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Domingo 11 de Diciembre del 2005

¿Estás listo para la Navidad?
Pastor Tony Hancock

Introducción

En cada lugar y cada país, se hacen preparativos distintos para celebrar la Navidad. Hemos visto en estas fechas aparecer por todas partes decoraciones de luces. Aun los pueblos más pequeños tienen sus decoraciones alumbradas.

También las familias se preparan para celebrar la Navidad. Cuando era niño, una de nuestras costumbres familiares era decorar el árbol navideño el 8 de diciembre. Este día marca la fiesta católica de la inmaculada concepción, y es un día feriado en el Perú.

Desde luego, nosotros no celebrábamos la inmaculada concepción de María; aprovechábamos el día libre para desempacar el árbol y ponerle sus decoraciones. De esta forma, preparábamos la casa para la celebración de la Navidad.

Seguramente ustedes también pueden recordar diferentes costumbres que caracterizaban la Navidad en sus familias. Las familias tienen muchas formas de prepararse para la Navidad. Quizás para algunos era la preparación de la comida para las posadas. Para otros era la decoración de la casa, o la compra de los regalos.

En medio de todo esto, sin embargo, surge la pregunta: ¿cómo puedo prepararme para celebrar lo que la Navidad realmente significa? Sabemos, desde luego, que el verdadero significado de la Navidad no tiene nada que ver con un hombre gordito vestido de rojo, o con unos renos o con los regalos debajo del árbol.

En la temporada navideña celebramos, en realidad, la llegada del Hijo de Dios a este mundo. Debe de ser una oportunidad para celebrar también su llegada a la vida de cada uno de nosotros, si le hemos invitado a entrar en nuestras vidas. ¿Cómo podemos prepararnos para dar la bienvenida a nuestro Señor?

La Biblia contiene una respuesta muy clara a esta pregunta. Veámosla.

Lectura: Marcos 1:1-8

1:1 Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
1:2 Como está escrito en Isaías el profeta:  He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz,  El cual preparará tu camino delante de ti.
1:3 Voz del que clama en el desierto:  Preparad el camino del Señor; Enderezad sus sendas.
1:4 Bautizaba Juan en el desierto, y predicaba el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados.
1:5 Y salían a él toda la provincia de Judea, y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
1:6 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un cinto de cuero alrededor de sus lomos; y comía langostas y miel silvestre.
1:7 Y predicaba, diciendo: Viene tras mí el que es más poderoso que yo, a quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado.
1:8 Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Cuando Marcos dice: Comienzo del evangelio de Jesucristo, no simplemente anuncia el comienzo del libro que escribe. Marcos nos dice que el arrepentimiento que Juan vino predicando es, realmente, el comienzo del evangelio. Cuando Jesús empezó su predicación, registrada en el verso 15 del presente capítulo, dijo: ¡Arrepiéntanse y crean las buenas nuevas!

Asimismo, cuando los apóstoles seleccionaban a alguien para reemplazar a Judas, el que traicionó al Señor, también exigieron que fuera alguien que había estado presente desde los comienzos con Juan el Bautista. Ellos consideraban muy importante la predicación del arrepentimiento, pues fue la preparación para la predicación del evangelio.

Así como el arrepentimiento es el principio del evangelio, así también el arrepentimiento es esencial si queremos ver el obrar de Dios en nuestras vidas. El arrepentimiento nos prepara para recibir la obra divina.

¿Qué significa, entonces, el arrepentimiento? Consideremos la historia que tenemos ante nosotros. Notamos aquí que Juan estaba bautizando en el desierto, y las multitudes salían de Jerusalén para ser bautizados por él.

Esto sucede en cumplimiento a la profecía de Isaías, que declara: Voz de uno que grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, háganle sendas derechas. Juan no anduvo en el desierto simplemente porque allí había más espacio, o porque prefería los lugares abiertos.

Lo más lógico para un predicador que quería alcanzar a la mayor cantidad de gente posible habría sido ponerse a predicar en las calles de Jerusalén. Los fundadores de las grandes iglesias de nuestro día buscan el terreno más visible. Una iglesia grande en el estado de Colorado recientemente ganó una demanda contra el departamento de carreteras en su estado. El departamento había construido un muro que bloqueaba la vista de la iglesia desde la carretera.

Juan no buscó el lugar de mayor visibilidad. Al contrario; su ministerio tuvo lugar en el desierto, y la gente tuvo que salir de la ciudad para llegar a él. Ahora bien, recordemos que Jerusalén era la capital religiosa de la nación de Israel, el pueblo de Dios. ¿Por qué tuvo que salir fuera de la ciudad la gente para ver a Juan?

La respuesta es que el sistema religioso y político estaba tan corrompido que era necesario salir de allí y empezar de nuevo. Recordemos que poco después de esto Jesús tuvo varios roces con los líderes religiosos. Tuvo que limpiar el templo, pues lo habían convertido en mercado. De muchas maneras, el sistema religioso estaba muy lejos de la voluntad de Dios.

Nosotros tenemos que hacer lo mismo si queremos prepararnos para la llegada de Cristo a nuestras vidas. Tenemos que dejar atrás aquella cómoda mezcla de mundanalidad y religión que el mundo aprueba. El mundo no tiene ningún problema con la religión, siempre y cuando no exija mucho.

Muchas veces, como la gente del día de Juan, queremos mezclar un poco de fe en Dios con la vida que nosotros mismos queremos llevar. Queremos tener un poco de esperanza para el futuro, pero no queremos dejar atrás alguna mala costumbre; no queremos quedar mal con nuestros amigos; no queremos salir de la cultura degenerada que nos rodea.

Como Lot, queremos vivir al margen de Sodoma. Si bien no participamos de lleno en su decadencia, tampoco nos alejamos por completo. Queremos vivir con un pie en el mundo y otro en el reino de Dios. El llamado de Juan a salir de la ciudad, a ir al río de perdón para ser liberados por medio del arrepentimiento, es un llamado para nosotros también.

Hay una gran libertad que viene cuando nos arrepentimos. La gente confesaba sus pecados, y eran bautizados por Juan en el Jordán. Simbólicamente, el agua se llevaba aquellos pecados que habían estado cargando, y quedaban limpios.

He conocido a muchas personas que viven aún cargando el peso de algún pecado del pasado. Cuando no confesamos el pecado para recibir el perdón de Dios, se crean muchos problemas en nuestra alma. Algunas personas caen en la depresión. Otras se vuelven acusadoras de los demás, buscando cualquier error para atacar porque no quieren enfrentar su propia culpabilidad.

Sólo vamos a encontrar la paz y el gozo que Dios quiere darnos cuando dejamos atrás nuestro pecado, confesándolo honestamente a El y dejándolo. El arrepentimiento es esencial para experimentar la presencia de Cristo en nuestras vidas, porque el arrepentimiento es el principio del evangelio.

Pero ahí no se acaba el asunto. El arrepentimiento nos lleva a algo mucho mejor. Juan indicó a sus oyentes que su bautismo de arrepentimiento no era el final del asunto. Es decir, no era cuestión de simplemente vivir siempre con remordimiento por los males del pasado.

Al contrario; el arrepentimiento nos prepara para algo mucho más glorioso. Dice Juan: Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo. Cuando llegara Jesús, daría a sus discípulos la presencia del Espíritu Santo, quien trae gozo, paz y una multitud de otras bendiciones.

Encontramos en el libro de Hechos la historia extraña de un grupo de discípulos de Juan que no llegaron a conocer a Jesús hasta después. Pueden leer la historia en Hechos 19. Brevemente, sucedió lo siguiente: el apóstol Pablo encontró durante uno de sus recorridos misioneros a unos discípulos que sólo conocían el bautismo de Juan.

Cuando Pablo les preguntó si habían recibido al Espíritu Santo al creer, dijeron que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu Santo. Sólo habían recibido el bautismo de Juan, el bautismo del arrepentimiento. Pablo les explicó el camino de la salvación. Cuando llegaron a creer en Jesús y sellaron su fe con el bautismo, recibieron al Espíritu Santo.

Hay personas hoy en día que viven como aquellos discípulos. Están atascados en el arrepentimiento, y no han aprendido a vivir con la presencia del Espíritu Santo. Viven dándose golpes de pecho, tratando de castigarse a sí mismos lo suficiente como para aceptables ante Dios.

Llegan, en algunos casos, a los extremos de causarse daño físico, pretendiendo mediante sus lágrimas y sangre mostrar la profundidad de su arrepentimiento. Este error ha nacido de una traducción equivocada que tiene sus orígenes en la antigua traducción de la Biblia conocida como Vulgata, de la cual provienen las traducciones históricamente usadas por la iglesia católica.

En cierto pasaje, el texto dice: Arrepiéntanse; pero la traducción Vulgata dice, Hagan penitencia. Existe una gran diferencia entre estas cosas. Una joven lo explicó así: Judas Iscariote hizo penitencia, y fue y se ahorcó. Pedro se arrepintió, y lloró profundamente. Podríamos agregar que Jesús restauró a Pedro, y le dio un cargo muy importante en la iglesia.

Todo esto nos lleva a ver que el arrepentimiento es una preparación muy necesaria, pero sólo es la preparación. Cuando nos hemos arrepentido, es hora entonces de vivir mediante la fe en Cristo, en el gozo y la paz que sólo El nos puede traer. Dios no nos llama a vivir siempre lamentando pecados que El ya ha perdonado. Nos llama a vivir la vida abundante, la vida de gozo, que Cristo nos vino a traer.

Ahora bien, ¿qué te hace falta hacer para prepararle camino a Cristo en tu vida? ¿Estás todavía viviendo entre el mundo y el Reino de Dios? Si todavía no has salido del sistema mundano para comprometerte con Cristo, ése es tu primer paso.

El te está llamando. El te ofrece la vida eterna en el cielo y una vida de paz y de gozo ahora, pero debes de comprometerte solamente con El. Si tratas de seguirle al 50%, no va a funcionar. Tiene que ser al 100%. Tienes que dejar atrás el sistema corrupto de este mundo y su vana religiosidad para seguir completamente a Cristo.

Conclusión

Si jamás has tomado la decisión de invitar a Cristo a ser tu Salvador y el Señor de tu vida, es la preparación más importante que puedes hacer. La Biblia nos dice que Cristo nació para dar su vida en rescate por ti. Nuestros pecados nos han condenado a la separación eterna de Dios, pero por medio de su sacrificio, Cristo nos compró el perdón.

Ahora nos corresponde aceptar su oferta del perdón. Si no la aceptamos, no nos servirá de nada. ¿Estás listo para prepararte hoy para recibir al Niño nacido? ¿Estás dispuesto a dejar atrás tu vida de pecado y vivir de hoy en adelante con Cristo? Si lo estás, háblale e invítale a entrar en tu vida. El lo hará.

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