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Domingo 2 de Enero del 2005

Aún no lo hemos alcanzado
Pastor Tony Hancock

Introducción

Durante las recientes elecciones presidenciales en los Estados Unidos, ambos partidos se valieron de diferentes métodos para movilizar a los votantes y tratar de ganar la elección. Usando los anuncios comerciales, la Internet y muchas otras formas, lucharon por ganar.

Una de las estrategias más brillantes y, a la vez, engañosas fue la que se alega que ciertos individuos emplearon en cierta ciudad. Cabe mencionar aquí que no existe ninguna evidencia de que haya sido planeado a nivel del partido nacional; es muy probable que se trate, más bien, de un plan de ciertos individuos celosos.

El plan fue simple: se colocaron anuncios en diferentes partes de la ciudad que decían: No deje de votar el 3 de noviembre. La elección, desde luego, tuvo lugar el 2 de noviembre.

Se desconoce el efecto de estos intentos, pero el designio se parece mucho a un plan del enemigo para detener a los creyentes. Las víctimas del plan de votación se quedaron tranquilos en sus casas, pensando que la elección todavía no sucedía.

De igual forma, el enemigo pretende convencer a los creyentes de que no hay nada que hacer ahora en cuanto a su crecimiento espiritual. Nos trata de convencer de que, habiendo aceptado a Cristo como Señor y Salvador, no nos queda más que hacer hasta que lleguemos al cielo.

Este concepto es muy peligroso, pues contiene un elemento de verdad. Las mentiras más peligrosas son las que tienen algo de cierto. En este caso, es cierto que tenemos el futuro asegurado si de corazón hemos aceptado a Cristo como Señor y Salvador. Sin embargo, esto no es todo. Dios también tiene un propósito para nosotros en el presente.

En otras palabras, aún no hemos alcanzado la meta de nuestra salvación. Existe algo por el cual debemos de luchar. Se trata de la madurez cristiana.

Lectura: Filipenses 3:12-14

3:12 No que ya haya alcanzado, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si alcanzo aquello para lo cual fuí también alcanzado de Cristo Jesús.
3:13 Hermanos, yo mismo no hago cuenta de haber lo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome á lo que está delante,
3:14 Prosigo al blanco, al premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.

El apóstol Pablo detalla en los versos anteriores a los que hemos leído sus luchas por el evangelio. Habla de lo que había dejado atrás - su herencia judía, de la que se había anteriormente jactado - a fin de conocer la justicia de Cristo.

Aun después de todo esto, sin embargo, Pablo no sentía haber alcanzado su meta final. Pensemos en esto por un momento. El apóstol Pablo es una de las personas que más sufrió por extender el evangelio. Fue náufrago, sufrió azotes, fue rechazado por sus compatriotas y correligionarios, tuvo hambre, padeció necesidad y muchas otras cosas por la causa de Cristo.

El, sin embargo, no sentía aún haber alcanzado la meta de su llamamiento cristiano. Sabía que había más que hacer, más crecimiento, más logros. Si Pablo, después de todo lo que vivió, sintió eso, con más razón podemos decir nosotros que aún no hemos logrado la meta.

¿Cuál es nuestra meta como cristianos? La meta es la madurez. En el verso 12, cuando Pablo nos dice que aún no es perfecto, no se refiere a la perfección de no tener pecado, sino más bien al estado de no faltar nada. En otras palabras, Pablo nos dice que aún le queda crecimiento en su vida cristiana y en su relación con Cristo.

Al entrar a un año nuevo tenemos una buena oportunidad para considerar nuestro propio crecimiento cristiano. ¿Estamos avanzando hacia la meta? Vamos a encontrar en este pasaje tres principios que nos ayudarán en nuestro progreso.

I. Para avanzar a la madurez, es necesario seguir luchando

Sigo adelante, dice Pablo. En la traducción Reina Valera, prosigo a la meta. Si vamos a avanzar hacia la madurez, tenemos que reconocer la importancia de seguir luchando por ella. No podemos perder de vista el propósito que tiene Cristo para nosotros.

En la fábula de la tortuga y la liebre, estos dos animales emprenden una carrera. Al principio la liebre deja a la tortuga en el polvo. Con su mayor fuerza y capacidad para correr parece obvio que ganará.

La liebre, sin embargo, se confía de su rapidez. De repente se cansa, y decide tomarse una siesta en la fresca sombra de un árbol. Mientras tanto, la tortuga sigue avanzando. Luego, la liebre busca unas hierbas verdes para almorzar - y la tortuga sigue avanzando.

A fin de cuentas, con todas sus distracciones, la liebre permite que la tortuga gane la carrera. De la misma forma, la clave para llegar a la madurez no es poseer alguna gran capacidad, tener mucha educación o ir al seminario.

La madurez se alcanza por medio de la persistencia. Muchos hombres de grandes dones han fracasado en su vida cristiana porque no prosiguen. No luchan. La primera cosa que tenemos que hacer para avanzar hacia la madurez es seguir luchando por ella.

Quizás te has desanimado por algún motivo en tu crecimiento cristiano. Has dejado de esforzarte por conocer más de Cristo. Has dejado de buscar su presencia todos los días. Has dejado de progresar hacia la meta.

No dejes de luchar para alcanzar la madurez. No te conformes con lo que ya has alcanzado. ¡Gloria a Dios por lo que ya ha hecho en tu vida! Pero no te conformes con eso. Sigue luchando. Y al hacerlo, recuerda que

II. Para avanzar a la madurez, es necesario olvidar el pasado

Nada puede estorbarnos en nuestro avance a la madurez más que el pasado. Los malos hábitos que hemos establecido en el pasado pueden servir como un ancla a nuestro progreso. Antes de que un barco pueda zarpar, tiene que subir el ancla.

Los rencores que tienen su origen en el pasado nos pueden estorbar también. Esos deseos de ver que la persona reciba su merecido, de ver que sufra como nosotros hemos sufrido, pueden causar que nuestra atención se quede fija en el pasado en lugar del futuro.

Incluso los éxitos del pasado nos pueden estorbar. Podemos sentirnos tan contentos con lo que hemos logrado - sea en el ámbito personal o el espiritual - que no nos damos cuenta que hay más que lograr.

Un niño de seis años que apenas está aprendiendo a leer con mucha razón se siente contento por su habilidad de leer historias sencillas. Si tiene la misma capacidad a la edad de dieciséis, sin embargo, existe un problema. Tiene que seguir progresando.

La vida para el creyente es un constante progreso. Dice Pablo: "Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante, sigo avanzando hacia la meta".

Lógicamente, no olvidamos el pasado en el sentido de no aprender de sus lecciones, o de olvidar nuestras experiencias. Más bien, no vivimos en el pasado. No nos mantenemos enfocados en el pasado. Para avanzar a la madurez, es necesario olvidar el pasado; y habiendo hecho esto,

III. Para avanzar a la madurez, es necesario tener en vista la meta

Pablo da testimonio de que él tiene en vista la meta principal. Su propósito, según el verso 14, es ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús.

¿Se refería Pablo a la salvación? ¿Nos quiere decir que él aún no estaba seguro de ser salvo? No podemos sacar esta conclusión. Pablo mismo expresa su certeza de haber sido liberado de la muerte en Romanos 8:2: "Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte", y varios otros pasajes.

La salvación no es un premio, sino es algo que recibimos gratuitamente por fe. El premio al que se refiere Pablo es la aprobación de nuestro Señor y el honor que El nos dará en base a nuestra fidelidad en el servicio. Son aquellas palabras: "Bien hecho, buen siervo y fiel. Entra al gozo de tu Señor" (Mateo 25:21).

Un corredor en una carrera está perdido si se detiene en medio de la carrera para decir: ¡Qué bien estoy corriendo! Está perdido si se detiene a considerar lo que estarán pensando de él los espectadores. Sólo podrá ganar si mantiene la mirada fijada en la meta.

Nosotros sólo podremos vencer y tener ese gran privilegio de recibir la aprobación de nuestro Señor si mantenemos la mirada fijada en El. Si empezamos a considerar a los demás, si nos comparamos con otros o creemos que ya hemos llegado, no podremos realizar lo que Dios tiene para nosotros.

Estamos corriendo la carrera de la vida. En la línea final está parado aquel Señor, aquel Jesús que nos ama más que cualquier otra persona pudiera amarnos. El ya triunfó en la carrera. Ahora nos anima a nosotros a correr con fuerza y valor. Tiene su mirada de amor puesta sobre nosotros, alentándonos a triunfar.

¿Le estamos mirando a El? ¿Tenemos como meta suprema agradarle a El? ¿Está puesta nuestra atención en El? Sólo así podremos avanzar hacia la madurez, sólo así podremos correr la carrera con éxito, sólo así podremos triunfar en la vida.

Conclusión

El filósofo danés Kierkegaard comentó en cierta ocasión que los cristianos de su día se parecían a los estudiantes de matemáticas. En lugar de resolver los problemas, preferían buscar las respuestas en la clave al final del libro. De esta forma, terminaban muy rápidamente su tarea, pero nunca se aprendían los principios de la matemática.

De igual forma, los creyentes muchas veces buscamos atajos para llegar a la madurez. Esos supuestos atajos, sin embargo, generalmente nos alejan de la madurez en lugar de acercarnos.

Para avanzar a la madurez, es necesario seguir luchando, olvidar el pasado y tener en vista la meta. Hoy, al principio de un año nuevo, Dios nos está llamando a fijar nuestra mirada en su Hijo y proseguir a la meta.

¿Qué te está estorbando en tu progreso a la madurez? ¿Qué cambios debes de hacer en tu vida para poder realizar el propósito que Dios tiene para ti? Confía en que El te ayudará, y camina adelante para alcanzar la meta.

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