eso te va a costar mucho. ¿Qué has dejado por seguir a Jesús?

Leví lo dejó todo, y siguió a Jesús. Sin embargo, no dejó atrás a sus conocidos y amigos de antes. Leví actuó con mucha sabiduría. No se juntó con sus viejos amigos bajo las condiciones que ellos le ponían, sino que él mismo dio una fiesta para que ellos pudieran conocer a Jesús.

Así Leví se protegió de la tentación de volver a sus andadas, pero también trató de alcanzar a sus amigos. Les dio una oportunidad de conocer a Jesús. Es probable que algunos de sus amigos no hayan querido asistir a esta fiesta. De todos modos, Leví buscó la manera en que los que quisieran pudieran conocer a Jesús.

¡Qué buen ejemplo nos da! Busquemos también formas de alcanzar a nuestros amigos incrédulos para que ellos puedan llegar a conocer a Jesús. Por medio de las reuniones, las fiestas y otras actividades sociales podemos darles la oportunidad de conocer al que ha transformado nuestra vida.

Había un grupo de personas que observaban esta escena, sin embargo, sin mucho entusiasmo. Eran los líderes religiosos, los fariseos que no veían con muy buenos ojos lo que estaba sucediendo. ¡Qué malos! ¿verdad? Felizmente tú y yo seríamos incapaces de tal reacción.

En realidad, todos tenemos un fariseo interior que sólo busca la oportunidad de expresarse. Es mucho más fácil ser un fariseo que realmente permitir que Cristo nos cambie el corazón. Los fariseos observaban un sistema de pureza externa, manteniendo la separación de cualquier cosa que los podría contaminar.

En esto, no estaban completamente equivocados. A fin de cuentas, la Biblia nos enseña que la mala compañía corrompe el buen carácter. El problema radicaba en que ellos habían tomado un principio bíblico y lo aplicaban sin tomar en cuenta lo más importante. Se aislaban para no ser contaminados, pero olvidaban la misericordia y la gracia de Dios.

Frente a esta reacción, Jesús enseña algo muy importante. "No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. No he venido a llamar a justos sino a pecadores para que se arrepientan". Jesús mismo, al principio de su ministerio, leyó estas palabras de Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí,  por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres;  me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón;  a pregonar libertad a los cautivos,  y vista a los ciegos;  a poner en libertad a los oprimidos;  a predicar el año agradable del Señor." (Lucas 4:18-19)

Jesús había venido, en otras palabras, con una misión de sanidad y restauración. ¿Quiénes estaban en necesidad de tal ministerio? ¿Los sanos, o los enfermos? Claramente el doctor del alma había venido para sanar a los enfermos. Era de esperar, entonces, que El se encontrara rodeado de tales personas.

Esta realidad conlleva dos llamados. En primer lugar, Cristo te llama a cambiar tu actitud hacia Dios. Quizás tú piensas que Dios ya no podría estar interesado en ti, que has cometido demasiados errores y que no alcanzas la medida de los que Jesús está buscando. ¡No es cierto! Jesús vino a buscar precisamente a los que necesitan de El para ser liberados.

Muchas veces el diablo nos atrapa haciéndonos creer la mentira de que Dios ya no podría estar interesado en alguien como nosotros. Nos hace pensar que hemos cometido demasiados errores, que ya no hay esperanza para nosotros. Esta es una mentira. Dios te ama con un amor intenso e inagotable.

Es por esto que El te llama a arrepentirte. Es a esto que Cristo vino: a llamar a los pecadores al arrepentimiento. El amor de Dios es tan grande que no le importa lo que hayas hecho, El te ama. Sin embargo, su amor también es tan grande que El no te puede dejar donde estás.

El llamado de Cristo es un llamado a la liberación mediante la transformación. Cristo te llama a dar una vuelta en tu vida, dejando de seguir tu propio camino para que puedas seguir el camino suyo. El te llama a dar un giro en tu vida, a quitar tu mirada de ti mismo y ponerla en El, a reconocer que has vivido para ti mismo y empezar a vivir para El.

Cristo te llama a cambiar de actitud hacia Dios. También te llama a cambiar de actitud hacia los demás. El te llama a verlos como Dios los ve, como personas que tienen el potencial de cambiar y de ser grandemente usados por Dios. Es muy fácil ver las personas con ojos de juicio, de desprecio, de condenación.

Cristo te está llamando a ver a cada persona - dentro y fuera de la Iglesia - como un hijo actual o potencial de Dios, un alma que Cristo quiere rescatar y que El ama intensamente. ¿Cómo ves tú a esa persona pecadora en tu pueblo? ¿Cómo ves a ese hermano de la Iglesia que ha caído en pecado? ¿Cómo ves a aquel pastor que fracasó?

¿Los ves con ojos de juicio? ¿Te consideras mejor que ellos? O ¿los ves como personas que Cristo quiere rescatar y transformar? Si tú le sigues a El, El te llama a verlos como El los ve. Te llama a mostrarles amor, a orar por su transformación y mostrarles la misma gracia que Dios demuestra.

A veces oigo a las personas decir cosas tales como: Ojala Dios te perdone, porque yo no puedo. ¡Se creen más justos que Dios! Y tú, ¿te crees más justo que Dios? ¿Tienes una actitud redentora o acusadora hacia los demás? Cristo no condenó, sino llamó a los pecadores a arrepentirse. Satanás es el que acusa. ¿A cuál quieres imitar?

Ahora te pregunto: ¿qué cambio en tu vida te está llamando Jesús a hacer? Quizás te hace falta empezar el viaje con Jesús. Quizás El te esté llamando a dejarlo todo y seguirle. Si es así, no esperes más. Dile hoy que tú quieres seguirle. Dale hoy tu vida, pues El murió para que tú pudieras ser perdonado y vivir con El.

Quizás te hace falta cambiar tu actitud hacia los demás. Recuerda que Cristo vino a llamar a los pecadores. Si tú le estás siguiendo a El, muestra su amor hacia los demás también.


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