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Domingo 24 de Febrero del 2002

Jesús, el visitante inoportuno
Pastor Tony Hancock

Introducción

Se cuenta la historia de una señora que invitó a varias personas a comer. Cuando llegaron a la mesa, le dijo a su hija de seis años que los acompañaba, ¿Te gustaría orar por la comida? La niña respondió: no sé qué decir. Sólo di lo que oyes decir a mamá, le dijo la señora. La niña entonces inclinó la cabeza y dijo, inocentemente: Dios mío, ¿por qué invité a toda esta gente a comer?

Todos hemos vivido la experiencia de tener visitas que nos dejan cansados, o que por alguna razón no son gratas. Quizás son invitados, o quizás llegan en el momento más inoportuno, y de alguna manera, no se dan cuenta de que no son bienvenidos en ese momento.

La cortesía nos obliga a dejarles pasar con una sonrisa, pero por dentro estamos pensando en la mejor manera de despedirnos de ellos. Miramos fijamente el reloj, dejamos que muera la conversación, y buscamos algún pretexto para hacer que se retiren. No encontramos la manera de decirles adiós. Sería el colmo de la descortesía pedirles que se vayan, pero nos estamos desesperando. Finalmente ¡qué alivio! se despiden, y se van.

Imagínese ahora que Jesús viniera a visitar nuestra casa - pero en vez de darle la bienvenida real que El se merece, le tratáramos como una visita inoportuna. Imagine que buscáramos la manera de decirle adiós, de deshacernos de El. Todos decimos que sería inconcebible hacer algo parecido. Sin embargo, esto sucedió en una ocasión en que Jesús andaba en la tierra. Me pregunto si nosotros, en realidad, no hacemos lo mismo.

Lectura: Mateo 8:28-34

8:28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.
8:29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?
8:30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
8:31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos ir a aquel hato de cerdos.
8:32 El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas.
8:33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.
8:34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.

Jesús resultó ser un invitado inoportuno para los gadarenos. Esta región era gentil; aquí no vivían muchos judíos, sino que predominaban los de otras razas. La presencia de la manada de puercos ilustra esto, pues los puercos eran inmundos para los judíos.

Si tienen presente el sermón de la semana pasada, recordarán que allí un hombre gentil fue ejemplo de fe. Estos gentiles, en cambio, tienen la respuesta opuesta. A pesar de tener a la vista una comprobación del poder de Jesús, ellos se rehúsan a confiar en El. Deciden más bien rogarle que se vaya.

Antes de examinar esta reacción tan extraordinaria, vamos a retroceder y hablar del milagro mismo. Por supuesto, el motivo de esto es aplicar las verdades a nosotros mismos, así que veamos cómo

Dejamos que los demonios destruyan

Jesús llega a la orilla del Mar de Galilea, y se encuentra con estos dos hombres. La Biblia no nos dice cómo es que ellos llegaron a estar endemoniados. Quizás empezaron a consultar las artes mágicas. Quizás habían dejado que el odio y la amargura les abrieran a la influencia de los demonios.

En todo caso, los demonios habían destruido su humanidad. Estos hombres vivían como animales. Eran tan violentos que la gente evitaba el acercamiento a ellos, como si fueran fieras de la jungla o leones rapaces.

Algunas personas dicen que estos hombres simplemente estaban psicológicamente dañados, y que Mateo describe su condición con los términos comunes en su día, llamándoles endemoniados. Creen que esto representa una etapa más primitiva en el desarrollo de la raza humana, cuando aún se creía en seres espirituales que causaban todas las enfermedades. En esta era avanzada, hemos llegado a saber que hay otras causas, según dicen ellos.

Por supuesto, las personas del día de Jesús no tenían toda la información científica que tenemos nosotros. Sin embargo, Mateo mismo sabía la diferencia entre la posesión demoniaca y la enfermedad mental. En Mateo 4:24, él distingue entre "los endemoniados" y los "lunáticos": "Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó." Queda claro, entonces, que Jesús no simplemente ayudó a dos casos mentales a superar su enfermedad, sino que echó fuera a dos demonios.

En nuestro día, los demonios no siempre se manifiestan de la manera en que se manifiestan aquí. Aún hay casos de posesión como éste; pero los emisarios de Satanás probablemente no se han revelado de esta manera en la vida de la mayoría de nosotros.

Así como los demonios destruyeron la humanidad de estos hombres, el pecado destruye nuestra humanidad. Sea por medio de la tentación, las religiones falsas, o los problemas de la vida, Satanás siempre está tratando de apoderarse de nosotros, tratando de dejarnos así como lo estaban los endemoniados - pobres imitaciones de seres humanos.

Pero ¿por qué? La respuesta está en algo que dicen los demonios, si lo examinamos a fondo. Ellos le preguntan a Jesús: ¿Has venido aquí a atormentarnos antes del tiempo señalado?

La tortura que ellos recibirán al tiempo señalado se encuentra en Apocalipsis 20:10 y 15: "Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (Ap. 20:10), "Y el que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego" (Ap. 20:15). Allí vemos una escena del juicio final, cuando el diablo con sus secuaces serán arrojados al lago de fuego y azufre para ser atormentados. Luego, todo aquel cuyo nombre no está escrito en el libro de la vida los acompañará.

Llegará un día en que Satanás y sus demonios serán juzgados y condenados a sufrir eternamente. Junto con ellos estarán todos los que no se han preparado para ese día, arrepintiéndose de sus pecados y aceptando a Jesús como Salvador.

Satanás no quiere sufrir sólo. El quiere que lo acompañes en sus torturas. Lo que él menos desea es que te prepares para ese día y dediques tu vida a Cristo. ¿Quieres acompañar a Satanás?

No cometas el error de los demonios. Ellos sabían muy bien quién era Jesús. Ellos lo reconocieron como el Hijo de Dios, el que un día los juzgaría. Este conocimiento, sin embargo, no fue suficiente para salvarlos.

Si tú sabes quién es Jesús, pero no le has entregado tu vida, estás en la misma posición que ellos. Saber quién es Jesús, y rechazarlo, es precisamente lo que hace Satanás y lo que hacen los demonios - y es la peor decisión que puedes tomar en la vida.

Para los demonios, Jesús era un visitante inoportuno. Ellos querían deshacerse de El lo más pronto posible. ¿Has tomado la misma decisión? ¿Quieres que Jesús mejor se vaya, y deje de fastidiarte? ¿Quieres que deje de convencerte de tu pecado? ¿Quieres que te deje de invitar a entregarte a El?

Jesús es un caballero. El no entra donde no se le invita. Esto lo aprendieron los habitantes del pueblo. Y desgraciadamente, como ellos, muchas veces

Preferimos los puercos a las personas

Cuando era muy pequeño, recuerdo que en alguna ocasión alguien me ofreció dos monedas. Una valía cinco centavos, y la otra diez - pero, como saben Uds., la moneda de cinco centavos es más grande que la de diez. En mi inocencia, escogí la de cinco por su mayor tamaño.

Esta decisión equivocada es la que toman, con resultados mil veces peores, los que escogen alguna otra cosa por encima de la obediencia y la fe en Jesús. Fue la decisión de los habitantes del pueblo.

Al ver ellos que la acción de Jesús había causado la pérdida de algunos valiosos animales, se quedaron menos que entusiasmados con su presencia entre ellos, y le pidieron que se fuera.

No les importó que sus vecinos, los ex-endemoniados, habían sido librados de su servidumbre a los espíritus inmundos, y ahora se encontraban recapacitados.  Mucho más les importó la perdida personal que habían sostenido o que podrían sostener.

Podemos caer en la misma trampa. Por un lado, podemos rechazar la salvación que Jesús nos ofrece porque creemos que nos va a costar oportunidades en la vida. Si sigo a Jesús tendré que dejar de mentir, tendré que ayudar a otros, tendré que dejar mis vicios - y eso no me interesa, decimos.

Si tan sólo hubieran invitado a Jesús a quedarse con ellos, habrían visto más maravillas, y habrían conocido la salvación. Pero Jesús amenazaba su comodidad, y prefirieron rechazarlo.

Podemos también cometer el error de preferir los puercos a las personas cuando no nos importa la obra de Dios en la vida de otros. Preferimos nuestra comodidad a la salvación suya. Decimos, por ejemplo: no deseamos a esa clase de persona aquí en nuestra iglesia. Preferimos los puercos a las personas.

O se nos hace demasiado levantarnos de en frente del televisor, o hacer nuestras compras en otro momento, para llevar el mensaje de la salvación a quienes lo necesitan. Preferimos los puercos.

Cuando eso sucede, efectivamente le estamos diciendo a Jesús: Aléjate de nosotros. No queremos participar en tu misión. No estamos interesados en el hecho de que quieres salvar a los que nos rodean. Mejor déjanos cómodos con nuestros puercos.

Jesús nos está llamando a participar de su salvación. El nos llama a una vida que sí es vida, una vida de gozo, de paz, de propósito - pero puede que nos cueste los puercos. Puede que nos vuelva incómodos. Puede que nos obligue a dejar atrás algunas cosas que valoramos.

Conclusión

Nosotros vivimos en una era de oportunidad. Tenemos ahora la oportunidad de acercarnos a Dios, de recibir su salvación, de ser parte de su Reino. Esta oportunidad no durará por siempre.

Llegará un día en que Jesús volverá para juzgar. Entonces no habrá cuestión de recibirlo como visita, porque vendrá como conquistador. El ahora se presenta como visita. ¿Le recibirás en tu corazón? ¿O le dirás que éste no es el momento oportuno?


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