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Domingo 11 de Septiembre del 2005

Apartados
Pastor Tony Hancock

Introducción

Seguramente hemos tenido la experiencia de llegar a algún restaurante y ver una tarjeta sobre una de las mesas que dice: Apartado. Indica que esta mesa ya esta reservada para el uso exclusivo de algún cliente. Si otra persona se sienta a esa mesa sin permiso, la gerencia pronto llegará para pedirle que se retire.

Nosotros, como creyentes, también hemos sido apartados. Hemos sido separados para el uso exclusivo de quien pagó por nosotros con su sangre. Esto tiene consecuencias de mucho significado para la clase de vida que debemos de estar viviendo. Dios nos llama a vivir vidas separadas para El.

Esta semana, veremos cómo hemos sido llamados a vivir dedicadas a Dios. La próxima semana, veremos algunas de las aplicaciones prácticas de este principio en nuestras vidas. Tenemos que entender que las verdades tan preciosas de la Biblia no nos han sido encomendadas simplemente para que las conozcamos; Dios nos habla para que vivamos su verdad. La verdad no vale nada si no se vive.

Lectura: Tito 2:11-14

2:11 Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres,
2:12 enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente,
2:13 aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo,
2:14 quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Se cuenta la historia de los primeros exploradores europeos que llegaron a la costa del actual país de Brasil. Llegaron al desemboque del río Amazonas, pero tan gigantesco es el flujo de agua en aquel lugar que no se percataron de que ya no estaban en mar abierto.

Habiéndoles terminado el agua fresca, algunos se murieron de sed - sin saber que estaban rodeados del agua fresca del río. Se murieron de sed, rodeados de agua. Dios no desea que nos suceda lo mismo. Por esto, ha hecho manifiesta su gracia.

La palabra que vemos en el verso 11, manifestado, tiene que ver con la apariencia de algo previamente oculto. En efecto, la humanidad anteriormente no conocía la profundidad de la gracia de Dios. Muchos pensaban que era un Dios lejano, un Dios enojón o un Dios sin interés en la humanidad.

Cuando Cristo vino a vivir entre nosotros, y finalmente entregar su vida a nuestro favor, se demostró cuán real y cuán profunda es la gracia de Dios. En lugar de alejarse, El se unió a nuestro sufrimiento y nos ofreció - a gran precio para El, pero gratuitamente para nosotros - la oportunidad de recibir el perdón.

En Cristo se manifiesta, se revela, se hace visible para nosotros la gracia de Dios. Algunos, sin embargo, podrían pensar que esta gracia es un pretexto para vivir de la forma que nos dé la gana. Lejos de esto, Pablo nos dice:

I. La gracia de Dios nos enseña a vivir vidas separadas

Si pensamos que la gracia de Dios es razón para vivir vidas de desenfreno y libertinaje, estamos sumamente equivocados. Al contrario; la gracia de Dios nos enseña, como un buen maestro, a dejar atrás nuestra vieja forma de vivir.

Cuando meditamos en lo que Cristo sacrificó para venir a este mundo, cuando consideramos las privaciones de su vida y la dolorosa muerte que El sufrió, tenemos que reconocer que no hay ninguna forma de pagarle. No podemos ganarnos la salvación, sino que la tenemos que aceptar como un regalo.

Habiéndola recibido, entonces, esta gracia que hemos llegado a conocer nos llama a vivir de una forma distinta. ¿Para qué habría Jesús muerto por nosotros, si vamos a seguir viviendo de la misma forma? Cuando consideramos su ejemplo, nos damos cuenta de que su amor nos está guiando a una vida diferente, una vida mejor.

Esta gracia, el favor que Dios libremente nos muestra sin que lo merezcamos, nos enseña a dejar la antigua forma de vivir, que no se interesaba en las cosas de Dios ni en vivir para El, sino que buscaba solamente satisfacer los deseos de la naturaleza caída. Nos enseña a dar la espalda a la vida que se centra en la satisfacción de nuestro ego y caminar tras Jesucristo.

Es una historia que aparece y reaparece en la literatura, en los cuentos de hada y hasta en las telenovelas, la historia de algún huérfano callejero que se encuentra recogido por una familia acaudalada y transformado en una persona decente y de bien. Hace pocos años se vio en la novela, María, la del barrio.

¿Por qué nos gusta tanto esta historia? Quizás porque todos reconocemos, de alguna forma u otra, que nos hace falta la misma transformación. Nos hace falta que venga Dios y nos recoja del fango para transformarnos y darnos una vida nueva.

Si hemos sido adoptados por Dios, vivamos como sus hijos. Su gracia nos enseña a vivir vidas separadas, vidas que ya no se dirigen hacia el mismo destino, sin que tienen a Dios como su propósito.

Tenemos otra razón para vivir vidas separadas.

II. La esperanza del regreso de Cristo nos inspira a vivir vidas separadas

Pablo nos dice que podemos vivir con justicia, piedad y dominio propio, mientras esperamos el regreso de nuestro Señor Jesucristo. Este versículo es uno de ocho lugares en el Nuevo Testamento en el que se aplica la palabra "Dios" a Jesucristo. Hay quienes niegan que Jesús sea Dios, pero la Biblia no nos permite creer así.

El mismo regresará a este mundo para hacer justicia, y esta gloriosa seguridad nos da esperanza para poder vivir de una forma justa y recta mientras aguardamos su venida. ¿Cómo puede ser esto?

En primer lugar, la esperanza del regreso de Cristo nos asegura que las cosas no siempre seguirán como están ahora. A veces sentimos que estamos viviendo en un barco que se hunde, y cada vez que sacamos un balde de agua, otro toma su lugar.

A pesar de todos nuestros esfuerzos, el mundo no parece cambiar mucho. Nos preguntamos por qué esforzarnos, si nada cambia. Cuando sabemos que Cristo va a regresar, sin embargo, podemos vivir para El, porque sabemos que las cosas no seguirán iguales. Un día El volverá, y todo cambiará.

La esperanza del regreso de Cristo también nos da la seguridad de que nuestra obediencia no pasa desapercibida. Dios ve lo que hacemos en servicio para El, y aunque nadie más se dé cuenta ni le importe, Dios ve - y nos dará nuestra recompensa, a su debido tiempo.

La esperanza del regreso de Cristo también nos asegura que el malvado recibirá su merecido. Es difícil vivir para Cristo en medio de un mundo hostil. Mientras nosotros somos honestos y responsables, otros viven aprovechándose de otros, desobedeciendo a Dios y dando rienda suelta a sus pasiones - y parecen vivir bien.

Esta es la apariencia de las cosas, pero no es la realidad. Cuando Cristo vuelva, El dará a todos su merecido. Si nos hemos arrepentido y nos hemos preparado para ese día, no tendremos de qué avergonzarnos. Si hemos recibido el perdón de Cristo, estamos listos.

La próxima venida de Cristo nos anima a vivir a la expectativa de su regreso. En lugar de correr tras los placeres y la disolución de este mundo, nos inspira a vivir vidas separadas para Dios, vidas que se caracterizan por la integridad, la pureza y el propósito.

Hay una tercera razón para vivir vidas separadas:

III. La redención que Cristo pagó por nosotros nos dedica a vivir vidas separadas

Nos lo dice el verso 14. Cristo se entregó por nosotros, ¿con qué motivo? - para rescatarnos de la maldad, purificarnos y dedicarnos a hacer el bien. Hemos sido comprados por precio. No somos dueños de nuestras propias vidas. Somos simplemente administradores.

Si tú has recibido la salvación, es porque has reconocido por fe que Cristo pagó el precio con su muerte para rescatarte del pecado. Cristo pagó por ti. Esto significa que tú le perteneces a El. Obviamente, si le pertenecemos a Cristo, debemos de vivir como El desea que vivamos.

Muchas veces queremos vivir como si fuéramos dueños de nosotros mismos, cuando en realidad le pertenecemos a otro. Cuando estamos en el trabajo, sin embargo, sabemos que tenemos que hacer lo que nos dice el jefe. El nos está pagando el salario a cambio de nuestros esfuerzos en el trabajo.

A cambio del precio que Cristo pagó por nosotros, le debemos todo nuestro ser. Somos esclavos de Cristo.

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