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Domingo 11 de Abril del 2004

El triunfo del crucificado
Pastor Tony Hancock

Nos hemos reunido en esta hora en que el sol empieza a alumbrar el cielo con sus rayos de bronce para celebrar la salida de otro sol, el Sol de justicia trayendo en sus rayos salud, en las inmortales palabras de Malaquías.

Me pregunto, sin embargo: ¿realmente llega la luz de Cristo a todos los rincones de la tierra? ¿Alumbra él cada vida, cada ciudad, cada nación? Los gobiernos desprecian cada día más el nombre de Jesús. La Unión Europea, con su gran historia de iglesias y de misiones, ha decidido excluir de su constitución cualquier mención de la influencia cristiana en la formación de su cultura. ¿Dónde está la luz?

En los Estados Unidos, más de un millón de niños no nacidos mueren cada año, víctimas de la conveniencia de su madre. Es más fácil en China hablar de Jesús dentro del sistema escolar que en los Estados Unidos. ¿Dónde está la luz?

En México se debate la legalización de la píldora de la mañana siguiente, pastilla que causa el aborto del embrión. En el Sudán, los cristianos son matados por sus compatriotas musulmanes en nombre de la religión. En miles de escuelas alrededor del mundo, se les enseña a los niños que no son más que animales. ¿Dónde está la luz?

Podemos bien hacernos esta pregunta. Es válida, cuando observamos la actualidad. Vamos a tratar de contestarla considerando dos preguntas más, que nos guiarán en nuestro análisis de un pasaje misterioso de la Biblia.

Lectura: Apocalipsis 12:1-17

12:1 Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas.
12:2 Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento.
12:3 También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas;
12:4 y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se paró frente a la mujer que estaba para dar a luz, a fin de devorar a su hijo tan pronto como naciese.
12:5 Y ella dio a luz un hijo varón, que regirá con vara de hierro a todas las naciones; y su hijo fue arrebatado para Dios y para su trono.
12:6 Y la mujer huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días.
12:7 Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles;
12:8 pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo.
12:9 Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.
12:10 Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.
12:11 Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.
12:12 Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. ¡Ay de los moradores de la tierra y del mar! porque el diablo ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo.
12:13 Y cuando vio el dragón que había sido arrojado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón.
12:14 Y se le dieron a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volase de delante de la serpiente al desierto, a su lugar, donde es sustentada por un tiempo, y tiempos, y la mitad de un tiempo.
12:15 Y la serpiente arrojó de su boca, tras la mujer, agua como un río, para que fuese arrastrada por el río.
12:16 Pero la tierra ayudó a la mujer, pues la tierra abrió su boca y tragó el río que el dragón había echado de su boca.
12:17 Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella, los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo.

Cuando registró estas palabras, Juan se hallaba prisionero en la Isla de Patmos. Como muchos de los otros apóstoles, había sido arrestado por su predicación del evangelio. No sólo él, sino la comunidad entera de creyentes estaba sufriendo grandemente a causa de la fe.

En medio de esta oscuridad, un ángel de luz llegó para darle un mensaje de esperanza. Juan fue levantado al cielo para ver desde la perspectiva celestial, y él comparte esta perspectiva con sus lectores. Al igual que ellos, podemos encontrar aquí respuestas a nuestras preguntas mediante la perspectiva divina sobre los sucesos terrestres.

La primera pregunta que nos viene a la mente cuando observamos el mundo actual es ésta:

I. ¿Es el diablo quien reina sobre la tierra?

Parece que el enemigo reina triunfante sobre la tierra. Acabamos de salir del siglo más sangriento que ha conocido la raza humana, y estos primeros tres años del nuevo siglo no nos inspiran mucha confianza de que el siglo XXI será diferente.

La sociedad parece ir de Guatemala a Guatepeor. La violencia invade aun a los pueblos más pequeños. Los jóvenes entregan sus sueños del futuro a cambio de una euforia pasajera inducida por las drogas. En nombre de la libertad de prensa, la pornografía sigue destruyendo mentes y hogares.

Aun dentro de la iglesia el enemigo parece vencer. Sus ataques no sólo vienen desde afuera, en forma de la persecución y la discriminación, sino desde adentro. Tiene sus colaboradores dentro de la iglesia, en muchos casos personas sinceramente cristianas que se permiten llevar por la lujuria, los celos o la envidia.

Cada vez que oímos que otro líder cristiano ha caído, parece que el enemigo está ganando la batalla. Cada vez que vemos a otra iglesia dividida por el chisme y la crítica, parece que Dios ya no está en control. Cada vez que nuestros hermanos nos decepcionan, parece que Satanás está por vencer.

¿Será está la realidad? ¿Es éste todo el cuadro? Nuestro pasaje nos enseña que no lo es. Es cierto que el gran dragón, el enemigo Satanás, libra una gran batalla; pero él ya ha sido vencido.

Enfoquemos nuestra atención en los versículos que hemos leído. Antes de considerar su significado, quiero que tomemos un momento para imaginar las figuras que nuestro autor nos presenta. Detrás de estas figuras hay realidades espirituales; pero no lograremos sentir su poder a menos que captemos las figuras primero.

En medio del cielo negro aparece, de repente, una mujer parada sobre la luna, vestida del sol y coronada con doce estrellas. La mujer está encinta, y grita con los dolores de parto. Aparece también un inmenso dragón, del color rojo más vivo que se pueda imaginar, con siete cabezas y diez cuernos, con una diadema en cada cabeza.

El dragón es tan poderoso que, con solamente mover la cola, arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y caen a la tierra. El dragón quiere detener el parto de la mujer; y se dispone a devorar al hijo que ella va a tener. Dios, sin embargo, arrebata al hijo y se lo lleva al cielo, mientras que la mujer huye para esconderse en el desierto.

En esto, llegan los ángeles con su líder, Miguel, para librar batalla contra el dragón. Por un momento, sólo se ven puntos de luz como cometas volando por el cielo; pero la batalla ya está decidida antes de empezar, y el dragón y sus secuaces caen a tierra como una gran bola de fuego.

¿Qué significan estas imágenes? La mujer representa al pueblo verdadero de Dios. Esto lo indican las doce estrellas que forman su corona, pues representan tanto a las doce tribus de Israel como a los doce apóstoles de la iglesia. Del pueblo de Dios surgiría el Rey de Reyes, y Satanás quería destruirlo a toda costa. Sabía que la llegada de este Rey sería su derrota.

Intentó de muchas formas matarlo: mediante la masacre de los niños inocentes en Belén, mediante la lapidación intentada de Jesús en Nazaret, y finalmente mediante la crucifixión de Cristo. De ninguna forma logró destruirlo, sin embargo, y Dios lo llevó al cielo, donde ahora reina a la diestra de su Padre.

Sucedió entonces una gran batalla entre los ángeles leales a Dios y los ángeles caídos. Hasta este momento, entendemos que Satanás podía entrar al cielo para acusar a los justos. Vemos, por ejemplo, que él así se acercó para acusar a Job. Ahora, sin embargo, él es expulsado para siempre del cielo mediante esta batalla. Ahora se encuentra confinado a la tierra.

¿Por qué, entonces, vemos tanta acción satánica sobre la tierra? Simplemente porque el Diablo sabe que le queda poco tiempo, y pretende causar el máximo daño posible. El diablo parece reinar sobre la tierra; pero ya está derrotado. Su destrucción final es sólo cuestión de tiempo.

Cual dragón descabezado, está en las agonías de la muerte; pero puede aun causar mucho daño. Mediante la mentira y las ideas falsas, mediante la tentación al pecado y mediante las pruebas, busca devorar al creyente. Quiere hacernos caer y, si fuera posible, quitarnos la salvación.

Lo cual nos lleva a la siguiente pregunta:

II. ¿Sigue el creyente bajo el poder de Satanás?

Es indudable que el enemigo busca destruirnos. Pedro nos dice que Satanás anda como león rugiente, buscando a quién devorar. Él busca nuestros puntos débiles para atacar nuestra fe, para tentarnos a pecar o para estorbarnos en nuestro servicio al Señor.

La Biblia llama a Satanás el padre de las mentiras. La mentira es una de las formas primordiales que él usa para destruirnos. Si él puede lograr que creamos falsedades, o por lo menos verdades parciales, él sabe que su trabajo ya está hecho.

¿Tiene Satanás aun poder sobre el creyente? Sólo si se lo damos; la verdad está declarada en los versos 10-12. El clamor que se levantó en el cielo refleja la realidad de la derrota de Satanás.

¿Cuál era el poder que Satanás tenía sobre nosotros? Ese poder era nuestra culpabilidad. Mientras seguíamos bajo el poder del pecado, mientras seguíamos cargando la carga de nuestra culpabilidad ante Dios, Satanás podía llegar en cualquier momento y acusarnos.

Cuando Cristo murió, sin embargo, nuestra culpabilidad fue quitada. Nuestros pecados fueron clavados en la cruz del Calvario, y ya no tenemos por qué llevarlos. Ha llegado la salvación, porque el acusador ha sido expulsado. Fue vencido por medio de la sangre del Cordero.

La victoria que ganaron los ángeles sobre Satanás y sus secuaces la ganaron en base a la sangre derramada del Cordero, la sangre que nos libera de nuestra culpa y del poder del enemigo. Lo vemos también en Colosenses 2:13-15:

2:13 Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados,
2:14 anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz,
2:15 y despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz.

Al anular la deuda que había en contra nuestra, Cristo desarmó a las autoridades y potestades demoníacas.

¿Sigue el creyente bajo el poder de Satanás? Terminantemente no, porque en la cruz, Cristo triunfó sobre Satanás al llevar nuestra condenación. Ya no queda nadie para condenarnos. Nuestro Juez, Jesucristo, llevó nuestra condenación y la pagó. Ya no queda acusador, pues el enemigo fue derrotado mediante el sacrificio de Cristo.

Ésta es la realidad del domingo de resurrección. Cristo reina, y él nos ha liberado del poder de Satanás. En él podemos vivir por encima del pecado, en él podemos resistir al enemigo, en él ya no tenemos por qué temer la muerte.

El 10 de febrero de 1973 fue un día triste en Kabale, Uganda. Tres hombres serían ejecutados por pelotón, y el pueblo había sido ordenado a llegar al estadio para ser testigos de la ejecución. La muerte impregnaba el ambiente. Una multitud silenciosa de tres mil estaba presente.

Uno de los líderes cristianos del pueblo había recibido permiso para hablar con los hombres antes de que murieran, y trajo consigo a dos ministros. Los guardias trajeron a los hombres esposados. El pelotón estaba preparado.

El ministro cuenta: Al acercarme al centro del estadio, me preguntaba qué decir. ¿Cómo podía presentar el evangelio a estos hombres condenados que probablemente ardían de ira? Llegamos a ellos, y cuando dieron la vuelta para mirarnos, fue increíble. Sus caras mostraban un esplendor radiante.

Antes de que empezáramos a hablar, uno de ellos dijo: Hermano, ¡gracias por venir! Quiero decirle que el día que me arrestaron, allí en mi celda, le pedí al Señor Jesús que entrara en mi corazón. ¡Él entró y perdonó todos mis pecados! El cielo está abierto, y ¡no hay nada entre mi Dios y yo! Por favor, dígales a mi esposa y a mis hijos que voy a ir a estar con Jesús. Dígales que lo acepten en sus vidas, como yo lo hice.

Los otros dos hombres contaron historias similares, levantando las manos en su entusiasmo, entrechocando las esposas. Yo sentía que debía de hablar con los soldados, no con los condenados. Traduje entonces lo que habían dicho los prisioneros a un idioma que entendían los soldados.

Éstos se quedaron con las armas amartilladas y una expresión de confusión en las caras. ¡Estaban tan pasmados que se les olvidó poner las capuchas sobre las cabezas de los condenados! Los tres hombres enfrentaron el pelotón como grupo. Miraron hacia el pueblo y empezaron a saludarles con la mano, esposas y todo. El pueblo también los saludaba. Entonces se oyeron los disparos, y los tres estaban con Jesús. Allí estábamos nosotros frente a ellos, nuestros corazones latiendo de gozo, mezclado con lágrimas. Era un día inolvidable.

Aun muertos, los hombres hablaron con voz fuerte a todo el distrito. Hubo un resurgimiento de la vida en Cristo, que enfrenta la muerte y la derrota. El siguiente domingo, muchos se entregaron al Señor al oír el testimonio de estos hombres.

Ésta es la victoria de Cristo. Éste es el triunfo del crucificado. Lo más increíble es que, por fe, ¡tú y yo lo podemos compartir! Por lo tanto, ya no vivamos vencidos. Vivamos en la victoria que Cristo nos ganó, buscando su poder para vencer las tentaciones del enemigo y recordando que él ya no tiene ningún poder sobre nosotros.

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