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Domingo 5 de Agosto del 2007

¿De dónde vengo? - Parte 2
Pastor Tony Hancock

Introducción

Se cuenta la historia de un hombre que se había hecho muy rico. Decidió comprarle a su madre un regalo de cumpleaños muy especial. Después de buscar en muchas partes para hallar el regalo ideal, encontró lo que le parecía perfecto: un loro. El precio del animal era de varios miles de dólares, pero el hombre consideró que valía la pena.

Este no era cualquier loro; hablaba varios idiomas, siempre sabía qué decir para animar a su dueño y había ganado varios concursos por su inteligencia y poder de comunicación. Encantado con su compra, el hombre hizo arreglos para que el loro fuera entregado a su madre el día de su cumpleaños, ya que él no podría estar presente debido a ciertos compromisos.

Cuando por fin se libró de sus compromisos, su primera acción fue tomar el teléfono para llamar a su madre. Después de felicitarle por el día de su cumpleaños, le preguntó: ¿Recibiste el regalo que te envié? Su madre le aseguró que le había llegado bien.

¿Qué tal te pareció? -le preguntó el hombre. Su madre le dijo: ¡No sé cómo supiste exactamente lo que yo quería para mi cumpleaños! ¡De todos los regalos, el tuyo fue el mejor! Hacía mucho tiempo que no había disfrutado tanto de algo. ¡El ave que me enviaste fue delicioso!

Cuando se analiza un cuento humorístico, pierde la gracia. Permítanme, sin embargo, analizar lo que sucede en esta anécdota. Se trata de algo muy valioso, un loro. El destinatario del regalo, sin embargo, no aprecia su valor; en lugar de permitir que desenvuelva la función que tiene, lo usa para otra cosa. Se lo come.

Quisiera hacer una comparación. Hay también algo de inmenso valor, cuyo valor muchos ignoran o desprecian. Al ignorar su valor, lo prestan para usos que no concuerdan con el inmenso valor que tiene y que, en cierto sentido, lo destruyen. ¿A qué me refiero? Al ser humano. Cada uno de nosotros tiene un inmenso valor. Sin embargo, si no sabemos para qué existimos, podemos derrochar nuestro valor en cosas que no valen la pena.

Es por esto que estamos considerando el origen de las cosas. Al estudiar nuestro origen, descubrimos para qué fuimos creados. La semana antepasada empezamos a considerar esta realidad. Vimos que el ser humano fue creado a imagen de Dios, y que tiene como responsabilidad el cuidado de la creación que Dios le ha encomendado.

En el pasaje que hoy veremos, el autor inspirado amplía la descripción que nos había dado de la creación del hombre. Nos vuelve a contar acerca de la creación del hombre, explicando y agregando algunos detalles que no había incluido en el capítulo uno.

Lectura: Génesis 2:4-7

2:4 Estos son los orígenes de los cielos y de la tierra cuando fueron creados, el día que Jehová Dios hizo la tierra y los cielos,
2:5 y toda planta del campo antes que fuese en la tierra, y toda hierba del campo antes que naciese; porque Jehová Dios aún no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para que labrase la tierra,
2:6 sino que subía de la tierra un vapor, el cual regaba toda la faz de la tierra.
2:7 Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.

En el capítulo uno, vimos que el hombre fue creado a imagen de Dios. Esto es lo que lo separa de los animales. Aquí, sin embargo, vemos algo más acerca de

I. El origen del hombre

El verso 7 nos declara que el hombre fue formado por Dios del polvo de la tierra. Esto significa que, aunque fuimos creados a imagen de Dios, no caímos del cielo; somos de esta tierra. Nuestros cuerpos consisten mayormente en oxígeno, carbón, hidrógeno, nitrógeno, fósforo, cloro, hierro, potasio, sulfuro, sodio, magnesio y fluoro - elementos terrenales.

Dios nos formó usando los elementos de esta tierra, y luego sopló en nosotros el hálito de vida. Nuestra vida - lo que nos hace más que simple tierra - viene de Dios. El es quien nos ha hecho lo que somos, con gran detalle y gran cuidado. Como exclamó el salmista: "¡Te alabo porque soy una creación admirable!" (Salmo 139:14).

Uno de los científicos que descubrió la estructura del ADN - el código nuclear que graba la información celular de cada ser humano - se llamaba Francis Crick. Después de llegar a comprender lo complicado que es el ADN, se dio cuenta de que era imposible que éste surgiera por casualidad. Al no encontrar en la tierra algún mecanismo que pudiera producir algo tan detallado, decidió que el ADN tenía un origen extraterrestre, y que había llegado a la tierra desde el espacio.

Cuando reconocemos el poder de Dios, no es necesario inventar teorías extrañas para explicar el origen de la vida humana. Reconocemos que fue Dios quien nos creó, con su gran inteligencia y poder. El se merece nuestra alabanza por su gran creación.

Cuando reconocemos de dónde venimos, podemos evitar muchos errores. Reconocemos que somos seres de cuerpo y de espíritu, y que los dos son buenos y son importantes. Nuestro cuerpo fue formado de la tierra; pertenece a este mundo. No es malo por ese motivo; al contrario, Dios lo hizo bueno.

Sin embargo, algunos enfatizan el espíritu a tal grado que niegan la importancia del cuerpo. Éste es un error. Dios hizo nuestros cuerpos, y por eso importa lo que hacemos con ellos. Aunque nuestros cuerpos consisten en materiales muy bajos, su importancia viene del hecho de haber sido creados por Dios - con un propósito y una razón. Ahora bien, ¿cuál es ese propósito?

Lectura: Génesis 2:8-17

2:8 Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado.
2:9 Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer; también el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.
2:10 Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro brazos.
2:11 El nombre del uno era Pisón; éste es el que rodea toda la tierra de Havila, donde hay oro;
2:12 y el oro de aquella tierra es bueno; hay allí también bedelio y ónice.
2:13 El nombre del segundo río es Gihón; éste es el que rodea toda la tierra de Cus.
2:14 Y el nombre del tercer río es Hidekel; éste es el que va al oriente de Asiria. Y el cuarto río es el Eufrates.
2:15 Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.
2:16 Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer;
2:17 mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

En el capítulo anterior, aprendimos que parte del propósito de Dios en crear al hombre fue para cuidar de su creación. No debemos de considerarnos dueños, sino mayordomos de todo lo que existe. Esto afecta, entre otras cosas, nuestro deber de cuidar la ecología.

Sin embargo, el hombre no es sólo un jardinero. Veamos más acerca de

II. El propósito del hombre

Este pasaje nos enseña dos cosas muy importantes acerca de nuestro propósito. En primer lugar, nos enseña que tenemos como propósito obedecer a Dios. Sólo Dios sabe lo que es bueno o malo para el hombre. Dios puso una gran variedad de árboles en el jardín que iba a ser el hogar del hombre, y le dijo que comiera de todos menos uno.

Podríamos dialogar por horas sobre el significado exacto del árbol del conocimiento del bien y del mal, pero fíjense en lo primordial: ¡Dios sabe lo que le conviene al hombre, y lo que no le conviene! Un aspecto central de nuestra existencia es que debemos de obedecer a Dios, porque El sabe lo que nos conviene mucho mejor que nosotros.

Cuando le mostró a Adán que la consecuencia de su desobediencia sería la muerte, no lo estaba tratando de asustar con una amenaza hueca. No fue como algunos padres, que tratan de controlar las acciones de sus hijos diciéndoles: ¡Te va a comer el cucuy! Dicho sea de paso que este estilo de disciplina no es muy eficaz.

Dios le dijo a Adán que no comiera del árbol porque Dios sabía que no lo debía de hacer. Dios también nos dice a nosotros lo que debemos de hacer y lo que no debemos de hacer. Yo me pregunto: ¿le prestamos atención? Muchas veces nos refugiamos tras el sipero.

Me refiero a que sabemos que Dios dice que no debemos de hacer algo, o que debemos de hacer otra cosa, y respondemos: Sí, pero... Pero mis circunstancias son diferentes, pero yo me siento diferente, pero mi tradición es distinta. ¿Crees que Dios no conocía tus circunstancias cuando hizo sus leyes?

¡Mejor quita el sipero de tu vocabulario! Cuando Dios te dice que hagas algo, reconoce que es porque El sabe lo que te conviene. Esta semana me comentaba alguien, acerca de cierto tema de inmoralidad, que "Es la tradición". Me pareció muy interesante este comentario. Sé que la persona no lo hizo con malas intenciones, pero me puse a pensar en las tradiciones que enfrentó Jesús en su día.

Enfrentó las muchas tradiciones que habían creado los fariseos, y su respuesta fue: "Por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios" (Mateo 15:6). Es muy fácil que nuestras tradiciones también nos lleven a ignorar y desobedecer la Palabra de Dios. Existen tradiciones, como la veneración de las imágenes, que no son más que idolatría. Por seguir la tradición, desobedecemos a Dios.

Existen tradiciones como la tradición de "juntarse" que justifican la fornicación por causa de la tradición. No podemos justificar la desobediencia simplemente porque es la tradición. Tenemos que reconocer que Dios nos ha dejado sus leyes porque El es quien conoce el bien y el mal. Nuestro peor error consiste en pensar que nosotros podemos ser los árbitros de lo bueno y lo malo.

El hombre, entonces, tiene como propósito obedecer a Dios. También tiene como propósito conocer a Dios y relacionarse con El. Este punto es más sutil, pero emerge al examinar los detalles del lugar del jardín. Al leer que el jardín estaba localizado donde había oro y piedras preciosas, pensamos en el tabernáculo.

Era también un lugar donde había oro y piedras preciosas, y era precisamente el lugar de encuentro con Dios. No nos sorprende, entonces, leer en el capítulo 3 que Dios solía encontrarse con el hombre allí mismo en el jardín. Dios nos hizo para estar en una relación con El, para hablar con El y relacionarnos con El.

Dios creó al hombre y lo puso en el jardín del Edén para estar en relación con El, para que pudiera hablar con El y tener una amistad con El. Por su pecado, el hombre fue expulsado del jardín. Sin embargo, en nuestro corazón existe aún el anhelo de relacionarnos con Dios, pues para esto fuimos creados.

Conclusión

Si no estás caminando en una relación con Dios, falta algo de suma importancia en tu vida. Fuiste creado con este propósito. Si no estás caminando con Dios, buscándole y honrándole, algo te falta.

Un viajero observó en cierta ocasión a un grupo de niños en un país africano jugando a las canicas. Al acercarse, vio algo de extraño en esas canicas. El viajero, que sabía algo de piedras, reconoció que no eran canicas comunes y corrientes - eran diamantes sin cortar.

¿Estás jugando a las canicas con diamantes? ¿Estás derrochando el gran valor que tiene tu vida en cosas que no valen la pena? Dios te hizo con un propósito. Búscale, y cumple ese propósito que El tiene para ti.


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