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Domingo 15 de Abril del 2007

De maldición a bendición
Pastor Tony Hancock

Introducción

Hay muchas personas que viven atemorizadas por las maldiciones. Cuando empiezan a estornudar o a sentir calentura, se preguntan: ¿será que alguien me hizo un conjuro? Si les va mal en el negocio, se imaginan que su peor enemigo los hechizó para darles mala suerte.

Hasta se cuidan de que alguien se apodere de sus pelos cuando se cortan el cabello, suponiendo que los podrán usar para hacerles algún daño. Viven temiendo las maldiciones.

Si tomamos en cuenta lo que la Biblia nos enseña, entenderemos que estas personas están un poco mal enfocadas. Se parecen a quien se asusta de un gusano, cuando tiene a sus espaldas una víbora cascabel sacudiendo la cola en aviso de que está apunto de picar.

Lo que sucede es que hay una maldición que es mucho más seria que cualquier maldición que un enemigo nos podría lanzar. El problema es que no nos damos cuenta de que estamos bajo esta maldición, porque siempre hemos estado bajo ella. Es la única realidad que conocemos, y no nos imaginamos que las cosas podrían ser diferentes.

La buena noticia, sin embargo, es que esta maldición será quitada, y está siendo quitada, y ha sido quitada. ¿A qué maldición me refiero? Simplemente a la maldición que trajo el pecado. En los primeros capítulos de la Biblia leemos acerca de la maldición que vino sobre la tierra por causa del pecado de la humanidad. Todos sufrimos las consecuencias de esta maldición en nuestros cuerpos, en nuestro trabajo, en el dar a luz y, sobre todo, en la relación quebrantada con Dios.

El plan de Dios, sin embargo, es convertir esa maldición en bendición para los que forman parte de su pueblo. Ahora vivimos en una etapa de transición, pues disfrutamos parcialmente de la bendición de Dios. Cuando la maldición sea quitada por completo, los resultados serán maravillosos. Leamos acerca de lo que nos espera, si somos de Cristo. Mientras leemos, imaginen lo que Juan describe.

Lectura: Apocalipsis 21:9-22:5

21:9 Vino entonces a mí uno de los siete ángeles que tenían las siete copas llenas de las siete plagas postreras, y habló conmigo, diciendo: Ven acá, yo te mostraré la desposada, la esposa del Cordero.
21:10 Y me llevó en el Espíritu a un monte grande y alto, y me mostró la gran ciudad santa de Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios,
21:11 teniendo la gloria de Dios. Y su fulgor era semejante al de una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, diáfana como el cristal.
21:12 Tenía un muro grande y alto con doce puertas; y en las puertas, doce ángeles, y nombres inscritos, que son los de las doce tribus de los hijos de Israel;
21:13 al oriente tres puertas; al norte tres puertas; al sur tres puertas; al occidente tres puertas.
21:14 Y el muro de la ciudad tenía doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce apóstoles del Cordero.
21:15 El que hablaba conmigo tenía una caña de medir, de oro, para medir la ciudad, sus puertas y su muro.
21:16 La ciudad se halla establecida en cuadro, y su longitud es igual a su anchura; y él midió la ciudad con la caña, doce mil estadios; la longitud, la altura y la anchura de ella son iguales.
21:17 Y midió su muro, ciento cuarenta y cuatro codos, de medida de hombre, la cual es de ángel.
21:18 El material de su muro era de jaspe; pero la ciudad era de oro puro, semejante al vidrio limpio;
21:19 y los cimientos del muro de la ciudad estaban adornados con toda piedra preciosa. El primer cimiento era jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, ágata; el cuarto, esmeralda;
21:20 el quinto, ónice; el sexto, cornalina; el séptimo, crisólito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisopraso; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista.
21:21 Las doce puertas eran doce perlas; cada una de las puertas era una perla. Y la calle de la ciudad era de oro puro, transparente como vidrio.
21:22 Y no vi en ella templo; porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero.
21:23 La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera.
21:24 Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella.
21:25 Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche.
21:26 Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella.
21:27 No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero.
22:1 Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero.
22:2 En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones.
22:3 Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán,
22:4 y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes.
22:5 No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos.

Anteriormente en la visión que recibió Juan, uno de los ángeles que tenían las siete copas le había mostrado la prostituta llamada Babilonia, que representa el sistema mundano. Ahora uno de estos mismos ángeles le muestra la novia pura del Cordero.

La ciudad que él ve, la nueva Jerusalén, baja del cielo desde Dios. No nos lo debemos de imaginar como una nave espacial, bajando desde arriba para posar sobre la tierra. Indica algo mucho más importante.

Esta semana alguien me preguntó donde íbamos a vivir en la eternidad: ¿en el cielo, o en la tierra? Aquí está la respuesta. Ya no habrá distinción. La ciudad de Dios baja del cielo, y ahora su morada es con los hombres. Nadie hablará de "ir al cielo", porque Dios morará plenamente con nosotros en la tierra.

La ciudad celestial que Juan ve en visión, entonces, nos habla de la restauración que Dios está haciendo por medio de Cristo, y que culminará en la tierra nueva y los cielos nuevos. Cada detalle de la visión nos dice algo importante acerca del futuro para los que han sido perdonados por la fe en Cristo. La primera cosa que notamos es la forma de entrar.

I. La entrada a la ciudad es por medio de la obra redentora de Dios

Notamos que la ciudad tiene doce puertas, y que las puertas tienen guardias angelicales. El jardín del Edén, donde la humanidad empezó, también tuvo puerta con guardia angelical. Después de echar a Adán y Eva del jardín por su pecado, Dios puso un ángel para que no pudieran volver a entrar.

Sin embargo, leemos en el versículo 25 que las puertas de la ciudad nunca se cerrarán. La humanidad fue excluida del jardín debido a su pecado por un ángel que guardaba la puerta; ahora las puertas estarán abiertas para todos los redimidos.

Sobre estas puertas están los nombres de las doce tribus de Israel. Esta es la primera indicación de la importancia de la obra redentora de Dios. Aunque Dios ha creado a todas las naciones del mundo y es el Dios de todos, él escogió a una nación en particular para ser su canal de revelación a todo el mundo. Esta nación fue el pueblo de Israel.

La revelación de Dios por medio de Israel culminó con la venida de Jesús, quien nació del pueblo de Israel. El conocimiento de Dios viene solamente por medio de él, y él vino dentro de Israel. Por supuesto, no tenemos que hacernos israelitas para entrar a la ciudad celestial.

Pero sí tenemos que acercarnos a Dios por medio de la revelación que él nos ha dado por medio de la nación judía. No tenemos otra opción. Tenemos que entrar por las puertas que Dios ha abierto, y estas puertas están abiertas por medio de Jesús, el cumplimiento de la revelación a Israel.

En el Israel del Antiguo Testamento, el sumo sacerdote llevaba un efod - un delantal con doce piedras preciosas. Cada piedra representaba una de las tribuas. Ahora, las mismas piedras forman los cimientos de las murallas. Sobre estos cimientos se escribe algo importante.

Esta es la segunda indicación de la importancia de la obra redentora de Dios. Leemos que los cimientos de la muralla llevaban los nombres de los doce apóstoles. La revelación del plan de Dios en el Antiguo Testamento vino por medio de Israel, y esto culminó con Jesús.

La explicación del significado de su obra, tanto como el testimonio de lo que él hizo, viene por medio de los doce apóstoles. Nosotros tenemos sus palabras escritas en el Nuevo Testamento. Este testimonio es el fundamento de nuestra fe. De la manera en que las murallas de una casa excluyen a los que no entran por la puerta, también el testimonio de los apóstoles excluye de la ciudad celestial a todos los que no lo aceptan.

Si queremos entrar a esta ciudad, entonces, tenemos que buscar ahora a Cristo, el heredero de todas las promesas de Israel, y estudiar lo que sus apóstoles nos han enseñado acerca de él. Si no formamos parte ahora del pueblo de Dios, no podremos entrar a la ciudad celestial.

Pero, ¿por qué afanarse por entrar? ¿Realmente vale la pena? ¡Claro que sí!

II. La vida de la ciudad será incomparablemente superior a la vida bajo la maldición

El pasaje está lleno de detalles que nos ayudan a comprender esto. Leemos que la ciudad resplandecía, y su apariencia se compara con una multitud de piedras preciosas. Parecía, según Juan, una piedra de jaspe transparente. El jaspe es una especie de cuarzo semitransparente, de diferentes colores.

A la vista de Juan, entonces, la ciudad entera resplandecía como una joya, pero era tan limpia y pura que era transparente. Es más, el encanto no se desvaneció cuando observó la ciudad más de cerca.

Podría ser que alguna de las grandes urbes de nuestro mundo luzca muy impresionante de noche, con las luces prendidas en los rascacielos, reflejando quizás la luz de la luna. Sin embargo, al acercarnos empezamos a ver el crimen, la basura tirada en las calles, la suciedad.

Esta ciudad, en cambio, se ve mejor conforme más la miramos. Los habitantes de la ciudad son ideales; no entrará en ella ninguna persona impura. No habrá crimen u otros problemas sociales.

La ciudad es reina de toda la tierra. A ella traerán su gloria y su honor las naciones, es decir, los miembros de cada nación que han sido redimidos por la sangre de Cristo. Será el centro de toda actividad. Será también completamente segura; por esto no habrá necesidad de cerrar sus puertas. No habrá enemigos que vengan contra ella.

La maldición será completamente quitada en este lugar, pues estará allí el árbol de la vida. Adán y Eva fueron excluidos del jardín para que no comieran de este árbol, pero en la nueva Jerusalén, el árbol de la vida dará su fruto cada mes. La mayoría de los árboles frutales producen solamente una vez al año; si les cae una helada, ni eso.

La bendición en la nueva Jerusalén será tal que habrá fruto para restaurar la vida cada mes. Este árbol crecerá al lado del río de agua de la vida, la cual refrescará a cada persona sedienta. Será un manantial de bendición para todo habitante de la nueva Jerusalén.

Pero todas estas bendiciones palidecen a comparación con lo más importante:

III. La gloria de la ciudad será la presencia de Dios en ella

En esta ciudad, no hay necesidad de lámparas para las calles, ni luces para las casas, ni siquiera sol o luna habrá; Dios la ilumina, y el Cordero es su luz. Cada ciudad grande tiene sus iglesias o templos, pero en esta ciudad no habrá templo; Dios es su templo, y al Cordero se adora.

Mientras vivamos en este mundo de pecado, se necesitan templos donde se pueda contrastar la pureza divina y su verdad con la impureza del mundo. En la nueva Jerusalén, no se necesitará ningún templo.

De hecho, toda la ciudad es un templo. Cuando se nos dice que es una ciudad cuadrada, trae a nuestra mente las dimensiones del lugar santísimo en el templo de Dios en Jerusalén. El templo que Dios le ordenó a Salomón construir tenía un cuarto donde se manifestaba la presencia de Dios; se conocía como el lugar santísimo.

Este cuarto era un cubo perfecto; medía lo mismo de largo, de ancho y de alto. Así también, la nueva Jerusalén será un cubo perfecto. ¡Pero este cubo es mucho más grande! Mide más de 2.200 kilómetros en cada dirección. Aquí habrá cabida para todos. Toda la ciudad es el lugar de la morada de Dios.

Conclusión

Mientras vivamos en este mundo, no nos escapamos por completo de los efectos de la maldición. Ya tenemos la presencia de Cristo en nosotros; esta es una gloriosa realidad. Ya no tenemos que temer las maldiciones que otros puedan pronunciar contra nosotros, porque la sangre de Cristo es mucho más poderosa. Su sangre puede hacer que esas maldiciones recaigan sobre sus propias cabezas.

Un día, sin embargo, seremos libres de toda maldición. Todo será bendición. ¿Te estás preparando para ese día? ¿La estás esperando?


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