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Domingo 4 de Septiembre de 2016

El camino al contentamiento
Pastor Tony Hancock

Una pareja fue en busca de un árbol navideño. Cuando llegaron a la tienda, revisaron todos los árboles para encontrar el mejor. Sin embargo, el único árbol perfecto ya se encontraba en las manos de otro comprador. Una señora lo había recogido. La pareja la mantenía entre ceja y ceja, esperando que soltara por un momento aquel árbol tan perfecto.

Mientras tanto, escogieron otro árbol - quizás no tan bonito, pero aceptable. De repente, no pudieron creer su buena suerte. ¡La otra mujer había dejado su árbol navideño en el piso! Sin esperar ni un segundo, abandonaron su árbol y se fueron corriendo para recoger el árbol que había dejado aquella mujer.

Mientras se dirigían hacia la caja para pagar su compra, la señora le dijo a su esposo: "¡Qué suerte! Pero me siento mal por haberle quitado el árbol a esa mujer." Su esposo le respondió: "¡No te preocupes! Cuando dejamos nuestro árbol, ella corrió para recogerlo." ¡Mientras ellos se estaban fijando en el árbol que llevaba aquella mujer, ella miraba el árbol de ellos!

No sé por qué, pero lo ajeno siempre luce mejor, ¿no es verdad? Existe algo en nuestra naturaleza humana que se fija en lo que no tenemos, y lo desea. Es algo que nos ha sucedido a todos, pero lleva a malas consecuencias. Encontramos un gran ejemplo en la vida de un personaje del Antiguo Testamento llamado Guiezi. Este hombre fue siervo del gran profeta Eliseo.

En cierta ocasión, vino un alto oficial del ejército del rey de Asiria para pedirle a Eliseo que lo curara de su lepra. Este hombre se llamaba Naamán. Eliseo le dijo a Naamán que se fuera a dar siete chapuzones en el río Jordán. Al principio, Naamán se rehusó a bañarse en lo que, para él, era un charco turbio. Pero uno de sus siervos lo convenció, y quedó limpio de su lepra.

Como resultado, Naamán se dio cuenta de que el Dios de Israel es el Dios verdadero. Se convirtió en adorador de Jehová. En gratitud por lo que Eliseo había hecho, Naamán le ofreció un regalo. Eliseo, sin embargo, no quiso aceptar lo que Naamán le ofrecía. Naamán se fue más convencido que nunca de que sólo hay un verdadero Dios.

Pero Guiezi, el siervo de Eliseo, veía todo esto con desagrado. El anhelaba tener lo que Naamán le había mostrado a Eliseo. Le pareció que su amo había sido demasiado bondadoso con el asirio. Guiezi se fue corriendo detrás de él. Cuando lo alcanzó, le dijo la mentirita de que habían llegado dos profetas a la casa de Eliseo, y que necesitaban dinero y ropa. Naamán gustosamente le dio más de lo que pedía. Guiezi regresó a casa, donde escondió los regalos de Naamán.

Pero Eliseo sabía lo que había sucedido. Confrontó a Guiezi, y le dijo: "¿Acaso es éste el momento de recibir dinero y ropa, huertos y viñedos, ovejas y bueyes, criados y criadas? Ahora la lepra de Naamán se les pegará a ti y a tus descendientes para siempre." (2 Reyes 5:26-27) Guiezi codició lo que tenía Naamán, y Dios le dio lo que había tenido Naamán - la enfermedad de la lepra.

Uno de los Diez Mandamientos nos habla precisamente de esta clase de situación. Es el décimo, el último mandamiento. Vamos a leerlo en la versión que Moisés dio al pueblo en el libro de Deuteronomio, en su última serie de discursos antes de morir. Leamos este mandamiento en Deuteronomio 5:21: "No codicies la esposa de tu prójimo, ni desees su casa, ni su tierra, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca."

Esta es una repetición, con unos leves cambios, de la versión original que Moisés había dado a los israelitas casi cuarenta años antes, frente al monte Sinaí. Esa versión se encuentra en Exodo 20. Obviamente, Dios lo considera importante, si lo repite dos veces.

Nos damos cuenta de que la codicia se aplica tanto a los bienes como a las personas. Codiciamos cuando deseamos lo que le pertenece a otra persona, sea su esposo o su esposa, su casa, su carro o su carrera. Pero, ¿qué es la codicia? Moisés introduce otra palabra para definirlo, que aquí se traduce deseo.

Dice: "Ni desees su casa... " Aquí nos damos cuenta de lo que significa la codicia. La codicia es desear o querer algo que no es tuyo, que es de otra persona. Guiezi vio lo que traía Naamán, y lo deseó - pero no era de él. Estuvo dispuesto a mentir para conseguirlo - y sufrió las consecuencias.

No es codicia, entonces, proponerte comprar algo para mejorar tu vida. Si tu carro ya no sirve, no es pecado desear otro, trabajar y ahorrar para comprarlo. La codicia entra cuando tu vecino se compra un carro nuevo, y no soportas que él tenga algo que tú no tienes. La codicia convierte el carro perfectamente servible que tú manejas en una vieja carcacha que te da vergüenza poseer.

Muchos pecados con consecuencias muy graves nacen de la codicia. Muchas veces pensamos que, si nuestros deseos no se convierten en acción, no hemos pecado. Pero Dios nos enseña a frenar nuestro corazón, a controlar nuestros deseos. Efesios 4:17-19 nos dice que la codicia define la vida de la persona que no conoce a Dios:

4:17 Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos.
4:18 A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.
4:19 Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes.

Todo esto comienza con los pensamientos.

La codicia nunca se puede satisfacer. Como dice el verso 19, "no se sacian". Cuando dejamos que la codicia llene nuestro corazón, pensamos que estaremos satisfechos si conseguimos lo que deseamos; pero estamos equivocados. Eso sólo nos podrá satisfacer por un momento; luego, desearemos otra cosa.

En nuestra cultura materialista y obsesionada con el sexo, la codicia es uno de los pecados más aceptables. Pero no es aceptable para Dios, quien conoce nuestros corazones. Hermano, si tú te la pasas comiéndote con los ojos a las mujeres que ves en la calle o si miras fotos de mujeres en tu celular, no te engañes. No digas que sólo estás apreciando su belleza. Eso es pecado.

Hermana, si tú no puedes ver la ropa que trae otra hermana sin desearla, si no puedes ver su carro o su casa sin preguntarte por qué ella tiene eso y tú no lo tienes, es pecado. Es codicia. ¿Habrá algún antídoto a este terrible mal? ¿Cómo podemos evitar la codicia?

Hebreos 13:5 nos da la respuesta. La solución que nos permite evitar la codicia es aprender el contentamiento. Si estamos contentos con lo que tenemos, ¡la codicia no será ninguna tentación! Y podemos estar contentos, si tenemos a Dios. Por esto dice el autor: "Conténtense con lo que tienen, porque Dios ha dicho: Nunca te dejaré; jamás te abandonaré."

Si tenemos a Dios, lo tenemos todo; porque Dios lo tiene todo. Por eso, para el hijo de Dios, la codicia es algo ridículo e incoherente. ¿Para qué perder el tiempo deseando las cosas mezquinas de este mundo, cuando tenemos un Dios rico y generoso?

Romanos 8:32 dice así: "El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?" Si Dios estuvo dispuesto a dar por nosotros la vida de Jesús mismo, su único Hijo, ¿qué nos negará? No podemos dudar de su amor ni de su cuidado, cuando conocemos a Jesús.

Dios mismo vive en contentamiento, porque El no necesita nada. Leamos lo que nos dice Hechos 17:24-25: "El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas." Aquí nos damos cuenta de que Dios no necesita nada de nadie, sino que El es quien da a todos la vida y el sustento. ¡Dios no codicia nada, porque todo es de El! Y si somos sus hijos, es también de nosotros.

Dios dice algo parecido en Job 41:11: "¿Y quién tiene alguna cuenta que cobrarme?  ¡Mío es todo cuanto hay bajo los cielos!" A El, nadie le cobra nada. ¡Todo es de El! Igualmente, el Salmo 50:9-12 nos habla de la independencia de Dios:

50:9 No necesito becerros de tu establo ni machos cabríos de tus apriscos,
50:10 pues míos son los animales del bosque, y mío también el ganado de los cerros.
50:11 Conozco a las aves de las alturas; todas las bestias del campo son mías.
50:12 Si yo tuviera hambre, no te lo diría, pues mío es el mundo, y todo lo que contiene.

Aunque el pueblo de Dios le hacía sacrificios de animales en el Antiguo Testamento, no era porque El los necesitara. Cuando le damos a Dios nuestro diezmo y nuestra ofrenda, no es porque El los necesite. ¡Todo es de El!

Si nosotros conocemos y adoramos a ese Dios, podemos aprender a vivir en contentamiento. Si dependemos completamente de ese Dios independiente, no habrá lugar en nuestra vida para la insatisfacción de la codicia. Si deseamos algo, se lo pediremos a El. Si El nos lo quiere dar, lo hará; y si no lo hace, es porque sabe que no nos conviene.

¿Cómo podemos desarrollar un corazón contento y no codicioso? Aprendamos a ser agradecidos. En su libro "Ortodoxia", el escritor inglés G. K. Chesterton comentó que él no le preguntaba a Dios por qué no podía amar a muchas mujeres; más bien, se quedaba admirado de que Dios le diera el honor de amar a una mujer, su esposa. La gratitud nos enseña a pensar así. En lugar de fijarnos en lo que tiene otro que nosotros no tenemos, démosle gracias todos los días a Dios por lo que sí tenemos.

En segundo lugar, disfrutemos al máximo lo que Dios nos ha dado. Primera de Timoteo 6:17 nos dice que Dios nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos: "A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos." Una de las ironías de la codicia es que nos roba la alegría de disfrutar lo que Dios nos ha dado. Si estás casado, disfruta la vida con tu esposa en lugar de fijarte en otra. Disfruta los bienes que Dios te ha dado, en lugar de desear lo que otro tiene. Disfruta la vida que tienes, en lugar de preguntarte por qué Dios no te ha puesto en otra situación.

Un viajero se topó con un humilde pastor de ovejas. Pausando por un momento en su viaje, le preguntó: "¿Cómo cree que será el clima mañana?" El pastor le respondió: "El clima será como a mí me gusta." Sorprendido, el viajero respondió: "¿Cómo es eso?" A lo que dijo el pastor: "Es que el clima será como a Dios le guste, y lo que a Dios le gusta, a mí también me gusta."

Si tú y yo aprendemos a pensar así, podremos estar contentos en toda situación y evitar la codicia. Evitaremos la trampa de muchos pecados, y descubriremos la verdadera felicidad.


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