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Domingo 14 de Octubre del 2007

La verdad acerca de la confesión
Pastor Tony Hancock

Introducción

Se cuenta la historia de cuatro pastores que se habían reunido para conversar. Después de hablar por algún tiempo, uno de ellos comentó: Cada uno de nosotros escucha muchas confesiones de los miembros de nuestras iglesias que nos cuentan sus pecados, pero nosotros no tenemos a quién contarle nuestras fallas. ¿Qué tal si cada uno de nosotros confiesa en este momento el pecado con el que batalla más?

Ninguno se opuso, así que empezaron a compartir. El primero les dijo que le gustaba ir al cine, y a veces veía películas que él sabía que no debía de ver. El segundo dijo que, de vez en cuando, le gustaba fumar un cigarro. El tercero comentó que le gustaba jugar baraja.

Cuando le tocó al cuarto, se mostró un poco renuente. Finalmente, sin embargo, los demás le convencieron que debía de compartir su pecado. El dijo: Mi pecado es el chisme, y ¡no me aguanto las ganas de salir de aquí con estos cuentos!

Esta historia presenta uno de los peligros de la confesión. Por esta razón precisa, muchas personas prefieren no contarle a nadie sus errores. ¿Será ésta la mejor forma de reaccionar ante los errores que cometemos? ¿Cuál será la verdad acerca de la confesión?

Estoy seguro que he predicado otros sermones acerca de este tema. Espero no repetir lo mismo que he dicho en otras ocasiones. Sin embargo, si me repito, te pido que tú mismo te preguntes: ¿estoy viviendo las realidades que escucho repetidas? Antes de ignorar lo que escuchas porque ya lo has oído, pregúntate si en realidad lo estás viviendo.

Leamos juntos nuestro verso lema, que es también el versículo de memoria para esta semana. Se encuentra en 1 Juan 1:9:

1:9 Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

Este versículo nos asegura que hay gran poder en la confesión. Por medio de la confesión podemos encontrar perdón y purificación de los pecados que cargamos en la conciencia. ¿Cómo sucede esto? Vamos a ver tres pasos. En primer lugar,

I. Dios nos perdonará si le confesamos nuestros pecados

En el libro de Salmos encontramos una descripción personal de la forma en que se expresa esta dinámica en la vida del creyente. Busquen conmigo el Salmo 32. Leamos, para empezar, los primeros cuatro versículos:

32:1 Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.
32:2 Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño.
32:3 Mientras callé, se envejecieron mis huesos En mi gemir todo el día.
32:4 Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; Se volvió mi verdor en sequedades de verano.

¿Qué le pasó a David mientras él trataba de esconder o de ignorar su pecado? ¿Qué le sucedía cuando él mantenía su pecado oculto, como polvo escondido debajo de la alfombra? El mismo lo dice: "Mis huesos se fueron consumiendo... Mi fuerza se fue debilitando... Tu mano pesaba sobre mí".

Cuando nosotros no confesamos nuestro pecado, ¡produce efectos nocivos! Nos afecta espiritualmente, pero también afecta nuestras emociones, y puede hasta afectar nuestro bienestar físico. Es como una astilla clavada en nuestro corazón, que, si no se quita, empieza a infectarse.

Por naturaleza, casi todos nosotros preferimos tratar de esconder nuestro pecado. Lo justificamos de mil maneras; decimos, ¡Yo no soy tan malo! ¡Mira lo que hace fulano de tal, y a él no le pasa nada! ¡Yo no voy a confesar mi pecado! Por nuestro orgullo, preferimos tratar de fingir que todo está bien.

Sin embargo, la vida no se vive de esa manera. Cuando ocultamos el pecado, nos encerramos a nosotros mismos en una cárcel oscura y peligrosa. ¿Cómo podemos salir?

La respuesta está en el verso 5:

32:5 Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado.

¿Qué hizo David? Le confesó sus pecados al Señor. Decidió ya no esconder o justificar su pecado, y más bien fue honesto ante Dios para reconocerlo. Cuando él confesó su pecado, vino el perdón. Como un manantial de agua pura y limpia, el perdón de Dios lavó su corazón y lo purificó.

Leamos los versos 6 al 11 para ver el resultado de este perdón:

32:6 Por esto orará a ti todo santo en el tiempo en que puedas ser hallado; Ciertamente en la inundación de muchas aguas no llegarán éstas a él.
32:7 Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; Con cánticos de liberación me rodearás.
32:8 Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; Sobre ti fijaré mis ojos.
32:9 No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, Que han de ser sujetados con cabestro y con freno, Porque si no, no se acercan a ti.
32:10 Muchos dolores habrá para el impío; Mas al que espera en Jehová, le rodea la misericordia.
32:11 Alegraos en Jehová y gozaos, justos; Y cantad con júbilo todos vosotros los rectos de corazón.

Cuando le confesamos a Dios nuestro pecado, entonces encontramos en El refugio seguro en cualquier peligro. Si estamos ocultando pecado en nuestro corazón, en cambio, no podremos disfrutar del gozo de su presencia.

Cuando confesamos nuestro pecado, Dios nos guía para caminar en sus sendas de justicia. No sólo nos perdona, sino que nos ayuda a vivir de otra manera. Nos muestra sus sendas de vida. Así, entonces, podemos alegrarnos en El, y regocijarnos en su presencia.

¿Tienes algún pecado escondido en la oscuridad de tu corazón que no has querido confesarle al Señor? ¡No lo escondas más! Abrele tu corazón con sinceridad, confiésale tu pecado, y El te perdonará. El te ministrará su alivio, y te traerá restauración. Recuerda que Dios te perdonará si le confiesas tus pecados.

Dicho esto, tenemos que ampliar ahora el cuadro. Todo pecado siempre se comete contra Dios, así que siempre tenemos que confesarle a El nuestros pecados. Sin embargo, en muchos casos, nuestros pecados ofenden a otras personas también. ¿Será que sólo tenemos que confesarle nuestros pecados a Dios, y a nadie más? Veamos lo que nos dice nuestro Señor Jesús, en Mateo 5:23-24:

5:23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti,
5:24 deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda.

Jesús deja muy claro que la confesión a Dios, aunque es necesaria, no es la única confesión que tenemos que hacer. Más bien, vemos que

II. Dios nos aceptará si confesamos nuestros pecados a quienes ofendemos

Para mostrarnos la importancia de arreglar las cosas con las personas a quienes hemos ofendido, Jesús nos hace imaginar una situación en la que hemos llegado al templo para ofrecer un sacrificio a Dios. Esto refleja el sistema del pacto antiguo, pues Jesús aún no había muerto como sacrificio para poner fin a todos los sacrificios de animales.

El momento de ofrecer el sacrificio era el momento de comunión con Dios para el judío. Era su oportunidad para recibir perdón por sus pecados, o declarar su agradecimiento al Señor, dependiendo de la clase de sacrificio que presentara. Jesús nos pinta el cuadro de un hombre que ha llegado al templo con su animal para ofrecerlo en sacrificio, y estando frente al altar, se acuerda de que le ha fallado a alguien.

¿Qué pensará este hombre? ¿Pensará: Bueno, le voy a ofrecer un sacrificio a Dios, y con esto, todo quedará bien? ¿Dirá que de seguro la persona ya se ha olvidado de la situación? ¡No! Dice Jesús: Deja tu ofrenda allí frente al altar. Reconcíliate con tu hermano primero, y luego vuelve a presentar tu ofrenda.

Es tan importante mantener buenas relaciones que debemos de ir al instante cuando nos damos cuenta de que hemos ofendido a alguien, y pedirle perdón. Las palabras de Jesús implican que nuestra relación con Dios será estorbada hasta que hayamos arreglado las cosas con la persona a quien hemos ofendido.

La confesión es esencial para mantener las buenas relaciones en todas las áreas. Es esencial para mantener la armonía en la Iglesia. Es inevitable que surjan diferencias de opinión y malas situaciones en la Iglesia. La salud de la Iglesia dependerá de la forma en que reaccionamos frente a estas situaciones.

Si nos dejamos llevar por el orgullo y nos rehusamos a pedir perdón, es como si le quitáramos una pequeña pieza a la estructura de la Iglesia. Con cada pedazo que se quita, el edificio se vuelve más y más débil - hasta que ya no puede cumplir su función.

¿Cómo dijo Jesús que el mundo sabría que nosotros somos sus discípulos? ¿Lo sabrían por los edificios esplendorosos en los que nos reunimos? ¿O sería la marca el hecho de todos cargar una Biblia negra muy grande? ¿O nos identificarían por las calcomanías de pez que traemos en el carro?

Jesús no mencionó ninguna de estas cosas. Más bien, El dijo que el mundo sabría que somos sus discípulos por el amor que nos tenemos. Ahora bien, la única manera de mantener el amor es pedir perdón cada vez que ofendemos a alguien. Tenemos que dejar atrás nuestro orgullo y saber disculparnos, para mantener la unidad del cuerpo de Cristo.

La confesión es esencial para mantener la vida familiar también. La pareja que no sabe pedirse perdón es la pareja que está en peligro. Cuando nadie acepta responsabilidad, las ofensas empiezan a acumularse como toxinas y envenenan la relación. En realidad, no importa quién tiene más culpa, o si crees que tu pareja lo empezó, o si piensas que te deberían de perdonar sin que digas nada. Tienes que confesar.

¿Hay algo que un hermano, o que algún miembro de tu familia tenga contra ti? No dejes que se quede colgando en el aire. No dejes que pase un día más sin arreglar cuentas y buscar la restauración. Dios nos aceptará si confesamos nuestros pecados a quienes ofendemos.

Queda una situación más en la que tenemos que hacer una confesión. Vamos a encontrarla en Santiago 5:16:

5:16 Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho.

En este versículo, Santiago describe la situación de una persona que está bajo el poder de algún pecado. Su pecado le está ocasionando una enfermedad física, psicológica, espiritual - pero no puede escaparse por su propia cuenta. Como esta persona,

III. Dios nos librará si confesamos nuestros pecados a hermanos maduros

Hemos dicho que Dios nos perdonará si le confesamos nuestros pecados, y que El nos aceptará si confesamos nuestros pecados a quienes ofendemos. Quedan situaciones en las que nos encontramos aprisionados por un pecado, y nos hace falta alguien que nos ayude a salir. Estamos hablando de la situación de pecado habitual, del pecado que nos tiene dominados.

En estos casos, para ser sanados, tenemos que buscar a algún hermano maduro para confesarle nuestro pecado y pedir su ayuda en oración. El pecado es como un hongo. Crece mejor en la oscuridad. Si lo sacamos a la luz, empieza a perder su poder.

Si tú estás luchando con un pecado constante - sea el chisme, las groserías, palabras ofensivas, la pornografía o la falta de fe - comparte tu lucha con algún hermano maduro que pueda orar por ti y ayudarte a tener victoria sobre el pecado.

Una cuerda de un hilo fácilmente se rompe, pero dos o tres no se rompen tan fácilmente. Puede ser que el pecado te tenga vencido si tratas de pelear solo, pero con el apoyo de tus hermanos, puedes tener la victoria.

Conclusión

No dejes que el orgullo te derrote. Confiesa tus pecados a las personas correspondientes - a Dios, a quienes hayas ofendido, y - si es necesario - a un hermano maduro. Este es el camino a la verdadera libertad y el gozo verdadero.


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También está disponible la página de Lecturas Bíblicas diarias del Pastor Tony. En dicha página encontrarás una lectura bíblica para cada dia de la semana relacionada con el Sermón Dominical, junto con preguntas para meditación y aplicación.

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