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Domingo 4 de Abril del 2004

¿Cuál Cristo?
Pastor Tony Hancock

Era el día que tanto tiempo habían esperado. Las madres habían enseñado a sus hijos las palabras del antiguo profeta: Mira, tu rey viene hacia ti, justo, salvador y humilde. Viene montado en un asno, en un pollino, cría de asna (Zacarías 9:9).

Sobre todo, desde que los crueles romanos habían establecido su gobierno sobre el pueblo de Dios - haciendo sacrificios, en una instancia, a uno de sus falsos dioses dentro del templo mismo - los judíos habían soñado con la llegada del rey que lo solucionaría todo.

Al fin, ¡ese rey estaba llegando! El profeta llamado Jesús, de quién se había oído tanto por sus milagros y sus enseñanzas, finalmente estaba llegando a la capital. Venía montado sobre un asno, en cumplimiento consciente de la profecía de Zacarías, en declaración visible de paz y de victoria.

Venía seguido de una multitud, como siempre. Adondequiera que fuera, siempre le acompañaba una multitud. Ahora, sin embargo, otra multitud salió a su encuentro. Los pobladores de Jerusalén, emocionados por lo que veían, cortaban las verdes ramas de los árboles para hacerle una alfombra de bienvenida al Señor. Otros tendían sus mantos sobre el camino.

Todos gritaban alabanzas al que venía para liberarlos. Bajo el cielo azul de Palestina, con el verdor del Monte de los Olivos como trasfondo, en el ascenso a la ciudad donde Dios tenía su templo, todos daban una alegre bienvenida a su Señor y Salvador.

Menos de una semana después, sin embargo, bajo un cielo que los rayos solares apenas tocaban, la multitud gritaba algo distinto. En lugar de gritar ¡Hosanna! al Hijo de David, sus bocas se llenaron de otra reclamación: ¡Crucifícale! -gritaron.

¿Por qué el cambio? ¿Por qué la diferencia? ¿Por qué una transformación tan grande - y tan negativa? Y aun más importante - ¿podríamos nosotros cometer el mismo error que ellos?

Tengamos en mente estas preguntas al leer el pasaje de hoy.

Lectura: Mateo 21:1-11

21:1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos,
21:2 diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos.
21:3 Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará.
21:4 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
21:5 Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
21:6 Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó;
21:7 y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima.
21:8 Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino.
21:9 Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
21:10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
21:11 Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.

Consideremos, en esta mañana, a los diferentes personajes que aparecen en la historia. En primer lugar, encontramos que

I. Jesús se revela

En las palabras y las acciones de Jesús encontramos su más clara indicación, hasta este momento, de su propia conciencia de su misión y su persona. En repetidas ocasiones, Jesús pidió a las personas que habían visto su poder que lo mantuvieran secreto.

En Mateo 8:4, por ejemplo, luego de curar a un leproso, le dice: No se lo digas a nadie. Todavía no era el momento para la revelación de Jesús. Él aún debía mantener un velo sobre su identidad, para que el pueblo no lo aclamara como rey antes de que hubiera terminado su ministerio público.

De igual modo, bajando del monte de la transfiguración con sus discípulos, él les dice: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del hombre resucite (Mateo 17:9). Ellos acababan de ver a Jesús mostrado en su gloria, reluciente como el sol, pero Jesús sabía que, si se divulgaba la noticia de su identidad, el pueblo ansioso por encontrar liberación de Roma lo aclamaría como rey.

Finalmente había llegado la hora para que Jesús se revelara como Rey y Salvador. El siempre había estado conciente de su misión. Jesús estaba en control de todo el progreso hacia la cruz. Él sabía que iba hacia la muerte. Poco antes, les había dicho a sus discípulos: El Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28).

Ha llegado el momento para entregar su vida. Jesús deliberadamente pone en marcha los eventos que llevarán a su crucifixión, siguiendo el plan que había hecho con su Padre desde la eternidad. Al revelarse como Rey, sabía que llegaría una confrontación con las autoridades. Sabía que sólo por su muerte ganaría la victoria decisiva sobre sus enemigos, pues él había venido a conquistar, no a los romanos, sino al pecado y a la muerte.

En su revelación como Rey, Jesús nuevamente demuestra con claridad su naturaleza divina. Había mostrado su autoridad sobre la creación cuando calmó el mar tempestuoso. Ahora toma un burrito que nunca había sido montado para su entrada en Jerusalén. Este burrito indomado camina tranquilo bajo el mando del Rey de la naturaleza, mostrando que él sabía aun mejor que la multitud a quién cargaba.

Jesús se revela de acuerdo a la Escritura, a Zacarías 9:9. Muestra con sus acciones que es el Rey esperado por el pueblo de Dios, el Señor humilde que viene en son de paz, no de guerra.

¿Cómo se recibe a este Rey? Veamos cómo

II. El pueblo responde

Con el entusiasmo que muestra el pueblo éste indica sus grandes esperanzas de Jesús. Dentro del contexto judío, este evento no era completamente inaudito. Casi dos siglos antes, se había recibido similarmente al héroe judío Simón Macabeo. Las primeras décadas de la era cristiana se destacaban, entre los judíos, por la cantidad de revolucionarios que se levantaban, pretendiendo librar al pueblo de la opresión romana.

El pueblo, entusiasmado por la liberación que esperan, recibe a Jesús con gritos de alabanza. El grito ¡Hosanna! significa salve, y se usaba como una expresión de alabanza. La multitud gritaba exaltando al Rey que venía, declarando una verdad que ellos mismos no reconocían, proclamando que sólo él podría salvar.

Declararon, aun mejor de lo que sabían, la grandeza de Jesús. ¿Por qué, entonces, fueron capaces dentro de algunos pocos días de exigir la crucifixión de este mismo hombre? ¿Cómo pudieron rechazar al mismo Señor que con tanta emoción habían recibido pocos días antes?

La respuesta está en reconocer que el Cristo que ellos esperaban y al que dieron la bienvenida no fue el mismo Cristo que venía montado sobre el burrito. Ellos esperaban a un Cristo que les daría lo que ellos deseaban - liberación de la opresión política de Roma, independencia política y prosperidad económica. El Cristo que se vino a ofrecer tenía otra misión - una misión de salvación espiritual.

Me pregunto cuántas personas hoy en día buscan a un Cristo distinto al que vino montado sobre aquel burro. Buscan a un Cristo que les dará salud, dinero, sanidad emocional o cualquier otra cosa que desean. Incluso pueden encontrar predicadores que les prometen todas estas cosas. Su desilusión será grande.

Cuando el pueblo judío se dio cuenta de que Jesús no iba a darle lo que deseaba, se volvió en su contra y pidió su muerte. Su desilusión al entender que no iba a recibir lo que quería se convirtió en odio, y las personas fácilmente se convirtieron en cómplices de los que planearon la muerte del Señor.

Pero hay una gran nota de esperanza aquí. Siete semanas después, cuando Pedro dio su gran sermón en el día de Pentecostés, él mismo les dijo: Sépalo bien todo Israel que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías. El texto nos dice que, cuando oyeron esto, todos se sintieron profundamente conmovidos y les dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Hermanos, ¿qué debemos hacer? (Hechos 2:36,37).

Al ser confrontados con su error, se arrepintieron y se unieron al nuevo pueblo de Dios, la iglesia, que se estaba formando. En el cielo veremos las caras de algunas de las personas que gritaron ¡Crucifícalo!

De no ser así, no habría esperanza para ninguno de nosotros. Estoy seguro que cualquiera de nosotros habría hecho lo mismo que los judíos en aquella ocasión. Nosotros no somos mejores que ellos. El pueblo judío simplemente muestra en microcosmo el carácter de toda la raza humana.

Por lo mismo, nos muestra también la salida, si hemos caído en la trampa de construir otro Cristo. Mediante el arrepentimiento, al entender quién es el Cristo que se revela en la Biblia, nosotros también podemos encontrar, como ellos, la salvación.

Quizás en esta mañana te encuentras aquí y nunca has recibido a Cristo como tu Señor y Salvador. Probablemente has sabido acerca de Jesús, pero nunca llegaste a entender que él quiere entrar en tu vida para transformarte.

Hoy mismo puedes invitar a Cristo a entrar en tu corazón, dándole la bienvenida como lo hicieron los habitantes de Jerusalén - pero esta vez con entendimiento, comprendiendo a quién recibes. Así gozarás de su presencia y de la salvación que él te ganó con su muerte en la cruz.

Puede ser que ya conozcas a Jesús, pero tengas ideas incorrectas acerca de él y lo que espera de ti. Considera: ¿estás esperando de Jesús cosas que nunca te ha prometido? ¿Estás proyectando tus propios deseos sobre él, o has escudriñado las Escrituras para aprender lo que puedes esperar de él, y lo que él espera de ti?

Aprendamos en este domingo de ramos a recibir a Jesús con gozo y con alabanza, pero recibamos al Cristo que vino en la realidad, y no a una proyección de nuestros deseos.

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