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Domingo 23 de Noviembre del 2003

La tela de juicio se puede romper
Pastor Tony Hancock

Muchos años atrás, un pastor viajaba en uno de los grandes cruceros transatlánticos. Al llegar a la cabina de segunda clase que compartía con un hombre desconocido, descubrió que su compañero de cuarto no era de muy buen aspecto. Tanta desconfianza le dio al pastor que, en la primera oportunidad que se le presentó, buscó al sobrecargo para encomendarle todos los objetos de valor que traía.

Normalmente no me valdría de sus servicios, le dijo, pero es que realmente el aspecto de mi compañero de cuarto no me inspira nada de confianza. No se preocupe, le respondió el sobrecargo, con mucho gusto cuido sus pertenencias. Su compañero de cuarto también acaba de encargarme sus objetos de valor, y me dijo lo mismo de usted.

Bueno, no sé lo que habrá pensado el pastor al retirarse de la oficina del sobrecargo, pero me parece que aprendió una lección muy valiosa. Cuando nosotros ponemos en tela de juicio la apariencia, las acciones o las motivaciones de otra persona, nos podemos quedar con la sorpresa de que esa tela de juicio se rompe, y nosotros somos quienes quedamos mal.

Jesús enfrentó este problema en su día, pues había muchas personas que se interesaban más en señalar los errores de otros que en rectificar sus propios errores. El ejemplo más conocido de esta tendencia se encuentra en la persona de los fariseos. La palabra fariseo se ha convertido en sinónimo del hipócrita santurrón, que oculta sus propios errores mientras señala los de otros.

¿Cómo podemos evitar el convertirnos en fariseos? ¿Cómo podemos dejar de serlo, si quizás lo somos? Jesús nos da tres claves para hacerlo en el pasaje que hoy estudiaremos.

Lectura: Lucas 6:37-42

6:37 No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados.
6:38 Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir.
6:39 Y les decía una parábola: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos en el hoyo?
6:40 El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.
6:41 ¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
6:42 ¿O cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está en el ojo de tu hermano.

En este pasaje encontramos una de las frases más citadas y más mal usadas de toda la Biblia. Se trata de la frase: No juzguen, y no se les juzgará. ¿Qué quería decir Jesús con esta frase? ¿Quería decir que nunca debemos de tener opiniones sobre lo que es bueno y lo que es malo?

Hoy en día es común oír que se cite esta frase en conexión con las controversias morales que se dan en la cultura. Cuando la iglesia levanta la voz en contra del aborto o la homosexualidad, el mundo responde: ¿No les dijo su propio Señor que no debían de juzgar?

Las personas que así responden muestran que no se han esforzado en lo más mínimo por entender lo que Jesús quería decir. La Biblia está llena de instrucciones acerca de nuestra responsabilidad de juzgar. Por ejemplo, en su primera carta a los Corintios, Pablo habla siete veces de la necesidad que tiene el creyente de juzgar.

Jesús mismo aclara su significado en la frase que sigue. Dice: No condenen, y no se les condenará. Jesús no está hablando de juzgar si algo es correcto o no. Tampoco está hablando de juzgar si alguien nos está diciendo la verdad o no. Él se refiere a juzgar las motivaciones de otras personas, a despreciar a las personas por sus pecados, a creernos mejores que otros porque – según pensamos – nuestros pecados no son tan graves como los suyos.

Jesús nos declara que esta actitud de crítica y de condenación es adversa a nuestro bienestar y a nuestra salud espiritual. Nos enseña que, lejos de beneficiarnos, nos termina destruyendo. Veamos cómo evitarla.

I. Considera lo que realmente te conviene

Nosotros solemos sentir que, cuando señalamos los errores de otros, quedamos mejor. Nos sentimos superiores, porque por lo menos no hemos hecho lo que ellos hicieron. Pretendemos tomar el cadáver de la reputación difamada de aquella persona y construir sobre ella una escalera que nos elevará a nosotros.

Jesús nos da a entender, sin embargo, que hay una matemática celestial que nos puede parecer extraña. Lo que nosotros damos, dice, es lo que recibiremos. Ahora, este principio no es lógico, según los criterios humanos. Si yo tengo cinco dólares, y se los doy a alguien, ya no los tengo. No voy a recibir cinco más.

Pero en el ámbito espiritual, Dios me devuelve el trato que yo doy a los demás. Si no sé perdonar o disculpar las ofensas de otros, Dios así me tratará también. Si insisto en condenar a las personas por sus errores, Dios también me condenará por los míos.

No estoy diciendo que perdemos la salvación si criticamos a otros. Sin embargo, queda claro que, si hemos sido perdonados por Dios, tenemos la responsabilidad de mostrar ese mismo perdón y esa misma gracia a los demás. Es más, si no lo hacemos, habrá consecuencias.

Jesús te da una fuerte razón para hacerlo: ¡es lo que te conviene! Si tú insistes en señalar con el dedo a los demás, comentando sus errores, criticando y juzgando sin razón, sufrirás por hacerlo. En cambio, si aprendes a darles espacio para cambiar, si recuerdas que no conoces completamente las circunstancias de la persona, si muestras gracia en lugar de condenación, Dios te mostrará lo mismo.

Cuando observo a las personas que más critican a otros, me doy cuenta de que su esfuerzo por sentirse superiores no da un buen resultado. Por lo general, en lugar de ser felices, viven amargados y frustrados. En lugar de elevarse, se hunden en la queja y el resentimiento.

Sabes, lo que realmente te conviene es dejar de observar tan cuidadosamente los errores de los demás y mostrarles gracia. Verás que tú mismo te beneficias. Para hacerlo,

II. Escoge tus modelos con cuidado

Jesús no cambia de tema en los versos 39 y 40, aunque parece haberlo hecho. Pero cuando nos damos cuenta de que, más temprano en el capítulo, él se había enfrentado con los fariseos por su actitud de condena hacia sus discípulos, reconocemos que él sigue hablando del tema del juicio incorrecto.

Los fariseos eran guías ciegos de los ciegos, pues ellos pretendían ayudar a otros a acercarse a Dios, estando ellos mismos muy lejos de él. Al parecer, enseñaban las leyes de Dios; pero lo que enseñaban en realidad era una actitud de superioridad hipócrita. Sus seguidores, nos enseña Jesús, serían incapaces de superar ese nivel, pues seguían ciegamente a sus líderes.

Si quisieras convertirte en maestro albañil, ¿de quién te harías aprendiz? ¿De un constructor cuyas casas se están cayendo, o de uno que tiene fama de construir con calidad? ¡Claro que buscarías al mejor! Si tu maestro es pésimo, no importa qué tan inteligente o talentoso seas, no llegarás muy lejos.

De igual modo, Jesús nos anima a tener cuidado al escoger los modelos de comportamiento que seguimos. Puede ser que tus padres te hayan enseñado por su ejemplo a ser criticón. Quizás te enseñaron a criticar a tus maestros, hablando mal de ellos. Quizás cada domingo hacían tacos al pastor, pues desmenuzaban y deshebraban cada aspecto del sermón para encontrar sus fallas. Quizás llenaron tu vida con una atmósfera de negatividad.

Sin rechazar a tus padres, o quienquiera que sea la persona que te enseñó tal actitud, tienes que escoger otro modelo para enseñarte cómo ver a la gente. El mejor modelo es Jesucristo. Él hablaba fuertemente contra el pecado y la hipocresía, pero nunca menospreció a las personas o negaba la posibilidad de que se arrepintieran.

Jesús es el ejemplo de la gracia. Ofreciéndole agua viva a la mujer samaritana en el pozo, yendo a comer a la casa de un publicano y perdonando los pecados de la mujer adúltera, él mostró compasión y gracia en lugar de condenación y desprecio. Es el mejor modelo que puedes encontrar para tu propia actitud. Para seguirlo,

III. Concéntrate primero en tu propio desarrollo

Esto Jesús nos lo enseña en los versos 41 y 42. Nos pone el ejemplo de una persona que, con tanta amabilidad, se ofrece para quitar una astilla al ojo de un amigo cuando él mismo trae una viga en el ojo propio.

¿Qué sucederá en esta situación? ¿Se lo pueden imaginar? La pobre víctima quedará golpeada por la viga, y no se deshará de la astilla, pues quien pretende ayudarle no puede ver para quitársela. En lugar de ser muy prontos para señalarles a otros sus errores, Jesús nos llama a fijarnos primero en nuestros propios errores para entonces poder ayudar mejor a los demás.

La enseñanza de este versículo es muy importante. Cuando llegamos a cierto nivel de madurez, podremos ayudar a restaurar a los hermanos que han caído en pecado. El apóstol Pablo se refiere a esto en Gálatas 6:1 cuando dice: Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde.

Cuando hemos cultivado la práctica de examinarnos a nosotros mismos, lo cual fomenta una actitud humilde ante los errores de los demás, entonces estaremos capacitados para ayudar a los que caen. En cambio, si tratamos de intervenir cargando aún el peso de la crítica y la condenación, pensándonos mejores que ellos, en lugar de ayudar, haremos daño.

En mi propia vida me he dado cuenta de que, cuando me he pensado mejor que alguien, Dios posteriormente me ha puesto en una situación similar a la de ellos. En esa situación, me he dado cuenta de que no soy superior. Si resisto la tentación, es simplemente porque Dios ha obrado en mí para darme la fuerza. No tiene que ver con alguna superioridad innata que yo posea.

Como dijo en alguna ocasión F.B. Meyer, cuando vemos a un hermano en pecado, hay dos cosas que no sabemos. En primer lugar, no sabemos qué tan duro se esforzó la persona por no pecar antes de caer. En segundo lugar, no sabemos la fuerza de los poderes que la asediaron. Tampoco sabemos lo que habríamos hecho nosotros bajo las mismas circunstancias.

Por todas estas razones, nos conviene concentrarnos en nuestro propio crecimiento, examinándonos a nosotros mismos mucho antes de tratar de lidiar con los pecados de otros.

En cierta ocasión, el gran líder del siglo XVIII Juan Wesley criticó públicamente a un hombre de su congregación porque lo consideraba avaro y tacaño. Sucedió que el hombre, que parecía ser próspero, dio una ofrenda mínima a una buena caridad. Wesley lo puso ante la congregación como ejemplo de la avaricia.

Después de esto, el hombre habló con Wesley en privado y le explicó que había vivido con pan y agua por varias semanas. Antes de convertirse, dijo, él se había acarreado muchas deudas. Ahora, al vivir de una manera muy simple, estaba pagando a sus acreedores uno por uno. Cristo me hizo un hombre honesto, dijo, y con tantas deudas por pagar, sólo puedo dar un poco por encima del diezmo. Tengo que arreglar cuentas con mis vecinos para mostrarles lo que puede hacer la gracia de Dios en el corazón de un hombre que alguna vez fue deshonesto.

Wesley tuvo que pedirle perdón al hombre, pues lo había juzgado mal. ¿Cuántas veces hacemos nosotros lo mismo? Sólo Dios tiene el derecho de juzgarnos, y sin embargo prefiere extendernos su perdón. ¿No podemos hacer lo mismo con los demás?

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