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Domingo 7 de Febrero de 2016

Morir para vivir
Pastor Tony Hancock

Todo el mundo quiere tener una vida buena. Un viejito, al parecer, lo había logrado. Sin embargo, uno de sus conocidos lo encontró sentado sobre una banca en el parque, llorando. "¿Qué te pasa?" - le preguntó al anciano. Su respuesta fue: "Soy multimillonario. Me acabo de casar con una bella joven. Vivimos en una enorme casa lujosa, y tengo un carro nuevo y veloz."

Su conocido le preguntó: "Entonces, ¿qué te pasa? ¿Por qué lloras?" El viejito, con cara de gran tristeza, le contestó: "¡No recuerdo donde vivo!" Parece ser que en cada vida, aun la más perfecta, siempre existe algún problema. ¿Te ha sucedido alguna vez que piensas tener todo en orden, tu vida ya se está componiendo, cuando de la nada sale otro problema?

Es bueno esforzarnos por tener una vida buena. Pero la vida nunca se perfecciona - al menos, por mucho tiempo. Creo que Dios nos está llamando por medio de las imperfecciones y los problemas de esta vida a ver más allá de lo que nos rodea. El nos llama a buscar una vida más allá del simple esfuerzo por sobrevivir o tener todo en orden.

Jesús nos dijo algo muy sorprendente. En Juan 12:24, El usa esta comparación: "Ciertamente les aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero si muere, produce mucho fruto." Cualquier semilla sólo podrá crecer y dar su fruto si se muere. Tiene que entregar su propia existencia al caer en la tierra. Sólo así puede vivir.

Este principio se aplica primeramente a Jesús. El dio su vida y fue enterrado para poder dar mucho fruto, fruto de vida eterna para muchas personas. Pero este principio también es aplicable a nuestra vida. Sólo podremos tener la vida verdadera si morimos. La vida del creyente es una vida que viene a través de la muerte.

Es una verdad que no nos gusta contemplar. Pero es la realidad. Nuestra vida sólo es posible por medio de la muerte de Cristo, pero esto requiere que nosotros también muramos. Vamos a examinar juntos lo que la Biblia dice al respecto. Comencemos hablando de la muerte de Cristo.

Es con buena razón que la cruz es el símbolo central del cristianismo. Recuerdo que, años atrás, un hermano de la Iglesia trajo un visitante aquí a adorar a Dios. En aquel entonces, no teníamos ninguna cruz sobre el edificio. Cuando se estacionaron, el visitante se quedó en el carro. Pensaba que habían llegado a una casa particular en lugar de un templo. ¡No había cruz!

Poco después, pusimos una cruz afuera. Con buena razón se identifica la cruz con el cristianismo, porque lo que Jesucristo hizo en la cruz es el centro de nuestra fe. Si Cristo no hubiera muerto en la cruz, nada más de lo que creemos tendría sentido. Sus enseñanzas sólo servirían para condenarnos, porque no las guardamos perfectamente. Su ejemplo sólo serviría para darnos más vergüenza, porque no lo seguimos cabalmente.

Fue por medio de su muerte en la cruz que Jesucristo nos rescató del pecado. Ahora bien, tenemos que comprender que, ante los ojos de Dios, cada creyente ha muerto con Cristo. Aquel día en que Jesucristo fue levantado entre el cielo y la tierra para entregar su vida sobre una áspera cruz, tú y yo - si creemos en El - también fuimos levantados para morir al pecado.

Por ejemplo, leemos lo siguiente en Romanos 6:6. Lo voy a leer en la Reina Valera. "Sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado." Cuando Cristo murió en la cruz, el viejo yo murió con El. Esta es una realidad espiritual, no simplemente una ilustración o ejemplo.

Pablo repite la misma idea en Gálatas 2:20: "He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí." El viejo hombre o la vieja mujer murió en la cruz, ante los ojos de Dios.

Un ejemplo nos puede ayudar a entender esto. En cierta ocasión, los israelitas estaban bajo ataque por los filisteos. Había un gigante de los filisteos llamado Goliat que salió a desafiar a los israelitas. "Escojan a uno de sus guerreros", dijo, "y que pelee contra mí. Si yo gano, todos ustedes nos servirán a nosotros. Si él gana, nosotros seremos sus siervos." (1 Samuel 17:8,9)

Nadie tuvo el valor de enfrentar a este gigante hasta que salió David, un joven pastor de ovejas. Su confianza puesta en el Señor, él tomó del arroyo cinco piedras para usar en su honda. Con una piedra a la sien del gigante, David ganó la batalla. Ese día, David peleó, pero todos los israelitas ganaron. Podríamos decir que, en cierto sentido, todo el ejército y hasta todo el pueblo de Israel estaba allí con David. El los representaba a todos.

Del mismo modo, si hemos puesto nuestra confianza en El, Jesús también es nuestro representante. Cuando El murió en la cruz, nosotros también morimos. Con Cristo hemos muerto a la pena del pecado, porque El murió en nuestro lugar. Nuestro pecado merecía la muerte. Jesús murió en nuestro lugar, así que es como si nosotros ya hubiéramos muerto. Nuestra pena ya fue pagada.

Todo esto es lo que Dios ve cuando mira al creyente. El ve que morimos con Cristo, y ya no somos culpables ante sus ojos. Ya no le debemos nada. Lo que Cristo hizo por nosotros jamás se puede repetir. Es algo totalmente único. Como dice 1 Pedro 3:18, "Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios. El sufrió la muerte en su cuerpo, pero el Espíritu hizo que volviera a la vida."

Lo que Jesús hizo jamás se puede repetir. El hizo lo que no podíamos hacer nosotros. No es un simple ejemplo o una inspiración; es un evento único en la historia. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Dicho esto, sin embargo, su muerte también es un modelo para nuestra vida.

Leamos sus palabras en Lucas 9:22-24:

9:22 -El Hijo del hombre tiene que sufrir muchas cosas y ser rechazado por los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley. Es necesario que lo maten y que resucite al tercer día.
9:23 Dirigiéndose a todos, declaró: -Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga.
9:24 Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.

Pronunció estas palabras en profecía de su muerte, anunciando que sería rechazado, muerto y resucitado. Pero en seguida dice que lo mismo tiene que suceder con cualquier persona que quiera ser su discípulo: tiene que rechazar sus derechos sobre sí mismo y morir a su propia vida para seguir a Cristo.

Me parece que esto representa una de las partes más olvidadas del llamado de Cristo. Nos encanta la idea de que Cristo murió por nosotros para que no tengamos que morir jamás. Nos sentimos muy bien al saber que El hizo lo que nosotros no podríamos hacer, y que por fe podemos recibir el beneficio de lo que El ha hecho en la cruz. Pero allí apagamos la transmisión radial. No queremos escuchar la siguiente parte, su llamado a morir al viejo yo para vivir la nueva vida que El nos da.

Si ignoramos esto, ignoramos una de las realidades más importantes para vivir la vida cristiana de verdad. Sólo podemos vivir una vida de verdadera espiritualidad si aprendemos a practicar la muerte en nuestra vida diaria. La nueva vida sólo viene a través de la muerte, como dice Romanos 6:4: "Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva."

El apóstol Pablo expresa la misma idea en Gálatas 6:14, cuando dice: "En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo." Al identificarnos con Cristo, morimos al mundo. Pero esto no es sólo en el momento de la conversión; es una necesidad diaria. Cristo nos llama en Lucas 9:23 a tomar nuestra cruz cada día y seguirle.

Esto no significa que la vida cristiana es un martirio constante, una vida de total sufrimiento que simplemente tenemos que aguantar. Al contrario, el gozo es uno de los frutos del Espíritu Santo en la vida del creyente. Pero tenemos que comprender que esa vida de gozo y paz viene a través de la muerte al viejo yo. Lo podemos tener ahora, pero sólo si estamos dispuestos a pasar por esa puerta de dar muerte a nuestro yo egoísta.

El mundo actual nos dice que no debemos negarnos nada ni reprimir nuestros impulsos, porque de otro modo, no seremos felices. La Biblia nos llama a negarnos a nosotros mismos y morir a los impulsos de la carne, para poder vivir para Dios. En la muerte hay dolor. La realidad es que la vida cristiana envuelve sacrificio y dolor, pero es con un propósito.

Quizás en esta mañana te encuentres batallando con un pecado o una tentación en tu vida. No trates simplemente de controlarlo o domesticarlo. No puedes tratar tu viejo yo egoísta como una mascota, que entrenas para no ensuciar mucho la alfombra y con quien te diviertes. Tenemos que morir a ese viejo yo. Cada vez que quiera levantar la cabeza, tenemos que verlo clavado en la cruz con Cristo. Sólo así podremos también resucitar con Cristo a una vida nueva, mejor, diferente.


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