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Domingo 13 de Abril de 2014

El sexo y la Pascua
Pastor Tony Hancock

Hay ciertas cosas que parecen no tener ninguna relación, pero que realmente poseen una cercana conexión. La luna, por ejemplo, brilla en el cielo, y la marea sube y baja en la playa. ¿Tienen alguna relación? Resulta ser que están íntimamente ligadas. La fuerza de gravedad de la luna ejerce una atracción sobre las aguas del mar, y esto causa la marea.

Podríamos decir lo mismo del tema del sexo y la Pascua. ¿Qué relación existe entre estas dos cosas? Seguramente no existe ninguna relación obvia. Cuando pensamos en la Pascua, se nos vienen a la mente los huevos pintados de colores, los conejos de chocolate y las flores primaverales. Si tenemos un poco más de conocimiento bíblico, pensamos en la resurrección de Cristo y la tumba vacía. Pero ¿qué tiene todo esto que ver con la sexualidad humana?

Al principio, no parecen relacionarse. Sin embargo, existe una relación importante entre el sexo y la Pascua. Si entendemos lo que significa la resurrección de Jesucristo para nosotros, afectará nuestra manera de ver el sexo también. Abramos la Biblia en 1 Corintios 6:12 al 20 para aprender más:

6:12 Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.
6:13 Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.
6:14 Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder.
6:15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo.
6:16 ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.
6:17 Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.
6:18 Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca.
6:19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?
6:20 Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

Lo que celebramos en la Pascua no son los conejitos y los huevitos; es la resurrección de Jesucristo. El salió de la tumba - no como un fantasma o un espíritu, sino con un cuerpo renovado. Si tú y yo conocemos a Cristo y creemos en el poder de su resurrección, esta realidad tiene que transformar la forma en que vivimos ahora en nuestros cuerpos.

Como seres humanos, nos encanta hacer pretextos. Somos como Daniel Webster, un reconocido senador del siglo XIX. Durante su niñez, su padre les había encargado a él y a su hermano Ezequiel que hicieran un trabajo. Cuando su padre regresó, ni siquiera habían comenzado la tarea. Su padre le preguntó a Ezequiel: "¿Qué has hecho?" Ezequiel contestó: "Nada, padre".

"¿Y tú, Daniel?" - preguntó su padre. "Ayudar a Ezequiel", le respondió su hijo. ¡Qué buen pretexto! También solemos encontrar pretextos para solapar nuestras fechorías sexuales. Los creyentes de Corinto tenían toda una serie de pretextos. Pablo cita algunos de ellos en el pasaje que hemos leído.

Algunos usaban este estribillo: "Todo me está permitido". En otras palabras, ya no estoy bajo la ley; soy libre en Cristo. Frente a esto, el apóstol responde: "No todo es para mi bien", y "no dejaré que nada me domine". Otros decían: "Los alimentos son para el estómago, y el estómago para los alimentos". En otras palabras, el cuerpo está hecho para el sexo, y el sexo para el cuerpo.

No, responde Pablo, "el cuerpo no es para la inmoralidad sexual sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo". El poder de la resurrección de Cristo explota los pretextos humanos; "Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros". Si Cristo dio su vida para rescatarnos del poder del pecado, y si venció la muerte que nos tenía cautivos, ya no nos pertenecemos a nosotros mismos. Ahora somos del Señor que nos ha rescatado, y debemos vivir para El.

Hoy en día, los pretextos quizás hayan cambiado, pero los seguimos haciendo. El hombre casado justifica su adulterio diciendo: "Tengo mis necesidades, y mi esposa no las satisface". El soltero trata de explicar la fornicación con estas palabras: "No puedo esperar hasta casarme. Además, ¿a quién lastimo? Mi cuerpo me pertenece, para hacer lo que quiera con él."

Quizás pensábamos así cuando vivíamos en el mundo, porque no teníamos otra cosa. No teníamos ninguna esperanza para el futuro. No conocíamos el amor puro y perfecto de Cristo. Todo lo que teníamos era la inmoralidad sexual, y buscábamos cualquier manera de sentir un poco de calor - aunque en lo más profundo de nuestro corazón, sabíamos que era vacío y falso.

Pero ahora que conocemos el amor de Cristo, ya no tenemos que pensar así. Ahora tenemos un nuevo Rey. Antes servíamos a Satanás, aun sin saberlo. Ahora servimos al Rey de amor, el que dio su vida en sacrificio por nosotros. Ahora servimos al Rey de la vida, el que nos promete la vida eterna si confiamos en El y lo seguimos.

El poder de la resurrección de nuestro Señor explota los pretextos humanos. Es más, el poder de la resurrección restaura el propósito original de Dios. Cristo vino para que pudiéramos recobrar lo que habíamos perdido por el pecado. Para entender esto un poco mejor, vuelve conmigo por un momento al jardín del Edén.

En el jardín del Edén, en la vida de Adán y Eva antes de pecar, vemos el diseño original de Dios. El Edén refleja lo que Dios quería para la humanidad. Adán y Eva vivían en armonía perfecta con Dios. La Biblia nos dice que El solía venir y caminar con ellos en lo fresco de la tarde. No había ninguna separación entre Dios y ellos. Más bien, vivían en amistad con Dios, disfrutando su amor y su compañía de manera constante. ¿Te imaginas lo bello que habrá sido?

Ellos también vivían en armonía perfecta entre sí. No tenían discusiones ni pleitos. Se amaban y se respetaban perfectamente el uno al otro. Lo que hacían juntos era un gozo, y nunca se aburrían de estar juntos. Existía una relación perfecta de amor entre ellos, y se sentían satisfechos de estar juntos.

Finalmente, tenían una vida que nunca se tendría que acabar. Entre los árboles del jardín se encontraba el árbol de la vida. Este árbol tenía propiedades especiales; al consumir el fruto de este árbol, ellos no tendrían que morir jamás. Los mantendría en un estado perpetuo de juventud. Nunca envejecerían ni morirían.

Pero ahora, como pecadores, hemos perdido todo esto. Nuestra relación con Dios se quebrantó. Nuestro pecado nos separa de El. Nuestras relaciones con otras personas, incluyendo nuestra pareja, también han sido afectadas. Aun en las parejas más unidas hay disgustos y problemas, y demasiadas veces se termina en la separación y el divorcio.

También hemos perdido la vida. La muerte ha llegado a ser el destino de todo ser humano. Todos, sin excepción, morimos. Aunque tenemos la eternidad en nuestro corazón, y queremos vivir, todos vamos hacia la tumba. Pero en Cristo, todo esto que habíamos perdido se restaura. Se restaura nuestra relación con Dios, aprendemos a vivir en armonía con los demás y tenemos la seguridad de la resurrección del cuerpo y la vida eterna.

El pasaje que hemos leído hace referencia a todas estas cosas. El verso 14 dice: "Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros". La resurrección de Cristo es la garantía de que nuestros cuerpos, aunque se mueran y sean comidos por los gusanos, un día resucitarán para vivir por siempre. Dios nos devuelve la vida que habíamos perdido por el pecado.

También nos dice el verso 16: "¿No saben que el que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues la Escritura dice: Los dos llegarán a ser un solo cuerpo". En el principio, Dios creó el matrimonio para ser la unión del hombre y la mujer en un solo cuerpo. Ahora, en Cristo, podemos aprender a vivir con nuestra esposa o nuestro esposo en confianza y amor, en lugar de deshonrar nuestro cuerpo teniendo relaciones con una persona y luego otra.

Finalmente, recobramos la relación con Dios que habíamos perdido. De hecho, como creyentes, podemos disfrutar de una relación muy cercana con Dios. El puede estar más cerca de nosotros que el aire que respiramos, porque el verso 19 dice: "¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios?"

Cuando nos entregamos de corazón a Cristo, el Espíritu Santo viene a vivir dentro de nosotros. El Espíritu Santo es Dios. Esto significa que Dios mismo está morando dentro de nosotros. Nuestro cuerpo se convierte en un templo, un lugar de adoración a Dios, un lugar de la presencia de Dios y su bendición.

¿Cómo, entonces, podremos deshonrar este templo usándolo para el pecado sexual? ¿Cómo podríamos contaminarlo con relaciones que van directamente en contra del propósito de Dios en crear estos cuerpos? Si estamos unidos por fe a Jesucristo, el poder de su resurrección nos llama a una vida diferente.

Un misionero en África contaba la historia de un musulmán que se convirtió en cristiano. Cuando le preguntaron por qué se había convertido, él respondió así: "Digamos que vas por un camino, cuando llegas a un cruce en el camino. No sabes por dónde ir. Allí hay dos hombres. Uno de ellos está muerto, y el otro está vivo. ¿A cuál le vas a pedir direcciones?"

Nosotros seguimos a un Señor vivo, y su resurrección nos llama a una vida realmente nueva. En esta Pascua, al celebrar la resurrección, vivamos comprometidos a reflejar la vida nueva que tenemos en Cristo. Dediquemos nuestros cuerpos a agradarle a El, recordando que hemos sido comprados por precio.


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