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Domingo 2 de Diciembre del 2001

El gozo de la disciplina
Pastor Tony Hancock

Introducción

A todos nosotros se nos enseña, de alguna u otra manera, que la manera de encontrar la felicidad es poder hacer lo que a uno le dé la gana. Esta es la idea de la libertad que el mundo nos da, y su lado opuesto es la disciplina.

Esta idea encuentra su expresión en muchos lugares. Por ejemplo, en el trabajo, nos resistimos a que alguien nos diga qué hacer. Un joven había empezado un nuevo trabajo, y estaba haciendo una labor. Se le acercó un trabajador mayor, y le mostró cómo hacerlo de una manera mucho más rápida. "Bueno, por supuesto", dijo el muchacho, "si lo quieres hacer de esa manera." Con eso daba a entender que él prefería su modo de hacerlo, aunque fuera mucho más ineficiente.

¿Cuántas veces nos portamos así también?

Lo vemos también en el hogar. A muchos padres se les ha dicho que no deben de disciplinar a sus hijos, porque entonces les destruirán la personalidad. Pero existe una diferencia entre el carácter y la personalidad; los padres deberán respetar la personalidad de sus hijos, pero la disciplina se hace para la formación del carácter. Y la generación que ha crecido sin disciplina ahora se encuentra muy falta de carácter.

Creemos que la disciplina es adversa a nuestra felicidad, pero tenemos que preguntarnos: ¿un campo que no es labrado recibirá buena cosecha? ¡Claro que no! ¿Es buena una explosión de gasolina? ¡Sólo cuando sucede bajo control dentro de un motor! ¿Se oye bien una guitarra con las cuerdas libres y sueltas? ¡Por supuesto que no! Todas estas cosas tienen que estar bajo control - tienen que ser disciplinadas - para rendir.

Y de igual manera, nuestro carácter tiene que ser disciplinado, si queremos ser útiles - y si queremos alcanzar la satisfacción y la felicidad real.

Esta mañana, vamos a ver cómo se aplica esta idea primero a nuestra familia, como padres, y luego cómo se aplica la disciplina a nuestra vida personal. La idea básica que lo resume todo es ésta: La disciplina es buena porque Dios la hace.

Podemos verlo, por ejemplo, en Proverbios 3:11-12.

3:11 No menosprecies, hijo mío, el castigo de Jehová, Ni te fatigues de su corrección;
3:12 Porque Jehová al que ama castiga, Como el padre al hijo a quien quiere.

Dios disciplina a los que ama. El es un buen Padre, porque se interesa en formar el carácter de los que son sus hijos. Vemos, entonces, que el padre humano deberá disciplinar a sus hijos para desarrollar un carácter sabio en ellos.

Es posible que muchos de nosotros no hayamos conocido la verdadera disciplina. Quizás no conocimos a nuestros padres, o ellos no supieron disciplinarnos, y por eso nos encontramos perdidos cuando se trata de disciplinar a nuestros propios hijos.

Pero Dios nos enseña en su Palabra cuál es su plan para la familia, y nos dice cómo es la verdadera disciplina.

Tenemos que entender, en primer lugar, la diferencia entre la disciplina y el abuso:

La disciplina se hace en amor

Leamos Proverbios 13:24.

13:24 El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo ama, desde temprano lo corrige.

Aquí nos habla de corregir y disciplinar, y nos dice que el que ama a su hijo lo disciplina. Es decir, la verdadera disciplina siempre es una respuesta de amor.

La realidad es que hay pocos padres que realmente saben disciplinar. La mayoría, más bien, castigan a sus hijos para desquitarse. Llegan a un punto de estar enojados, se sienten frustrados con sus hijos, entonces empiezan a gritarles, los golpean o los castigan de alguna otra manera.

Esto realmente llega muy fácilmente al abuso. Porque La disciplina siempre se hace en amor para el bien del niño; el abuso se hace con enojo para satisfacción del padre.

Padres, piensen en la manera en que disciplinan a sus hijos. Cuando lo hacen: ¿Es porque ya se sienten frustrados, porque ya no los soportan, porque están enojados y quieren desquitarse? Si es así, no se atrevan a llamarlo disciplina. La disciplina siempre se hace en amor.

Si no te duele a ti castigar a tu hijo, entonces no es disciplina. Si lo disfrutas, si te quita la rabia, ten mucho cuidado - puedes estar abusando en vez de disciplinar. La disciplina tiene que ser un acto de amor.

Porque:

La disciplina se hace para formar carácter

Veamos lo que nos dice Proverbios 22:15.

22:15 La necedad está ligada en el corazón del muchacho; mas la vara de la corrección la alejará de él.

Oigan bien lo que dice este proverbio: cada niño tiene necedad en su corazón. Los niños no son unos pequeños angelitos. Son pecadores como nosotros; y si te fijas en su manera de ser, realmente son muy egoístas.

La disciplina tiene el propósito de formar dentro del niño un carácter de integridad, de obediencia, de consideración y no de rebeldía o egocentrismo.

Quizás Ud. sembró tomates en su jardín este año. El tomate es una fruta muy saludable y rica, y las plantas rinden muy bien si se cuidan. Pero ¿qué pasa si uno no pone estacas o moldes de alambre alrededor de las plantas? Se caen, y las frutas se pudren en el suelo. No dan el fruto que podrían dar. La disciplina sirve el mismo propósito. Da forma y estructura a la vida, para que el niño llegue a ser una persona productiva, una persona de bien.

Pero debemos de explicar algo más. Aquí se refiere a la vara de la disciplina. No debemos de pensar que esto significa que tenemos que azotar a los niños para que nos presten atención. Puede estar bien darles sus nalgadas de vez en cuando, pero eso debe de ser algo no muy común. Debe ser el último recurso. Aquí la vara es la vara del pastor de ovejas. Un pastor de ovejas no se las pasa dándoles golpes a su rebaño, aunque quizás lo haga de vez en cuando; usa la vara para jalar al animal que se extravía, para tocar a los animales y llamar su atención, para mostrar el camino.

De igual manera, la vara de disciplina que usa el padre sabio no es la costumbre de golpear a su hijo cada vez que desobedece; es más bien darle explicaciones, mostrarle con su vida cómo debe de vivir, poner límites y normas de comportamiento, y castigar sólo cuando el niño se muestra rebelde. El castigo debe reservarse para esas ocasiones cuando se le dice al niño repetidas veces, y el niño se rehúsa a oír. No debe usarse cuando el niño hace algo accidentalmente, o simplemente se porta como un niño - porque es un niño.

Podemos aprender cómo disciplinar cuando vemos las características de la disciplina de Dios en nuestras vidas. La disciplina es buena, en fin, porque Dios la hace. Y ahí hay un mensaje para todos nosotros.

El Padre celestial nos disciplina, y nos conviene acatar a su instrucción

El autor de la carta a los Hebreos hace hincapié en este punto en el capítulo 12:5-11.

12:5 y habéis ya olvidado la exhortación que como a hijos se os dirige, diciendo: Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él;
12:6 Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo.
12:7 Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?
12:8 Pero si se os deja sin disciplina, de la cual todos han sido participantes, entonces sois bastardos, y no hijos.
12:9 Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos?
12:10 Y aquéllos, ciertamente por pocos días nos disciplinaban como a ellos les parecía, pero éste para lo que nos es provechoso, para que participemos de su santidad.
12:11 Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados.

Aquí nos dice dos cosas acerca de la disciplina que recibimos de la mano de Dios:

La disciplina de Dios es una respuesta de amor

Miren el verso 6. Cuando Dios nos disciplina, es porque él nos ama. Como personas que han creído en Cristo y han sido adoptados como hijos de Dios, podemos tener la seguridad de que Dios nunca hará nada en nuestra vida para que suframos, porque él está enojado con nosotros o algo así.

Más bien, cuando sufrimos, es porque él nos ama. El lo hace por nuestro bien. Dijo una vez C. S. Lewis: Dios nos susurra en nuestro placer; él nos habla en nuestro trabajo; él nos grita en nuestro dolor.

Y la realidad es que nosotros crecemos y aprendemos cuando estamos sufriendo. El amor de Dios no sólo se expresa cuando estamos viviendo a gusto, cuando nos sentimos bien, cuando estamos colmados de bendiciones; el amor de Dios nos llega también cuando sufrimos, cuando dolemos, cuando sentimos que él no nos ve.

Y él lo hace por nuestro bien. Él lo hace porque nos ama. Él quiere lo mejor para nosotros - y a veces lo mejor es algo de dolor.

Ahora, debemos de definir a qué nos referimos cuando hablamos de la disciplina de Dios. Podríamos pensar que se refiere a algún sufrimiento que resulta de nuestro pecado. A veces puede ser así. Pero muchas veces la disciplina de Dios consiste en cosas que nosotros no hemos merecido. Puede ser la persecución, puede ser el sufrimiento, puede ser el costo de obedecer a Dios. La verdad es que cuesta la obediencia. Cuesta hacer lo que Dios quiere, cuando todos los que nos rodean van en la otra dirección. Cuesta obedecer, cuando nuestra carne y nuestras emociones gritan por otra cosa. Pero en esa obediencia costosa aprendemos la madurez, y nos acercamos a Dios.

Vemos el caso de Job, quien sufrió tantas cosas que no se merecía - perdió su familia, perdió sus posesiones, hasta perdió la salud - pero al fin de todo esto, llegó a decir: De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos (Job 42:5). Fue sólo a través de su dolor y su pérdida que él llegó a experimentar la presencia de Dios.

Y este es el propósito de la disciplina de Dios:

La disciplina de Dios tiene el fin de formar nuestro carácter

Lo vemos en el versículo 10. Aquí vemos que la disciplina de nuestros padres humanos, por más buena que haya sido, nunca fue perfecta. Pero la disciplina de Dios es mucho mejor, y es con un fin más elevado; Dios nos disciplina para que podamos compartir algo de su carácter, de su santidad, de su perfección. Él nos disciplina para que aprendamos a amar, a perseverar, a trabajar como él lo hace.

Y por esto, cuando nos encontramos presionados, tentado, sufriendo por hacer el bien, no pensemos que algo raro nos ha pasado. No creamos que no estamos viviendo la vida cristiana como se debe de vivir. Porque la realidad es al revés: si no estamos pagando un precio por ser cristianos, entonces es muy dudoso que realmente lo seamos. Jesús nos mandó a considerar el costo de seguirlo; si no hay costo, no lo estamos siguiendo.

Dios nos disciplina porque quiere formar nuestro carácter, para que nos acerquemos a él.

Un día, un niño estaba jugando con su barquito de juguete. De repente, el barco se empezó a alejar de la orilla de la laguna donde se encontraba. Para sorpresa del niño, un hombre que estaba allí comenzó a tirar piedras hacia la lancha. ¿Por qué estará tratando de hundir mi juguete? se preguntó. Pero luego se dio cuenta de que el hombre no le tiraba al juguete, sino más allá de él, y que las ondas que emanaban de la piedra iban empujando al barco hacia la orilla.

De igual manera, podemos sentir que Dios nos está tirando piedras. Pero la verdad es que él las está usando para acercarnos a él. Su deseo es que la disciplina nos lleve corriendo a sus brazos, donde podremos refugiarnos y estar a salvo.

Conclusión

¿Cómo responderás a la disciplina? ¿Serás un padre o una madre que disciplina en amor a sus niños? ¿Te someterás a la disciplina de tu Padre celestial? La disciplina no es algo negativo, así como el mundo nos dice; es el camino a una vida de gozo y tranquilidad. Aceptemos y amemos la disciplina, por el fruto que nos trae.


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