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Domingo 2 de Mayo del 2004

Abel: la ofrenda que agrada a Dios
Pastor Tony Hancock

Dentro de muy poco celebraremos el día de las madres. En este día tan especial hay una cosa que nunca puede faltar. Me refiero al regalo hecho a mano por los niños. Los han visto, ¿verdad? Me refiero a las tarjetas con dibujos de figuras que no aparecen en la naturaleza y las manualidades que sólo son bellas a la vista de una madre.

Es una experiencia bonita para cualquier madre recibir un regalo hecho por uno de sus hijos. En la gran mayoría de los casos, sin embargo, no tiene nada que ver con la calidad del regalo mismo. Por lo general, son cosas que nunca se venderían en la tienda.

Más bien, el placer viene del amor que refleja el regalo. El cariño que manifiesta el regalo es su belleza. Yo me pregunto: ¿cómo podemos nosotros ofrecerle a Dios regalos que le complazcan? ¿Cómo podemos ofrecerle algo que le agrade?

Hoy conoceremos la historia de dos hombres. Uno de ellos supo agradar a Dios con su ofrenda, y el otro no.

Lectura: Génesis 4:1-16

4:1 Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: Por voluntad de Jehová he adquirido varón.
4:2 Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra.
4:3 Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová.
4:4 Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda;
4:5 pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante.
4:6 Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado, y por qué ha decaído tu semblante?
4:7 Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él.
4:8 Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y aconteció que estando ellos en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel, y lo mató.
4:9 Y Jehová dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y él respondió: No sé. ¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?
4:10 Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra.
4:11 Ahora, pues, maldito seas tú de la tierra, que abrió su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano.
4:12 Cuando labres la tierra, no te volverá a dar su fuerza; errante y extranjero serás en la tierra.
4:13 Y dijo Caín a Jehová: Grande es mi castigo para ser soportado.
4:14 He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará.
4:15 Y le respondió Jehová: Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara.
4:16 Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén.

Caín y Abel son, posiblemente, los hermanos más famosos de la historia. Encontramos el recuento de sus vidas aquí en el libro de Génesis inmediatamente después de la historia de la caída de Adán y Eva. La acción de Caín demuestra los efectos de la rebelión humana, el pecado, sobre las relaciones humanas.

Es fácil analizar a Caín. El pecado, aunque se viste de gran sofisticación y filosofías altisonantes, es aburridamente sencillo cuando se analiza. En este caso, encontramos los celos de Caín, celos por la preferencia que tuvo Dios por la ofrenda de su hermano. Estos celos lo llevaron a destruirlo.

Hay, sin embargo, otra pregunta mucho más interesante: ¿Por qué fue más aceptable la ofrenda de Abel que la de Caín? El texto no nos lo dice directamente. Simplemente nos dice que el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda.

Son varias las teorías del por qué. Algunos opinan que el problema fue la naturaleza de la ofrenda. Piensan que Abel ofreció un sacrificio de animales, con su sangre, que era lo que Dios quería. Caín, en cambio, según esta teoría, ofreció lo que quiso o lo que se le hizo más fácil - el fruto de la tierra.

Recuerdo muy bien haber aprendido esta teoría en la Escuela Dominical. A pesar de la buena calidad de los maestros de Escuela Dominical que tuve, y a pesar de la buena influencia que ha sido la Escuela Dominical sobre mi vida, creo que ellos se equivocaron en esto.

Para empezar, lo que ofrecieron Caín y Abel no fue un sacrificio, sino una ofrenda. Son cosas distintas, lo cual se refleja en el uso de diferentes palabras en hebreo. No estamos hablando, entonces, de sacrificios para el pecado, como los que se ofrecerían posteriormente bajo la ley de Moisés.

Dentro de la misma ley mosaica, que desde luego aún no existía en días de Caín y Abel, se podía dar ofrendas del fruto de la tierra. Sacrificios no; éstos tenían que ser de animales. Las ofrendas, en cambio, podían ser de animales o de plantas.

Además de esto, Dios aún no le había dicho a la humanidad qué clase de sacrificios quería. Fue miles de años después que Moisés dio a los israelitas las instrucciones exactas para los sacrificios.

Esperar que Caín y Abel supieran exactamente qué dar sería como una madre decirle a su hija: Tráeme algo para comer. La hija responde: ¿Qué quieres? La madre le dice, enojada: No sé, pero si no me gusta lo que me traes, te voy a pegar.

¿Qué tal? Ridículo, ¿no? Pero así de ilógico pintamos a Dios, si decimos que la ofrenda de Caín fue rechazada por su naturaleza. No se trataba de un sacrificio, sino de una ofrenda; y las leyes que gobernaban las ofrendas y los sacrificios todavía no se divulgaban.

Bueno, si no fue la naturaleza, quizás la calidad de la ofrenda de Caín fue deficiente. También se ha pensado que Caín trajo las sobras de su cosecha, lo menos servible y menos consumible. Buscó las frutas magulladas, los cereales con menos grano y las verduras con menos color para ofrecérselas al Señor.

El texto parece apoyar este concepto, ya que dice que Abel trajo lo mejor de su rebaño, mientras que tal declaración no se hace de Caín. Sin embargo, esta idea no resiste la reexaminación.

Cuando dice el verso 4, Abel también presentó al Señor lo mejor de su rebaño, nos da a entender que la ofrenda de Caín había sido de lo mejor. La palabra también no sería apropiada si Caín, en realidad, hubiese traído de lo peor. Se diría, más bien, en cambio.

Concluimos, entonces, que el problema con Caín tampoco estuvo en la calidad de su ofrenda. Al contrario; su actitud al ser rechazado por el Señor se parece al del niño caprichoso, que no entiende por qué no puede tener lo que quiere. Como el niño que, enojado, le dice a su padre: ¿Qué más quieres?, Caín se enoja ante el rechazo divino.

Si volvemos a leer los versos 4 y 5, podemos entender por qué rechazó Dios la ofrenda de Caín. No tenía que ver con la naturaleza de la ofrenda, ni tenía que ver con su calidad. De hecho, no tenía nada que ver con la ofrenda en sí, sino más bien con el que la traía. Leemos: El Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda.

El problema no estaba en la ofrenda sino en el corazón del que la traía. Dios no se disgustó con la ofrenda, sino con Caín; no se agradó con la ofrenda de Abel, sino con su corazón. Esto lo confirma el autor de la carta a los Hebreos, en su conocido listado de los hombres de fe.

Leámoslo en Hebreos 11:4:
"Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella."

Debemos de aclarar, antes de considerar el versículo, que la palabra griega que aquí se usa puede significar tanto sacrificio como ofrenda. ¿Qué nos dice acerca de la ofrenda de Abel? Nos dice que fue ofrecida con fe. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín. No fue por obedecer algún detalle de la ley; esa ley aún no existía. No fue por la calidad de la ofrenda; el peor hipócrita puede hacer una ofrenda muy esplendorosa.

No; la ofrenda de Abel fue agradable a Dios porque fue ofrecida en fe. Esto nos trae al pensamiento clave que quiero que recuerden en esta mañana: sólo por fe pueden ser aceptables nuestras ofrendas ante Dios.

La fe hace que nuestras ofrendas sean aceptables ante Dios. Jesús señaló a una viuda que dio sólo unos centavos, pero su fe la llevó a dar todo lo que tenía. Así dio más, ante los ojos de Dios, que los que habían llenado la alcancía de alhajas.

La razón es que la fe nos hace justos ante Dios. Leímos en Hebreos: Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo. Dios mismo testificó de la justicia de Abel, pues aceptó su ofrenda; y esta justicia fue resultado de su fe.

Sin fe, nosotros no podemos ser aceptables ante Dios. Por ende, cualquier ofrenda que pretendamos darle no será aceptable tampoco. Quítese de la cabeza, por favor, el pensamiento de que me refiero solamente al dinero que ponemos en el plato de la ofrenda. Esta es solamente una pequeña parte de las ofrendas que la Biblia nos llama a ofrecerle al Señor.

Hebreos 13:15, por ejemplo, nos habla del sacrificio de la alabanza: "Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre." Romanos 12:1 nos llama a entregar nuestros cuerpos en servicio a Dios como una ofrenda: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional." Estos sacrificios, sin embargo, sólo serán agradables si nacen de un corazón de fe.

Si no tenemos fe, nuestras ofrendas al Señor serán como las ofrendas que traen los gatos - ofrendas de ratones y pájaros muertos y deteriorados. En lugar de agradar, dan asco. Así también ve el Señor nuestras ofrendas, si no son producto de nuestra fe.

Quiero hablarte primero a ti que aún no conoces a Cristo. Quizás has pensado que Dios te aceptará porque has hecho buenas obras. Quizás crees que podrás entrar al cielo si tus obras de caridad son mayores a tus errores. Quizás te imaginas un juego de balanzas en la entrada del cielo, donde se compararán tus obras buenas con las malas.

¡Así no es la entrada al cielo! Más bien, la única forma de agradar a Dios es por medio de la fe. Antes de poder agradarle con las cosas que haces, tienes que poner tu confianza en él por medio de su Hijo. Si tú confías en Cristo para el perdón de tus pecados y le entregas el control de tu vida, serás agradable a Dios. En cambio, si no lo haces, podrás encontrarte en la situación de Caín - ofreciendo a Dios muchas cosas, pero sin el cambio de corazón que las hace aceptables.

Quiero también dirigirme a ti que eres creyente. Quizás en algún momento aceptaste a Cristo como tu Señor y Salvador, pero últimamente se ha apagado la llama de tu servicio al Señor.

No caigas en la trampa de Caín. Más bien, vuelve al corazón del asunto. Examina el estado de tu fe. ¿Estás confiando en Cristo a diario? ¿Estás caminando con él? ¿Nace tu servicio de tu confianza en que él obrará por medio de ti, o nace de tus sentimientos de culpabilidad?

Ninguna ofrenda será aceptable si no nace de la fe. Al contrario; el tratar de servir a Dios por cualquier otro motivo resultará en angustia, en frustración, en desilusión.

¿Dónde te encuentras en esta historia? ¿A cuál te pareces más - a Caín, o a Abel? Caín decidió ignorar la amonestación del Señor, cuando éste le dijo: ¿Por qué estás tan enojado? ¿Por qué andas cabizbajo? Si hicieras lo bueno, podrías andar con la frente en alto. Pero si haces lo malo, el pecado te acecha, como una fiera lista para atraparte. No obstante, tú puedes dominarlo.

No ignores el llamado de Dios. No dejes que el pecado te domine. Más bien, vive en fe - y el Señor te dará la victoria.

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