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Domingo 16 de Diciembre del 2001

Tu mayor necesidad
Pastor Tony Hancock

Introducción

Era un día caluroso en julio del año 1505, y un viajero solitario caminaba hacia una aldea en Alemania. Al acercarse al pueblo, repentinamente el cielo se nubló, y empezó a llover a cántaros. Un rayo partió la oscuridad, y el hombre cayó al suelo. En su terror, gritó: ¡Santa Ana! ¡Socórreme! ¡Me haré monje!

Ese hombre que pidió socorro a un santo, luego repudió el culto a los santos. El que juró ser monje luego renunció el monasticismo. Un hijo leal de la iglesia católica, él luego destrozó la estructura del catolicismo medieval. Un siervo devoto del papa, luego identificó a los papas con el Anticristo.

Este hombre se llamaba Martín Lutero. Fue un gran Reformador, y las iglesias protestantes y evangélicas hallan sus principios en él, entre otros. Pero, ¿qué llevó a Lutero a tomar tales pasos? ¿Por qué se separó él de la iglesia en la cual había sido criado, arriesgando la vida por vivir algo diferente?

La respuesta la hallamos en los años de su experiencia como monje. Lutero tenía una fuerte conciencia de su propio pecado. Se le había enseñado que cada pecado tenía que ser confesado para que un sacerdote pudiera pronunciar la absolución, o de otra manera la persona llevaba la culpa de ese pecado a la tumba, y era condenado por ella. Lutero tenía un tremendo temor de quedarse con algún pecado no confesado - y pasaba horas en el confesionario repitiendo su vida entera. Luego, se preocupaba de confesar todo lo que pudiera clasificarse de pecado - a tal grado que se le dijo en una ocasión: mira, si tú esperas que Cristo te perdone, tienes que llegar aquí con algo que perdonar - parricidio, blasfemia, adulterio - en vez de tantos pecadillos.

Lutero buscaba una manera de estar seguro del perdón de Dios - y encontró esa manera en las páginas de la Biblia. La Biblia, que había sido ocultada por tantos siglos, volvió a tener un lugar central en la vida de millones de personas. La verdad que ella enseña - la verdad de la solución a nuestra mayor necesidad - transformó a Martín Lutero, y puede transformarte a ti también.

Lutero sabía cuál era su mayor necesidad - era encontrar a un Dios misericordioso. La gran noticia para nosotros es que tal Dios sí existe - y lo podemos conocer. Podemos encontrar la solución a nuestro peor problema - el problema del pecado. Veámoslo.

Lectura: Salmo 130

130:1 De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.
130:2 Señor, oye mi voz; estén atentos tus oídos a la voz de mi súplica.
130:3 JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?
130:4 Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.
130:5 Esperé yo a Jehová, esperó mi alma; en su palabra he esperado.
130:6 Mi alma espera a Jehová más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana.
130:7 Espere Israel a Jehová, porque en Jehová hay misericordia, y abundante redención con él;
130:8 Y él redimirá a Israel de todos sus pecados.

 

Hay tres preguntas relacionadas que podemos contestar en base a este pasaje. La primera pregunta es ésta: ¿Me hace falta la salvación? Lutero sabía muy bien que sí. Quizás haya algunas personas que hoy en día lo dudan. Hablaremos de eso en un momento.

La segunda pregunta: ¿Será posible encontrar la salvación? Y en tercer lugar: ¿Dónde puedo encontrar la salvación? ¿Dónde esta la salvación en realidad?

Tratemos de encontrar la respuesta a estas preguntas.

¿Me hace falta la salvación?

Leamos nuevamente los primeros tres versos de este Salmo. Nosotros no sabemos la situación ni el escritor de este Salmo. Podemos deducir, sin embargo, que fue una persona que tenía un hambre real de Dios.

Era una persona, en fin, que estaba conectada con la realidad. La pregunta que nos hemos hecho es ésta: ¿me hace falta la salvación? Hay millones de personas en el mundo actual que dirían que no. Piensan que no son ni peores ni mejores que la mayoría de los residentes de este planeta, así que ¿Por qué les haría falta ser salvos?

Pero la persona que es sensible a la realidad de Dios no piensa de esta manera. Esta persona se da cuenta que la medida no es con los demás, sino que es con Dios. Podemos compararnos con todo el mundo, y nos veremos bien - pero cuando nos comparamos con Dios, nos damos cuenta de que estamos muy lejos de él. Es entonces que nos damos cuenta de que realmente necesitamos la salvación, y que estamos perdidos sin Dios.

Por eso dice el salmista, "Elevo mi clamor desde las profundidades del abismo." No debemos de suponer que el autor estaba físicamente en un hoyo. Más bien, él se sentía como si estuviera al fondo de una fosa. Su espíritu estaba sumido en tinieblas, sin calor ni abrigo, oyendo las gotas de agua que caían incesantes de las paredes de su prisión.

Esa es la vida sin Dios. Sin Dios, no importa cómo nos llenemos la vida de pasatiempos, de parrandas, de posesiones, sólo estaremos engañándonos a nosotros mismos - porque realmente estamos en un abismo aislado, el abismo del yo.

La persona que no conoce a Dios puede estar viviendo una fiesta, pero está bailando sobre la cubierta del Titanic. Está en una situación peligrosa, y ni siquiera se da cuenta. ¿Cuál es la razón del peligro? El peligro es nuestro pecado. Dice el verso 3: Si tú, Señor, tomaras en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente?

Es por nuestra rebelión, nuestra desobediencia, que hemos sido separados de Dios. Y si no hubiera manera de recibir el perdón, entonces estaríamos condenados a pasar toda la eternidad metidos en ese pozo. No habría ninguna salida.

Entonces llegamos a la segunda pregunta:

¿Puedo yo hallar la salvación?

Encontramos la respuesta a esta pregunta en los versículos cuatro al seis. Dios es un Dios de perdón. En El se halla la misericordia.

Por eso, entonces, si nosotros queremos encontrar el perdón de Dios, la única respuesta es buscarla de él. Parece demasiado obvio - pero ¿cuántas personas buscan en otros lados? Piensan que por sus propios esfuerzos lo van a lograr - y entonces van de un lado a otro buscando la última novedad para sentirse un poco más cerca de Dios.

Finalmente, quizás, se desaniman - y abandonan las esperanzas de encontrar esa salvación, ese perdón, esa liberación que tanto anhelan. Pero ¡el problema es que lo han estado buscando donde no se puede encontrar!

El salmista sabía dónde buscarlo. Por ello, dice: Espero al Señor con toda mi alma, más que los centinelas la mañana. En vez de creer que la última técnica de meditación, o algún predicador famoso, o algún programa especial iba a darle lo que buscaba, sabía que sólo el Señor podía satisfacer sus anhelos más profundos.

Compara su anhelo del Señor con el deseo que tiene un guardián, un centinela, de que llegue la mañana. Se imaginan cómo se sentirá un hombre que tiene la tarea de proteger un edificio grande por la noche. Está cansado, y está oscuro, y cada ruido que se oye parece ser un ratero tratando de entrar. Sólo puede pensar en la cama que le espera en la casa cuando salga de su turno. Desea con todo su corazón que salga el sol, para terminar ya con su responsabilidad.

Así, dice el Salmista, deseo yo al Señor. Y ¿sabes qué? Si deseas encontrar esa paz del alma que buscas, si quieres tener esa seguridad que buscaba Martín Lutero de que tus pecados han sido perdonados y estás bien con Dios, entonces tienes que reconocer que la solución viene de él. Tienes que dejar de buscarla en otros lados. Tienes que anhelar a Dios, de todo corazón, porque entonces lo vas a encontrar.

La salvación es necesaria porque somos pecadores. La salvación es posible porque Dios es misericordioso. Pero hay una tercera pregunta:

¿Cómo se hace real la salvación?

Esta pregunta recibe su respuesta en los últimos versículos, los versos siete y ocho. Pero para entender esta respuesta, tenemos que darnos cuenta de que es solamente una respuesta preliminar. La razón que es preliminar tiene que ver con la fecha en que se escribió.

Según los eruditos, es probable que este salmo haya sido escrito unos cinco siglos antes de la venida de Cristo al mundo. Por esta razón, la esperanza es prospectiva. En otras palabras, mira hacia el futuro. El escritor llama a sus compañeros en la fe de Abraham a esperar en el Señor.

El mismo redimirá a Israel de todos sus pecados, dice el último versículo. Pero esta esperanza futura era todo lo que tenían estas personas de seguridad. Sabían que Dios lo haría, pero no sabían cómo ni cuándo.

Ah - pero nosotros tenemos una tremenda ventaja. Podemos saberlo cuando vemos el lugar en el Nuevo Testamento que se hace referencia a estas últimas palabras. Se encuentra en Mateo 1:21, en el anuncio del ángel a José. Al decirle qué nombre debía poner al niño, le dijo que sería Jesús - nombre que significa "Jehová salva" - porque "él salvará a su pueblo de sus pecados". Es una cita casi exacta del texto en griego del salmo que leíamos.

¿Qué significa todo esto? Significa que la esperanza del perdón que tenían los fieles del Antiguo Testamento se hizo realidad con la venida de Cristo al mundo. Lo que ellos sólo podían esperar, nosotros vemos como un hecho cumplido.

Cristo ya ha redimido a su pueblo. Redimir significa simplemente "comprar por un precio". Cristo pagó ese precio cuando derramó su sangre en la cruz por nosotros. El pagó el rescate para que nosotros pudiéramos ser librados de la condenación y el castigo de nuestros pecados.

En la persona de su Hijo Jesús, Dios ya redimió a su pueblo de sus pecados. Aquí está la solución al problema del alma de Martín Lutero, y de cualquier otra persona que busca a Dios de corazón. La salvación no depende de nosotros; no es algo que podamos ganar o perder. Es algo, más bien, que Dios ha hecho por nosotros. Dios ha redimido a su pueblo.

No podemos ganar, ni podemos perder la salvación. Sólo podemos aceptarla. Sólo podemos recibir, por fe, el beneficio de lo que Cristo hizo por nosotros. Sólo podemos dejar que la gracia de Dios entre en nuestro corazón, tomando la decisión de confiar en él.

La salvación se hizo real con la venida de Cristo Jesús al mundo. Con su llegada, Dios invadió el espacio y el tiempo de este mundo para establecer su reino. Con su vida, su muerte, y su resurrección, se hizo real nuestra redención. Y todo lo que tenemos que hacer es recibirlo.

Conclusión

Si te has dado cuenta de que necesitas la salvación, si reconoces que es posible porque Dios es un Dios de misericordia, y se deseas que esa salvación sea real en tu vida, expresa tu deseo a Dios en oración. El está tan cerca como el latido de tu corazón, y desea que recibas la realidad de una relación con él.

Haz una oración como la siguiente: Padre Dios, reconozco que soy pecador. Me doy cuenta de que no me puedo salvar a mí mismo. Creo que tú mandaste a tu único Hijo, Cristo Jesús, para que pagara con su muerte por mis pecados. Acepto personalmente su sacrificio en mi lugar, y le entrego a cambio mi vida, para que él me guíe y me transforme según su voluntad. Mándame, Padre, el Espíritu Santo para morar en mí. En el nombre de Cristo Jesús, amén.

Si oraste de corazón esa oración, puedes tener la seguridad de que la redención se ha hecho real en tu vida también. No depende de ti, de tus emociones, de tus sentimientos; descansa en la base firme de la obra de Cristo Jesús. Sólo El nos garantiza el perdón, la vida, y el favor de Dios.


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