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Domingo 6 de Mayo del 2007

El poder de tus palabras (parte II)
Pastor Tony Hancock

Introducción

Para complacer a su padre, un joven de poca habilidad atlética decidió competir en las carreras. Su padre había sido un gran corredor, pero el hijo era muy distinto. Sus capacidades eran otras; no era buen atleta.

Al final de su primera carrera, había perdido por varios segundos. No se imaginaba cómo darle la noticia a su papá. Por fin, le escribió la siguiente carta: "Querido papá, te dará gusto saber que competí contra Guillermo Martínez, el mejor corredor de la escuela. El terminó en penúltimo lugar, mientras que yo llegué segundo".

Lo que escribió el joven era cierto, ¿no? Sin embargo, no comunicaba lo que realmente había sucedido. En cierto sentido, el joven había dicho la verdad; pero no había sido sincero con su padre.

Hoy seguimos hablando del poder de tus palabras, y en esta ocasión vamos a considerar la importancia de la sinceridad. Nuestro lema será este verso, tomado de la Versión Popular: "Más bien, hablando la verdad en un espíritu de amor, debemos crecer en todo hacia Cristo" (Efesios 4:15)

Algunas otras traducciones expresan el sentido del pasaje de formas distintas, pero ésta es una buena interpretación del griego, y nos dice algo muy importante acerca de nuestra forma de hablar. Nos dice que debemos de hablar la verdad en un espíritu de amor.

Nuestro Dios es un Dios de verdad. El no habla con rodeos. No dice una cosa cuando su intención es otra. Cuando El nos promete la salvación al aceptar a Cristo como Señor y Salvador, podemos confiar en El. El también nos llama, entonces, a desarrollar un estilo de comunicación y de expresión que refleja el suyo. Nos llama a hablar la verdad en amor.

¿Cómo podemos hacerlo? Hoy consideraremos dos pasos específicos que nos ayudarán a hablar la verdad en amor. La primera es ésta:

Podemos hablar la verdad en amor si somos sinceros con nosotros mismos

Leamos lo que escribe el rey David, en el Salmo 51:6. David le está confesando su pecado al Señor, y hace una declaración muy importante acerca de lo que Dios busca de nosotros. Dice: "Tú amas la verdad en lo íntimo".

La frase traducida en lo íntimo se refiere a lo secreto, lo oculto, lo encubierto. Probablemente es una referencia a nuestro corazón, que está encubierto en el pecho. En otras palabras, Dios busca la sinceridad que penetra hasta lo más profundo de nuestras intenciones, de nuestros pensamientos, de nuestros deseos.

Dios nos llama a una sinceridad absoluta. Cuando hablamos de sinceridad, muchas personas se confunden acerca de lo que Dios desea. Piensan que la sinceridad radica en decir todo lo que sienten, en no esconder sus sentimientos. Esta es una confusión, porque no siempre es necesario ni edificante dejar que todo el mundo sepa nuestros sentimientos.

Alguien dijo una vez: "Mi vida es una mentira, pero por lo menos soy sincero". ¡Esa no es la idea! Dios está buscando en nosotros una sinceridad que va mucho más allá de simplemente decir lo que sentimos.

Dicho de otro modo, la sinceridad no radica tanto en los sentimientos, sino en las intenciones. Cuando David dice que Dios ama la verdad en lo íntimo, en lo más profundo y escondido, está hablando de enfrentar con honestidad lo que está dentro de nosotros, ante Dios.

Puede ser que te dé miedo enfrentar lo que realmente eres. Te da temor pensar que alguien pudiera conocer todo lo que hay dentro de ti - todos los pensamientos, todos los pecados del pasado, todo el desprecio que sientes. Lo más fácil es esconderte detrás de una máscara.

Quizás ésta sea la razón por la que nos dice Jeremías 17:9: "Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?". Nuestro corazón es sumamente engañoso en sus esfuerzos por mantenerse independiente y ser autosuficiente. De mil maneras trata de convencerse de que en realidad está bien, que no pasa nada, que todo está bajo control.

Sólo cuando nos desnudamos el alma ante Dios descubrimos lo que somos en realidad - y descubrimos también que El ya conoce por completo como somos, y aun así nos ama. Cuando somos completamente honestos ante Dios, su Espíritu nos ministra su perdón. Nos susurra palabras de aceptación y de seguridad.

¿Qué tiene que ver todo esto con hablar la verdad en amor? Simplemente que, si no somos sinceros con nosotros mismos, será imposible mostrar sinceridad hacia los demás. No podemos ser sinceros con otros si no somos sinceros con nosotros mismos.

¿Recuerdan el versículo de memoria de la semana pasada? Lo que sale de la boca sale del corazón. Si nuestro corazón nunca ha aprendido a ser sincero ante Dios, jamás podremos ser sinceros en nuestro trato con los demás.

El primer paso, entonces, hacia la meta de hablar la verdad en amor es ser sinceros con nosotros mismos. El segundo paso es éste:

Podemos hablar la verdad en amor si somos fieles a nuestros compromisos

Leamos lo que nos dice el Salmo 15:4: "Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado, Pero honra a los que temen a Jehová. El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia". Nuestro enfoque está en la segunda mitad del versículo, donde nos habla de cumplir lo prometido, aunque salgamos perjudicados. Es importante notar el contexto de este versículo.

Como comentábamos en una de las células esta semana, un texto sin contexto es un pretexto. Bien, entonces, ¿cuál es el contexto de esta declaración? Si leemos el primer versículo: "Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?" (Salmo 15:1), descubrimos que el autor inspirado está hablando de las cualidades de la persona que mora en la presencia de Dios.

¿Quién, Señor, puede habitar en tu santuario? Esta es la pregunta del salmista; y el verso 4 es parte de su respuesta. No estamos hablando, por supuesto, de traer un petate y dormir aquí en la iglesia. No estamos hablando de mudarnos a algún santuario físico.

Se refiere a morar en la presencia de Dios, como si viviéramos en su templo. ¿Por qué quisiéramos hacer tal cosa? Porque estar en la presencia de Dios es nuestro mayor bien. En la presencia de Dios hay bendiciones eternas. Conocer a Dios llenará ese vacío que tenemos en el corazón. Su presencia es algo muy especial.

Sólo podemos habitar en su presencia si vivimos en integridad. Si vivimos en pecado, su Espíritu se entristece, y ya no llegamos a sentir el gozo de su presencia. Vemos aquí que uno de los aspectos de la integridad es la fidelidad a nuestros compromisos. Una de las cosas que Dios nos pide, si queremos que su presencia more con nosotros, es que cumplamos con lo que decimos.

Recuerdo de niño que algún compañero de clase me dijo algo que me pareció francamente increíble, pero mi amigo me lo aseguró de muchas formas. Por fin lo creí, y entonces me dijo: Estaba jugando contigo. Mira, tenía los dedos cruzados.

Hay un sinfín de trucos para tratar de escaparnos de nuestras responsabilidades. También los había en el día de Jesús. Los fariseos le decían a la gente: Si juran por el templo, no tienen que cumplir sus promesas; pero si juran por el oro del templo, entonces sí las tienen que cumplir.

Frente a esto, Jesús nos enseña algo muy importante. Leamos lo que dice Mateo 5:37: "Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede". Jesús nos llama a una honestidad que sobrepasa la de cualquier persona del mundo. El no nos está prohibiendo el tomar juramentos, en la corte, por ejemplo. Nos está diciendo, más bien, que debemos de ser personas tan honestas que los juramentos no sean necesarios.

Cuando alguien nos pregunta: ¿Me lo juras?, la pregunta misma indica que hay alguna duda acerca de nuestra seriedad. Debemos de ser conocidos como personas que siempre dicen la verdad, porque nuestro Dios es el Dios de la verdad.

Nuestra cultura es una que fácilmente admite la tergiversación. Los comerciales nos prometen cosas que los productos anunciados jamás podrán proporcionarnos. Los políticos nos aseguran que, con tan solamente votar por ellos, podremos convertir nuestro país en un verdadero paraíso. Al final, nos quedamos como Pilato, preguntando ¿qué es verdad?

Hermanos, seamos personas de integridad en nuestra habla. Padres, no les prometan a sus hijos algo simplemente para contentarlos y callarlos. Esto es mentirles. Si te has comprometido en hacer algo, hazlo - aunque te cueste. No pongas pretextos.

¿Por qué? Simplemente porque, si tu palabra no es 100% confiable, te conviertes en vocero de Satanás. ¿Cuántos de ustedes quieren ser portavoces del diablo? Jesús nos dice: "Cualquier cosa de más", es decir, además de la completa honestidad, "proviene del maligno".

Satanás es el padre de las mentiras. A él le encanta cuando nuestras palabras no son completamente confiables, porque su peor enemigo es la verdad. Cuando nosotros decimos que vamos a hacer algo, y no lo hacemos, destruimos la confianza y la integridad. Cada vez que esto sucede, el enemigo se goza.

Cuando nuestro no significa , sino quizás, o a lo mejor, o si me conviene, hemos dejado de hablar la verdad en amor y hemos empezado el descenso al pantano de la incertidumbre. Cuando no le pagamos a alguien lo prometido, cuando nos retraemos en ayudar a alguien cuando se lo hemos asegurado, cuando les negamos algo a nuestros hijos que les habíamos prometido, le prestamos la boca a Satanás.

Conclusión

Dos hermanos estaban preparando huevos de colores para celebrar la Pascua. Al mayor se le ocurrió una idea. Le dijo a su hermanito: "Si me permites romper tres de estos huevos sobre tu cabeza, te daré un dólar". El pequeño lo pensó un rato, y luego dijo que sí.

El niño mayor rápidamente rompió el primer huevo sobre la cabeza de su hermano, y luego el segundo. Cuando no llegó el tercero, el niño pequeño preguntó: "¿No vas a romper el tercer huevo?"

"No", respondió su hermano, "eso me costaría un dólar". ¡Qué trampas les tendemos a los demás! Pero Dios nos llama a algo muy distinto. El nos llama a hablar la verdad en amor, siendo sinceros con nosotros mismos y fieles a nuestros compromisos.


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