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Domingo 19 de Septiembre del 2004

Hijos del Rey
Pastor Tony Hancock

Introducción

En cierta ocasión, un hombre se paseaba por la acera en Acapulco cuando oyó los gritos desesperados de una mujer. Corriendo al lugar de donde salían los sonidos, encontró a una madre de rodillas frente a su hijo de dos o tres años de edad. Con el poco español que hablaba, logró determinar que el niño se había tragado una moneda. Tomándolo por los talones, sacudió al niño hasta que cayó al suelo una moneda de veinticinco centavos.

La madre no podía dejar de expresarle su agradecimiento. -¡Es increíble cómo le sacó tan rápidamente esa moneda! –exclamó–. ¿Es usted doctor?. - No, señora –respondió el hombre. Trabajo con la Agencia Tributaria. Tengo mucha experiencia en sacarle dinero a la gente.

Cuando se menciona el asunto de los impuestos, todos nos ponemos a la defensiva. Se dice que lo único seguro en la vida son la muerte y los impuestos, y son dos cosas que todos quisiéramos evitar.

La Biblia también habla acerca de los impuestos. Aunque no quisiéramos aceptarlo, nos enseña que debemos de pagar nuestros impuestos por razones de conciencia. Tanto Pablo, en Romanos 13, como Pedro, en 1 Pedro 2, nos instruyen en esto.

Hoy vemos la situación de otra clase de impuesto. Se trata de un impuesto religioso que se recolectaba en los días del Señor Jesús para apoyar al templo. Veamos lo que sucedió cuando le cobraron este impuesto al Señor.

Lectura: Mateo 17:24-27

17:24 Y como llegaron á Capernaum, vinieron á Pedro los que cobraban las dos dracmas, y dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas?
17:25 El dice: Sí. Y entrando Él en casa, Jesús le habló antes, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra, ¿de quién cobran los tributos ó el censo? ¿de sus hijos ó de los extraños?
17:26 Pedro le dice: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos son francos.
17:27 Mas porque no los escandalicemos, ve á la mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que viniere, tómalo, y abierta su boca, hallarás un estatero: tómalo, y dáselo por mí y por ti.

Este pasaje tiene varias cosas que enseñarnos, aunque ninguna de ellas se trata directamente de los impuestos. Algunos creyentes han tomado estos versos como pretexto para no pagar sus impuestos, diciendo que son hijos del Rey, y por ende son exentos.

Estas personas, sin embargo, piensan mal. Aquí Jesús no se dirige a la cuestión de los impuestos civiles, sino los impuestos religiosos. En otra ocasión, cuando se le preguntó acerca de pagar los impuestos al gobierno civil, él dijo: Dad al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios.

Claramente, tenemos como creyentes que tomar en serio nuestras responsabilidades civiles. Habiendo aclarado ese mal uso del pasaje, entonces, ¿qué lecciones podemos sacar para nuestras vidas?

Para empezar, consideremos el significado de la comparación. Jesús toma como ejemplo a los reyes de esta tierra, y nota algo obvio: los reyes no cobran impuestos a sus hijos, sino más bien a sus súbditos.

De igual forma, Dios como Rey no cobraría impuestos a sus hijos, sino a sus súbditos. Por ende, Cristo debería de estar exento de pagar este impuesto.

Notemos aquí que, a distinción de quienes enseñan que Jesús no estaba conciente de ser el Hijo de Dios, aquí él demuestra muy claramente su consciencia de ocupar una posición especial, con derechos especiales.

Lo notable es que él no insistió en recibir el trato especial que se merecía. A través del ministerio de Jesús vemos una palpable humildad; aunque era duro con los hipócritas, nunca insistió en recibir lo que él se merecía.

Si examinamos un poco más a fondo lo que Jesús le dijo a Pedro, nos topamos con algo aun más interesante, que resumiremos con la siguiente frase:

I. Cristo comparte con nosotros la libertad de ser hijos de Dios

Para cualquier estudioso de la Biblia, la declaración implícita de Jesús de ser Hijo de Dios no es nada extraordinario. Para cualquier lector de Mateo que recordara cómo los ángeles anunciaron su venida, no sería asombroso leer que Jesús se considera Hijo de Dios.

Lo que sí es asombroso es la forma en que él incluye a Pedro dentro de esta categoría especial. Jesucristo no dice, Entonces el suyo está exento, sino Entonces los suyos están exentos. Jesús incluye dentro de la libertad gloriosa de los hijos de Dios a todos los que, por medio de la fe en él, han llegado a ser adoptados por el Padre.

Hay una distinción, por supuesto, entre Jesucristo como Hijo de Dios y nosotros como hijos de Dios. Él es hijo por naturaleza, mientras que nosotros somos hijos por adopción. Nunca podemos olvidar esto.

Sin embargo, podemos disfrutar de la gran libertad que esta nueva relación nos trae. Como hijos del Rey, somos libres de los antiguos reglamentos. Mientras los judíos de su día pretendían llegar a Dios cumpliendo un sinfín de minuciosos reglamentos, Jesús declaró a Pedro que era exento de todo esto.

Por medio de Cristo, entramos en una relación diferente con Dios. En vez de llegar a él como sirvientes, tratando de complacerle, venimos ante él con la confianza de hijos.

¡Cuán gloriosa es esta realidad! Tú y yo no tenemos que medir cada aspecto de nuestra vida según alguna lista detallada. Más bien, sólo tenemos que entregarle a Dios nuestro corazón en fe, y permitir que el Espíritu Santo nos guíe. De esta forma, nos enseña la Biblia, viviremos de una forma que agrada a Dios.

Como hijos del Rey, también somos libres para disfrutar de la riqueza de nuestro Padre. Habiendo sido librados de los reglamentos detallados que trataban de guardar los fariseos y otros, somos libres para vivir confiados en el amor y la fortuna de nuestro Padre.

Si tú te encuentras frente a algún obstáculo, recuerda que eres hijo del Rey. Él tiene recursos suficientes como para ayudarte a superarlo. Si enfrentas alguna tarea difícil, recuerda que eres hijo del Rey. Él tiene todo lo necesario para que puedas vivir en victoria.

El enemigo quiere hacernos olvidar quiénes somos en Cristo. Por medio de él, tenemos acceso a todas las riquezas de Dios. Esto no significa, como enseñan algunos, que disfrutaremos de dinero sin medida aquí en la tierra. Significa que tendremos lo suficiente; pero más importantes que las riquezas materiales son las riquezas espirituales que tenemos en Cristo.

Nunca olvides, si eres creyente, que eres hijo de Dios. Tienes un gran privilegio. No dejes que el enemigo te robe el gozo y la libertad de pertenecer a Cristo. Si tienes a Cristo, lo tienes todo; y si no lo tienes, por más que poseas en este mundo, no tienes nada. Cristo comparte con los suyos la libertad de ser hijos de Dios.

Además de esto, sin embargo,

II. Cristo nos enseña a usar nuestra libertad con cuidado

Ya hemos mencionado la humildad de Cristo. En este pasaje, él nos demuestra la gran humildad que debe ser nuestra inspiración también. Cristo nos enseña a ser humildes y a no insistir en nuestros derechos.

Luego de enseñar a Pedro el gran privilegio que es suyo como hijo de Dios, Cristo provee para el pago del impuesto. Este impuesto era básicamente voluntario. No era como los impuestos civiles, que tenían la fuerza de Roma. Era para el Templo.

Cristo pudo fácilmente haberse negado a pagar sin mayores repercusiones. Sin embargo, él se muestra humilde y provee una forma sobrenatural para que se pague el impuesto.

Jesús no vino a demandar sus derechos. No llegó, como algún hijo consentido de una familia pudiente, para insistir en que se le dé la atención que se merece. Más bien, vino humildemente para servir.

Yo me pregunto cuántos de nosotros nos valemos de los grandes privilegios que hemos recibido para sentirnos mejores que los demás, para insistir en recibir lo que creemos merecernos, para buscar que se nos trate bien.

Se va tantas veces en las iglesias que las personas que se sienten soslayadas o no apreciadas se retiran de la iglesia. Como niños malcriados, agarran sus juguetes y se van a la casa.

Tenemos que preguntarnos: si así responden, ¿para qué están en la iglesia? ¿Están para servir a Dios, o para ser acariciados? Si queremos ser imitadores de Cristo, aprenderemos la humildad que no insiste en recibir lo que merece, sino que más se enfoca en servir a Dios y a los demás.

Juntamente con esto, Cristo nos enseña a no escandalizar a otros. Habrá momentos en que podremos usar nuestra libertad en Cristo de tal manera que otros se ofenden. En lugar de vivir en armonía, serviremos para escandalizar.

Cristo manda a Pedro a pagar el impuesto con una moneda milagrosa con el fin de no escandalizar a la gente. ¿Qué significa esto? Significa que Jesús no quería servir como piedra de tropiezo innecesaria.

Él sabía que muchos lo rechazarían, pero no quería que fuera por alguna razón superflua a su misión. Me pregunto cuántos de nosotros tenemos el mismo cuidado que tuvo Jesús de no escandalizar a los demás.

Puede tomar la forma de observar ciertas normas, aunque sabemos que tenemos libertad en Cristo de no observarlas. Ciertas iglesias, por ejemplo, tienen ciertas expectativas acerca de la vestimenta. Si visitamos alguna de estas iglesias, debemos de observar estas normas, para no escandalizar.

De igual forma, debemos de cooperar y participar en cualquier actividad o proyecto que no viole nuestras convicciones cristianas. Cuando se trataba de cosas que claramente iban en contra de la verdad, Jesús era muy directo. En este caso, en cambio, él no causó una confrontación.

Conclusión

Habrá momentos en los que tendremos que enfrentarnos al mundo – e incluso a otros creyentes – por algo que realmente valga la pena. Tengamos cuidado, sin embargo, de no ocasionar escándalos innecesarios.

Aprendamos, más bien, a disfrutar de nuestra libertad como hijos de Dios sin causar ofensa a los demás. Sabiendo que tenemos un Padre celestial que es dueño de todo y que nos ama, podemos vivir tranquilos.

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