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Domingo 3 de Marzo del 2002

Exprimiendo el evangelio
Pastor Tony Hancock

Introducción

En un día fresco de la primavera, estamos en la larga cola que se acerca lentamente a la frontera entre las provincias de Galilea y Gaulanitis. En frente de nosotros está un grupo de hombres; parece que uno de ellos es el líder del grupo. Los demás prestan cuidadosa atención a todo lo que El dice.

Poco a poco nos vamos acercando al puesto del que cobra los impuestos de aduana a los que llevan mercancía de una provincia a otra. El cobrador se ve muy cómodo en su asiento. Se nota que a nadie le cae bien este tipo que exige pagos para un gobierno lejano, pero nadie se atreve a insultarlo en la presencia de los soldados que guardan la frontera.

Finalmente el grupo que nos precede llega frente al puesto del cobrador. Veremos si este grupo tiene algo que declarar, o si pasarán rápidamente para que nosotros también podamos seguir. Pero - ¡qué sorpresa! En vez de que el colector les exija algo a ellos, el hombre que está al centro del grupo le exige algo a él. ¿Qué es lo que le está diciendo? ¿Sígueme?

¡El hombre tiene que estar loco! Pero ¡espera! ¡Esto sí que es increíble! ¡El recaudador se levanta de su asiento, deja atrás todo lo que ha recibido, y se va con el grupo de hombres! Nunca había visto nada parecido. Bueno, ¡qué suerte que ahora no tendré que pagar impuestos sobre estas telas que me estoy llevando!

Ese cobrador de impuestos se llamaba Mateo. Llegó a escribir el primer evangelio. Su presencia en el grupo de los seguidores de Jesús llevó a unos roses con los fariseos. Al analizar estas confrontaciones, podemos aprender mucho acerca de la salvación que Jesús vino a traernos - y entender mejor cómo vivir en la plenitud de esa salvación.

Lectura: Mateo 9:9-17
9:9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo: Sígueme. Y se levantó y le siguió.
9:10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
9:11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos: ¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
9:12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
9:13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.
9:14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus discípulos no ayunan?
9:15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
9:17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente.

Después de empezar a seguir a Jesús, Mateo hizo la cosa más normal del mundo. Dio una fiesta en su casa e invitó a todos sus amigos para que conocieran a Jesús. De esta sencilla cena surgieron dos acusaciones diferentes hacia Jesús.

Las respuestas que El dio a estas acusaciones son muy importantes para nosotros. Es que nosotros también podemos cometer los mismos errores que cometieron los del día de Jesús. Podemos cometer errores que exprimen el evangelio, que no le dan cabida en nuestra vida.

Miremos estas conversaciones, entonces, para aprender lo que Dios quiere enseñarnos, y para evitar estos errores tocantes a la salvación.

La salvación que Cristo trae no es una nueva lista de reglas

Los fariseos se percataron de lo que estaba pasando en la casa de Mateo. Según la manera de ver de ellos, Jesús estaba cometiendo un grave error. La pregunta que ellos hacen no es para solicitar información, sino que más bien es una acusación. ¿Por qué come su maestro con recaudadores de impuestos y con pecadores?

La inferencia es, ¿no será El uno de ellos también? Los fariseos tenían una opinión muy exteriorizada de lo que era mantenerse puro como un miembro del pueblo de Dios. Estaban en lo correcto en esto: se esforzaban en mantenerse puros y santos. Era una meta admirable.

Pero el error que cometían estaba en su forma de lograr esta meta. Ellos lo estaban tratando de lograr de una manera exterior, con su sistema de lavamientos, de evitar el contacto con ciertas personas, de purificación exterior.

Jesús les manda a examinar nuevamente un pasaje que debían de conocer ya. La frase vayan y aprendan era usada por los rabinos con sus estudiantes. Cuando había algún estudiante algo torpe que no entendía bien la lección, ellos decían ve y aprende. Aquí Jesús les dice a los maestros, Vayan y aprendan. Ellos mismos no habían aprendido la lección de la misma Palabra de Dios que enseñaban a sus estudiantes.

¿Qué era lo que debían de aprender? Se trata de un versículo del Antiguo Testamento, cuando Dios le dice a su pueblo que sus prácticas religiosas se habían vuelto huecas, y que El deseaba la misericordia, el amor, y la justicia mucho más que el simple cumplimiento de sus normas para el sacrificio.

Ellos se habían olvidado del centro. Como algún sacerdote incaico, habían cortado el corazón vivo de su fe y se habían quedado con un cadáver muerto de costumbres.

Me pregunto: ¿cuántas veces hacemos nosotros lo mismo? En vez de darnos cuenta de que Dios nos ha salvado para que vivamos amándole a El y a los demás, para que vivamos en santidad de corazón y sinceridad de carácter, le cortamos el corazón a nuestra fe y nos enfocamos en lo exterior.

Esto se demuestra cuando - consciente o inconscientemente - empezamos a enumerar listas de cosas que tenemos que hacer para ser buenos creyentes. Tengo que leer mi Biblia, tengo que ir a la iglesia, tengo que dejar de decir groserías, tengo que, tengo que, tengo que...

Dios no está interesado en que simplemente nos esforcemos en cumplir con ciertos requisitos. Por supuesto, hay muchas cosas que debemos de hacer. Pero Cristo vino al mundo para que tuviéramos un nuevo corazón, no simplemente una lista más completa de lo que Dios desea.

El problema surge cuando dejas de leer la Biblia porque quieres conocer más de Dios, porque quieres leer esta carta de amor que Dios te ha escrito, y lo empiezas a leer por obligación. La respuesta no está en dejar de leerla; está en recordar por qué la lees.

También surge cuando vienes a la iglesia porque se vería mal si no vinieras, o porque sientes que un creyente debe de ir a la iglesia, en vez de venir con el deseo de adorar a Dios y con la expectativa de que Dios te va a hablar. La respuesta no está en dejar de venir; está en recordar por qué vienes.

Cuando te encuentras, como los fariseos, con tu lista de reglas de lo que Dios quiere de ti, vuelve a considerar el corazón de la fe que has aceptado. Medita sobre el gran amor que Dios ha mostrado por ti. Considera el perdón que El te ha entregado. Piensa en el gran privilegio de ser su hijo, y aprende que Dios no quiere tener un pueblo de fariseos que se saben todas las reglas de memoria, sino que desea un pueblo de seguidores que lo aman de todo corazón.

Había un segundo error que se presentó en base a la fiesta en la casa de Mateo. Se trata de esta idea:

La salvación que Cristo trae no cabe dentro de las formas viejas

Llega otro grupo de personas para hacerle una pregunta a Jesús.  Esta vez, son los discípulos de Juan el Bautista. Algunos de los discípulos de Juan se habían hecho seguidores de Jesús; otros aún seguían a Juan.

El grupo de personas que siguió a Juan existió por muchas décadas después de la muerte de Juan. De alguna manera, ellos no llegaron a entender lo que Juan mismo decía, que él era simplemente un precursor.

En esta ocasión, se presentan para pedir una explicación del hecho de que Jesús y sus discípulos no guardaban los días de ayuno que acostumbraban ellos y los fariseos. Jesús les responde con algunos ejemplos.

Con el ejemplo del novio, pone la comparación de una fiesta de bodas. Nadie se viste de luto para una boda; no es apropiado. De igual modo, su venida era algo nuevo, que merecía una celebración.

Los siguientes dos ejemplos nos presentan una explicación mayor. Enfoquemos el segundo. En los días de Jesús, era común hacer odres para almacenar el vino y otros líquidos. Se usaba el cuero de algún animal, cosiendo todas las aperturas menos una.

Cuando la piel era nueva, tenía cierta elasticidad. Al envejecer, se endurecía y se ponía tiesa. Era lógico, entonces, que se pusiera vino nuevo en odres nuevos. Los gases que emite el vino durante el proceso de la fermentación harían explotar un odre viejo y tieso, pero la piel nueva se ajustaría.

Las costumbres de la religión judía eran como un odre viejo. No que la revelación de Dios en el Antiguo Testamento haya sido una equivocación; más bien, la revelación que trajo Jesús era algo tan novedoso y mejor que no podía caber dentro de las viejas maneras de pensar que tenían los judíos de su día.

Si se tratara de hacer caber a Jesús dentro del sistema judío, su mensaje se perdería, y el judaísmo mismo sería destruido también. Se necesitaba una nueva manera de pensar para poder recibir la nueva revelación de Jesús.

Aún es así. Nosotros no podemos hacer que quepa la verdad de Jesús dentro de nuestras viejas maneras de pensar, de actuar, de idear las cosas. Nos hace falta algo totalmente nuevo.

No sé si han notado que de vez en cuando los productos cambian de envase, aunque no cambia el producto. Siempre me da risa ver lo que se suele poner en el nuevo envase. Generalmente el fabricante incluye un anuncio que dice algo así en letras grandes: ¡Envase nuevo! Abajo, en letra pequeña, vemos: ¡El mismo gran sabor de siempre! Con eso quieren decir lo siguiente: no hemos querido gastar dinero en mejorar nuestro producto, así que simplemente le hemos dado otra vista para que la gente crea que es mejor.

Con Jesús es muy diferente. Se necesita un nuevo envase, precisamente porque lo que El trae es radicalmente diferente. Si tú estás tratando de hacer que Jesús quepa dentro de tu sistema, de tu manera de pensar, de tus costumbres y tu cultura, nunca puede funcionar. Terminarás en una confusión total, y te darás cuenta de que no tienes nada.

Tienes que estar listo para que Dios cambie tus categorías, tu modo de pensar, de actuar, de ver el mundo. No puedes poner el vino nuevo del evangelio en los odres viejos de tu antigua religión, de tu filosofía, de tu perspectiva.

No lo trates de hacer. Cuestiona lo que has creído, levantándolo ante la luz de la revelación de Jesús para verlo en realidad. Puede ser que eso que siempre has creído sea un odre viejo. Deséchalo, y deja que Cristo lo reemplace con las Buenas Nuevas.

Conclusión

Constantemente queremos domesticar la verdad de Dios. Queremos tomar el León de Judá y volverlo un gatito doméstico. Queremos que Jesús sea nuestro compañero, nuestro amigo, pero jamás nuestro Juez y Señor.

El nos llama a tirar por la ventana nuestros intentos de domesticarlo y más bien permitir que El sea Señor. El nos llama a dejar de reducir nuestro amor a Dios a una lista de reglamentos. El nos llama a rechazar los moldes viejos de nuestras ideas para recibir el vino nuevo del evangelio.

Si tú has estado viviendo con una lista de reglas, con un juego de normas que te parece todo lo necesario, entrégale ahora tu corazón a Cristo. Deja que El te transforme totalmente, y que te renueve la mente.

¿Estás dispuesto a tomar esa decisión?


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