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Domingo 10 de Febrero del 2002

Mejor que la cirugía plástica
Pastor Tony Hancock

Introducción

Vivimos en un mundo obsesionado por mantener las apariencias. Es normal querer vernos lo mejor posible, pero este deseo ha llegado a un extremo en el mundo moderno. Por un lado, los ejemplos de belleza que nos da nuestra cultura son perfectos. Son artificialmente perfectos. La famosa modelo Cindy Crawford dijo en una entrevista: "sin todas las luces y el maquillaje, ni yo misma me parezco a Cindy Crawford".

Por el otro lado, las personas comunes y corrientes que vemos cada día están tratando más y más de acercarse a un modelo de belleza que es imposible de alcanzar. Una de las indicaciones de esto es el número creciente de personas que se someten cada año a la cirugía plástica. El país de Brasil es conocido como un lugar donde la cirugía plástica es buena y barata, y hay personas que se van allí de vacaciones simplemente para tener una cirugía. La cirugía plástica, que antes era principalmente dominio de las mujeres, ahora está viendo crecientes números de hombres. Parece que todos anhelan acercarse a ese modelo de la perfección.

Por supuesto, la cirugía plástica no es mala en sí. En casos de deformaciones grandes, puede ser parte de la misericordia de Dios. Pero es interesante ver cómo muchas personas pretenden tener un exterior perfecto. ¿Por qué será tan importante para ellos verse bien? ¿Será que están tratando de ocultar alguna imperfección interior?

Bien se sabe que las personas muchas veces encubren un sentido de culpa con acciones compulsivas. Por ejemplo, hay personas que se obsesionan en lavarse las manos, sintiendo que así podrán quitarse la culpa de alguna acción pasada.

Quizás, detrás de las caras perfectamente maquilladas y los cuerpos esbeltos de nuestra sociedad, hay una multitud de almas deformes. Quizás existen, aun en este lugar, corazones quebrantados y destruidos por el pecado. La realidad es que ningún cirujano plástico puede quitar la deformidad del alma.

Pero hay uno que sí puede. Su nombre es Jesús. Hoy veremos, a través del encuentro de Jesús con una persona deformada, cómo es que nosotros podemos experimentar la transformación de nuestras almas.

Lectura: Mateo 8:1-4

8:1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.
8:2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.
8:4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó Moisés, para testimonio a ellos.

En esta historia, vemos el poder transformador de Jesús. Además de esto, vemos cómo su poder se desenlaza para obrar en nuestras vidas.

Si tú no conoces de una manera personal a Cristo, presta atención - porque hoy podrás aprender cómo su poder puede entrar en su vida. Si conoces ya a Cristo, el mensaje de hoy podrá ayudarte a experimentar más plenamente su presencia y su poder en tu vida.

Tratemos ahora de meternos a la experiencia de este hombre que se acercó a Jesús, hablando de:

- El impacto de la impureza

Quiero que pienses en el momento más vergonzoso, más penoso que has vivido. Quizás fue en la escuela, cuando eras diferente de los otros estudiantes y se burlaban de ti. Quizás fue algún instante en el trabajo, cuando hiciste algo indebido y todos se fijaron. Quizás fue en algún evento social, cuando cometiste un algún error.

Lo bueno de tales momentos es que se acaban. Aunque la vergüenza es terrible en ese momento, después de 2 ó 3 días, todos se han olvidado y la vida sigue normal. Pero imagina que ese momento nunca se acabara. En vez de volver a la vida normal, sigues con esa pena y ese sentido de rechazo toda la vida.

Esa era la vida de una persona leprosa. La persona leprosa, por ley, debía mantenerse alejada de los demás. Dentro del esquema religioso judío, la lepra era una forma de impureza. Ya que el pueblo de Dios tenía que mantener su pureza, la persona que sufría de lepra tenía que vivir fuera del pueblo. No podía radicarse dentro de los límites de la ciudad, sino que debía estar siempre afuera.

No solamente eso, sino que la impureza era comunicable. Era como una infección, que se comunicaba de una persona a otra por medio del tacto. La persona leprosa, entonces, era intocable. Si alguien tocara a un leproso, tendría que pasar por un proceso de purificación antes de poder participar nuevamente en la vida del pueblo.

Era algo inconcebible tener algún contacto con un leproso. Tocarlo sería como salir a darle un abrazo a un marrano que se acaba de bañar en lodo. Sería como cargar el fétido cadáver de algún animal. El leproso daba asco.

En el rostro de esa persona leprosa, deformada por una enfermedad que desfigura sus víctimas, podemos ver una reflexión de la cara nuestra. Exteriormente, quizás, parecemos estar completos; pero por dentro, tenemos una alma que ha sido desfigurada por el pecado.

El pecado nos hace tan impuros como lo hacía la lepra. Nos vuelve inmundos, ante un Dios santo y perfecto. Quizás tú nunca has sentido el peso de la contaminación que te ha traído el pecado - o quizás sí. La realidad es que esos pensamientos que tienes, esas palabras que dices, esas cosas que haces te han contaminado. Vivimos una existencia solitaria, aislada, por más que estemos rodeados de otras personas, porque nuestra impureza nos ha desfigurado. Estamos alejados de la fuente de nuestra vida.

Pero ahí no se acaba el asunto. Hay un antídoto para esta enfermedad, y se ve en:

- La santidad del sanador

Llega Jesús a la escena. Recuerden que la persona que tocaba a un leproso se volvía impuro. ¿Qué es lo que Jesús hace en esta situación? Obviamente, Jesús tenía poder para curarlo con su palabra. En la historia siguiente, vemos que Jesús ni siquiera tenía que estar presente para sanar a alguien.

Sin embargo, El - en su amor - extiende la mano y toca al hombre leproso. Jesús estaba expresando, de la manera más clara posible, su increíble amor por el hombre. El puso a un lado la sensación de repugnancia que su cultura le había inculcado, y extendió la mano para tocar al hombre.

Pero si sólo nos quedamos ahí en nuestro análisis de esta historia, vamos a perder la lección que Dios quiere enseñarnos. Cualquier persona, suficientemente motivada por el amor de Dios e impulsada por el Espíritu Santo, pudo haber tomado el mismo paso de tocar al hombre. Pero entonces, quedaría impura.

Jesús, en cambio, no fue contaminado por tocar al hombre. Esto no es porque El ignoraba o despreciaba la ley judía; al contrario, le dijo al hombre que fuera a cumplir con las ofrendas requeridas por esa ley cuando una persona se sanaba.

Más bien, lo que estaba sucediendo era que Jesús no podía ser contaminado por la impureza. El tenía una santidad positiva, que en vez de ser perjudicada por el contacto con la enfermedad, más bien perjudicaba la enfermedad y traía la pureza.

La persona más pura que exista en el mundo es como un vaso de agua limpia. Si se mezcla esa agua limpia con agua sucia, el resultado es...agua sucia. La pureza del agua limpia es pasiva. No tiene poder para purificar, y si se contamina, pierde su pureza.

Comparemos eso con la pureza de la lejía o el blanqueador. Si se mezcla con agua contaminada por bacterias o microbios, ¿qué pasa? Lejos de contaminarse, la lejía mata los microbios y purifica también el agua sucia. Esa clase de pureza es la de Cristo Jesús. Es una pureza positiva, poderosa, una santidad que también santifica al que toca.

Vemos, entonces, que si queremos ser restaurados en el alma, si queremos ser librados de la impureza y la desfiguración, Jesucristo tiene poder para hacerlo. Pero entonces, ¿cómo podemos experimentar ese poder y esa pureza en nuestras vidas? La respuesta está en:

- La fuerza de la fe

Para encontrar la respuesta, consideremos esta realidad: éste no fue el único leproso que vivía en Palestina en los días de Jesús. Probablemente había cientos o miles de personas infectadas con esta enfermedad. Sin embargo, Jesús no los sanó.

¿Por qué no? ¿Será que Jesús no quería? Pero vemos que, cuando este hombre le se acercó a Jesús, éste sí estaba dispuesto. Sí quiero, dijo Jesús. ¿Por qué fue sanado este hombre, cuando muchos no lo fueron?

La respuesta está en que él vino a Jesús para recibir la sanidad. Los que no fueron sanados, no vinieron a Jesús. Si nosotros queremos experimentar su poder en nuestras vidas, entonces tenemos que venir a El con fe.

Pero precisamente aquí hay mucha confusión. ¿Qué significa tener fe? Significa mucho más que simplemente tener alguna idea mental. El hombre no simplemente se quedó sentado en su casa, pensando: "yo creo que Jesús tiene poder para sanarme". Salió a buscarlo.

La fe tampoco es simplemente optimismo. Muchas personas dicen que tienen fe en Dios, cuando lo que realmente tienen es optimismo de que todo va a salir bien. El optimismo puede ser bueno o malo, dependiendo de su fundamento. Desgraciadamente, hay muchas personas que tienen un optimismo sin razón, como si los pasajeros de un barco náufrago dijeran: "no te preocupes, yo creo que el barco seguirá a flote a pesar de esas toneladas de agua que la están inundando".

La fe consiste en dos cosas: Creer que Jesús es capaz de purificarnos, y buscar esa purificación. Desearla, pedírsela, y confiar en que El puede.

Hay algo más que tenemos que decir. Muchas personas sacan de pasajes como éste la conclusión de que cualquier enfermedad física puede ser sanada, si simplemente tenemos fe en Jesús. Esta conclusión está errada.

El propósito de los milagros de Jesús es señalar hacia su poder para sanar el alma. Por eso, no debemos de pensar que podemos reclamar la sanidad aquí y ahora. Hay sanidad en la redención de Cristo, y en la era presente muchas veces Dios la da; sin embargo, a veces no la da.

Después de todo, nuestros cuerpos resucitados son parte de la redención, pero no podemos reclamarlos ahora. Cuando se trata de sanidad inmediata, tenemos que decir con el leproso: Si estás dispuesto. Cuando se trata de sanidad total en el reino, podemos saber que Jesús dirá "Estoy dispuesto".

Y cuando se trata de purificación y sanidad del alma, podemos estar seguros de que Jesús dirá lo mismo.

Conclusión

Si tú nunca has aceptado el perdón de Dios y su purificación por sus pecados, puedes recibirlo hoy. Jesús está presente, y El está dispuesto a sanarte. Todo lo que tienes que hacer es poner en El tu confianza.

Si eres creyente, quizás no has conocido la purificación profunda que Jesús quiere traer a tu corazón. Quizás te sientes apenado por algún pecado o alguna falla. Quizás sientes que nunca podrías ser aceptable ante El. No te escondas; más bien, ven a El.

Deja que El te purifique, te limpie, te transforme. El lo hará. Confiésale ahora tu pecado. Deja que El te toque, y serás puro. No tienes que esconderte detrás de una máscara de perfección. En Jesús, puedes tener verdadera pureza y verdadera sanidad.


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