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Domingo 7 de Octubre del 2001

La Promesa de la Bendición
Pastor Tony Hancock

Introducción

Cada año, miles de personas emprenden el viaje a los Estados Unidos. Algunos pasan días o semanas en barcos para cruzar el mar. Otros sufren privaciones en el desierto. Para todos, es un viaje agotador, una experiencia que jamás olvidarán.

¿Por qué toman este riesgo? ¿Por qué se alejan de su familia, de su hogar, de todo lo conocido, para ir a un lugar que nunca han visto, donde no conocen el idioma, sin garantías de nada? La razón es que los Estados Unidos, correcta o incorrectamente, se ha llegado a conocer como la tierra de la oportunidad.

Las personas que hacen este viaje creen que podrán tener una vida mejor, o esperan poder proveer para sus familias. De alguna manera, creen que encontrarán un lugar de mayor bendición y oportunidad.

Un hombre en la Biblia hizo un viaje de más de mil millas - arriba de 1.500 km - por el mismo motivo. Él tuvo que dejar su familia y su hogar, cruzar ríos, y pasar desiertos y montes para llegar a su destino - un lugar desconocido. Lo hizo porque se le había prometido bendición.

Ese hombre se llamaba Abraham. Abraham, en su expedición a la tierra que Dios le prometió, nos sirve de ejemplo en nuestra búsqueda por la bendición de Dios en nuestras vidas.

Dios usó 14 capítulos del primer libro de la Biblia para contarnos la historia de este hombre Abraham. Él no lo hizo simplemente para que nos pudiéramos entretener con la historia, o para satisfacer alguna curiosidad; él lo hizo para que aprendiéramos y siguiéramos su ejemplo.

Leamos el comienzo de la historia de Abraham.

Lectura: Génesis 12

12:1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.
12:2 Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.
12:3 Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.
12:4 Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán.
12:5 Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron.
12:6 Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en la tierra.
12:7 Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido.
12:8 Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda, teniendo a Bet-el al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová.
12:9 Y Abram partió de allí, caminando y yendo hacia el Neguev.
12:10 Hubo entonces hambre en la tierra, y descendió Abram a Egipto para morar allá; porque era grande el hambre en la tierra.
12:11 Y aconteció que cuando estaba para entrar en Egipto, dijo a Sarai su mujer: He aquí, ahora conozco que eres mujer de hermoso aspecto;
12:12 y cuando te vean los egipcios, dirán: Su mujer es; y me matarán a mí, y a ti te reservarán la vida.
12:13 Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti.
12:14 Y aconteció que cuando entró Abram en Egipto, los egipcios vieron que la mujer era hermosa en gran manera.
12:15 También la vieron los príncipes de Faraón, y la alabaron delante de él; y fue llevada la mujer a casa de Faraón.
12:16 E hizo bien a Abram por causa de ella; y él tuvo ovejas, vacas, asnos, siervos, criadas, asnas y camellos.
12:17 Mas Jehová hirió a Faraón y a su casa con grandes plagas, por causa de Sarai mujer de Abram.
12:18 Entonces Faraón llamó a Abram, y le dijo: ¿Qué es esto que has hecho conmigo? ¿Por qué no me declaraste que era tu mujer?
12:19 ¿Por qué dijiste: Es mi hermana, poniéndome en ocasión de tomarla para mí por mujer? Ahora, pues, he aquí tu mujer; tómala, y vete.
12:20 Entonces Faraón dio orden a su gente acerca de Abram; y le acompañaron, y a su mujer, con todo lo que tenía.

La historia de Abraham ocupa un lugar central en la historia del mundo. En los capítulos anteriores del libro de Genésis, vemos cómo la humanidad se arruina. De un principio perfecto en el jardín del Edén, vamos de mal en peor.

El comienzo de todo es la rebelión de Adán y Eva en el jardín. Ahí, ellos trazan un camino que toda la raza humana ha seguido - un camino de rebelión contra la autoridad de Dios, buscando la autodeterminación en vez de la sumisión ante él.

La rebelión continúa en su descendencia, cuando Caín se enoja con su hermano y lo mata, fingiendo luego desconocer lo que había sucedido. Adán y Eva tuvieron más hijos e hijas, y la población humana creció - y con ella el pecado.

Llegó al punto en que Dios se arrepintió de haber creado a la humanidad, y decidió destruirla toda en un diluvio - con la excepción del justo Noé y su familia. Pero aun Noé falló - saliendo del arca sembró una viña, y se emborrachó.

Nuevamente la población de la tierra se extendió, y con ella la maldad. Los hombres decidieron que podrían construir una torre para llegar al cielo - nuevamente rebelándose contra Dios. Y él, nuevamente, mandó un castigo sobre la tierra, confundiendo los idiomas de las naciones para que no pudieran cooperar en este proyecto.

Es al final de estas constantes fallas que aparece el hombre Abraham. Hemos leído su historia. Pero noten algo acerca de Abraham: la Biblia nos dice que él fue un hombre que buscaba de Dios. Nos dice que él indagó en muchas partes y en muchos libros para encontrar la manera de acercarse a Dios. Después de muchos esfuerzos, y luego de vivir una vida intachable, Dios le habló porque él había merecido este trato especial.

Así dice, ¿verdad? ¡Por supuesto que no! Lo que vemos más bien es algo muy distinto. Eso es que:

I. Dios toma la iniciativa al prometer bendición

El Señor le dijo a Abraham, sin preliminares, sin que él cumpliera con unos requisitos, sin que lo buscara, que lo iba a bendecir. Y Dios aún obra de esa manera. Dios toma la iniciativa en rescatar al hombre.

Ven, es con Abraham que todo empieza. El es la bisagra de la puerta del cambio. En él empieza una larga historia de transformación. Esta historia abarca todos los eventos de la nación judía, y culmina con la venida de nuestro Señor Jesucristo.

Por esto, el apóstol Pablo nos llama hijos de Abraham. A él se remontan los orígenes de la salvación que hemos recibido, y él recibió las promesas de las cuales nosotros también somos beneficiarios.

Y todo empezó con Dios. Fue él quien le habló y le hizo la promesa. Fue Dios quien le llamó. Dios es la pareja que dirige en este baile. Abraham simplemente le sigue las pisadas.

Nosotros solemos tener una idea muy equivocada del papel de Dios en nuestras vidas y en la historia. Vemos a Dios como el que responde. Creemos que él ve nuestras acciones, mira el mundo, y dice ¡Caramba! Tengo que hacer algo. Esta actitud se refleja perfectamente en esa calcomanía que estaba tan de moda hace algunos años, que decía: Dios es mi copiloto. Dios es mi copiloto. Ahí está, no me fastidia, pero de repente, cuando me encuentro en peligro, entonces él me ayuda. Fuera de eso, pues que se quede ahí calladito.

Pero Dios no quiere ser nuestro copiloto. El es el piloto de la historia de la salvación, y si queremos ser parte de esa historia, entonces él tiene que ser el piloto de nuestra vida también.

Si queremos estar en una relación con Dios, es imprescindible que reconozcamos esto. Porque él ha seguido tomando la iniciativa a través de la historia. Culminó con mandar a su Hijo para salvarnos. Y ahora, cuando oímos el mensaje de la salvación, es porque Dios ya tomó el paso de buscarnos. Nosotros sólo respondemos a su invitación. Pero tenemos que darle a él la gloria. Él es quien nos vino a buscar. Él es quien nos ha llamado.

Habiendo dicho eso, sin embargo, él también nos llama a una respuesta. Y eso es lo que Abraham nos demuestra.

II. Dios busca una respuesta de fe obediente para realizar la bendición

¿Cuál fue la respuesta de Abraham al recibir esta gran promesa? ¿Se quedó él cómodo en Jarán, esperando más noticias? No, más bien se fue a la tierra que Dios le había prometido.

Él no conocía esa tierra. Él no sabía a dónde iba cuando salió. Pero él creyó la promesa de Dios, y en base a esa promesa, él actúo. Dios no buscaba a una persona perfecta, él no buscaba a una persona talentuosa o rica, Dios llamó a la persona que tomó en serio ese llamado, lo creyó, y en base a esa fe, actuó.

Ahí podemos entender dos cosas aparentemente irreconciliables que se dicen de Abraham en el Nuevo Testamento. Por un lado, el apóstol Pablo dice que a Abraham se le tomó en cuenta la fe como justicia (Romanos 4:9). Es decir, Dios justificó a Abraham en base a su fe. Pero el apóstol Santiago dice algo distinto; él dice que fue declarado justo nuestro padre Abraham por lo que hizo (Santiago 2:21).

¿Cuál es? ¿Es la fe, o es lo que se hace? Vemos en la vida de Abraham, el ejemplo, que son ambas cosas. Por un lado, cuando venimos a Dios, él nos acepta por la fe. No hay ninguna cosa que podamos hacer para que Dios nos acepte. Sólo podemos creer su promesa, de que él nos perdonará si aceptamos lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz.

Pero si de veras creemos eso, entonces como Abraham, tomaremos acción. Y por eso dice Santiago en otra parte que la fe sin obras está muerta.

Digamos que yo les digo que hay un hombre afuera que está regalando dinero. Todos me dicen, Gracias, pastor, qué bueno que nos avisaste. Pero algunos se levantan y van corriendo afuera, mientras otros se quedan en sus asientos. Ahora, ¿Quiénes en realidad me creyeron? Todos dijeron creer; pero la fe se muestra con las acciones.

Y de igual manera, lo que Dios busca de nosotros es fe. El no nos puede aceptar bajo ninguna otra circunstancia. Oiganme bien: ninguna otra cosa nos puede hacer aceptables ante Dios. Ninguna cantidad de acciones religiosas, ningún esfuerzo de hacer las cosas que a Dios le agradan, ninguna otra cosa nos puede traer el perdón. Sólo la fe lo hace.

Pero esa fe, si es verdadera, resultará en acciones. Resultará en una vida que se distingue del mundo, que tiene valores diferentes, que se ocupa en cosas además del placer, el dinero, o la diversión. Se expresará en una vida que busca servir a otros, que comparte con ellos acerca de Dios, y que busca conocer más de Dios.

Dios busca - y hasta podríamos decir que Dios requiere - una respuesta de fe obediente para realizar la bendición. ¿Cuál es esa bendición? Para Abraham, era la bendición de una descendencia innumerable, de una tierra, y de ser fuente de bendición para todas las naciones. Esa bendición nos llega a nosotros en la persona de Cristo, e incluye el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios, la seguridad para el futuro, su ayuda en el presente - incluye todo lo que es llegar a ser un hijo de Dios.

Y así como las bendiciones le llegaron a Abraham mediante una fe obediente, así también nos llegarán a nosotros.

Pero hay una cosa más que tenemos que entender:

III. Dios obra a pesar de nuestras fallas para dar su bendición

Miren lo que pasa con Abraham inmediatamente después de recibir esta promesa del Señor, después de ofrecerle sacrificios y adorarlo, después de mostrar su fe de esta manera tan grande. Viene un problema, una escasez de comida, y Abraham se va huyendo a Egipto.

Salió de la tierra que Dios le había prometido, y busco una solución fácil a sus problemas. Además de esto, buscó una manera fácil de protegerse contra el peligro de que el Faraón, el rey de Egipto, se enamorara de su esposa. En vez de tener la valentía de protegerla, él, estaba dispuesto a sacrificarla y dejar que el faraón se la llevara con tal de que él estuviera a salvo.

¡Qué desilusión! Este es el hombre que Dios ha llamado para ser padre de una gran nación, para ser canal de su bendición para todo el mundo, y ahora se está portando como un niño asustado. ¿Cómo es posible que alguien que ha oído la voz de Dios, que ha recibido sus promesas, que ha mostrado tanta fe, se porte de esta manera?

Bueno, nos hacemos esa pregunta - hasta que nos examinamos a nosotros mismos. Entonces vemos que Abraham no es nada diferente a nosotros. A duras penas llegamos a entender lo que Dios quiere de nosotros, empezamos a seguir sus caminos, y de repente tropezamos.

¿Qué haremos entonces? La vida de Abraham nos muestra que éste no es el fin. Dios obra en nuestras vidas a pesar de las maneras en que le fallamos, a pesar de que no somos perfectos.

La verdad es que conforme nos vamos acercando más a Dios, más distancia tenemos para caer también. Ahora, nunca debemos de usar eso como un pretexto. La verdad es que si pensamos que podemos fallar porque al fin y al cabo Dios nos va a ayudar, entonces estamos entrando en una situación muy peligrosa de endurecer nuestro corazón.

Pero si tú miras al pasado, y dices: Yo no he sido el creyente que quisiera ser, yo le he fallado a Dios de muchas maneras, y de repente esas fallas han venido precisamente después de momentos en que yo sentía su presencia - no te desesperes. Dios no te ha abandonado. Él aún quiere obrar en tu vida.

Vemos en la vida de Abraham que el salió avergonzado de Egipto, por su acción tan penosa. Y en nuestra vida podemos encontrarnos en situaciones vergonzosas por nuestras fallas. Las viviremos. Pero no es el final del cuento. Viene más. Y vemos tres capítulos después que Dios renueva su promesa a Abraham.

Si tú te has desanimado porque has fallado a Dios, no te desesperes. Deja de mirarte a ti mismo, y fíjate en él. Date cuenta de que él aún está obrando. El no se ha caído del trono, y él todavía tiene un plan para tu vida. Busca nuevamente de él - y lo hallarás.

Conclusión

Hermanos y amigos, Dios ha tomado la iniciativa. El nos ha llamado para ser parte de su familia, exigiéndonos únicamente una respuesta de fe obediente. El es tan grande que nuestras fallas no lo pueden limitar. Sólo nos pide que confiemos en él.

¿Dónde te encuentras tú? ¿Has respondido al llamado de Dios? ¿Estás viviendo en fe obediente? Quizás te has dejado desanimar por las fallas. Alza tus ojos al cielo, y recuerda que Dios es mucho más grande que tus fallas.


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