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Domingo 11 de Mayo del 2008

Encuentros con Jesús (IV)
Pastor Tony Hancock

Introducción

Los niños tienen una estrategia muy sutil para tratar de conseguir lo que desean. ¿A qué padre no le ha sucedido lo siguiente? Su hijita querida quiere una muñeca nueva, pero el padre sabe que no se lo debe de comprar en ese momento. Por lo tanto, le dice: hija, no te la voy a comprar ahora. Quizás cuando llegue tu cumpleaños te lo regale.

La reacción de la niña es la siguiente: pone una carita triste, saca un poco el labio inferior y dice, con voz de mártir: pero, papi, ¿ya no me quieres? ¿No me quieres? El padre tiene que ser muy fuerte para resistir tal petición.

Los niños usan para su propia conveniencia una realidad que todos sabemos - que el amor se expresa en acción. El amor no es amor verdadero si no se pone en acción. En el caso de la crianza de los niños, el verdadero amor puede expresarse en resistir sus demandas, cuando no les conviene tener lo que desean, o para enseñarles un el dominio propio.

Sin embargo, el principio es el mismo; el amor se expresa en acción. Hoy conoceremos el amor de una mujer que se expresó en una acción muy costosa.

Lectura: Lucas 7:36-50

7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa.
7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume;
7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume.
7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora.
7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo:Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
7:41 Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta;
7:42 y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más?
7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado.
7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
7:45 No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies.
7:47 Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama.
7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados.
7:49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados?
7:50 Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, vé en paz.

Esta historia tiene tres personajes principales: el fariseo, la mujer y Jesús. Podemos aprender algo muy importante si los consideramos uno por uno. Empecemos con el fariseo. Según lo que Jesús mismo le dice, él no le mostró mucho amor a Jesús. Lo invitó a su hogar para una cena, pero no lo saludó con afecto cuando llegó; no le mostró la cortesía de mandar siquiera a uno de sus siervos a lavarle los pies; no le ungió la cabeza con aceite, una cortesía común.

Esta falta reluce frente al amor que mostró la mujer. ¿Qué tipo de persona mostraría esta falta de amor? El fariseo era, por definición, legalista. Esto significa que hacía un mal uso de la ley de Dios. ¿Significa esto que la ley es mala? No, de ninguna manera. Hay personas que cometen el error de pensar que la ley tiene algo de malo en sí.

La Biblia es muy clara en cuanto a esto. Pablo dice en Romanos 7, por ejemplo: "¿Qué concluiremos? ¿Qué la ley es pecado? ¡De ninguna manera!"... "Concluimos, pues, que la ley es santa, y que el mandamiento es santo, justo y bueno" (Romanos 7, vs. 7, 12). En esto da eco al salmista, quien escribe: "La ley del Señor es perfecta: infunde nuevo aliento" (Salmo 19:7).

En la ley no hay nada de malo. La ley que Dios nos ha dado es absolutamente perfecta. Registra lo que El espera de cada persona. La ley se resume con dos frases: Amarás al Señor tu Dios, y amarás a tu prójimo como a ti mismo. Si todos viviéramos de acuerdo a esas ideas, el mundo sería un lugar muy diferente.

Cuando una persona honesta confronta la ley, reconoce que no la está cumpliendo. Entonces puede tener una de dos reacciones. Algunos buscan algún defecto en la ley. Dicen, por ejemplo: "Esa ley se escribió hace muchos años. Las cosas han cambiado. Ahora la vida es muy diferente, y tengo que adaptar las cosas a mi propia situación".

Otros dicen: "Esa ley está bien para aquel pueblo, pero cada lugar tiene sus propias costumbres. Yo me guío por las tradiciones de mi propio pueblo". Otros incluso concluyen que Dios es malo, y se consideran más justos que El. En otras palabras, al confrontar el hecho de que sus vidas no concuerdan con la ley, buscan algún problema en la ley misma.

El fariseo no hacía esto, pero igualmente, cometía un error. Al examinar la ley y ver que era buena, él decía: Yo guardo la ley, y yo también soy bueno. La ley es buena, y yo también soy bueno. Había un problema, sin embargo. Para hacer esto, tenía que interpretar la ley de una forma que le permitiera seguir con su farsa de cumplirla.

El problema con el legalista no es que guarda con demasiada atención la ley, sino que no la guarda con suficiente atención. No se da cuenta de que esa misma ley le está mostrando todas sus fallas; interpreta la ley de una manera que le permite vivir engañado acerca de su propio estado.

Ahora quiero que veas conmigo a lo que lleva esta actitud. A la primera cosa que lleva es a un espíritu de crítica. Cuando el fariseo ve a Jesús dejarse tocar por la mujer arrepentida, el primer pensamiento en entrar a su mente fue un pensamiento de crítica. Inmediatamente se imaginó que Jesús no era lo que parecía ser, porque no cumplía con los conceptos externalizados de justicia que tenía el fariseo.

Es más, me imagino que el fariseo había invitado a Jesús a su casa precisamente con el propósito de probarlo. El no sabía que esta mujer iba a llegar; pero dudaba que Jesús realmente fuera un maestro enviado por Dios, y decidió ver por sí mismo lo que era.

Quizás conozcas a alguien como ese fariseo. No importa lo que hagas, está mal. Esta persona siempre está buscando alguna razón para criticarte. Quizás veas ese espíritu de crítica en tu propia vida - un espíritu que constantemente busca las fallas de los demás, que está seguro de que nadie es lo que parece ser, que tiene que descubrir los errores de todos. Esta actitud tiene una raíz, que vamos a ver en un momento.

La segunda cosa que produce la actitud farisaica es una falta de amor. Ya hemos mencionado las faltas de cortesía común en la actitud del fariseo. A comparación con la mujer, él se portó como un grosero. Cuando estás convencido de tu propio mérito, no tienes ninguna motivación para mostrar verdadero amor a los demás.

Es más, los consideras indignos de tu atención. Si Dios te ha bendecido, consideras que te lo mereces. No sientes ninguna obligación a compartir esas bendiciones con los demás. Si lo haces, siempre se lo cobras después. Consideras que mereces una recompensa por cualquier generosidad o empatía que demuestras.

¿Por qué era así el fariseo? Jesús diagnostica su problema contándole una historia. En la historia sencilla que cuenta Jesús, dos hombres le deben dinero a un prestamista. El prestamista - en una acción que seguramente logró que el sindicato de prestamistas lo expulsara - les perdonó a los dos hombres su deuda.

¿Cuál de los dos estaría más agradecido? Claramente al que se le había perdonado una cantidad mayor. La conclusión es inescapable: el fariseo tenía una actitud de crítica y mostraba una falta de amor porque no se le había perdonado nada. ¿Será que no le hacía falta recibir el perdón? Sabemos que no es así, porque la Biblia nos dice que todos hemos pecado, que todos estamos bajo la condena de Dios.

Cuando no has sido perdonado, tratas de convencerte de que realmente estás bien. Esto produce un orgullo quebradizo que tienes que proteger a cada rato. Te lleva constantemente a enfocarte en los errores de otros, para no ver tus propios errores.

Cuando has sido perdonado, en cambio, las cosas son muy diferentes. Esto lo vemos en el ejemplo de la mujer. Ella entró a la fiesta, valiéndose de una costumbre que permitía a los pobres estar al margen de las fiestas para servirse de lo que sobraba. Ella, sin embargo, no vino para comer; vino para expresar su amor por Jesús.

Tomando un frasco de perfume costoso, pensaba ungirle los pies a Jesús; sin embargo, abrumada por la emoción, se puso a llorar desmedidamente. Al ver que sus lágrimas caían sobre los pies del maestro, se los secó con sus cabellos.

Jesús da la explicación: "Si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados" (v. 47). El gran amor que mostró la mujer en esta acción tan costosa nacía del gozo que sentía al haber sido perdonada. Ella no fue perdonada porque amó; amó porque había sido perdonada.

La mujer conocía la misma ley que conocía el fariseo. Ella sabía que, como una mujer de moral dudosa, había fallado al séptimo mandamiento. No podía negarlo. En lugar de fingir algo que no era, o tratar de justificarse, ella reconoció lo que era y buscó por fe el perdón de Dios.

Jesús mismo se lo dice: "Tu fe te ha salvado" (v. 50). Es muy importante entender esto. La fe fue lo que salvó a la mujer, no el sacrificio que hizo o el amor que mostró. Cuando ella confió en la misericordia de Jesús y creyó que El era el Mesías prometido, fue perdonada - aunque sus pecados eran muchos. El fariseo, que pensaba ser mucho mejor que ella, resultó ser peor.

Yo te pregunto: ¿cuánto amas a Jesús? La medida en que lo amas se reflejará en tu vida. La medida en que lo amas reflejará la medida en que has recibido su perdón. Jesús, el tercer personaje en esta historia, se especializa en perdonar a los pecadores. Para esto vino al mundo.

De hecho, tan grande es su deseo de perdonar que El se ofreció a sí mismo en una cruz para pagar por los pecados de todos nosotros - de fariseos y de mujeres de la calle. Sin embargo, El no te obliga a recibir su perdón. Sólo puedes recibirla si vienes a El con arrepentimiento y fe.

Si vienes a Jesús con fe, El te dará lo mismo que le dio a esta mujer - su paz. "Vete en paz", le dice; estas palabras eran una despedida tradicional, pero Jesús les da un significado especial. Cuando hemos recibido de corazón el perdón de Jesús, podemos ir en paz - la paz que llena nuestro corazón, y permite que vivamos en amor.

Conclusión

En una entrevista poco antes de su muerte, una de las ateas más conocidas del siglo pasado comentó: "Lo que más envidio de los cristianos es el perdón. Yo no tengo a nadie que me perdone." Aunque ella no quiso recibir el perdón de Dios, reconoció algo sumamente importante. En realidad, el perdón está al centro del evangelio. Es lo más básico.

Si tú no has recibido - en lo más profundo de tu corazón - el perdón de Jesucristo, no serás libre para vivir en paz y para amar de verdad. Habrá algo que te detiene. Recibe hoy el libre perdón que El murió para darte. Confía en su palabra: "Al que a mí viene, yo no lo echo fuera" (Juan 6:37). Ese encuentro con Jesús te hará libre para amar.


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