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Domingo 7 de Diciembre del 2003

¿Oír u obedecer?
Pastor Tony Hancock

Sucedió en cierta ocasión que el gobernador de un estado estaba en gira de campana buscando la reelección. Llegó hambriento y cansado al día de campo de una iglesia. Ya era tarde, y el gobernador no había almorzado. Mientras progresaba por la cola donde se servían los invitados, llegó al lugar donde se repartía el pollo frito. El gobernador extendió su plato, y la señora que lo atendía puso una pieza sobre el plato y volteó hacia el siguiente invitado.

Disculpe, digo el gobernador, ¿me podría dar otro pedazo de pollo? Lo siento, replicó la mujer, sólo puedo dar una pieza de pollo a cada persona. Pero estoy muerto de hambre, le dijo el gobernador. Lo siento, le dijo la mujer, sólo una pieza por persona. En eso, el gobernador decidió que era tiempo de dar a conocer quién era.
- ¿Sabe usted quién soy yo? le preguntó a la mujer. Soy el gobernador de este estado.
- ¿Sabe usted quién soy yo? le replicó la mujer. Soy la encargada del pollo. Siga adelante, por favor.

Esta señora sabía lo que se le había dicho que hiciera, y nadie iba a hacerle cambiar. Las instrucciones que le habían sido dadas, de dar sólo una pieza de pollo a cada invitado, las iba a seguir, aunque el mismo gobernador del estado le dijera algo distinto.

Nosotros también hemos recibido instrucciones de nuestro Señor. Me pregunto cuántos de nosotros nos esmeramos en seguir esas instrucciones como aquella señora se esmeró en seguir las suyas.

Veamos lo que Jesús nos dice tocante a este asunto.

Lectura: Lucas 6:46-49

6:46 ¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?
6:47 Todo aquel que viene a mí, y oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién es semejante.
6:48 Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca.
6:49 Mas el que oyó y no hizo, semejante es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento; contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó, y fue grande la ruina de aquella casa.

Jesús nos hace la pregunta: ¿Por qué me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que digo? Piensa por un momento en lo que significa la palabra "Señor". Habla de una persona que tiene autoridad sobre nosotros. Es el jefe, el que manda, el mero mero.

Pero, ¿qué pasa cuando le decimos a Jesús Señor, pero no obedecemos lo que él nos manda? Bueno, nos parecemos al muchacho que encontró una tarjeta que decía "Eres la única para mí" y le gustó tanto que compró suficientes para darles a todas sus novias. Las palabras no concuerdan con los hechos.

Vemos, entonces, que

I. La sumisión está en seguir, no en asentir

Jesús nos dice, ¿Por qué me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que digo? No es suficiente decir al Señor que lo amamos o lo adoramos. Tampoco es suficiente sólo prestar atención a lo que él dice. La obediencia se tiene que sumar a la audición.

Carlos Swindoll da un ejemplo de esto en uno de sus libros. Cuenta la parábola del presidente de una compañía que tiene que viajar fuera del país por un tiempo extendido. Convoca a sus empleados y les dice: Miren, voy de salida. Mientras esté fuera, quiero que se encarguen del negocio. Manejen todo lo que se presente en mi ausencia. Yo les escribiré regularmente para darles instrucciones acerca de lo que deben de hacer hasta que vuelva. ¿Todos están de acuerdo? Y todos dijeron que sí.

Se va el presidente, y está fuera por un par de años. Durante ese tiempo, escribe con frecuencia, comunicando sus deseos para la compañía y sus preocupaciones. Al fin, regresa. Llega a la puerta principal de su compañía y descubre que todo es un desastre. Parece zona de guerra. Las malas hierbas crecen donde antes había flores, las ventanas en frente del edificio están quebradas, la recepcionista está dormida, hay música fuerte tocando en varias oficinas y dos o tres empleados jugando baraja en el cuarto de atrás. En lugar de ganar dinero, el negocio ha sufrido una gran pérdida de finanzas y de clientes.

De inmediato llama a todos los empleados y les pregunta, con el ceño fruncido: ¿Qué pasó? ¿No recibieron mis cartas? Todos responden: Claro, recibimos todas sus cartas. Incluso las forramos con cuero para hacer un libro de presentación. Varios de nosotros los tenemos memorizados. Cada domingo, nos reunimos para un "estudio de cartas". De veras, esas cartas son magníficas. Gracias por escribirnos.

Entonces el presidente pregunta: ¿Pero qué hicieron con mis instrucciones? Y los empleados responden: ¿Qué hicimos? Bueno, no hicimos nada. ¡Pero las leímos todas!

¿Creen ustedes que ese jefe vaya a estar contento? ¿Creen que se conformará con que se dé lectura a sus cartas? No lo creo. No basta con oír, ni con apreciar, ni con decir que está bien. Nuestro compromiso con Cristo no se mide según las veces que pronunciamos su nombre, ni según las veces que leemos su Palabra o el gusto que nos da. No, la obediencia es la evidencia de nuestro compromiso con Cristo.

A veces venimos a la iglesia y nos sentamos en el asiento con esa cara que dice tan claramente: aliméntame. Si el sermón estuvo interesante o el pastor nos contó un buen chiste, decimos: hoy sí me alimenté. Si no nos gustó, o de repente nos cayó una pedrada, decimos: algo le pasó al pastor ahora. Creo que no oró, o no buscó la unción.

Pero en todo esto: ¿qué cambia? ¿Qué transformación hay? ¿Cuánto nos esforzamos en poner en práctica lo que oímos? ¿Cuánto piensas en lo que oíste el domingo? ¿Cuánto te esfuerzas en ponerlo en práctica? ¿Vienes para que te entretengan, o para ser transformado?

La verdad es que no te sirve de nada sólo oír.

II. El éxito está en obedecer, no en oír

Jesús habla de dos hombres. Los dos construyen su casa, pero uno de ellos es precavido y trabajador. Antes de subir las paredes, escarba para hundir una buena fundación. Se demora para asegurarse de que todos los cimientos queden bien. El gasto es más alto y el esfuerzo mucho mayor, pero la fundación queda maciza.

El otro hombre ve que el día está soleado, la brisa es muy suave, y quiere tener su casa terminada ya para irse a la playa. ¿Para qué lidiar con todo eso de poner fundación? ¡Aquí no se ha sabido que haya mal tiempo! Mejor decide poner las paredes de una vez, colocar el techo - y ¡listo! La casa está.

Se ríe de su vecino, que apenas está terminando la fundación de su casa, y se va a la playa para disfrutar con la familia. A fin de cuentas, sólo se viva una vez. ¡Hay que gozar!

Sucede algo imprevisto, sin embargo. Llega una fuerte tormenta, y el río se desborda. Cuando las aguas turbias llegan a la primera casa, sólo dejan manchas en la pared. La fundación profunda de la casa le da protección. La segunda casa, en cambio, es arrasada por la corriente y su dueño queda desamparado.

¿Te das cuenta? La seguridad viene cuando ponemos un buen fundamento. Poner ese fundamento a veces no es divertido. Cuesta trabajo. Tenemos que ponernos a examinar nuestras ideas acerca de la vida, nuestros pensamientos y nuestros prejuicios, para ver si concuerdan con lo que Dios dice o no.

Poner un fundamento significa prestar atención a lo que Cristo dice y ponerlo en práctica sin peros. Muchas veces ponemos demasiados peros, demasiadas explicaciones y justificaciones y pretextos, cuando nos enfrentamos con alguna enseñanza que no nos gusta.

Desde luego, tenemos que esforzarnos en entender lo que Cristo realmente quiso decir. Pero, ¿qué tan difícil es entender que él nos llama, por ejemplo, a invertir nuestros recursos en el banco celestial, y no solamente gastar y ahorrar para nuestras necesidades terrenales? Sin embargo, decimos: Bueno, no estoy seguro que todo mi dinero vaya a ser bien usado si doy al ministerio. Realmente no creo que las personas merezcan mi ayuda. Yo trabajo demasiado duro para estar dando así. Y justificamos una ofrenda pequeñísima, cuando Cristo nos ha dicho que donde esté nuestro tesoro, estará nuestro corazón.

Podríamos citar muchos ejemplos más; el punto es que, si no estamos dispuestos a escuchar y poner en práctica lo que Jesús nos enseña, entonces no estamos poniendo esa buena fundación que es la única seguridad para la vida en este mundo, y para el juicio final.

Si ponemos en práctica sus palabras, encontraremos que la seguridad que nos da trae gran bendición. Como dice Santiago 1:25: Pero quien se fija atentamente en la ley perfecta que da libertad, y persevera en ella, no olvidando lo que ha oído sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla.

No te voy a mentir. Hundir esa fundación en tu vida sobre las palabras de Jesús cuesta trabajo. Cuesta tomar apuntes sobre el sermón y repasarlos. Cuesta estudiar tu Biblia, aunque no tengas ganas de hacerlo. Cuesta reflexionar sobre lo que has oído, preguntarte cómo debe de cambiar tu vida en base a lo que has oído y, buscando la ayuda de Dios, esforzarte en poner en práctica lo aprendido.

No es fácil. Pero dime: ¿cómo quieres que responda tu vida cuando viene la tormenta? Hay gran bendición en la obediencia. Dios se complace cuando nos esforzamos en obedecerle, y nos manda su bendición.

En cierta ocasión, un hombre perdió a su perro querido. Muchos hemos perdido a nuestros perros, pero esto sucedió de una manera poco usual. El hombre era cortador de árboles, y un día dejó a su perro como guardia junto a la caja de almuerzo mientras él iba a otra parte del bosque.

Durante su ausencia, sin embargo, se prendió un incendio forestal que llegó a la parte donde estaba el perro. Éste, fiel a las órdenes de su amo, siguió a la guardia de ese almuerzo hasta que las llamas acabaron con su vida. Dijo el hombre: Siempre debí tener cuidado con lo que le decía a ese perro que hiciera, porque seguía mis instrucciones al pie de la letra.

Sabes, las instrucciones que Dios te da nunca resultarán en tu destrucción imprevista. Al contrario: están diseñadas para tu bendición. ¿Qué tal está tu nivel de obediencia? ¿Te interesas sólo por conocer lo que Dios dice, o te esmeras en obedecer? Sólo en la completa obediencia están la seguridad y la bendición.

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