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Domingo 4 de Mayo del 2008

Encuentros con Jesús (III)
Pastor Tony Hancock

Introducción

Algunas escuelas superiores tienen la costumbre, a la hora de la graduación, de nombrar a uno de sus graduados el más propenso a tener éxito, o el que tiene más posibilidades de triunfar. Algunas escuelas incluso han tomado esta costumbre y la han extendido a otras categorías, como una forma de describir las personalidades de los diferentes estudiantes.

Por ejemplo, cuando me gradué, me designaron el más propenso a convertirse en Juan Valdez, el representante ficticio del café colombiano. Viendo que me gustaba tomar café y que tenía un trasfondo latino, me pronosticaron ese futuro - de forma jocosa, desde luego.

Pero ¿qué tal si invertimos la frase? ¿Qué tal si tuviéramos que escoger a la persona menos propensa a triunfar, o a hacer algo? Y ¿qué tal si tuviéramos que escoger a la persona menos propensa a tener fe? Si estuviéramos escogiendo a alguien para esa categoría, quizás buscaríamos a alguien sin conocimiento bíblico; alguien que no se había criado dentro del pueblo de Dios y que servía dentro de un gobierno corrupto e idólatra.

¿Estarían de acuerdo conmigo en decir que tal persona no sería muy propensa a tener fe en el Dios de la Biblia? Sin embargo, en la historia de hoy, descubrimos que fue precisamente en este tipo de hombre que Jesús descubrió una fe sorprendente.

Lectura: Lucas 7:1-10

7:1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum.
7:2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir.
7:3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo.
7:4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
7:5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga.
7:6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo;
7:7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la palabra, y mi siervo será sano.
7:8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
7:9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
7:10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.

Encontramos a Jesús en este pasaje, después de una gira de predicación, volviendo a su base en Capernaúm. Varios de sus discípulos vivían allí, y era además un lugar adonde muchas personas llegaban. Por esto, le servía bien como base de operaciones.

Un hombre se enteró de Jesús - un centurión. Los centuriones estaban a cargo de entre sesenta y ochenta soldados; eran personas de cierta posición dentro del ejército romano. Como gentiles, habían sido criados sin conocimiento del Antiguo Testamento. Como romanos, trabajaban con un gobierno poderoso, cruel e idólatra.

Era altamente sorprendente, entonces, que este centurión fuera bien visto por los judíos. A fin de cuentas, él era parte del ejército que los tenía subyugados. Sin embargo, fueron judíos - los encargados de la sinagoga local - quienes fueron a interceder por él con Jesús. Este centurión tenía un siervo muy enfermo, y creía que Jesús lo podía sanar.

Al final de la historia, descubrimos que Jesús se quedó muy sorprendido por la fe de este centurión. "Ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande", comenta Jesús. Es en Israel que la debería de haber encontrado, entre las personas que se habían criado con las Escrituras del Antiguo Testamento que profetizaban la venida de Jesús. Sin embargo, es en un gentil que Jesús encuentra esta gran fe.

Ahora bien, como ustedes saben, "sin fe, es imposible agradar a Dios" (Hebreos 11:6). La fe es esencial para acercarnos a Dios y para vivir en su Reino. Tratar de acercarnos a Dios sin fe es como tratar de manejar un carro sin gasolina o volar un papalote sin viento. Examinemos con cuidado el ejemplo de este centurión para aprender de su ejemplo de fe.

La primera cosa que podemos aprender del ejemplo del centurión es que

I. La fe se expresa en obras

Recuerda que el centurión no era judío; era gentil. No se había criado con las historias del Antiguo Testamento; no tuvo la ventaja de conocer a Dios desde su niñez. Más bien, al llegar a Palestina, descubrió algo que le llamó la atención en la fe de los judíos. Quizás era la moralidad, que brillaba frente a la inmoralidad romana. Quizás era la forma en que la raza judía había sobrevivido frente a tantos ataques.

Cualquiera que haya sido la razón, él empezó a creer en el Dios de la Biblia. Empezó a buscar de El. No había tomado el paso de convertirse oficialmente; probablemente es por esto que él le dijo a Jesús que no entrara a su casa. Cualquier judío devoto evitaba el entrar a la casa de un gentil para no contaminarse. El centurión le mostró respeto a Jesús en esto.

Quiero que veas a lo que le había llevado la fe del centurión. Nos lo dice el verso 5. El centurión, al reconocer algo especial en el Dios de la Biblia, había contribuido dinero para la construcción de una sinagoga, el lugar de reunión de los judíos.

Los centuriones ganaban considerablemente más que los soldados comunes y corrientes. Sin embargo, aun con su salario de centurión, representaba un sacrificio proveer todas las finanzas necesarias para edificar una sinagoga. Por su fe en Dios, sin embargo, este centurión lo había hecho.

La Biblia dice, en Santiago 2:26, que la fe sin obras está muerta: "Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta". Este hombre mostró su fe al sacrificar para la construcción de la sinagoga. Me imagino que muchos de los que asistieron a esa sinagoga sabían más de la Biblia que él; él apenas estaba aprendiendo. Su fe - aunque apenas empezaba - se mostró en lo que hizo.

Sabemos que es posible tener obras sin fe - y esa clase de obras no nos sirven para nada. Si tú no has llegado a aceptar a Cristo como Señor y Salvador, todas las cosas buenas que podrías tratar de hacer son inútiles para salvarte. Las obras que no nacen de la fe no sirven para nada.

Sin embargo, no es posible tener fe sin obras. Esto significa que, si hay algo que Dios te ha llamado a hacer en tu vida, la falta de fe te puede estorbar. Muchas veces, Dios nos llama a tomar alguna acción, pero la falta de fe nos detiene. ¡Esto no le agrada a Dios! La Palabra dice: "Mi justo vivirá por la fe. Y si se vuelve atrás, no será de mi agrado." (Hebreos 10:38)

Cuando nos falta la fe, volvemos atrás; en lugar de avanzar por el camino que Dios tiene para nosotros, nos quedamos atorados porque no queremos tomar el paso de fe que Dios nos está llamando a tomar. A veces no queremos obedecer a Dios porque no estamos convencidos de que El nos sostendrá al hacerlo - nos falta fe, y la falta de fe se vuelve desobediencia.

A veces hablo con personas que han orado para aceptar a Cristo, pero no se han bautizado. Me dicen: Creo en Cristo, pero no me quiero bautizar todavía porque tengo miedo de fallarle. Estoy seguro que lo dicen con toda sinceridad, pero en realidad, no creen en Cristo de corazón. Si lo hicieran, confiarían también en que El les ayudará a vivir para El al bautizarse.

¿Qué te está llamando Dios a hacer? ¿Cuál es el siguiente paso de obediencia que debes dar? ¡No desconfíes de Dios! El nunca te decepcionará. Toma, por fe, ese paso de obediencia. Así prepararás tu vida para recibir más de Dios. Esto es lo que sucedió con el centurión; su obra de fe lo preparó para recibir más de Jesús. Esto nos lleva a lo siguiente:

II. La fe reconoce quién es Jesús

El domingo pasado en nuestro culto nocturno veíamos que la fe es más que simple optimismo. A veces decimos: "Hay que tener fe, y todo saldrá bien". La pregunta que surge es ésta: ¿fe en qué, o en quién? La fe sólo es tan valiosa como la persona en quien la tenemos.

Este hombre tuvo fe en Jesús, no en alguna otra persona. La única fe válida es la fe en Jesús. Observa conmigo cómo reaccionó en fe este hombre a Jesús. La fe del centurión respondió en humildad. No era una fe que demandaba, que insistía o que buscaba lo suyo; era una fe humilde.

A veces me parece que a nuestra fe le falta humildad. No reconocemos lo exaltado que es Jesucristo, y lo tratamos como nuestro pana o nuestro compinche. La fe del que se admiró Jesús no vino así, vino de una forma humilde. Si conocemos de veras a Jesús, nos humillaremos ante El.

La fe del centurión también reconoció la autoridad de Jesús. El comparó la autoridad de Jesús con la autoridad bajo la cual él estaba, la autoridad de sus superiores, y la autoridad que él ejercía sobre los soldados bajo su cargo. De la misma forma en que él sólo tenía que decir la palabra y se hacía, él sabía que Jesús tenía igual autoridad sobre la enfermedad y cualquier otra cosa.

Yo me pregunto: ¿tenemos esa misma clase de fe en la autoridad de Jesús? ¿Creemos realmente que cada aspecto de nuestra vida esta bajo su autoridad? Sinceramente me parece que no la tenemos. Cuando oramos por algo, y no esperamos la respuesta de Dios, le damos a entender que no confiamos completamente en su autoridad. Cuando nos preocupamos, no mostramos confianza en la autoridad absoluta de nuestro Salvador.

Jesús ha recibido toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por este motivo, podemos confiar completamente en El. La fe verdadera reconoce quién es Jesús. Pero además de esto,

III. La fe más allá del conocimiento

Alguien ha dicho que el tramo más largo del mundo son los veinte centímetros que separan la mente del corazón. Podemos saber muchísimo acerca de Dios, pero si ese conocimiento no logra penetrar nuestro corazón, de nada nos sirve.

Los judíos tenían la verdad cerca, a su alcance. La mayoría de ellos habrían sido educados desde su niñez en las Escrituras. Sin embargo, cuando llegó Jesús, muchos de ellos no lo reconocieron como su Mesías y Salvador. El centurión no tuvo las ventajas que ellos tuvieron; sin embargo, su fe superó la fe de ellos.

Esto no significa que el entendimiento no es importante. A final de cuentas, el centurión entendía algo acerca de Jesús. La diferencia estaba en que lo poco que él entendía había llegado a su corazón, mientras que lo mucho que otros sabían se les había quedado en el cerebro.

Yo te pregunto: ¿tienes fe, o tienes conocimiento? El predicador Chuck Swindoll comentó una vez que la Iglesia americana no tiene necesidad de aprender más; tiene la necesidad de poner en práctica lo que ya sabe. Algunos de nosotros hemos crecido en la Iglesia; otros ya tienen años de ser creyentes, y saben mucho. No se acaba con saber; el saber se tiene que convertir en sentir y hacer.

Conclusión

En el lugar menos esperado - en la persona de un centurión gentil - Jesús encontró gran fe. ¿Qué ve en ti? ¿Ve una fe que se expresa en obras, que reconoce quién es Jesús y que va más allá del conocimiento?

Esto es lo que El está buscando. ¿Qué clase de fe encuentra en ti?


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