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Domingo 4 de Julio del 2004

Rasgos del triunfador: la templanza
Pastor Tony Hancock

Introducción

En los últimos años, la falta de lluvia ha producido una explosión de incendios forestales en el oeste norteamericano. Miles y millones de hectáreas han sido carbonizadas, con la destrucción de bosques, la ruina del hábitat de mucha fauna y grandes pérdidas económicas.

No solamente se pierden viviendas y otros edificios, sino que los gastos del gobierno en bomberos y equipo para combatir los incendios son muy altos también. El fuego descontrolado causa grandes pérdidas.

Este mismo fuego, sin embargo, fue uno de los mayores descubrimientos de la humanidad. Sin fuego, nadie podría vivir en las zonas frías del planeta; aun con todos nuestros avances técnicos, una gran parte de la electricidad que consumimos se genera en base al fuego - por la incineración del carbón.

¿Qué lección podemos sacar de esta ironía? Podemos ver que hay potencias que pueden ser grandemente dañinas o de gran utilidad, dependiendo del control que se tenga de ellos. Así es cada uno de nosotros. Dios nos ha dado poder - poder para influir sobre otros, poder para criar a nuestros hijos, poder para edificar o destruir.

Del control que tengamos sobre nuestro poder y sobre nuestros deseos depende nuestro propio bienestar y el bienestar de muchos más. La persona que triunfa ha aprendido a dominarse a sí misma. Ha aprendido el valor de la templanza.

Lectura: Proverbios 25:28

25:28 Como ciudad derribada y sin muro es el hombre cuyo espíritu no tiene rienda.

En los días antiguos, la ciudad que no se defendía contra sus enemigos pronto se encontraría invadida. Las ciudades se construían con una muralla gruesa y alta alrededor. Esto servía dos propósitos; obviamente, dificultaba la entrada del ejército invasor, pero también servía como plataforma para que los arqueros hicieran llover flechas sobre el enemigo.

Quizás la muralla defensiva más famosa del mundo es el Gran Muro de China. Esta muralla mide casi 6.500 Km de largo. Los emperadores chinos empezaron a construir muros 600 años antes de Cristo, pero el muro que hoy se conoce data del siglo XV.

Lo interesante del caso es que, aunque China fue invadida después de la construcción del muro, los invasores nunca la tuvieron que trepar. En cada ocasión, simplemente sobornaron a uno de los guardias para que los dejara entrar por algún portal.

La falta de templanza vuelve inútil cualquier preparación, cualquier defensa que tengamos. Si no hemos aprendido a controlarnos a nosotros mismos, no importa nuestra inteligencia, nuestro nivel de educación o nuestro nivel económico, estamos indefensos.

Por esto, podemos decir que la templanza es esencial para evitar el fracaso. Si tenemos muchas otras buenas cualidades, pero no sabemos como controlar nuestros impulsos, nuestras emociones y nuestros deseos, no nos sirve de nada.

Podemos tener mucho conocimiento bíblico, podemos asistir a muchas conferencias y conocer la Biblia al derecho y al revés, pero si no sabemos controlarnos, lo echaremos todo a perder. Podemos tener grandes habilidades para presentar el evangelio, pero algún momento de descontrol destruirá nuestro testimonio. Podemos enseñarles a nuestros hijos a temer al Señor, pero algún momento de ira los desilusionará.

La templanza es algo que todos tenemos que aprender, si queremos tener éxito en la vida. Es esencial para evitar el fracaso. ¿Cuál es el peor fracaso de todos? Es no alcanzar la salvación. La templanza es necesaria para conocer la salvación.

Esto lo notamos es un pasaje muy interesante en Hechos. Como parte de su proceso legal después de ser arrestado, Pablo compareció ante un gobernador llamado Félix. Pablo se defendió, explicando lo que realmente había sucedido. Félix suspendió la sesión, pero algunos días después, llegó para hablar privadamente con Pablo.

La vida de Félix y su esposa Drusila parece de telenovela. Es un cuento de pasión, de traición, de manipulación y deshonestidad. Drusila era judía, y había estado casada con un rey llamado Azizo. Luego, sin embargo, conoció a Félix; y ante su personalidad determinante y conquistadora ella se rindió.

Siendo aún adolescente, abandonó a su esposo para ser la tercera esposa de Félix. Azizo se había convertido al judaísmo cuando se casó con Drusila; Félix no lo hizo, aunque era pagano. Drusila había abandonado los valores de su juventud al ver la posibilidad de unirse a un hombre que parecía tener un gran futuro en la política. La promesa del poder y las riquezas bastaron para ella.

Félix, por su parte, no era ningún santo. De hecho, la Biblia nos dice que Félix esperaba recibir algún soborno de parte de Pablo; es una de las razones por las que hablaba con él. Ahora bien: estando ante esta pareja tan mundanal y tan interesada, ¿cómo presentaría Pablo el evangelio? ¿Les hablaría, quizás, del amor de Dios?

Veamos la respuesta en Hechos 24:24-25:

24:24 Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Jesucristo.
24:25 Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: Ahora vete; pero cuando tenga oportunidad te llamaré.

Pablo confronta a Félix y a Drusila con la realidad de que tendrán que responder por sus errores. Les comenta la realidad del juicio venidero. Juntamente les habla, precisamente, del dominio propio - es decir, la templanza, la cualidad que les hacía tanta falta.

Yo me pregunto: ¿por qué este tema, precisamente? ¿Por qué hablar del dominio propio en esta situación? Después de meditar el asunto, he llegado a la conclusión de que es, simplemente, porque la templanza es necesaria para conocer y valorar la salvación.

Pensemos, por un momento, en la parábola del sembrador. ¿Qué pasó con la semilla que cayó entre espinos? Crecieron otras plantas que ahogaron la pequeña planta de la fe. Esto representa a la persona que no puede rechazar los atractivos del mundo. No puede controlar sus propios impulsos, y sigue a sus pasiones en lugar de la Palabra.

Para que nuestra aceptación de la salvación sea verdadera y duradera, entonces, tenemos que aprender el dominio propio. Si llegamos a Cristo y creemos en El, pero lo hacemos con el corazón dividido y sin templanza, pronto nos encontraremos buscando la próxima novedad.

A veces temo que nos esforzamos tanto en presentar la salvación como un regalo gratuito - y gracias a Dios, ¡lo es! - que se nos olvida presentar el lado humano del asunto. Como vimos hace algunas semanas, la fe verdadera es la fe que persevera; y para perseverar, nos hace falta dominio propio.

Esto es difícil, porque vivimos en un mundo que no valora la templanza. Se nos dice que no debemos de reprimir nuestros deseos. El psicólogo Freud creía que muchos problemas psicológicos nacían de deseos sexuales reprimidos. Felizmente, sus teorías ya no son tan aceptadas hoy día.

Dios sabe lo que es mejor para nosotros, y El nos enseña a dominarnos a nosotros mismos. No podemos controlar las acciones de otros. Cuando tratamos de hacerlo, sólo nos metemos en problemas. No podemos controlar todas las circunstancias de nuestra vida. Si aprendemos a controlarnos a nosotros mismos, ya hemos ganado la batalla.

¿Cómo podemos aprender a dominarnos? ¿Dónde se aprende la templanza? Hallamos la respuesta en Gálatas 5:22-23:

5:22 Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
5:23 mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

Aquí aprendemos que la templanza es producto de la presencia del Espíritu.

Cuando permitimos que el Espíritu Santo domine nuestra vida, El produce en nosotros el fruto de su presencia - entre lo cual se encuentra la cualidad de la templanza. Cuando caminamos bajo nuestras propias fuerzas, nuestro nivel de dominio propio depende de nuestra disposición, de nuestro humor, de nuestra personalidad; cuando caminamos en el poder del Espíritu, tenemos una fuerza sobrenatural.

Antes que nada, para poder vivir en la templanza que el Espíritu trae, tenemos que darnos cuenta de que El está viviendo en nosotros. Si somos creyentes, tenemos la presencia del Espíritu Santo en nuestro ser.

En mi carro traigo varios mapas. En ocasiones me he perdido, y olvidándome de los mapas, he manejado en círculos. El mapa no me ayuda si se me olvida que lo tengo. De igual modo, si nos olvidamos de la presencia del Espíritu Santo, rara vez se anunciará.

Más bien, tenemos que recordar que El está presente en nosotros y pedir su ayuda. En ese momento que sentimos que vamos a perder el control, El está presente para ayudarnos a resistir - si pedimos su ayuda. En ese momento de tentación, El está presente para darnos la victoria - si pedimos su ayuda.

Aprendamos a depender de la presencia del Espíritu Santo para conocer la templanza. Si tratamos de controlarnos solos, encontraremos la frustración. Tenemos que aprender a depender de El.

Cuando digo aprender, me refiero a un proceso. Caminar en el Espíritu Santo no es algo que sucede de la noche a la mañana. Tendremos desafíos, tendremos fallas, pero si no nos desanimamos, aprenderemos a triunfar con su ayuda.

Conclusión

Nuestro Señor Jesús es el mejor ejemplo de la templanza. Muchas personas creen que el dominio propio significa nunca sentir emociones. Sólo tenemos que leer unas pocas páginas de los Evangelios para darnos cuenta de que nuestro Señor sentía emociones fuertes. Lloraba, se enojaba, hacia bromas, y de muchas otras formas mostraba emoción.

Más bien, la templanza es tener emociones perfectamente canalizadas y controladas. El Señor se enojó; pero no lo hizo, como nosotros, por razones equivocadas. Nosotros nos enojamos por algún agravio personal; Jesús se enojaba por las ofensas a su Padre.

Cuando aprendamos la templanza, no seremos seres sin emoción. Seremos, más bien, personas que se dejan mover por lo que mueve el corazón de Dios. Permitiremos que el Espíritu dirija nuestro pensar y nuestro actuar.

En lugar de que nuestro poder se desborde y destruya, seremos útiles, fructíferos, prósperos - y triunfadores.

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