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Domingo 23 de Octubre del 2005

Aun si no
Pastor Tony Hancock

Introducción

Un hombre llamado Juan Paton fue llamado por Dios para servir como misionero a las islas del Pacífico que hoy forman el país de Vanuatu. En el siglo XIX, los habitantes de algunas de estas islas eran caníbales. De hecho, pocos años antes de que Paton fuera a estas islas, los primeros misioneros a esta zona fueron capturados y comidos por caníbales pocos minutos después de llegar.

Cuando Paton anunció que iría como misionero a estos lugares, un anciano objetó: ¡Te comerán los caníbales! Paton respondió de una forma directa. Dijo lo siguiente: Señor, usted es de edad avanzada, y pronto le espera la tumba, donde le comerán los gusanos. Yo le confieso que, si puedo simplemente vivir y morir sirviendo y honrando al Señor Jesús, no me importa si me comen los caníbales o si me comen los gusanos. En el gran día de la resurrección mi cuerpo resucitará tan bello como el suyo en la semejanza de nuestro Redentor resucitado.

Paton tuvo la seguridad de que Dios, de alguna forma u otra, lo liberaría. Sirvió fielmente en el campo misionero por varias décadas. Actualmente, unos cien años después de su muerte, el 85% de la población de Vanuatu se identifica como cristiana, debido a la labor de Paton y otros. Paton fue vindicado por Dios.

Hoy conoceremos la historia de tres jóvenes que también fueron vindicados por Dios. Su confianza en El no fue defraudada. Cuando nosotros enfrentamos problemas en la vida, podemos tener la seguridad de que Dios libera al que le es fiel en la prueba.

En el mensaje anterior, vimos a Nabucodonosor tan impresionado ante la interpretación que dio Daniel a su sueño que declaró: ¡Tu Dios es el Dios de dioses y el soberano de los reyes!

Hoy veremos que la conversión de Nabucodonosor fue sólo aparente. Veamos lo que él ahora hace.

Lectura: Daniel 3:1-7

3:1 El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro cuya altura era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia.
3:2 Y envió el rey Nabucodonosor a que se reuniesen los sátrapas, los magistrados y capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado.
3:3 Fueron, pues, reunidos los sátrapas, magistrados, capitanes, oidores, tesoreros, consejeros, jueces, y todos los gobernadores de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua que había levantado el rey Nabucodonosor.
3:4 Y el pregonero anunciaba en alta voz: Mándase a vosotros, oh pueblos, naciones y lenguas,
3:5 que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado;
3:6 y cualquiera que no se postre y adore, inmediatamente será echado dentro de un horno de fuego ardiendo.
3:7 Por lo cual, al oír todos los pueblos el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado.

En el imperio de Babilonia, como en algunos países actuales, la política estaba ligada con la religión. Al exigir a todos sus oficiales que adoraran a la estatua, Nabucodonosor también estaba probando su fidelidad a él. Estas personas representaban a muchas naciones que Babilonia había conquistado, y al adorar a la imagen, mostrarían que su lealtad a sus propios dioses y sus propios pueblos no superaba su lealtad a Nabucodonosor y su dios, Nebo.

Hoy en día, la religión y la sociedad también se mezclan en muchas ocasiones. En Japón, por ejemplo, muchas veces hay imágenes a las que los empleados de ciertas compañías tienen que rendir honor. El no hacerlo es visto como una falta de lealtad a la compañía.

En nuestros países latinos, sentimos muchas veces la presión de participar en las fiestas religiosas que marcan nuestra comunidad. Puede significar el avance en el trabajo, puede ser parte de la sociedad, y se convierte en algo muy difícil de resistir.

El emperador Nabucodonosor probó la fidelidad de sus gobernantes con este ídolo. Por si había dificultad en persuadir a alguno, tuvo también a la mano uno horno en llamas. Sabemos que los babilonios usaban grandes hornos para fundir metales. Este seguramente era uno de aquellos hornos, encendido a un calor abrasador.

Juntamente con la amenaza del horno estaba el aliciente de la música. La música tiene un gran poder sobre nosotros. Dios hizo la música para que le adoráramos por medio de ella. De la forma en que la música tiene gran poder para elevar nuestra alma al Señor, también tiene poder para incentivarnos a pensar y sentir cosas que no le agradan a Dios.

Por este motivo, hermanos, debemos de considerar con mucho cuidado la música que escuchamos. Alguien dirá: Yo escucho música mundana, pero no presto atención a la letra. Simplemente me gusta el ritmo.

No nos damos cuenta del poder que la música puede tener sobre nosotros. Como veneno escondido en un dulce, la música nos seduce sin que nos demos cuenta. Nos convence que la infidelidad es el camino a la felicidad. Nos aleja de Dios con sus promesas de placer.

De la forma en que fueron probados los tres amigos de Daniel, el mundo también nos tentará a transigir en nuestro compromiso con Dios. Quizás será de la forma en que fueron tentados ellos, mediante el poder del gobierno. Existen hoy muchos gobiernos que se oponen, de formas abiertas o escondidas, a la práctica de nuestra fe. Puede ser que tengamos que escoger entre nuestro bienestar físico y nuestra fe en el Señor.

Muchas veces, estas tentaciones son más sutiles. Puede ser que nuestro jefe en el trabajo espera que hagamos algo que nuestra conciencia no nos permite, y tenemos que escoger entre nuestra fe y nuestro trabajo. A veces nuestros amigos nos presionan a hacer cosas que nuestro corazón rechaza, y tenemos que elegir.

No nos debe de sorprender que el mundo se oponga a nuestra fe. Nabucodonosor se opuso a la fe del pueblo de Dios, y nosotros también enfrentaremos la oposición. Veamos lo que sucedió en seguida.

Lectura: Daniel 3:8-18

3:8 Por esto en aquel tiempo algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos.
3:9 Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive.
3:10 Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre, al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro;
3:11 y el que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiendo.
3:12 Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.
3:13 Entonces Nabucodonosor dijo con ira y con enojo que trajesen a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Al instante fueron traídos estos varones delante del rey.
3:14 Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no honráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?
3:15 Ahora, pues, ¿estáis dispuestos para que al oír el son de la bocina, de la flauta, del tamboril, del arpa, del salterio, de la zampoña y de todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua que he hecho? Porque si no la adorareis, en la misma hora seréis echados en medio de un horno de fuego ardiendo; ¿y qué dios será aquel que os libre de mis manos?
3:16 Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: No es necesario que te respondamos sobre este asunto.
3:17 He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará.
3:18 Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.

Al parecer, había celos hacia los tres amigos de Daniel, que habían sido elevados a cierta posición dentro del gobierno gracias a él. Algunos babilonios le llevaron el chisme al rey de que estos tres hombres no se habían unido a la adoración idolátrica de Nabucodonosor.

Nos podemos preguntar por qué no estaba presente Daniel en esta ocasión. La respuesta es sencilla. Esta prueba era para los funcionares gubernamentales. Estas son las personas que se mencionan en los versos 2 y 3. Daniel pertenecía a otra clase, la de los consejeros y sabios. Ellos no fueron incluidos en la prueba, pero los amigos de Daniel, que eran funcionarios, sí lo fueron.

Cuando Nabucodonosor se enteró, gracias al chisme, de que estos tres jóvenes no habían participado en la veneración a la imagen, se enfureció. Este rey no estaba acostumbrado a que alguien se opusiera a su voluntad. Su palabra era ley. Aquí había tres hombres que no estaban dispuestos a transigir, sin embargo, y él no lo iba a soportar.

Nabucodonosor, sin embargo, quiso mostrarse generoso. Les dio otra oportunidad. Los músicos tocarían otra vez, y ellos tendrían la oportunidad de mostrar su lealtad a los dioses babilonios. Si no obedecían, en cambio, sufrirían el castigo anunciado. Serían lanzados al horno de fuego.

Nabucodonosor pretendía así mostrar la superioridad de su dios a cualquier otro. Por este motivo, les dice: ¡No habrá dios capaz de libarlos de mis manos! Esto se convirtió en una lucha entre dos dioses: el dios pagano de Babilonia, y el Dios verdadero de Israel, el Dios de estos tres jóvenes.

¿Quién ganaría? Parece obvio; ellos habían sido capturados, eran súbditos de Nabucodonosor. Obviamente, el dios pagano de Babilonia era más poderoso, según la lógica humana. No había sido capaz de defender a su pueblo; pero no entendía Nabucodonosor que él había sido instrumento de Dios para castigar a Israel, y que estaba en sus manos.

Llegamos a la declaración valiente de estos tres muchachos. En toda la Biblia, no hay frase más valiente que ésta: Aun si nuestro Dios no lo hace así,... no honraremos a sus dioses. Sadrac, Mesac y Abednego estaban convencidos de que Dios era capaz de liberarlos. Aunque no lo hiciera, sin embargo, ellos se mantendrían fieles a El.

Estos jóvenes mostraron una fe muy madura. Su fe no dependía de las muestras visibles del poder de Dios. Aunque El, por razones que sólo El supiera, permitiera que ellos murieran en las llamas, ellos se mantendrían firmes.

¡Cuán diferente es la fe de muchos de nosotros! Nuestro lema es: ver es creer. Queremos a cada momento que Dios se compruebe real ante nuestros ojos. Queremos ver ya su bendición. Queremos muestras constantes de su poder. Cuando no entendemos lo que El está haciendo, le exigimos una explicación. Tenemos una fe voluble y convenenciera.

¿Puedes serle fiel a Dios, aún en medio de la prueba? ¿Puedes decir, aun si no? ¿Estás dispuesto a confiar en Dios y serle fiel, venga lo que venga? Si lo puedes, tendrás una gran seguridad. Veámosla.

Lectura: Daniel 3:19-30

3:19 Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro contra Sadrac, Mesac y Abed-nego, y ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado.
3:20 Y mandó a hombres muy vigorosos que tenía en su ejército, que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiendo.
3:21 Entonces estos varones fueron atados con sus mantos, sus calzas, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo.
3:22 Y como la orden del rey era apremiante, y lo habían calentado mucho, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego.
3:23 Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiendo.
3:24 Entonces el rey Nabucodonosor se espantó, y se levantó apresuradamente y dijo a los de su consejo: ¿No echaron a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey: Es verdad, oh rey.
3:25 Y él dijo: He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.
3:26 Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiendo, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego.
3:27 Y se juntaron los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey, para mirar a estos varones, cómo el fuego no había tenido poder alguno sobre sus cuerpos, ni aun el cabello de sus cabezas se había quemado; sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían.
3:28 Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de ellos, de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él, y que no cumplieron el edicto del rey, y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a otro dios que su Dios.
3:29 Por lo tanto, decreto que todo pueblo, nación o lengua que dijere blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa convertida en muladar; por cuanto no hay dios que pueda librar como éste.
3:30 Entonces el rey engrandeció a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.

Tras cumplir con su amenaza y lanzar los jóvenes al fuego, Nabucodonosor recibió una gran sorpresa. ¡No les pasó nada! Apareció un cuarto hombre, acompañándolos y liberándolos del fuego. Cuando salieron, se descubrió que nada les había pasado. ¡Ni siquiera olían a humo! Los soldados que los lanzaron al fuego, en cambio, habían muerto.

Dios siempre libera al que le es fiel. Si somos fieles al Señor, podemos tener la seguridad que El nos librará. El mismo Dios que libró a estos tres jóvenes de las llamas es poderoso para librarnos de cualquier situación en la que nos encontremos. El también nos enviará la ayuda en el momento preciso.

En algunos casos, esa liberación será milagrosa. Se cuenta de Juan Paton, el misionero que mencionamos al principio, que en cierta ocasión se encontró en su casa rodeado por nativos que buscaban matarlo. El y su esposa se pusieron a orar, y después de varias horas, los guerreros se retiraron repentinamente.

Al año, el jefe de aquella tribu se convirtió. Paton le preguntó acerca de lo que había pasado en aquella noche tan escalofriante. El jefe le respondió que los guerreros habían sido espantados por los hombres fuertes que rodeaban la casa con espadas filosas. Paton sabía que no había nadie más con ellos en esa noche. Dios había mandado sus ángeles para defenderlos.

¡Dios libera a los que en El confían! Pero, ¿qué diremos de los que no experimentan una liberación tan obvia? ¿Qué diremos, por ejemplo, de los dos misioneros que fueron consumidos por los antropófagos antes de la llegada de Paton? ¿Qué diremos de los que mueren sin ver la liberación?

Nuestro Señor Jesús nos da la respuesta. Nos dice que no temamos a los que pueden matar el cuerpo; temamos más bien al que puede destruir cuerpo y alma en el infierno. Cuando Dios elige, por razones que sólo El conoce, no intervenir milagrosamente, podemos tener la seguridad de que El nos liberará de todas formas. La muerte del creyente no es ninguna derrota. Gracias a Cristo, es victoria.

Dios libera al que le es fiel en la prueba. Puedes tener esa seguridad. No importa lo que enfrentes - si te mantienes fiel a El, Dios te liberará. Ninguna arma del enemigo podrá prevalecer contra el creyente fiel. No te rindas. Confía en Cristo, y El te dará la victoria.

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