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Domingo 14 de Mayo de 2017

El que siempre es
Pastor Tony Hancock

En los viajes que Dios me ha permitido tomar, he tenido la oportunidad de visitar muchos lugares antiguos. Las ruinas de Machu Picchu en el Perú tienen unos seiscientos años de edad. En México las ruinas mayas, como Bonampak, Yaxchilán y Palenque, conservan estructuras de casi mil quinientos años de edad. En España conocí una pequeña capilla de siglo VIII, y el acueducto de Segovia, con mil novecientos años de edad.

Es impresionante pensar en todas las generaciones que han pasado y que han visto estos lugares. ¡Cuántas conquistas, cuántos cambios, cuantos descubrimientos e inventos han transformado la vida humana durante el tiempo, mientras estos lugares han seguido iguales!

Hay otra cosa que observo acerca de los lugares que he mencionado, y otros lugares igualmente antiguos alrededor del mundo. Todos fueron construidos del mismo material. ¡Todos fueron edificados con rocas! Si fueran de madera, de adobe o de bambú, hace siglos que habrían desaparecido. Pero las rocas siguen firmes. Las cosas cambian a su alrededor, pero ellas no.

Cuando Moisés buscaba una palabra para describir a Dios, pronunció ésta: "El es la Roca, sus obras son perfectas, y todos sus caminos son justos. Dios es fiel; no practica la injusticia. El es recto y justo." (Deuteronomio 32:4) El mundo cambia constantemente, pero Dios es la Roca que no cambia.

Dios siempre es. No tuvo principio, y no tendrá fin. Esta es una de las verdades acerca de Dios que más batallamos para comprender, porque todo lo que conocemos en nuestra existencia humana tuvo algún principio. Alguien lo hizo o nació de otro ser. En realidad, no nos debe sorprender que los niños pregunten: "Papá, ¿quién hizo a Dios?"

La respuesta es que nadie hizo a Dios. El simplemente es. Todo lo demás que existe es por El, pero El existe por cuenta propia. Todos dependemos de El para nuestra existencia, pero El no depende de nadie. Cuando Dios llamó a Moisés a liberar a su pueblo, una de las preguntas que Moisés le hizo fue cómo se llamaba. El sabía que tendría que decirle al pueblo cómo se llamaba Dios.

Encontramos la respuesta en Exodo 3:14: "-YO SOY EL QUE SOY -respondió Dios a Moisés-. Y esto es lo que tienes que decirles a los israelitas: 'YO SOY me ha enviado a ustedes'." Dios declara que su nombre es YO SOY. El es. No es un Dios que fue, que pertenece sólo a la historia. No es un Dios que será, que sólo pertenece al futuro. El es, desde los siglos, ahora y siempre. Es por esto que podemos confiar completamente en El.

Si dibujáramos una línea de tiempo, comenzando con el presente y yendo hacia atrás, nunca llegaríamos a un momento en el que Dios no existía. Pasaríamos por el momento de nuestro nacimiento; allí estaba Dios. Seguiríamos para atravesar la revolución mexicana; allí estaba Dios. Llegaríamos al descubrimiento de las Américas por Colón; allí estaba Dios.

Pasaríamos por el nacimiento de Jesús, los grandes imperios del mundo, el invento de la rueda, la vida de los cavernícolas, hasta el momento de la creación del mundo - y allí estaba Dios. Nunca llegaríamos al momento en que Dios empezó a existir, porque El siempre ha existido.

Si pudiéramos ver el futuro y dibujar la raya en la otra dirección, seguramente veríamos muchas cosas interesantes e inesperadas - pero en todo momento, allí estaría Dios. Cuando el mundo llegue a su fin, allí estará Dios. El simplemente es. No le debe su existencia a nadie, y nadie se la puede quitar.

Meditando sobre estas verdades, Moisés escribió un salmo. En el Salmo 90, versos 1 y 2, leemos su reflexión sobre nuestro Dios eterno:

90:1 Señor, tú has sido nuestro refugio generación tras generación.
90:2 Desde antes que nacieran los montes y que crearas la tierra y el mundo, desde los tiempos antiguos y hasta los tiempos postreros, tú eres Dios.

Desde antes de que existieran las montañas, que parecen ser tan permanentes, Dios ha existido. Hasta el futuro más lejano, El existirá.

¿Cuál es la importancia de esto para nosotros? Moisés lo dice: "has sido nuestro refugio". Si Dios tuviera principio, habría otro mayor que El. No podríamos estar seguros. Si Dios tuviera fin, podría llegar el día en que no nos pudiera ayudar. Correríamos peligro. Pero Dios es eterno, sin principio y sin fin. El es el refugio perfecto para nuestra vida y para nuestra seguridad.

¿Recuerdas la historia de los tres cerditos? El primero construyó su casa de paja. Llegó el lobo y se puso a soplar, y pronto se cayó la casa del primer cerdito. Se fue corriendo a la casa del segundo, que había construido su casa de madera. Seguro allí estaría a salvo, ¿verdad?

Esos dos cerditos representan a cualquier persona que se refugia en algo o en alguien aparte de Dios. Tarde o temprano, se terminará. El lobo llegó a la casa del segundo cerdito y se puso a soplar. ¡La casa de madera se derrumbó! Entonces los dos cerditos se fueron corriendo a la casa del tercer cerdito, que era de ladrillo. Allí, por más que soplara el lobo, estarían a salvo. Así es cuando nos refugiamos en Dios, porque El nunca se acabará. ¡El es! Y por eso, El es nuestro refugio seguro en cualquier tempestad de la vida.

Cuando Jesús vino al mundo, se identificó como el Dios que se había revelado a Moisés. En uno de sus diálogos con los judíos pronunció las palabras que encontramos en Juan 8:58: "antes de que Abraham naciera, ¡yo soy!" Aunque Jesús se hizo hombre en cierto momento de la historia, El siempre ha sido, es y será Dios.

Hay otra verdad acerca de Dios que va de la mano con su eternidad. Es el hecho de que Dios nunca cambia. Cuando El se relaciona con nosotros, El responde a nuestras decisiones; siente emoción, y actúa. Dios no es impasible. No es una estatua. Pero en su ser, El nunca cambia. Nunca dejará de ser quien es ahora.

El Salmo 102:25-27 compara a Dios con su creación:

102:25 En el principio tú afirmaste la tierra, y los cielos son la obra de tus manos.
102:26 Ellos perecerán, pero tú permaneces. Todos ellos se desgastarán como un vestido. Y como ropa los cambiarás, y los dejarás de lado.
102:27 Pero tú eres siempre el mismo, y tus años no tienen fin.

El cielo y la tierra cambian; los planetas se mueven, las galaxias giran, la marea sube y baja. Pero Dios, además de ser eterno, también es constante e invariable. El nunca será diferente de lo que es ahora. Nunca mentirá, nunca dejará de ser amoroso, nunca se olvidará de sus promesas. El no cambia.

Es por esto que podemos confiar en El. Malaquías 3:6 nos lo dice: "Yo, el Señor, no cambio. Por eso ustedes, descendientes de Jacob, no han sido exterminados." Su pueblo era voluble e inconstante, pero Dios declara: "Yo no cambio. Es por eso que no han sido destruidos". Si Dios cambiara, no podríamos estar seguros de sus promesas. Sólo tenemos que ver el estado actual de la política para darnos cuenta de lo que sucede cuando las personas no guardan sus promesas.

Pero Dios jamás hará eso. Dios nunca hará pretextos para no cumplir lo que dice. Sus propósitos nunca cambian. Puede ser que hayas sido decepcionado por una persona en quien pensabas poder confiar - un amigo, un pariente, un esposo o una esposa. La decepción duele. Puedes saber que Dios nunca te decepcionará. Nunca olvidará lo que ha prometido. Puedes confiar en sus promesas.

Santiago, el medio hermano del Señor Jesucristo, describe a Dios. En Santiago 1:17, él compara a Dios con las estrellas y los planetas, que están en constante movimiento: "Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, donde está el Padre que creó las lumbreras celestes, y que no cambia como los astros ni se mueve como las sombras." Pero Dios no cambia. De El sólo vienen cosas buenas. Si Dios cambiara, no podríamos estar seguros de que siempre será bueno. Podríamos temer que, algún día, despertaremos para descubrir que Dios se ha vuelto cruel, engañoso o ruin.

¡Eso nunca sucederá! Dios no cambia. Siempre es, y siempre es el mismo. ¿Sobre qué estás parado? ¿Estás parado en la Roca? No pongas tu confianza en algo temporal o variable. Descansa en la persona de Dios, en sus promesas, y en Jesús, que es el mismo ayer, hoy y para siempre.


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