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Domingo 18 de Julio del 2004

Justicia ajena
Pastor Tony Hancock

Introducción

¿Cómo podemos estar bien con Dios? ¿Cómo podemos estar en comunión con él, experimentar su poder en nuestro diario vivir y tener la seguridad de que iremos a estar con él después de la muerte?

Es una pregunta que, si no nos preocupa, debería de hacerlo. Jesús nos plantea la pregunta: "¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida?" (Marcos 8:36) ¿Con qué nos quedaremos, si obtenemos todo lo que queremos en esta vida, pero nos encontramos separados de Dios por toda la eternidad?

Seríamos como aquel hombre que, escapándose de un barco naufragado, se llenó los bolsillos del oro que cargaba antes de lanzarse al agua para nadar a la orilla. El peso del oro no le permitió llegar a tierra, y se ahogó. Se quedó con el oro - pero perdió la vida.

¿Cuál es la cosa que necesitamos para poder llegar a Dios? Dios no puede ser sobornado. No podremos comprar su favor con ninguna cantidad de dinero. En realidad, Dios no necesita nada de nosotros.

Él mismo lo dice en el Salmo 50:12: "Si yo tuviera hambre, no te lo diría, pues mío es el mundo, y todo lo que contiene." Nosotros no podemos ofrecerle a Dios nada que él necesite. Al contrario, Dios no tiene necesidad de nada, sino que más bien es él quien suple las necesidades de todo ser viviente.

¿Qué es lo que Dios exige de nosotros? Dios nos exige justicia. Él nos exige que seamos justos para poder entrar en relación con él. No es una exigencia caprichosa; Dios mismo es justo, puro y santo, y para que podamos estar en comunión con él, nosotros también tenemos que serlo.

He aquí el problema: ninguno de nosotros posee la justicia que Dios exige. Todos hemos fallado. Cuando Dios nos da la prueba para entrar al cielo, todos reprobamos. Cuando él nos pide nuestros documentos para entrar, no los tenemos. ¡Y estos documentos no se pueden falsificar!

¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos poseer la justicia que Dios demanda? Vamos a encontrar la respuesta.

Lectura: Filipenses 3:2-6

3:2 Guardaos de los perros, guardaos de los malos obreros, guardaos de los mutiladores del cuerpo.
3:3 Porque nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.
3:4 Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene de qué confiar en la carne, yo más:
3:5 circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo;
3:6 en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.

¿Será que podemos alcanzar la justicia que Dios requiere mediante obras de justicia? Hay muchas personas que pretenden hacerlo. Quizás alguien les haya dicho, Haz lo mejor que puedas, y a ver dónde Dios te pone.

Cada persona busca su propia forma de agradar a Dios. El rico cree que haciendo grandes obras de caridad, dando un poco de su fortuna para ayudar a los pobres, sacrificando un poco de lo mucho que tiene, podrá agradar a Dios.

El pobre piensa que seguramente sus sufrimientos, sus carencias, su humilde estado lo hace merecedor del favor de Dios. Mira todo lo que he sufrido en esta vida, dice, seguramente Dios me dejará entrar al cielo como recompensa.

El religioso busca su seguridad en las obras de justicia que realiza. Quizás se dedica al estudio de la Biblia y escribe libros eruditos. Quizás, como algunos, se maltrata el cuerpo mediante flagelaciones y ayunos, pensando que así Dios tendrá compasión de él.

Entre estas personas se encontraba el apóstol Pablo. Él declara, como leímos en el verso 4: "Si cualquier otro cree tener motivo para confiar en esfuerzos humanos, yo más". Durante toda su vida se había esmerado en alcanzar por su propio esfuerzo la justicia que Dios demanda. Había tratado de escalar al cielo por sí solo.

Él menciona todo lo que tenía para recomendarlo. Había sido circuncidado, según la ley judía, en el día que la ley demandaba. Esto, por definición, lo hacía parte del pueblo escogido de Dios. Es más, tenía el pedigrí. Como sucede hoy en día con los caballos de purasangre, era importante en aquellos días poder mostrar los registros familiares que comprobaban la descendencia judía pura del individuo.

Pablo los poseía. Él sabía que era descendiente de Benjamín, el hijo menor de Israel - y su preferido. Es más, era buen miembro de la nación escogida. Observaba la interpretación más estricta de la Ley, la interpretación de los fariseos. No sólo trataba de guardar todos los requisitos de la Ley, sino que guardaba todas las interpretaciones que se habían añadido por encima de ésta.

Tampoco se le podría acusar de faltar celo para la obra de Dios. Él era cumplidor apasionado de su aparente deber como judío, al perseguir a la iglesia sin descansar. Si alguien podría aparecer ante Dios y alegar que tenía derecho de entrar al cielo por justicia propia, ese alguien era Pablo.

¿Cuál fue su actitud hacia todas estas cosas? ¿Dependía de ellas para darle entrada a la presencia de Dios? Leamos su reacción.

Lectura: Filipenses 3:7

3:7 Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo.

Pablo dice que todas estas cosas, que él había considerado ganancia, ahora las consideraba pérdida. Es como si alguno se sentara para hacer una lista de todos sus bienes, de todos sus activos. Pone en la lista su casa, su negocio, sus cuentas bancarias, su carro - y lleva la lista a su contador.

Lo siento, señor, le dice el contador, luego de revisar la lista. Debo avisarle que ninguna de estas cosas es suya. Más bien, son cuentas que usted debe. Su casa está hipotecada, y pertenece al banco; su negocio está construido sobre crédito, y los dueños son sus acreedores; su carro también pertenece a la compañía de arriendo; y sus cuentas bancarias tendrán que ser liquidadas para pagar sus demás deudas.

Todo se pone de cabeza. Lo que parecía ser ganancia, resultó ser pérdida. Así es con las obras que nosotros creemos que nos acercarán a Dios. Lejos de ser ganancia, pueden ser pérdida. Pueden alejarnos de Dios. Pueden cegarnos a nuestra necesidad de recibir la salvación por medio de Cristo.

¿Cómo podemos alcanzar la justicia que Dios exige? Sólo podemos hacerlo por medio de Cristo. Encontramos la forma en que esto sucede en los versículos siguientes.

Lectura: Filipenses 3:8-11

3:8 Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo,
3:9 y ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe;
3:10 a fin de conocerle, y el poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a ser semejante a él en su muerte,
3:11 si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos.

En el ejemplo de Pablo entendemos el proceso por el cual tendremos que pasar nosotros, si queremos ser aceptables ante Dios. Tenemos que dejar de confiar por completo en nuestras propias obras. ¿Crees que Dios te aceptará porque vienes a la iglesia? ¿Crees que Dios te aceptará porque tratas de hacer lo bueno? ¿Crees que Dios te aceptará porque eres religioso? ¡Estás totalmente equivocado!

Todo eso tiene que ir a la basura, si quieres encontrar la verdadera justicia. La verdadera justicia que puedes recibir es una justicia ajena. Es la justicia de Cristo. Sin la justicia de Cristo, no tienes nada que ofrecerle a Dios. Con la justicia de Cristo, tienes todo lo que necesitas, aunque no tengas nada más.

Tienes que decir, con Pablo: "No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe". Tienes que abandonar tus propios esfuerzos y caer rendido sobre la cruz, donde Cristo murió para comprar tu perdón.

Tienes que perderte a ti mismo, junto con todo lo que pretendes ofrecerle a Dios, para encontrarte en Cristo. Sólo podrás encontrarte si abandonas la identidad que has batallado por tanto tiempo para construir y buscas tu realidad, tu salvación, tu ser entero en Cristo.

Las personas buscan la realidad y la salvación en tantas partes distintas, pero sólo podremos ser hallados en Cristo. Como dice Pablo: "Lo he perdido todo... a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él". Sólo vamos a encontrar nuestra verdadera identidad si nos perdemos por fe en Cristo.

Cuando estamos confiando en Cristo, cuando estamos agarrados de él como un niño asustado se agarra de su papá, encontraremos lo que realmente buscamos. La fe bíblica no es una débil aceptación de ciertos conceptos mentales; es una fuerte dependencia y confianza sobre una persona, la persona de Cristo.

Esta fe, incluso, nos lleva a sufrir juntamente con él: "Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a él en su muerte".

Si en realidad confiamos de corazón en Cristo, nos uniremos a él en sus sufrimientos para experimentar el poder que se mostró en su resurrección en nuestras vidas. Esto no significa que nuestros sufrimientos nos salvan; significa que estamos tan unidos a Cristo que estamos dispuestos a compartir el rechazo y la humillación que él sufrió.

No podemos agregar nada al sacrificio de Cristo, como si éste hubiese sido insuficiente; sólo podemos descansar con todo nuestro ser sobre ese sacrificio para recibir el perdón. No confundamos las obras que Dios nos llama a hacer como evidencia y producto de nuestra salvación con las obras que hacemos para tratar de ganar la salvación.

Martín Lutero lo dijo de la siguiente forma: "Un mono puede imitar ingeniosamente las acciones de los seres humanos. No llega a ser, así, un ser humano. Si llegara a ser humano, no sería en virtud de las obras por las que imitó al hombre, sino en virtud de otra cosa; a saber, por obra de Dios.
Luego, entonces, habiendo sido hecho un ser humano, haría las obras del ser humano en forma correcta. De igual modo, Pablo no dice que la fe carece de obras características, sino que más bien justifica aparte de las obras de la ley. El ser hechos justos ante Dios no requiere de las obras de la ley, pero si requiere de una fe viviente, que realiza sus obras."

Conclusión

Hermanos y amigos, no nos confundamos. La única forma de poseer la justicia que Dios demanda es al unirnos en fe con Cristo. Si dependes de alguna otra cosa, serás desilusionado. Cree completamente en Cristo. No te quedes a medias. Confía totalmente en su obra en la cruz. No pretendas agregar nada más a lo que Cristo hizo. Su sacrificio es suficiente para ti y para mí.

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