La desgracia de la des-gracia
Pastor Tony Hancock
Introducción
Imagine en algún momento que Ud. invita a un amigo a comer a su casa. Disfrutan de la
ensalada, se comen una rica carne, sigue un postre delicioso, y finalmente, al terminar el café,
su amigo saca la cartera del bolsillo. La comida fue deliciosa, comenta el amigo. ¿Cuánto te
debo?
Imagine ahora una situación aun peor. Digamos que son dos amigos los que vienen, y los dos
están a punto de irse cuando uno le dice al otro: ¡Ey! ¿No vas a pagar la comida que acabas
de comer? ¡Deberías de sentirte avergonzado! ¿Cómo se te ocurre considerarte amigo de este
hombre si ni siquiera le pagas la comida que te da?
Ambas de estas situaciones nos parecen increíblemente extrañas. Sabemos que la
comida que se comparte es un regalo. No se tiene que pagar. Es un insulto tratar de pagar
por algo que una persona ha querido regalarnos. Nunca se nos ocurriría hacer cosa
semejante.
Sin embargo, muchos de nosotros lo hacemos todo el tiempo. Lo hacemos cuando mal
entendemos la gracia de Dios, y creemos que lo podemos comprar. Aun peor, tratamos de
obligar a otras personas a comprarlo también. Esto se llama legalismo - y desde los días de
Jesús, ha sido uno de los peores enemigos del evangelio.
El legalismo es tan peligroso porque es tan común. Se encuentra en todas partes.
Veamos lo que Dios opina del legalismo.
Lectura: Gálatas 2
2:1 Después, pasados catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé,
llevando también conmigo a Tito.
2:2 Pero subí según una revelación, y para no correr o haber corrido en vano, expuse en privado a
los que tenían cierta reputación el evangelio que predico entre los gentiles.
2:3 Mas ni aun Tito, que estaba conmigo, con todo y ser griego, fue obligado a
circuncidarse;
2:4 y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar
nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud,
2:5 a los cuales ni por un momento accedimos a someternos, para que la verdad del evangelio
permaneciese con vosotros.
2:6 Pero de los que tenían reputación de ser algo (lo que hayan sido en otro tiempo nada me
importa; Dios no hace acepción de personas), a mí, pues, los de reputación nada nuevo me
comunicaron.
2:7 Antes por el contrario, como vieron que me había sido encomendado el evangelio de la
incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión
2:8 (pues el que actuó en Pedro para el apostolado de la circuncisión, actuó también en mí para
con los gentiles),
2:9 y reconociendo la gracia que me había sido dada, Jacobo, Cefas y Juan, que eran
considerados como columnas, nos dieron a mí y a Bernabé la diestra en señal de compañerismo,
para que nosotros fuésemos a los gentiles, y ellos a la circuncisión.
2:10 Solamente nos pidieron que nos acordásemos de los pobres; lo cual también procuré con
diligencia hacer.
2:11 Pero cuando Pedro vino a Antioquía, le resistí cara a cara, porque era de condenar.
2:12 Pues antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los gentiles; pero después
que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los de la circuncisión.
2:13 Y en su simulación participaban también los otros judíos, de tal manera que aun Bernabé
fue también arrastrado por la hipocresía de ellos.
2:14 Pero cuando vi que no andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a Pedro
delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a
los gentiles a judaizar?
2:15 Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles,
2:16 sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo,
nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las
obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.
2:17 Y si buscando ser justificados en Cristo, también nosotros somos hallados pecadores, ¿es
por eso Cristo ministro de pecado? En ninguna manera.
2:18 Porque si las cosas que destruí, las mismas vuelvo a edificar, transgresor me hago.
2:19 Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios.
2:20 Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que
ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo
por mí.
2:21 No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió
Cristo.
Muchas veces, solemos creer que la doctrina no importa mucho. Pensamos que lo que
creemos no es tan importante. Podríamos decir, Bueno, fulano tiene unas ideas raras, pero es
un tipo decente.
Pero esta idea no es bíblica. Por supuesto, a todo ser humano le debemos respeto y
amor, pero la Biblia indica que lo que creemos es sumamente importante, y al error hay que
confrontarlo. Lo vemos en esta confrontación entre Pedro y Pablo. En el relato que nos da
Pablo de este evento, vemos que
La gracia es importante para Dios
Repasemos los versículos 11-16 para desarrollar esta idea.
Antioquía era la ciudad donde Pablo se había radicado, y se había hecho parte de la iglesia
allí. El era uno de los maestros y evangelistas. Fue de esta iglesia que Pablo fue enviado en
su primer viaje misionero.
En algún momento, llega Pedro y se une al compañerismo de la iglesia. Este
compañerismo incluía una comunión completa entre los gentiles y los judíos, cosa que un
judío devoto ni siquiera consideraría. Para él, comer con un gentil sería contaminarse. En la
iglesia de Antioquía, sin embargo, se habían dado cuenta de que esas divisiones ya no tenían
sentido en Cristo; y Pedro estaba completamente de acuerdo.
Llegan, sin embargo, algunas personas de Jerusalén, de parte de Jacob. El era medio-
hermano de Jesús, y aunque no había creído en Jesús durante su vida, llegó después a ser
líder de la iglesia en Jerusalén. El era una persona muy respetada, pero quizás fue un poco
conservador en sus opiniones.
No sabemos cuál mensaje trajeron estos hombres, pero posiblemente decía que Pedro
estaba escandalizando a los judíos de Jerusalén con su libre asociación con los gentiles. El
efecto de este mensaje fue causar a Pedro, que antes había compartido libremente con los
gentiles, a separarse de ellos y volver a la antigua práctica de la separación judía.
Y ¡Pablo se enfureció! Ahora tenemos que entender bien la razón que Pablo se puso tan en
contra de lo que Pedro estaba haciendo. Podríamos creer que Pablo simplemente estaba en
contra de esta clase de prejuicio, que a él no le gustaba la discriminación.
Pero la cuestión es mucho más profunda y mucho más significante. Lo que Pedro hizo
atacó el mismo corazón del evangelio. El error de Pedro no fue simplemente un error social;
fue un error teológico. Pedro estaba pecando contra Dios.
Ese error consistía en actuar como si hubiera algo más necesario para ser parte del
pueblo de Dios que simplemente tener fe en Cristo Jesús. Al no tener comunión con los
gentiles, Pedro estaba diciendo: No basta con haber recibido a Jesús como Salvador; si
quieres estar realmente cerca de Dios, también tienes que hacerte judío.
¡Eso ataca el corazón del evangelio! Las buenas nuevas dicen que cualquier persona es
aceptable ante de Dios, pero sólo si pone si confianza en Cristo como Señor y Salvador.
Pedro estaba cometiendo el error del invitado que pretende pagar a su anfitrión. Estaba
viviendo como si él pudiera darle algo a Dios - en este caso, su observancia de las leyes
judías - para merecer la salvación.
Vemos en la respuesta de Pablo, que ha sido grabada para nosotros por inspiración del
Espíritu Santo, que esto no es algo ligero. Conocer y vivir en la gracia de Dios es sumamente
importante.
Pero, si es así, ¿Cómo podemos vivir en esa gracia? ¿No es un poco peligrosa esa idea de la
gracia? Veamos ahora cómo
La gracia se expresa en nuestra vida personal
Esto lo encontramos en los versos 17-21. Pablo se dirige primero a una objeción que
podrían lanzar los legalistas a la idea de que Dios nos acepta simplemente por su gracia, en
base a nuestra fe en Cristo Jesús.
Esta gente dice: ¡No puede ser así! ¡Si le decimos a la gente que su aceptación por Dios
no depende de sus acciones, entonces se van a portar como animales! Tenemos que ponerles
algunas reglas, algunas normas, para que se porten bien aunque sea por temor al infierno.
Pero la Palabra muestra el error de esta manera de pensar. Cuando llegamos a Cristo para
recibir la salvación, tenemos que abandonar nuestro simulacro de justicia y vernos como
realmente somos - como pecadores. Tenemos que quitarnos la máscara. Podría parecer,
entonces, como si Jesús nos estuviera haciendo más pecadores.
Pero pensar de esta manera es culpar al doctor de causarnos una infección porque su
aguja extrae el pus. Cristo no nos hace pecadores; El simplemente nos revela lo imposible
que es para nosotros guardar la ley, y ser aceptables ante Dios. Nosotros queremos creer que
podemos hacerlo; El nos hace ver que es imposible.
Eso nos deja sin alternativa más que aceptar la salvación como un regalo. Tenemos que
dejar nuestro orgullo a un lado. Tenemos que aceptar como un regalo el perdón que
Jesucristo nos quiere dar.
Este es el camino a la libertad. Piénsalo: Jesucristo quiere quitar de tus hombros esa
carga de culpa, de vergüenza, de soledad. El quiere darte - completamente gratis - su perdón
y su aceptación. Todo lo que te pide es que confíes en El.
Si quieres acercarte a Dios y vivir para El por tu propia cuenta, eres como una persona
que quisiera navegar el mar usando sólo sus propios esfuerzos - sin vela, sin motor, sin
remos. Quizás por un esfuerzo muy grande podría hacer tambalear un poco el barco, y crear
algunas pequeñas olas sobre la superficie del mar. Podría inclusive ver las olas que está
haciendo, y sentirse orgulloso de sus esfuerzos - pero no llegará a ningún lado.
En cambio, la persona que prende su motor fuera de bordo puede descansar y dejarse
llevar tranquilamente por la potencia de la máquina. Así es nuestro perdón por Dios; no
depende de nuestros esfuerzos; depende de lo que Cristo hizo por nosotros. Todo lo que
tenemos que hacer es aceptarlo.
Si nunca has aceptado ese perdón, lo puedes aceptar en este día. Dentro de un momento,
haré una invitación para ti.
Pero primero, tenemos que ver que
La gracia se expresa en nuestro trato con otros
Para ver esto, vamos a ir a otro pasaje en el libro de Gálatas. Está en el capítulo 5,
versículos 13-15:
5:13 Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no
uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros.
5:14 Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
5:15 Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a
otros.
Aquí vemos la razón que Jesús nos ha librado. La libertad que nos da Dios tiene como fin
que vivamos sirviendo a otros; haciendo esto, guardaremos toda la Ley. La verdadera libertad se
encuentra en el servicio.
El legalismo tiene el efecto opuesto. Los gálatas, lectores originales de esta carta, estaban
viviendo en legalismo - y el resultado fue que, como si fueran fieras de la selva, se estaban
mordiendo y devorando los unos a los otros.
Bueno, al decir eso, insulto a las fieras de la selva - porque aun los animales más salvajes
tienen una medida de lealtad a su propia especie, o por lo menos su propia familia. Pero
cuando el legalismo se infiltra en una iglesia, destruye aun las lealtades más básicas y pone a
todos en contra el uno del otro.
¿Cómo es eso? Cuando reina el legalismo, entonces surgen las críticas. Surge la
necesidad de controlar las acciones de otros. Surge la insistencia en aplicar nomas que no
requiere la Biblia a las acciones de otras personas.
Cuando reina el legalismo, desaparece el gozo, desaparece el amor, desaparece la
confianza. Se crea un pueblo de actores, escondiéndose detrás de sus máscaras, tratando de
ocultar sus propias fallas señalando las fallas de otros.
El mensaje de Dios es sencillo: no te preocupes por las fallas del otro. Yo me encargaré
de juzgar a esa persona. Entrégame tus propias fallas, y yo te daré perdón y poder para
superarlas.
En una iglesia, la cosa más destructiva es la actitud de legalismo. Es la idea de que
tenemos el derecho de condenar las acciones de otra persona, y sentirnos justificados al
hacerlo. Si hemos recibido la gracia de Dios, tenemos que mostrar esa misma gracia a otras
personas.
La próxima vez que te encuentres criticando a otra persona - sea dentro de tu propia
mente, o sea en una conversación - pregúntate: ¿Estoy mostrándole a esa persona la gracia
que yo quisiera que Dios me mostrara a mí? Si no lo estás haciendo, entonces es un síntoma
de que no has entendido bien lo que significa la gracia de Dios. Quizás tienes algún pecado
en tu vida que no has confesado, y lo pretendes ocultar al criticar a otro. O quizás te sientes
inferior a otros, y tratas de cubrirlo con el legalismo.
Cualquiera que sea el caso, la crítica de otros casi siempre es señal de un problema en tu
propia vida. Busca ese problema, y despreocúpate de los problemas ajenos.
Conclusión
Dios nos convida a participar libremente de la gran fiesta de gracia que El ha preparado.
El nos invita a acompañar a muchas otras personas que también están disfrutando de ese
banquete.
Si tú nunca has aceptado la invitación de Dios, te invito a hacerlo en este día. El sólo te
pide que reconozcas la gravedad de tu pecado - que dejes de fingir que no importa - y que
confíes en lo que su Hijo Cristo hizo al morir por ti en la cruz.
Si estás listo para tomar esa decisión, repite una oración como ésta:
Señor Jesús, te confieso que soy pecador. He desobedecido tus leyes, y me
encuentro culpable ante ti. Creo que tu moriste en la cruz para pagar por mis pecados, y
resucitaste al tercer día. Confío en que tú me has dado la salvación. Toma control de mi
vida, y ayúdame a vivir para ti. Amén.
Si hiciste esa oración con sinceridad, puedes saber con seguridad que Jesucristo te ha
salvado. Has recibido la gracia de Dios. El te ha perdonado gratuitamente. Vive ahora en
esa gracia.
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