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Domingo 27 de Abril del 2008

Encuentros con Jesús (II)
Pastor Tony Hancock

Introducción

Cada sociedad tiene sus parias - personas rechazadas y marginadas. Durante cierta época de la historia norteamericana, las personas de color eran los parias de la sociedad. Tenían baños, fuentes de agua y escuelas separados - y generalmente de calidad muy inferior.

Recuerdo visitar una vez la oficina del optometrista, que ocupaba un edificio antiguo en el centro del pueblo. Observe la rareza de que había dos salas de espera - una pequeña, y otra grande. La recepcionista me explicó que una había sido para las personas de color, y otra para las personas de descendencia europea.

El racismo, en sus múltiples formas, es una de las formas más viles que ha inventado el hombre para discriminar a los que no son como él. En el día de Jesús, los más excluidos de la sociedad no lo eran por el color de su piel, sino más bien por su falta de color. Me refiero a los marginados por causa de la lepra.

La exclusión de los leprosos tenía una base legal y médica. La lepra era contagiosa, y era además una enfermedad horrible. Mataba muy lentamente a sus víctimas, quitándoles la sensación. Como resultado, podían golpearse, lastimarse o quemarse - y no darse cuenta. Las heridas resultantes, putrefactas y mal olorosas, caracterizaban al leproso.

La lepra se convierte en un símbolo del pecado. Los efectos del pecado sobre el ser humano se parecen a los de la lepra. Y aunque sólo había una cantidad limitada de leprosos sobre la tierra, cada ser humano ha sido afectado por el pecado. En nuestra serie de encuentros con Jesús vemos hoy su encuentro con un leproso.

Lectura: Lucas 5:12-16

5:12 Sucedió que estando él en una de las ciudades, se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
5:13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra se fue de él.
5:14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino ve, le dijo, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó Moisés, para testimonio a ellos.
5:15 Pero su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanase de sus enfermedades.
5:16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.

A los leprosos se les prohibía acercarse a las personas que no estaban infectadas con su enfermedad. Los leprosos solían vivir en pequeñas colonias con otros leprosos, sobreviviendo de lo que las personas les dejaban. Les quedaba terminantemente prohibido entrar a los pueblos.

Este leproso tuvo la osadía de buscar a Jesús, y parece ser que violó una de las normas de comportamiento de los leprosos. El texto nos dice que Jesús estaba en un pueblo cuando este leproso se le acercó. El leproso no debía de estar en el pueblo; pero tal fue su desesperación, tal fue su deseo de ser limpio, que estuvo dispuesto a arriesgar el castigo público con tal de acercarse a Jesús.

Yo te hago esta pregunta: ¿qué estás dispuesto tú a soportar, con tal de acercarte a Jesús? ¿Estás dispuesto a soportar las burlas de tus compañeros? ¿Estás dispuesto a soportar los chismes que correrán acerca de ti? ¿Estás dispuesto a soportar el esfuerzo y el trabajo de conocer a Jesús?

Si estás tan consciente de tu necesidad como lo estuvo este leproso, lo harás. Este hombre estaba seguro de que necesitaba a Jesús, y estaba segurísimo de que Jesús lo podía sanar. Sólo había una cosa de la que no estaba seguro: si Jesús estaría dispuesto a hacerlo, o no.

Lo había apostado todo en este encuentro - y ahora se vería si aparecía su número ganador. "Si quieres", dice el leproso, "puedes limpiarme". ¡Qué gran fe reflejan esas palabras - y qué gran inseguridad! El hombre no dudaba de que Jesús tenía poder sanador. Sabía que El tenía autoridad sobre cualquier malestar, aun la lepra incurable.

Su única duda era ésta: ¿querría Jesús sanarlo? Desde que contrajo la lepra, había tantas personas que le habían dicho que no - desde el primer día en que se le diagnosticó la enfermedad, y el sacerdote le dijo: "NO puedes entrar más al pueblo". Su jefe le había dicho: "Ya NO tienes trabajo aquí". Sus amigos ahora le decían: "NO te me acerques".

Ahora se acercaba a Jesús con el corazón en la mano. Jesús era su única esperanza. ¿Qué le diría? ¿Sabes lo que le dijo Jesús? Jesús le dijo que SÍ. Si tú vienes a Jesús con la misma actitud, El también te dirá que sí. No hay nadie que Jesús no se digne a limpiar, si se le acerca con un corazón contrito y confiado.

Pero no sólo le dijo Jesús que sí. Extendió la mano y lo tocó. Tú y yo podríamos quizás considerarlo un bonito gesto, pero para las personas que estaban presentes en ese día, tocar a un leproso era romper completamente el esquema de lo que se debía de hacer. Tocar a un leproso era contaminarse.

Quiero que congeles la imagen de Jesús tocando a ese leproso en tu mente por un momento, mientras la consideramos más a fondo. ¿Podría Jesús haber sanado a este hombre sin tocarlo? ¿Era necesario para su sanidad que hubiera toque físico? Sabemos que Jesús podía sanar a la distancia, porque lo hizo en otra ocasión con el siervo de un centurión.

Jesús no tuvo que tocar a este hombre. Más bien, ese toque indica su gran compasión y el amor que tiene hacia las personas. A veces es fácil amar a la humanidad en lo abstracto, pero sentir asco de las personas particulares. Jesús no es así. El no es como algún gran filántropo, que da grandes sumas para beneficencia pero no quiere que lo moleste la chusma a quienes él ayuda.

Jesús toma el tiempo, en su día ocupado, para tocar a un pobre leproso; y nos abre una ventana a su corazón. Pero hay algo más que sucede aquí. Bajo la ley del Antiguo Testamento, la persona que tocara a un leproso se volvía impura. Tenía que purificarse de la impureza que había contraído.

Jesús, sin embargo, toca al leproso - y ¡no se contamina! Todo lo contrario; en lugar de que Jesús se contaminara, el leproso queda limpio. Con Jesús, las cosas funcionan al revés. Imagina que una persona se bañara en aguas sucias y contaminadas. ¿Cómo saldrá? Sucio y contaminado, ¿no?

Pero ahora imagina que al meterse la persona al agua, en lugar de ensuciarse, el agua misma se volviera pura y cristalina. ¿No sería eso algo inaudito? Pero eso es precisamente lo que sucede con Jesucristo. No importa el pecado que te contamina; si tú vienes a Cristo para que El te limpie, serás purificado también.

No tienes que preocuparte de que Jesús se vaya a ofender o a escandalizar por lo que tienes en tu pasado. A veces noto que la persona piensa de mí, como pastor, que soy algo delicado en mi sensibilidad. Si se les sale una mala palabra o una expresión no muy correcta en mi presencia, luego me piden disculpas - como si mis delicados oídos se fueran a lastimar con tales cosas.

Siempre me ha parecido extraño esto, porque es como si no se dieran cuenta de que Dios los escucha todo el tiempo. ¿No es mucho más importante lo que piensa Dios que lo que pienso yo? De todas maneras, quizás puedas sentir lo mismo con Jesús. Puedes pensar: No puedo dejarle ver todo lo que hay en mi corazón. ¡Se va a asustar! Mejor voy a seguir llevando mi máscara de buena persona religiosa.

Pero ¡esto es precisamente lo que no puedes hacer! Imagina lo que hubiera pasado si el leproso se hubiera escondido en algún rincón porque no quería que Jesús viera su piel desfigurada. Se habría perdido la oportunidad de ser sanado.

Tú tampoco debes de esconderte de Jesús, porque sólo El te puede sanar. Si no te acercas a El, te quedarás con la virulenta infección del pecado activa en tu corazón. En cambio, si vienes a El, puedes saber que no se va a escandalizar, ni se va a contaminar, sino que su Espíritu te purificará. Sólo puedes ser purificado en la presencia del Señor.

Cuando Jesús curó al leproso, lo mandó al sacerdote. Había requisitos en la ley que debía de cumplir la persona que había sido sanada de la lepra. Ahora quiero que notes un detalle interesante. La ley no le decía cómo ser curado de la lepra; sólo le decía lo que debía de hacer cuando lo fuera.

Así es la ley; te dice lo que debes de hacer y lo que es correcto, pero ¡no te dice cómo hacerlo! Jesús le mandó a este hombre cumplir con estos requisitos como testimonio para los líderes religiosos de su poder sanador. Estaba dando testimonio de que había llegado uno que tenía el poder del que su sistema legalista carecía.

Juan comentó lo siguiente: "La ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo" (Juan 1:17). Esa ley fue buena, pero no tuvo poder para liberar al alma débil y contaminada por el pecado. Jesús, con su gracia purificadora y liberadora, sí lo pudo hacer - y lo puede hacer hoy.

Desgraciadamente, hay algunos grupos hoy en día que pretenden llevarte de regreso a vivir bajo esa ley que no pudo liberarte. Hay quienes tratarán de imponerte leyes que ya han sido cumplidas. Pablo dice claramente en Colosenses 2:16-17: "Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo. Todo esto es una sombra de las cosas que están por venir; la realidad se halla en Cristo".

Cristo es la realidad a la que señalaban todos los detalles de la ley. Ahora que El ha venido con su poder transformador, lo que importa es estar en comunión con El. Los sacrificios, las leyes de los alimentos, las fiestas religiosas y la observancia del sábado ya no son una obligación para nosotros. Ellos no tenían poder para limpiarnos, de todas formas; los sacrificios se tenían que hacer una y otra vez precisamente por este motivo.

Jesús vino para hacer lo que la ley era incapaz de hacer: liberarte a ti y a mí de la contaminación del pecado. El pecado, como la lepra, nos desfigura. El pecado toma nuestra humanidad, la imagen de Dios en nosotros, y lo convierte en algo perverso y trastornado.

Cristo, en cambio, nos restaura. Nos limpia, nos purifica, y nos vuelve a la vida que Dios deseaba para nosotros. El pecado nos ensucia. Nos deja como puercos, revolcados en el lodo. Cristo viene y nos purifica, para que podamos estar en comunión con El y con nuestros hermanos.

El pecado separa. El leproso fue aislado por su pecado del contacto con los demás. El pecado nos aísla también. Desde el momento en que Adán y Eva reconocieron su desnudez en el jardín del Edén y trataron de esconderla, el pecado ha aislado al hombre. El pecado nos separa de Dios, y nos separa los unos de los otros.

Frente a esta separación, Cristo nos toca y nos invita a volver a una relación con El.

Conclusión

Así como Cristo limpió a ese leproso, El te quiere limpiar a ti también para que puedas vivir en plena comunión con El. Ven a El, con esa confianza y esa humildad que mostró el leproso. Quizás muchos te han dicho que no, pero El te dirá que sí. Ven a El - no esperes más.


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