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Domingo 17 de Mayo de 2015

Cuando ir a la Iglesia asusta
Pastor Tony Hancock

Era un domingo como muchos. Los creyentes se habían reunido para adorar a Dios y escuchar su Palabra proclamada. Cuando llegó el momento de dar las ofrendas, un hombre pasó y entregó una fuerte suma de dinero a los líderes de la Iglesia. Pidió un momento para hacer un anuncio. Frente a toda la Iglesia, dijo: "Mi esposa y yo hemos decidido vender un terreno y donar todo el dinero para ayudar a los pobres de la Iglesia".

Varios de los hermanos dijeron "¡Aleluya!" y "¡Gloria a Dios!" Uno de los líderes, sin embargo, no mostraba la misma cara de alegría. Acercándose al hombre que acababa de entregar la ofrenda, le preguntó: "¿Estás seguro de habernos dado todo el dinero?" El hombre respondió que sí.

"¿Cómo es posible que hayas permitido que Satanás llene tu corazón para que le mientas al Espíritu Santo?" - le preguntó el líder. "Tú no has mentido a los hombres, sino a Dios". En ese momento, el hombre cayó muerto - allí frente a toda la Iglesia. Al instante, todos sintieron un gran temor. ¡Había sucedido algo espantoso!

¿Qué sientes tú cuando vienes a la Iglesia? Puede ser que sientas alegría, expectativa o hasta un poco de sueño, pero me imagino que pocos de nosotros sentimos temor cuando llegamos aquí. Sin embargo, para estas personas, la emoción que sintieron al estar en la Iglesia no fue ninguna de estas cosas, sino más bien temor.

La historia que les acabo de contar se encuentra en el libro de Hechos, capítulo 5:

5:1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad,
5:2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.
5:3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?
5:4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
5:5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.
5:6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.
5:7 Pasado un lapso como de tres horas, sucedió que entró su mujer, no sabiendo lo que había acontecido.
5:8 Entonces Pedro le dijo: Dime, ¿vendisteis en tanto la heredad? Y ella dijo: Sí, en tanto.
5:9 Y Pedro le dijo: ¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu del Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti.
5:10 Al instante ella cayó a los pies de él, y expiró; y cuando entraron los jóvenes, la hallaron muerta; y la sacaron, y la sepultaron junto a su marido.
5:11 Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas.

Es la historia de Ananías y Safira, una pareja que decidió vender una propiedad y donar una parte del dinero a los pobres de la Iglesia. Ellos sólo querían dar parte del dinero, y era su derecho hacerlo; pero por quedar bien, decidieron decir que estaban dando todo el dinero, en lugar de sólo una parte. Su error consistió en mentir, en tratar de engañar a todos acerca de sus acciones. Por su mentira, terminaron muertos.

¿Por qué reaccionó Dios de una manera tan severa con ellos? ¿No es Dios amoroso y tierno? Sí lo es. La Biblia declara que Dios es amor, y es maravilloso conocer su amor por nosotros. Sin embargo, la Biblia también declara que nuestro Dios es un fuego consumidor. Si pensamos en Dios como un enorme osito de peluche, nos equivocamos. El es santo.

¿Qué significa que Dios es santo? Significa que Dios está totalmente separado de toda maldad y todo pecado. Lo impuro no puede contaminar a Dios. Más bien, cuando lo impuro trata de acercarse a Dios, queda destruido.

En cierto sentido, la santidad de Dios es como la electricidad. ¿La electricidad es algo malo? Al contrario. Estamos aquí cómodamente alabando al Señor con luces eléctricas, control de clima eléctrico y sonido eléctrico - todo esto gracias a la electricidad. Pero ¿qué sucede si tomamos dos cables vivos en las manos para ver qué pasa? Podría ser fatal.

La electricidad es algo muy bueno, siempre y cuando sepamos respetar sus cualidades especiales. Si la tratamos con respeto y de acuerdo con las leyes que rigen su comportamiento, la electricidad produce muchas cosas muy buenas. En cambio, si queremos jugar con la electricidad o manejarla sin conocer sus leyes y costumbres, tarde o temprano saldremos quemados.

Así es con la santidad de Dios. Dios es santo, y eso es algo muy bueno. Pero tenemos que saber cómo acercarnos a El, si no queremos sufrir algún daño en el proceso. No podemos acercarnos a Dios de una manera descuidada o indiferente. Tenemos que saber cómo hacerlo.

En estas próximas tres semanas estaremos hablando de la santidad de Dios y cómo tenemos que responder a El. De este modo, podremos acercarnos a Dios confiadamente, en lugar de que nos asuste asistir a la Iglesia. Hoy vamos a hablar del camino para acercarnos a Dios. Dios ha provisto una manera para que podamos acercarnos a su santidad. Esa manera es por medio del sacrificio. La santidad de Dios requiere sacrificio.

Pero ¿a qué clase de sacrificio me refiero? Quizás estés pensando en este momento: "Ya lo sabía. Los pastores siempre andan buscando dinero. Ahora el pastor Tony me va a decir que la única manera de acercarme a Dios es hacer un gran sacrificio económico." Pero no es a esa clase de sacrificio que me refiero.

Para entender cuál es el sacrificio que nos permite acercarnos a la santidad de Dios, vamos a regresar a un pasaje muy interesante del Antiguo Testamento. En la vida del pueblo de Israel bajo el pacto que Dios estableció con ellos por medio de Moisés, la presencia de Dios se encontraba en el tabernáculo, el lugar donde ellos adoraban a Dios.

Durante el tiempo que ellos andaban en el desierto, sucedió algo parecido a lo que sucedió muchos años después con Ananías y Safira, en los años de la Iglesia. Dos hijos de Aarón, el hermano de Moisés, se acercaron a Dios para ofrecerle incienso. Pero no lo hicieron de la manera en que Dios les había mandado. Tomaron la santidad de Dios a la ligera, y no siguieron sus órdenes. Como resultado, fuego salió de la presencia del Señor y los consumió.

Me imagino que si tú y yo hubiéramos visto esto, nuestro mayor deseo sería saber cómo evitar que volviera a suceder, ¿no es verdad? Resulta ser que Dios tampoco quería seguir destruyendo a sus sacerdotes de dos en dos. Por ese motivo, Dios le habló a Moisés para decirle cómo debían acercarse a El.

Aarón, el sumo sacerdote, debía primero bañarse para quitar cualquier impureza de su cuerpo, y luego vestirse con ropa dedicada especialmente a este ministerio, ropa que usaba solamente cuando iba a entrar a la presencia de Dios.

Luego, tendría que ofrecer dos animales en sacrificio. Uno de ellos se ofrecía por sus propios pecados y los de los demás sacerdotes, y el otro animal se sacrificaba por los pecados del pueblo. Aarón tomaba parte de la sangre del animal que acababa de matar y lo llevaba adentro del templo, al lugar santísimo, donde estaba la misma presencia de Dios. No había nadie más allí.

Pensemos, por un momento, en lo extraño que es este cuadro. Imagina que, cada domingo, alguien tuviera que matar a un animal afuera del santuario. Escuchamos sus mugidos, y vemos la sangre caliente brotar de la cortada. Luego, alguien entra al santuario con un plato de sangre en la mano y la derrama aquí sobre el altar. Algo chocante, ¿no?

Pero Dios nos da un mensaje muy importante con esto. Leamos Levítico 16:18-19 para entender cuál es:

16:18 Y saldrá al altar que está delante de Jehová, y lo expiará, y tomará de la sangre del becerro y de la sangre del macho cabrío, y la pondrá sobre los cuernos del altar alrededor.
16:19 Y esparcirá sobre él de la sangre con su dedo siete veces, y lo limpiará, y lo santificará de las inmundicias de los hijos de Israel.

Para Dios, los pecados que el pueblo iba cometiendo eran impurezas que se iban acumulando sobre el altar y lo contaminaban. Lentamente se iba llenando de mugre que ofendía la santidad de Dios. La única manera de purificarlo era con la sangre del sacrificio. Esa sangre quitaba las impurezas y dejaba el altar limpio ante la presencia de Dios - hasta que la gente volvía a pecar.

Por eso, los sacrificios se tenían que repetir una y otra vez, porque no quitaban el pecado de manera permanente. Sólo representaban una medida temporal. Pero nosotros vivimos en días mejores. Alguien hizo por nosotros un sacrificio mucho mejor. Leamos Hebreos 13:11-12 para verlo:

13:11 Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento.
13:12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta.

En lugar de entrar a un lugar santísimo aquí en la tierra, Jesús entró al cielo. En lugar de llevar la sangre de algún animal, el llevó su propia sangre para santificarnos a nosotros. Mira lo que dice este pasaje: "Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, sufrió fuera de la puerta de la ciudad".

Por medio del sacrificio de Jesús, los que formamos parte de su pueblo somos santificados. Esa palabra significa que somos hechos santos. En otras palabras, somos purificados y separados para poder entrar a la presencia de Dios y no ser destruidos. La sangre de Jesucristo nos limpia y purifica de todo pecado, para poder estar ante Dios sin temor.

La santidad de Dios requiere sacrificio, y Cristo ha hecho por nosotros el único sacrificio suficiente. Por este motivo, la única manera de poder estar en la presencia de Dios es por fe en el sacrificio de Jesucristo. Cuando nos arrepentimos del pecado y confiamos plenamente en el sacrificio de Cristo por nosotros, su sangre se aplica a nuestro corazón y purifica nuestra consciencia.

Pero quizás tú dirás: "Bueno, mejor ni me preocupo. ¿Para qué entrar a la presencia de Dios? Que El siga su rumbo, y yo voy por el mío." Puedes tomar esa decisión, si quieres. Dios no te obligará a aceptar el sacrificio de Cristo. El te invita, pero nunca te obliga. Pero hay algo que debes entender.

En esta vida, todos vamos en una dirección u otra. O nos estamos acercando a Dios, o nos estamos alejando de El. No hay otra opción. O nos acercamos a El, por la fe en su Hijo Jesucristo, o nos alejamos, siguiendo nuestro propio camino. Pero lo que tenemos que entender es el destino que nos espera.

Si nos seguimos alejando de Dios, terminaremos en un lugar de sufrimiento. Todo lo bueno viene de Dios - la paz, la alegría, la esperanza. Si seguimos nuestro propio rumbo, terminaremos sufriendo en un lugar sin paz, sin alegría y sin esperanza. En cambio, si nos acercamos a Cristo por fe, terminaremos viviendo para siempre con El.

La próxima semana veremos la actitud de corazón que requiere de nosotros la santidad de Dios. Pero ahora, te pregunto: ¿te has acercado a Dios por medio del sacrificio de Jesucristo? ¿Por fe, le has pedido que su sangre se aplique a tu corazón? Si no lo has hecho, hazlo hoy. Ven a El, para que puedas entrar a su presencia sin temor.


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