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Domingo 16 de Noviembre del 2003

El amor que va más allá
Pastor Tony Hancock

Si escuchamos la música popular o vemos alguna película de moda podríamos quedarnos con la idea de que la cosa más importante en el mundo es el amor a primera vista. Dos personas se ven por primera vez y las aves empiezan a cantar, la música empieza a tocar, y todo se pone color de rosa. Por lo menos, así se presenta en la pantalla.

Sin embargo, alguien dijo en cierta ocasión que el amor a primera vista no es nada extraordinario. Es cuando la gente se ha estado mirando por años que se vuelve un milagro.

Me parece que en esta declaración quizás algo humorosa podemos detectar una gran sabiduría. Sucede que muchas veces pensamos que el amor es algo emocional. Hablamos del amor, y nos referimos a esa sensación de enamoramiento, o quizás al amor que sentimos por nuestros hijos o nuestra patria.

Todas estas experiencias son bellas, pero realmente sólo son espejismos del amor verdadero. El amor verdadero no se basa en los sentimientos, sino que se basa en el compromiso. El amor verdadero es un amor que va más allá.

Veamos lo que nos dice Cristo acerca de este amor.

Lectura: Lucas 6:27-36

6:27 Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen;
6:28 bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.
6:29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica le niegues.
6:30 A cualquiera que te pida, dale; y al que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
6:31 Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos.
6:32 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman.
6:33 Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo.
6:34 Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto.
6:35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos.
6:36 Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.

En este pasaje, Jesús nos ofrece una perspectiva netamente cristiana sobre el amor. Todo el mundo concuerda en que el amor es lo que más nos hace falta. Los Beatles nos informaron: Todo lo que necesitas es el amor, y luego se desintegraron como grupo. Bert Backarack cantó, Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor.

Pero, ¿qué es el amor? ¿Cómo se vive? Todo el mundo sabe lo que necesitamos, pero pocos - al parecer - saben vivirlo. Jesús nos enseña que el verdadero amor va más allá - más allá de las palabras, más allá de los sentimientos, más allá de las barreras. Éste es el amor que cada uno de nosotros necesita. Es el amor que sólo se experimenta cuando se vive. Es el amor cristiano, en su sentido más pleno.

Pero, ¿cómo es ese amor? Bueno,

I. El amor cristiano se basa en el amor de Dios

Esta idea es el ancla del concepto de amor que Jesús nos presenta. La encontramos en los versos 35 y 36. Jesús pone a su Padre como el ejemplo del amor que debemos de seguir. Al ver cómo trata Dios hasta a los que lo rechazan, vemos cómo debemos de mostrar amor también.

Cualquier hijo desea imitar a su papá. En cierta ocasión, un niño fue con su padre a la peluquería. Cuando le tocó al niño, le preguntaron cómo quería el corte. Lo quiero como mi papá, respondió. De acuerdo, el peluquero le hizo un corte como el que traía su papá.

Sin embargo, cuando el niño se miró al espejo, no estaba conforme. No me quitó el pelo de arriba, le dijo al peluquero. Después de mirarlo perplejo por un momento, el peluquero se dio cuenta de que el niño se refería a la calvicie de su papá. Ese niño no se quedó contento hasta que le afeitaron la cabeza para que quedara calvo como su padre.

De igual modo, si somos hijos de Dios, es natural que queramos ser como él. Jesús usa aquí un modismo semítico que nos podría dejar con la impresión de que nos ganáramos el derecho de ser hijos de Dios mediante nuestro amor. Sabemos que no es así, pues Juan 1:12 lo dice claramente: A los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios.

Más bien, lo que significa esta frase del verso 35: serán hijos del Altísimo es que mostramos el hecho de que somos sus hijos mostrando el mismo amor que él muestra. Se ve la semejanza familiar en la realidad de nuestro amor.

Jesús refleja la misma idea cuando dice en Juan 13:35: De este modo todos sabrán que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros. Y yo me pregunto: ¿Nota el mundo el parecido familiar cuando ve nuestra manera de tratarnos? ¿Se nota un amor sobrenatural que marca cada cosa que hacemos y decimos?

Si somos francos al contestar esa pregunta, creo que diremos: A veces. Pero desgraciadamente, hay demasiadas ocasiones en las que, en lugar de mostrar un amor que va más allá, mostramos un amor que dice, más pa’cá. Pero ése no es el amor que Dios nos ha mostrado.

El amor de Dios no se basa en algún atractivo nuestro. Al contrario: la Biblia dice que Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8) Dios no nos miró tan bonitos que no podía hacer más que amarnos. Al contrario; su amor es tan inmenso que nos ama a pesar de lo que somos y hacemos.

¡Qué bueno que es así! ¿verdad? ¿Cómo sería si tuviéramos que ganarnos el amor de Dios? ¡Estaríamos perdidos! A veces me da lástima cuando oigo a algún padre decirle a su hijo, Bueno, si no me vas a obedecer, ya no te quiero. Ese no es el amor que nuestro Padre celestial tiene para nosotros. Su amor no se basa en lo que podemos hacer para él.

La Biblia dice que Dios hace caer su lluvia sobre justos e injustos (Mateo 5:45). Jesús dice que Dios es bondadoso con los ingratos y malvados. En algún momento, todos hemos sido ingratos. Sin embargo, Dios nos sigue bendiciendo.

Su amor es un amor que se sacrifica por el bien de los que ama. Dios no se quedó sentado sobre su trono, sonriéndonos con sentimientos de amor mientras nos seguíamos condenando con nuestras acciones. Su amor tomó la iniciativa al enviar a su único Hijo para tomar sobre sí nuestro pecado y sacrificarse por nuestro pecado.

Jesús lo dijo: Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos (Juan 15:13) . Su amor se mostró en acción. El verdadero amor siempre envuelve sacrificio. El verdadero amor nunca puede decir, te doy hasta donde me convenga. Tiene que decir, te doy hasta que me duele.

Si vamos a imitar a nuestro Padre, como buenos hijos, nos daremos cuenta de que

II. El amor cristiano se expresa en servicio que sacrifica

El amor de Dios se expresó en servicio. Jesús dio su vida por nosotros. Ahora él nos está llamando a dar nuestra vida en servicio a nuestros hermanos. En vez de simplemente vivir para nosotros mismos, él nos llama a derramar nuestra vida para otros.

Este amor no busca la venganza; más bien, busca el perdón. Dios nos ha dado el ejemplo en esto; en lugar de destruirnos, él nos da la oportunidad de arrepentirnos. Esto no significa que la persona que no se arrepiente no tendrá castigo; significa que, si somos castigados, es porque no hemos querido aceptar la oportunidad que Dios con tanta paciencia nos extiende.

De igual modo, Dios nos llama a mostrar esa misma paciencia con las personas que nos tratan mal. ¿Es fácil? Para nada. Yo soy de esas personas que, como dicen algunos, tienen la mecha corta. Cuando alguien me desprecia o me desprestigia ante los demás, mi primera reacción es hacer que ellos entiendan muy bien que hacen mal.

Me imagino formas de hacer que ellos recapaciten, que digan, Perdóname, no quise hacerlo. Pero, ¿saben qué? Mis planes generalmente no dan resultado. La gente sigue con su vida, muy quitada de la pena, y yo me amargo más y más.

Bueno, ése no es el plan de Dios para mi vida. Más bien, él me llama a mostrar un amor que trae libertad, un amor que va más allá de la amargura para buscar el perdón y la reconciliación, aun cuando yo no haya cometido el error.

Es por esto que Jesús nos llama a amar aun a nuestros enemigos, a devolver bendición por maldición, a no responder con violencia a los insultos. Jesús no nos está llamando a la pasividad, y mucho menos nos está llamando a ser pacifistas; lo que nos llama es a ser pacificadores, que es algo más difícil.

Es más, el amor cristiano es un amor que busca el bienestar del otro. Los versos 29 y 30 describen situaciones en las que la necesidad lleva a las personas a extremos. En lugar de buscar el juicio, Jesús nos llama a ver más allá, a ver la necesidad de la persona, y no sólo buscar la condenación.

A Dios le interesa la justicia, pero le interesa también la misericordia. Ha puesto a las autoridades para que se encarguen de la justicia; a nosotros nos llama a mostrar misericordia en nuestro trato con los demás, aun cuando nos cuesta.

El amor siempre cuesta. El amor verdadero no depende de tus sentimientos. El amor verdadero no depende de lo atractivo de la persona. El amor verdadero es el amor que sólo viene de Dios, que él nos ha mostrado en el sacrificio de su Hijo y que ahora nos invita a mostrar a los demás.

¿Cómo podemos empezar? Puede ser con un gesto sencillo de amistad a una persona que está sola. Puede ser perdonando a esa persona que nos ha ofendido, y extendiéndole una mano de reconciliación. Puede ser ayudando a esa persona que, según la pura justicia, no merece ayuda.

En un campamento para refugiados en África, una mujer yacía en el suelo con su bebita en los brazos, sufriendo los estragos de la malnutrición. Un trabajador puso en su mano un camote cocido, preguntándose si sería capaz de sobrevivir hasta el mañana. El camote era muy poco, pero era todo lo que había.

La mujer mordió el camote y masticó con cuidado el bocadito. Luego, colocando su boca sobre la de su bebé, empujó la comida masticada y suave hasta que el bebé la tragó. Aunque la madre se moría de hambre, usó el camote enteró para preservar la vida de su bebé. Cansada por el esfuerzo, acostó la cabeza en el suelo y cerró los ojos. Dentro de poco, la bebita también dormía.

Se supo luego que esa noche la madre falleció, pero su niña sobrevivió. Es que el amor cuesta. En su amor por nosotros, Dios no escatimó a su propio Hijo. El amor cuesta. Dios nos llama a imitar su amor en nuestras vidas, en nuestro trato con los demás, en nuestra actitud hacia quienes nos rechazan y nos hostigan. ¿Estás dispuesto a expresar ese amor en tu propia vida?

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