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Domingo 21 de Noviembre del 2004

El triunfador desalentado
Pastor Tony Hancock

Introducción

En el año de 1858, la legislatura del estado de Illinois - usando un estatuto arcano - envió a Esteban Douglas al Senado nacional en lugar de Abraham Lincoln, a pesar de que éste había ganado el voto popular. Cuando le preguntaron a Lincoln cómo se sentía, respondió que se sentía como el niño que se dio un golpe en el dedo del pie: era muy grande para llorar, y dolía demasiado como para reírse.

Así se sintió también el profeta Elías. Acababa de lograr la mayor victoria de su carrera profética. Frente a todo el pueblo de Israel, Elías había mostrado con poder que Jehová es el único Dios poderoso. El pueblo se había quedado tan convencido que había matado a los sacerdotes de Baal, limpiando la tierra de esta falsa adoración.

¿Cómo respondería Elías ahora? Después de un triunfo tan grande, seguramente estaba preparado para más victorias. De seguro estaba lleno de ganas de seguir trabajando para que toda la tierra estuviera llena del conocimiento del Señor.

Podríamos pensar que tal respuesta sería lógica, pero cuando leemos el texto bíblico, nos damos cuenta de que no fue así. Al contrario, Elías llegó a tocar fondo después de su gran triunfo. Se desilusionó tanto que hasta deseó la muerte.

Para cualquier persona que haya llegado a sentir la desilusión, el desaliento o la decepción, la experiencia de Elías tiene mucho que enseñar. Leamos acerca de ello.

Lectura: 1 Reyes 19:1-9

19:1 Y Acab dió la nueva á Jezabel de todo lo que Elías había hecho, de como había muerto á cuchillo á todos los profetas.
19:2 Entonces envió Jezabel á Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y así me añadan, si mañana á estas horas yo no haya puesto tu persona como la de uno de ellos.
19:3 Viendo pues el peligro, levantóse y fuése por salvar su vida, y vino á Beer-seba, que es en Judá, y dejó allí su criado.
19:4 Y él se fué por el desierto un día de camino, y vino y sentóse debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Baste ya, oh Jehová, quita mi alma; que no soy yo mejor que mis padres.
19:5 Y echándose debajo del enebro, quedóse dormido: y he aquí luego un ángel que le tocó, y le dijo: Levántate, come.
19:6 Entonces él miró, y he aquí á su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y un vaso de agua: y comió y bebió y volvióse á dormir.
19:7 Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, tocóle, diciendo: Levántate, come: porque gran camino te resta.
19:8 Levantóse pues, y comió y bebió; y caminó con la fortaleza de aquella comida cuarenta días y cuarenta noches, hasta el monte de Dios, Horeb.
19:9 Y allí se metió en una cueva, donde tuvo la noche. Y fué á él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?

¿Cómo llegó Elías a caer tan bajo? ¿Es posible que la simple amenaza de una mujer fuera suficiente para desalentar por completo al profeta de Dios, el profeta que acababa de ver la gran muestra del poder divino en el Monte Carmelo? La pregunta es retórica, pues obviamente lo fue, ya que tenemos en el registro bíblico la historia de su desaliento. Dentro de un momento, vamos a considerar las posibles razones de la desilusión de Elías.

Primero, sin embargo, consideremos nuestras propias vidas por un momento. A veces nosotros pensamos que, si estamos viviendo la vida cristiana como debemos de vivirla, nunca sentiremos ninguna desilusión.

Ciertas personas, que apenas empiezan a seguir al Señor, creen que el cristianismo es una forma de evitar los sufrimientos en la vida. Si creemos esto, estaremos desilusionados dentro de poco. Dios nunca nos promete una vida fácil, ni es su propósito para nosotros. Al contrario; si consideramos la vida de los primeros cristianos, nos damos cuenta de que, para ellos, seguir a Cristo muchas veces significó el ostracismo, la pérdida de bienes materiales y la muerte.

A veces juzgamos la calidad de nuestra relación con Dios de acuerdo con las mejoras palpables en nuestra vida. Si podemos decir que tenemos más dinero, más salud, una mejor vida familiar o mejor salud emocional, creemos que sí estamos en buena relación con Dios. En cambio, cuando pasamos por apuros económicos, cuando nuestros hijos se rebelan, cuando tenemos una crisis de salud o cuando aquellos complejos de nuestra niñez vuelven a levantar la cabeza, creemos que Dios ya no nos ama, que no se preocupa por nosotros, o incluso que no existe.

No me malentiendan. No quiero decir que Dios no nos bendice con salud, con dinero, con sanidad emocional o con una mejor vida familiar. Lo que quiero decir es que Dios no siempre nos da estas cosas, y si nuestra relación con él se basa solamente en estas cosas, hemos descendido al nivel de la magia. La magia consiste en tratar de manipular nuestras circunstancias por medios sobrenaturales. Dios no nos llama a una fe mágica, sino a una fe que confía en él y que se entrega a su control.

En el caso de Elías, podemos concluir que él creía que, en base a la clara victoria de Jehová sobre Baal, todo iba a estar bien. Seguramente creía que Jezabel se encontraría como un perro sin dientes, incapaz de morder. Pensaba que el avivamiento se desenlazaría, y todo estaría resuelto.

Para su sorpresa, no fue así. Jezabel, con mucha astucia, trató de asustar a Elías para que éste huyera y dejara la naciente restauración de la fe en Israel sin líder - y su plan funcionó. Elías se asustó y huyó al desierto. En el desierto, Dios no se olvidó de Elías. Le envió un ángel para fortalecerle. Muchas veces, Dios nos envía una persona para alentarnos en nuestros momentos de desesperación. Pero éste no es el final del asunto. Sigamos leyendo.

Lectura: 1 Reyes 19:9-18

19:9 Y allí se metió en una cueva, donde tuvo la noche. Y fué á él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?
19:10 Y él respondió: Sentido he un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu alianza, han derribado tus altares, y han muerto á cuchillo tus profetas: y yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida.
19:11 Y él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová: mas Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto: mas Jehová no estaba en el terremoto.
19:12 Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silvo apacible y delicado.
19:13 Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y paróse á la puerta de la cueva. Y he aquí llegó una voz á él, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?
19:14 Y él respondió: Sentido he un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu alianza, han derribado tus altares, y han muerto á cuchillo tus profetas: y yo solo he quedado, y me buscan para quitarme la vida.
19:15 Y díjole Jehová: Ve, vuélvete por tu camino, por el desierto de Damasco: y llegarás, y ungirás á Hazael por rey de Siria;
19:16 Y á Jehú hijo de Nimsi, ungirás por rey sobre Israel; y á Eliseo hijo de Saphat, de Abel-mehula, ungirás para que sea profeta en lugar de ti.
19:17 Y será, que el que escapare del cuchillo, de Hazael, Jehú lo matará; y el que escapare del cuchillo de Jehú, Eliseo lo matará.
19:18 Y yo haré que queden en Israel siete mil; todas rodillas que no se encorvaron á Baal, y bocas todas que no lo besaron.

Notamos en Elías una cualidad que es demasiado común también hoy en día. Me refiero a la confianza en lo espectacular. Elías creía que la muestra del poder divino en el Monte Carmelo lo cambiaría todo, y cuando no fue así, se desilusionó.

Esto nos lleva a nuestro primer punto:

Para que le seamos útiles, Dios tiene que quebrantarnos

Dios tuvo que quebrantar a Elías, permitiendo que él tocara fondo, para poder enseñarle una poderosa lección. Esta lección la vio Elías cuando estuvo en el Monte Horeb, el mismo lugar en que Dios se había revelado a Moisés siglos antes. Elías estuvo en una cueva, posiblemente la misma gruta en la que Dios escondió a Moisés cuando le mostró su gloria. ¿Qué había visto Elías de Dios? Había visto a un Dios poderoso, un Dios que detenía la lluvia y que hacía caer fuego del cielo.

Tenía que aprender, sin embargo, que esto no era lo más importante acerca de Dios. Para enseñarle esta lección, Dios hizo pasar un viento recio, un terremoto y un fuego. Cada uno de ellos fue sobrenaturalmente destructor, pero Dios no estaba en ninguno de ellos. Finalmente se dispuso Dios a hablar con Elías - y lo hizo en un suave susurro. Dios no estaba en el huracán, no estaba en el terremoto, no estaba en el incendio - se manifestó en una voz suave.

Muchas veces queremos oír a Dios en lo espectacular. Queremos ver que Dios haga milagros, cause cambios increíbles y sobrenaturales, transforme todo lo que nos rodea. Quizás Dios nos está hablando en un susurro.

Me encanta la forma en que Dios se dirige a Elías. Es interesante que, cuando Dios confronta a alguien, muchas veces es con una pregunta. Fue así con Adán y Eva en el Jardín del Edén; Dios empezó preguntándole a Adán dónde estaba. Ahora, Dios le pregunta a Elías qué hace allí. Aquí vemos que la relación divina con cada uno de nosotros es especial. Antes de hablarle y darle sus instrucciones, Dios permite que Elías se desahogue y cuente lo que siente.

¿Alguna vez has pensado que no eres especial? Recuerdo una vez ver una calcomanía que decía: Tú eres especial, como todos los demás. A veces nos sentimos así, ¿no es cierto? Nos sentimos perdidos entre los miles de millones de personas que viven sobre esta tierra.

Lo que vemos aquí, sin embargo, es que la relación que Dios tiene con cada uno de nosotros es especial. Es única. Nadie más tendrá la relación con Dios que tú tienes. Dios se está relacionando con millones de personas, pero no es de la forma en que una fábrica produce millones de artículos. Dios se relaciona con cada uno de nosotros de forma individual.

Bueno, Elías da voz a sus sentimientos. Es claro que él mismo se da mucha lástima. Creo que en algún momento todos hemos sentido lo mismo. La respuesta de Dios, sin embargo, es muy instructiva - y nos lleva a nuestro segundo punto:

Para que seamos útiles, tenemos que aprender el valor de la obediencia

Dios trata a Elías de una forma muy suave. No se frustra con su autocompasión. No lo regaña por su falta de fe. Se revela a Elías en su momento de desilusión, y le da instrucciones.

Ya hemos dicho que Elías deseaba ver milagros y transformaciones sobrenaturales. Él tenía que aprender el valor de la obediencia en lo rutinario. Dios le tuvo que mostrar que aún había trabajo que hacer, y que no sólo se trataba de llamar fuego del cielo.

Dentro de la vida de un profeta, el ungir reyes era parte de su descripción de trabajo. La unción representaba la bendición divina y la presencia del Espíritu Santo para habilitar al rey. Era, a la vez, una de las cosas rutinarias que los profetas hacían, cuando era necesario.

Después de darle a Elías sus instrucciones, Dios le declara que no está solo. Había 7.000 personas en Israel que se mantenían fieles al Señor. Elías, a pesar de su desilusión, no estaba ni solo ni abandonado. Tenía 7.000 hermanos en Israel, y había más cosas que hacer en su servicio al Señor.

Conclusión

Hermano, no te rindas ante la desilusión. No estás solo. Dios aún tiene un propósito para ti. Él te está hablando en una voz suave, diciéndote que hay más que hacer.

Quiero dejarte tres pensamientos. Primero, no dejes que tus expectativas equivocadas te alejen de Dios. ¿Te sientes decepcionado porque esperas de Dios cosas que no te ha prometido? Examina tus expectativas.

Segundo, no te hundas en la autocompasión. No eres el más desdichado del mundo. Dios no te ha abandonado. No estás solo en servir a Dios. Ten cuidado con la autocompasión.

Tercero, no dejes de obedecer a Dios. Él aún tiene cosas para ti. Quiere usarte, pero tienes que escucharle. Quizás no te hable en el trueno, sino en un murmullo. Prepárate para oír y obedecer la voz de Dios.

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