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Domingo 22 de Mayo del 2005

El amor que mata
Pastor Tony Hancock

Introducción

Hay una especie de insecto que tiene costumbres matrimoniales algo extrañas. Se trata del campanero, un insecto depredador que crece hasta un tamaño de 10 a 12 cm. Lo interesante del campanero es que, en muchos casos, la hembra del campanero se come al macho después de aparearse.

Para el macho del campanero, se podría decir en realidad que existe un amor que mata. Su instinto de reproducción lo lleva, paradójicamente, directamente a la boca de la destrucción.

¿Existen amores que matan a los seres humanos también? Definitivamente sí. Se trata de amores torcidos, amores que se salen de los propósitos divinos para el ser humano. Entre estos muchos amores que nos llaman a la destrucción, vamos a considerar hoy uno que está dejando actualmente grandes estragos en la sociedad. Leamos acerca de él.

Lectura: 1 Timoteo 6:6-10

6:6 Empero grande granjería es la piedad con contentamiento.
6:7 Porque nada hemos traído á este mundo, y sin duda nada podremos sacar.
6:8 Así que, teniendo sustento y con qué cubrirnos, seamos contentos con esto.
6:9 Porque los que quieren enriquecerse, caen en tentación y lazo, y en muchas codicias locas y dañosas, que hunden á los hombres en perdición y muerte.
6:10 Porque el amor del dinero es la raíz de todos los males: el cual codiciando algunos, se descaminaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.

Dios nos dice aquí que existe gran bendición en la fe, pero no consiste en ambicionar siempre más cosas. Con esto entendemos que, si nos acercamos a Dios simplemente porque queremos recibir alguna bendición económica, nos vamos a desilusionar. La bendición que nos trae la fe sólo viene cuando estamos contentos con lo que Dios nos da.

No quiero decir que Dios no se interese por nuestras necesidades. Tenemos un Dios que nos ama, un Padre celestial que se preocupa por las necesidades de sus hijos. Dios insiste, sin embargo, en ser el primero en nuestras vidas. Cuando dejamos de amarle a El, y amamos más bien al dinero, caemos en una horrible trampa.

El amor al dinero nos lleva a sacrificar lo que realmente importa. Nos lo dice el verso 9; este amor nos esclaviza, nos hace débiles ante la tentación, y nos lleva a la ruina, a la destrucción.

Muchos vienen a este país buscando la oportunidad de mejorar su situación económica. Algunos de ustedes quizás crecieron en situaciones de gran pobreza, y desean que sus hijos crezcan bajo circunstancias mejores. Este no es un mal deseo.

Tan fácilmente, sin embargo, lo que empieza como un deseo positivo luego se convierte en algo nocivo. Muchas personas que vienen a este país con la ilusión de hacer una vida mejor descubren al final que han perdido lo que más importa en la vida.

Algunos, por ejemplo, sacrifican la familia sobre el altar del dinero. Se dan casos que llaman la atención del público, como el de la mujer que dejó a su bebé en el carro mientras se metió a un establecimiento a participar en juegos de azar. Cuando salió algún tiempo después, descubrió que el bebé se había sofocado por el calor.

Este es un ejemplo muy claro de lo que resulta cuando el amor al dinero destruye literalmente a algún miembro de la familia. Seguramente pensamos que seríamos incapaces de hacer algo tan cruel. Quizás no estemos matando literalmente a nuestros hijos, pero ¿los estamos sacrificando para tener más dinero?

¿Estaríamos dispuestos a aceptar un nivel más bajo de vida a cambio de poder dar a nuestros hijos la atención que les hace falta? La mayoría de las familias en este país vive con dos ingresos. ¿Será que Dios te está llamando, pareja joven, a sacrificar para vivir con sólo un salario mientras los niños son pequeños, por lo menos?

Cuando el jefe te ofrece horas extras, considera si realmente los necesitas, o si podrías mejor usar el tiempo con tus hijos. La niñez no dura muchos años. Nuestros hijos necesitan mucho más de nuestro tiempo que del juguete más reciente. Ninguna cosa puede sustituir la presencia de los padres.

Algunos también sacrifican la felicidad sobre el altar del dinero. Les voy a contar un secreto: el dinero no trae la felicidad. Nos seduce con las promesas falsas de seguridad, de libertad, de control, de poder.

Los encantos del dinero son las ideas de no temer ningún problema, pues el dinero lo resuelve todo; de poder ir a cualquier parte, pues el dinero abre todas las puertas; de poder escoger el trabajo que quisiéramos, pues ya no tendríamos preocupaciones de las cosas.

Algunos de ustedes que trabajan en zonas residenciales de las clases altas me han dicho que la felicidad muchas veces está ausente de los hogares de estas vecindades. Sus dueños frecuentemente están más amargados y preocupados que los residentes de las urbanizaciones humildes.

El dinero no trae la felicidad, ni la libertad, ni la realización personal; es posible ser rico y feliz, pero no por ser rico será uno feliz. La riqueza es como un político corrupto, que mucho promete y nada da. Las riquezas te prometerán el agua viva y te dejarán con un charco de aguas servidas.

Quizás lo más triste es que tantos sacrifican la fe sobre el altar del dinero. Algunos de ellos han dejado la iglesia por este motivo, y otros andan aún dentro de ella; lo que tienen en común es que el dinero es lo más importante en sus vidas.

¿Qué dice Pablo? Dice que, por codiciar el dinero, muchos se han desviado de la fe. Recordemos la parábola del sembrador, en que Jesús nos describe las diferentes reacciones a la predicación del mensaje del Reino.

Entre estas reacciones se encuentra la semilla que brotó, pero fue ahogada por los espinos que crecieron alrededor de ella. Jesús nos dice que esto representa la persona que acepta el mensaje, pero luego las preocupaciones del mundo y las riquezas ahogan el mensaje, para que no lleve fruto.

Es interesante la forma en que Jesús nos presenta la imagen. Notemos que, por un tiempo, la pequeña planta de fe puede crecer junto con los espinos. La muerte no es instantánea. No es como el caso de la semilla que muere por falta de raíz, en el que la planta se seca con cierta rapidez.

No, en este caso las plantas parecen coexistir por un tiempo. Así es con los que tratan de quedar bien con Dios, mientras que hacen del dinero lo más importante en sus vidas. Es por esto que Jesús nos amonestó que no puede el hombre servir a dos amos. No podemos servir a Dios y al dinero.

El dinero nos trata de engañar, diciéndonos que lo podemos tener todo. Puedes quedar bien con Dios, nos dice, puedes hacer lo suficiente como para ir al cielo, pero yo te voy a dar la verdadera felicidad. Es imposible, Jesús responde. Nadie lo puede hacer. Es una alucinación.

Si tratas de encontrar la felicidad y la realización en el dinero o las posesiones, encontrarás al fin que has perdido tu fe y te has alejado de Dios. Puedes conocer a Dios, o puedes sacrificar tu fe sobre el altar del dinero; no puedes hacer las dos cosas.

¿Cómo, entonces, podemos ser libres? ¿Cómo podemos evitar el amor que mata, y más bien vivir dentro del amor de Dios, que trae vida y libertad? Hay dos claves que se distinguen en este pasaje. El primero se encuentra en los versos 6 al 8.

Aquí vemos que podemos ser libres si aprendemos el contentamiento. La libertad del poder destructor del amor al dinero llega cuando aprendemos a estar contentos con lo que Dios nos da.

Si tenemos lo suficiente para sostener la vida, como dice el verso 8, contentémonos con eso. El poder del amor al dinero está en la codicia; cuando aprendemos a darle gracias a Dios por lo que El nos da, en lugar de enfocarnos en lo que no tenemos, se rompen esas cadenas y podemos vivir en libertad y paz.

¿Es malo tener cosas? No, no lo es. Más adelante en el capítulo, Pablo da a Timoteo instrucciones para los miembros ricos de la congregación. Se encuentran empezando en el verso 17. El hecho de que Pablo da aquí instrucciones a los ricos indica que, en sí, no es imposible ser un creyente rico.

Lo imposible es ser un creyente que ama al dinero, que hace del dinero su razón de vivir. Es posible caer en esta trampa, y tener muy pocas de las cosas que el mundo ofrece. Cuando aprendemos a estar contentos, podemos vivir felices sea cual fuera nuestra situación.

Esto significa tomar decisiones diarias de rechazar los mensajes que nos da nuestra cultura. Nuestro sistema económico está construido sobre la fabricación del deseo por cosas que ni sabíamos que existían. Si realmente necesitáramos todas esas cosas que se anuncian en la televisión, no se tendrían que anunciar.

Los anuncios comerciales existen para crear en nosotros deseos que no teníamos antes. Existen para convencernos de que nuestra vida no será completa sin el producto que se anuncia. Crean un ciclo de adicción a las cosas. Nos convencemos de que algún producto nos hará felices, y lo compramos. Por un rato nos sentimos contentos, pero esto no dura mucho; luego necesitamos alguna otra cosa.

Como un drogadicto con su cocaína, nuestro ser ansía más de la droga que nos hace sentir contentos y realizados. Nunca es suficiente. Dios nos llama a cortar el ciclo y darle las gracias a El por lo que tenemos. El nos llama a estar contentos con lo que El nos ha dado.

Podemos ser libres también si aprendemos que todo es de Dios. Como dice el verso 7, no hemos traído nada a este mundo, ni nos llevaremos nada. Más bien, todo cuanto existe es de Dios. Todo lo tenemos prestado, y somos simples administradores de los bienes.

Una de las formas en que esto se demuestra en nuestras vidas es mediante el diezmo. A veces pensamos que el diezmo es un deber, casi como un impuesto que Dios nos cobra. Dios no necesita de nuestros bienes; El es dueño de todo. Sin embargo, nos da la oportunidad de compartir parte de lo que El nos da para confirmar nuestra fe.

Cuando decidimos darle a Dios por lo menos el diez por ciento de nuestros ingresos, estamos mostrando que reconocemos que todo es de El, y que confiamos en que El nos sostendrá.

Conclusión

Les puedo testificar de mi propia vida que Dios es fiel en este asunto. Algún tiempo atrás, sentí que Dios me estaba llamando a dar más de mis ingresos a El. Siempre había diezmado, algo que mis padres me enseñaron desde niño; pero sentí que Dios quería que diera más a su obra.

Desde que lo empecé a hacer, en lugar de tener menos dinero, he tenido más. Dios me ha dado oportunidades inesperadas para tener más ingresos, y parece que conforme más doy, más tengo.

Ahora, no les cuento esta historia para que piensen que debemos de dar a Dios para tener más, como si el ofrendar simplemente fuera una forma de enriquecerse. Más bien, podemos confiar en que Dios es fiel, y cuando le entregamos a El todos nuestros bienes, encontramos una libertad y una satisfacción que el mundo no nos puede dar.

No nos dejemos seducir por el amor que mata. Más bien, vivamos en el amor de Dios, que trae verdadera vida.

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