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Domingo 13 de Marzo del 2005

El poder del Espíritu
Pastor Tony Hancock

Introducción

Un misionero cuenta la historia del primer auto que se le asignó. Este vehículo tenía la maña de que sólo prendía empujado. No se podía prender usando la marcha. El misionero pronto aprendió a ajustar su horario y sus costumbres a la maña del carro.

Cuando llegaba a algún lugar, dejaba el carro prendido; cuando era momento de estacionarlo, siempre buscaba la manera de dejarlo en la cima de una colina, para poder aprovechar la pendiente a su favor al poner el carro en marcha.

Después de dos años, el misionero y su familia se vieron obligados a dejar el campo misionero debido a problemas de salud. Un nuevo misionero llegó a la misión, y el primero le empezó a explicar todos los arreglos que había hecho para poder usar el carro. Mientras tanto, el misionero nuevo abrió el capó del carro y empezó a mover algunas cosas.

De pronto interrumpió al misionero en sus explicaciones y le dijo: ¡Aquí está el problema! Este cable estaba suelto. No más le damos una vuelta, y ¡listo! Metiéndose al carro, dio vuelta a la llave, y el motor prendió sin ningún esfuerzo.

El carro siempre había tenido el poder suficiente para arrancar por fuerza propia. No obstante, una interrupción había estorbado el flujo de ese poder y había causado todas las dificultades que había sufrido el misionero. Una simple desconexión fue la causa de tanta frustración.

El poder de Dios es imposible de medir. Es más potente que la presión de las aguas que impulsan las inmensas plantas hidroeléctricas. Es más inmenso que el calor del sol, que podría vaporizar miles de planetas como el nuestro.

¿Se ve ese poder en nuestras vidas? ¿Experimentamos su poder para ser transformados, para servir a Dios con gozo y con éxito, para compartir con otros las buenas nuevas de tal manera que las personas se salven?

Es posible experimentar de esa manera el poder de Dios. No es algo sólo para las personas de otra era, o sólo para los que alcanzan un nivel extraordinario de crecimiento espiritual. Cualquier creyente tiene acceso a las increíbles riquezas del poder de Dios para tener victoria.

¿Cómo podemos conectarnos a esta gran fuente de poder espiritual? Veamos.

Lectura: Gálatas 3:1-5

3:1 ¡Oh Gálatas insensatos! ¿quién os fascinó, para no obedecer á la verdad, ante cuyos ojos Jesucristo fué ya descrito como crucificado entre vosotros?
3:2 Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, ó por el oir de la fe?
3:3 ¿Tan necios sois? ¿habiendo comenzado por el Espíritu, ahora os perfeccionáis por la carne?
3:4 ¿Tantas cosas habéis padecido en vano? si empero en vano.
3:5 Aquel, pues, que os daba el Espíritu, y obraba maravillas entre vosotros ¿hacíalo por las obras de la ley, ó por el oir de la fe?

Pablo se sentía increíblemente frustrado, pues él había enseñado a los creyentes de Galacia cómo tener todo lo que Dios quería darles, y ahora esos mismos creyentes estaban dando la espalda al poder de Dios para buscar algo distinto.

Era como si algún mago hubiese puesto un hechizo sobre los gálatas, cegándoles los ojos a lo que debía de ser muy obvio para ellos. De una forma inexplicable, habían olvidado lo que habían conocido y experimentado, y ahora querían vivir por sus propias fuerzas.

Las emociones de Pablo se parecían a las de un doctor que receta a su paciente enfermo la medicina que lo puede curar, para luego enterarse de que el paciente ha tirado la receta a la basura y está consultando un espiritista. Esa gran frustración, que nacía del amor que sentía por los gálatas y su deseo de verlos triunfar, motivó a Pablo a escribir estas frases.

La gran verdad que habían olvidado los gálatas, gracias a los falsos maestros que habían llegado, era que Dios nos llama a realizar toda nuestra vida espiritual por la fe en Cristo. Ellos querían combinar la fe en Cristo con algo más. Buscaban una victoria controlable.

A fin de cuentas, cuando nos alejamos de la única fuente de poder, que es Dios, siempre lo hacemos porque queremos mantener el control sobre nuestras propias vidas. Nos gusta el concepto de poder aceptar la salvación libremente, pero mantener el control de nuestras propias vidas después.

Queremos tratar a Dios como un mecánico, que nos arregla el carro cuando se descompone, pero nos permite manejar por los caminos que nos agraden. Dios, más bien, quiere tomar el volante del carro y guiarnos a los lugares que a El le agradan, y que a nosotros realmente nos convienen.

Para que esto suceda, es necesario entender que

I. Dios nos da el Espíritu por medio de la fe

Quizás estés pensando: No entiendo. ¿Qué tiene que ver el Espíritu con el poder y el éxito en la vida cristiana? La respuesta es que el Espíritu es la fuente de poder para vivir la vida cristiana como se debe. Si el Espíritu no controla nuestro ser, sólo podremos vivir con la fuerza de la carne humana; y es insuficiente para vivir en victoria.

Tratar de vivir una vida de victoria sin el Espíritu Santo de Dios es como querer vaciar el mar con una cuchara. ¡No se puede! El Espíritu Santo es una persona, no es una fuerza; es Dios, y viene a vivir en nosotros para guiarnos y darnos poder para tener victoria.

¿Cómo se recibe al Espíritu Santo? La respuesta es muy clara aquí; se recibe por fe. El Espíritu Santo viene a morar en nosotros desde el momento en que aceptamos a Cristo como Señor y Salvador. No es necesario tener alguna experiencia especial, o ir a alguna persona para que nos imponga las manos; el Espíritu viene sobre nosotros en el momento en que creemos en Cristo.

Lo que a veces olvidamos es que ¡el comienzo de la vida cristiana y su realización no se hacen de dos formas distintas! Al igual que los gálatas, nunca aprendemos a depender a diario de la presencia del Espíritu Santo para darnos victoria, y más bien dependemos de las armas débiles de la carne.

Dice la Palabra: "No será por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu - dice el Señor Todopoderoso". (Zacarías 4:6) Dios no está buscando que trabajemos para El; está buscando que permitamos que El trabaje a través de nosotros. El no espera que nosotros nos reformemos; El desea que le permitamos a El transformarnos.

Esto sólo puede suceder por la obra del Espíritu Santo. El Espíritu viene para darnos poder para vencer. Si dependemos de nuestra propia fuerza, el Espíritu no puede obrar en nosotros. Tenemos que aprender a depender de El. Sólo así podremos alcanzar la victoria en la vida cristiana.

Quizás tú has batallado por años para cambiar tu vida y tener la victoria, y no lo has logrado. Sólo el Espíritu te puede dar esa victoria. Sólo El te puede transformar. Quizás estás tratando de vivir tu vida como cristiano por tu propia fuerza, y sólo encuentras el fracaso. La carne no puede traer la victoria; sólo el Espíritu lo puede hacer.

Dios no nos llama a ser pasivos; lo que nos llama a hacer es usar el poder de nuestra voluntad para someternos a la dirección de su Espíritu en nuestro ser. En lugar de tratar de domar nuestro viejo hombre desobediente con nuestras propias fuerzas, nos invita a abandonar el intento y permitir que su Espíritu nos controle.

Si empezaste tu vida cristiana con fe, pero has quitado al Espíritu del centro de tu vida, te invito hoy a renovar ese compromiso con El y dejarle que tome el control de tu vida. Te invito a poner nuevamente tu confianza en Dios para la transformación. Los efectos no son sólo para ti, sino que son para toda la familia del Señor. Entendemos que

II. Dios hace grandes obras entre nosotros por medio de la fe

Notemos lo que estaba sucediendo con los gálatas. Inicialmente, cuando llegó Pablo con el evangelio, ellos habían aceptado con fe el mensaje de la salvación. Habían visto a Cristo crucificado con los ojos de la fe, y habían creído en El para recibir el perdón.

Como resultado, el Espíritu Santo había obrado en ellos con poder. Habían experimentado una transformación personal, dejando atrás sus viejas costumbres, y hasta se habían visto milagros entre la congregación. ¡Habría sido muy emocionante estar en las iglesias de Galacia durante esos días!

Era cosa de todos los días ver que los alcohólicos fueran librados de su adicción, que las personas de mala vida fueran transformadas por Cristo, que los espiritistas dejaran el ocultismo para conocer el poder de Dios. Todo esto sucedía al ellos oír y recibir con fe el mensaje del evangelio.

Después de que Pablo se marchó, sin embargo, las cosas se empezaron a estancar. De repente, llegaron algunos maestros para decirles que Pablo no les había enseñado todo. Les faltaba, según estas personas, ganarse la aprobación de Dios al obedecer las leyes del Antiguo Testamento.

Habiendo recibido el mensaje de la gracia, los gálatas ahora se estaban volviendo al legalismo. Y sin que ellos lo reconocieran, el Espíritu Santo dejaba de obrar con poder entre ellos. Ya no se veía la transformación, pues la transformación no viene mediante el esfuerzo humano.

Dios sólo hará grandes obras a través de su pueblo cuando aprendamos a depender completamente de El. No importa cuánto talento tengamos, o cuál programa usemos, sólo el Espíritu puede traer la transformación.

¿Significa esto que no debemos de ofrecerle al Señor lo mejor de nosotros y de nuestro esfuerzo? ¡Claro que no! Debemos de buscar la mejor forma de hacer todo lo que hacemos. Sin embargo, tengamos mucho cuidado de no llegar a confiar de nuestros propios esfuerzos.

En la vida de la mayoría de las iglesias llega un momento en que lo que se empezó con fe se empieza a hacer con fuerzas humanas. Alguien ha dicho que el Espíritu Santo se podría ir de muchas de nuestras iglesias y no notaríamos su ausencia. ¿Por qué? Porque no estamos dependiendo de El para fortalecernos.

¿Creemos que Dios puede hacer grandes cosas entre nosotros? ¡Yo sí lo creo! Para verlo, tenemos que hacer espacio para el Espíritu Santo. Tenemos que depender de su poder, y no de nosotros.

Esto empieza con una decisión de corazón de permitir que Dios sea el Señor de todo cuanto hacemos. Continúa al poner la oración al centro de todo lo que hacemos. Cuando oramos, estamos expresando al Señor que dependemos de El para todo.

Conclusión

Hace varios años, sucedió en un desfile que a uno de los carros alegóricos se le acabó la gasolina, y tuvo que ser remolcado. Supongo que no es una situación única, pero lo inusual es que el carro alegórico representaba a una compañía petrolera.

Me pregunto si nosotros, que representamos a Dios ante este mundo, podremos haber olvidado la fuente de nuestro poder. Hermanos, esperemos cosas grandes del Señor, confiados en que El obrará por su Espíritu.

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