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Domingo 24 de Julio del 2005

Servicio al Rey
Pastor Tony Hancock

Introducción

Imagina por un momento, hermano, que llevaras tu carro al taller para que te lo pintaran de otro color. Después de hablarlo con tu esposa, decides pintarlo color blanco para que resista más el calor del verano. Llegas al taller y te pones de acuerdo con el mecánico, quien te dice que el carro estará listo dentro de una semana.

Pasan los siete días, y te vas ansioso para recoger el carro. Ya te imaginas lo bello que se verá ese carro con su nueva pintura blanca, fresca, con una apariencia limpia. Cuando llegas al taller, sin embargo, no puedes creer lo que ves. Allí está tu carro, pero en lugar de ser blanco, es un color gris que parece haber sobrado de algún buque marino.

Llamas al mecánico, y le preguntas: ¿qué pasó? ¿No te dije que el carro lo quería blanco? El mecánico dice: Sí, es cierto que me lo pidió blanco, pero luego me puse a pensar que el blanco se ensucia muy fácilmente, y además aquí tenía varios galones de este color gris, sobre el que le puedo dar un descuento.

¿Qué opinan? ¿Quedarían satisfechos con un trabajo de esa calaña? ¡Desde luego que no! Cuando se solicita un trabajo, se supone que se completará más o menos dentro de las normas puestas por el solicitante. De no ser así, hay lugar para reclamo o hasta demanda.

Lo que nos parece tan obvio cuando hablamos en términos humanos, sin embargo, quizás no lo hayamos considerado en el ámbito espiritual. Me explico: todos nosotros, si somos creyentes, hemos sido llamados a servir a Cristo. El nos llama a servir en el hogar, en el trabajo, y dentro de la Iglesia.

Sin embargo, quizás no se nos haya ocurrido que Cristo también tiene normas para las formas en que le podemos servir. Me imagino que Cristo a veces se siente tan frustrado con nosotros como lo sentiríamos según el ejemplo que di hace un momento. ¿Será que algunos de nosotros estamos tratando de servir a Cristo, sin seguir las normas que El mismo nos ha puesto para su servicio?

Esto sucedió mientras Jesús andaba en la tierra. Aun sus mismos discípulos, que tenían la gran ventaja de andar con El, ver Su ejemplo y escuchar Sus enseñanzas, se equivocaron en su forma de servirlo. Jesús, en su paciencia, les mostró el camino verdadero, y hace lo mismo para nosotros.

Lectura: Mateo 20:20-28

20:20 Entonces se llegó á Él la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, adorándole, y pidiéndole algo.
20:21 Y Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Di que se sienten estos dos hijos míos, el uno á tu mano derecha, y el otro á tu izquierda, en tu reino.
20:22 Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que pedís: ¿podéis beber el vaso que yo he de beber, y ser bautizados del bautismo de que yo soy bautizado? Y ellos le dicen: Podemos.
20:23 Y Él les dice: A la verdad mi vaso beberéis, y del bautismo de que yo soy bautizado, seréis bautizados; mas el sentaros á mi mano derecha y á mi izquierda, no es mío dar lo, sino á aquellos para quienes está aparejado de mi Padre.
20:24 Y como los diez oyeron esto, se enojaron de los dos hermanos.
20:25 Entonces Jesús llamándolos, dijo: Sabéis que los príncipes de los Gentiles se enseñorean sobre ellos, y los que son grandes ejercen sobre ellos potestad.
20:26 Mas entre vosotros no será así; sino el que quisiere entre vosotros hacerse grande, será vuestro servidor;
20:27 Y el que quisiere entre vosotros ser el primero, será vuestro siervo:
20:28 Como el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Los discípulos de Jesús fueron algo lentos en su comprensión de lo que había venido Jesús a hacer. Aún tenían en mente el concepto popular de un Mesías que vendría a traer liberación política y plenitud material. La muerte de Cristo no cabía en sus pensamientos. Esperaban que, luego de un breve periodo de lucha contra Roma, se estableciera un reino terrenal.

Cuando Jacobo y Juan, entonces, se acercaron a Jesús con su madre, querían que El les entregara el derecho de ocupar las posiciones de mayor honor en el Reino que El establecería. Ellos se imaginaban como primeros ministros o vicepresidentes de Cristo. Quizás los demás discípulos podrían ser diputados o congresistas, pero ellos deseaban el lugar de mayor honor.

En el mundo antiguo, se consideraba que una petición que venía de una madre tenía más posibilidades de recibir una reacción positiva. Hasta cierto punto, se parece al concepto católico de que las peticiones que vienen a través de María tienen más posibilidades de ser otorgadas.

Notamos aquí que la estrategia no funcionó. Jesús no les dio a Jacobo y Juan lo que ellos deseaban. ¿Por qué estaban tan enfocados estos dos discípulos en la posición y el poder? Simplemente porque el ser humano, en su estado caído y pecador, refleja esta obsesión.

La preocupación por la posición es algo que todos enfrentaremos. Podemos notar que los demás discípulos se indignaron cuando supieron lo que habían hecho los hermanos. No creo que haya sido porque estuvieran muy enfocados en la gloria de Jesús y en la humildad.

No; los otros diez discípulos se enojaron con Jacobo y Juan porque no se les había ocurrido hacer la misma cosa primero. ¿Cuántas veces no nos preocupamos nosotros por lo mismo? Tenemos una idea, y queremos que todos sepan que fuimos nosotros los que lo ideamos.

Nos enojamos si no se nos reconoce por el trabajo que realizamos en la iglesia. Nos metemos en juegos de comparación: A la hermana fulana le dieron las gracias en la iglesia, pero yo hago mucho más que ella. Como Jacobo y Juan, queremos las posiciones de reconocimiento y de importancia.

Quizás no reconocemos, sin embargo, que la responsabilidad en el Reino siempre trae sufrimiento. Por esto, Jesús preguntó a los discípulos si eran capaces de soportar lo que El soportaría. Les habló de la copa de sufrimiento que tendrían que beber. Ellos, pensando aún en un establecimiento próximo del Reino, le dijeron que sí.

Jesús les dijo que, efectivamente, compartirían sus sufrimientos. Esto se realizó, pues Jacobo fue uno de los primeros mártires de la Iglesia, y Juan sufrió el exilio a causa de su fe. Hermano, antes de desear una posición de honor o de responsabilidad dentro de la Iglesia, debes de estar seguro de que reconozcas los sufrimientos que padecerás.

La gente hablará mal de ti. Nunca podrás estar bien con todos. Algunos te halagarán mientras otros te critican. La semana siguiente, los mismos que te estaban halagando te estarán criticando. Cualquier posición de liderazgo en la Iglesia conlleva sufrimiento.

Jacobo y Juan estaban muy enfocados en la gloria, pero no reconocieron la cruz. La cruz, sin embargo, viene antes de la gloria. De igual modo, si Dios ha puesto en tu corazón ser líder en la Iglesia, deseas algo bueno. Mientras sueñas con las personas que alcanzarás y los logros que realizarás para el Señor, considera el costo también.

Jesús señaló otra cosa. El señaló que El mismo, siendo Rey del Reino, no se preocupó por la posición. Respondió que a El no le correspondía fijar las posiciones que estos discípulos habían pedido, sino que eso quedaba en manos de su Padre. La actitud de Jesús es lo opuesto a la de sus discípulos. Ellos buscaban la autoridad para dar y recibir favores. El señaló que estaba conforme con dejar las cosas en manos de su Padre.

En un mundo donde las cosas se mueven con palanca, Jesús se separa. En lugar de decirles, guiñando el ojo: A ver si puedo conseguirles algún favor, Jesús está conforme con dejar que su Padre determine las posiciones de honor en su Reino.

Es realmente increíble, desde nuestra perspectiva humana, que el Hijo de Dios - el que ha compartido la gloria del Padre desde antes que el mundo existiera - se contentara con esto, y sin embargo, las relaciones de los miembros de la Trinidad muestran precisamente esta clase de humildad.

Es una humildad que haríamos bien en imitar. En lugar de querer decidirlo todo, conformémonos con las decisiones que nos corresponden. En las iglesias, sucede tan a menudo que todo el mundo quiere dictar lo que se va a hacer. Cuando algo no sale como habían querido, se quejan e incluso se marchan de la iglesia.

Jesús nos muestra otro patrón. En lugar de querer determinarlo todo, se conformó con dejar las decisiones que le correspondían a su Padre en manos de su Padre. Ésta es una realidad que vale la pena meditar.

Sabemos que los miembros de la Trinidad - Padre, Hijo y Espíritu Santo - son iguales en esencia, en poder, en deidad. El Padre no es más Dios que el Hijo. El Hijo no se somete porque no tiene opción. Más bien, su sumisión nace del amor.

Estas relaciones entre las tres personas de Dios nos demuestran el patrón que Dios también nos llama a seguir. La sumisión a la autoridad - sea en la Iglesia, en el hogar o en la sociedad - no nos hace menos que otros. La persona realmente humilde y contenta consigo misma no tiene problema con dejar las decisiones en manos de quienes tienen la responsabilidad de hacerlas.

Jesús nos enseña una lección final. Nos demuestra que, en el Reino de Dios, el servicio importa más que la posición. Vemos este principio en los versos 25 y 26. Las cosas no han cambiado en los dos mil años que han pasado desde que Jesús dijo estas palabras.

Los escándalos no se acaban. Casi todos los días aprendemos de algún líder que ha malversado fondos, que ha mal usado su posición, que trasquila sus ovejas en lugar de llevarlas a lugares de descanso y paz.

Jesús nos dice que, como seguidores suyos, tenemos que vivir con otro patrón. El mundo se preocupa por los títulos. Les interesa subir en la escala social, ascender por la escalera del éxito y finalmente llegar a la cumbre.

Jesús nos llama, más bien, a preocuparnos en servir a los demás. Nos llama a buscar formas de compartir, de ayudar, de ejercer nuestros dones y talentos - sin preocuparnos por el reconocimiento humano.

Cuando servimos al Señor, podemos saber que El ve lo que hacemos. Puede ser que nadie más lo vea. Es posible que nadie se dé cuenta de lo que estamos haciendo, pero Dios lo sabe. El se complace con nuestro servicio, y El nos dará la recompensa.

Que no se entere, como dijo Cristo, la mano izquierda de lo que hace la mano derecha. De esta forma, nuestro Padre, que ve lo que se hace en secreto, nos dará nuestra recompensa.

Conclusión

Hermano, te invito a considerar tu propio servicio a Dios. Cuando sirves en la Iglesia, ¿con qué motivo lo haces? ¿Sirves a Dios para que los demás te vean y te reconozcan? Te puedo asegurar que, si lo haces, fracasarás tarde o temprano.

Lo más triste es ver a un hermano, con grandes talentos y gran potencial, derrochar sus esfuerzos al servirse a sí mismo, y no a Cristo. Me refiero a las personas que se preocupan por la posición y por el reconocimiento.

Cristo te ofrece un gran privilegio y una gran oportunidad. Te ofrece hacer algo más importante de lo que hace el presidente de este país. Te ofrece una posición de servicio en un Reino eterno y sin fin.

Te exige, sin embargo, que le sirvas según las normas que El ha puesto. Busquemos todos en Cristo las fuerzas para servir en su Reino como El lo desea.

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