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Domingo 10 de Julio de 2016

Una vida de confianza en una sociedad corrompida
Pastor Tony Hancock

En las selvas de Indonesia crece una planta conocida como el aro gigante. Algunos la consideran la flor más grande del mundo. Un ejemplar reciente llegó a casi tres metros de altura. Con un exterior verde y crema y un interior morado, esta flor es muy llamativa.

Sin embargo, pocas personas eligen sembrarla en su jardín. ¿Por qué? El aro gigante tiene una característica que le ha dado otro nombre común. Se conoce como la flor cadáver. Esta planta desprende un olor parecido a la carne podrida o a un cuerpo putrefacto. ¿Quién quisiera tener tal olor llenando el patio de su casa?

El aro gigante es un símbolo perfecto de la sociedad actual. De lejos, parece muy lindo. Las enormes ciudades de este mundo, con sus rascacielos y luces, llaman la atención. La tecnología logra grandes avances. Existen cada vez más formas de entretenerse. Pero a todo esto lo satura el olor de la muerte. Las familias se desmoronan. La moral se pierde. La gente se mata.

¿Es esto algo nuevo? Algunas personas dicen que todo fue mejor en el pasado. Seguramente algunas cosas lo fueron, pero siempre ha habido deshonestidad y corrupción. Diógenes, un filósofo griego que vivió más de trescientos años antes de Cristo, solía caminar por el mercado durante el día con una linterna encendida. Cuando las personas le preguntaban qué hacía, les respondía que buscaba a un hombre honesto. Al parecer, nunca lo encontró.

Si volvemos unos cuatrocientos años más hacia atrás, encontramos en los escritos del profeta Miqueas una descripción de la sociedad corrupta de su día. Pero Miqueas, como profeta de Dios, también nos dice cómo vivir en una sociedad corrompida. Nos dice cómo podemos tener confianza y prosperar espiritualmente.

Aunque se escribieron hace más de 2.700 años, sus palabras no podrían ser más actuales. Abramos la Biblia en Miqueas 7 para oír lo que Dios nos quiere decir en esta mañana. Empecemos con la lectura del verso 1:

7:1 ¡Pobre de mí! No llegué a tiempo para la cosecha de verano ni para los rebuscos de la vendimia; no tengo un solo racimo que comer, ni un higo tierno, por el que me muero.

Dios llega a su pueblo buscando el fruto de la justicia y la honestidad, pero no encuentra nada. Parece un viñedo sin ni una sola uva para satisfacer el hambre.

Leamos ahora los versos 2 al 6, y veamos si estos versos también describen la sociedad de nuestro día:

7:2 La gente piadosa ha sido eliminada del país, ¡ya no hay gente honrada en este mundo! Todos tratan de matar a alguien, y unos a otros se tienden redes.
7:3 Nadie les gana en cuanto a hacer lo malo; funcionarios y jueces exigen soborno. Los magnates no hacen más que pedir, y todos complacen su codicia.
7:4 El mejor de ellos es más enmarañado que una zarza; el más recto, más torcido que un espino. Pero ya viene el día de su confusión; ¡ya se acerca el día de tu castigo anunciado por tus centinelas!
7:5 No creas en tu prójimo, ni confíes en tus amigos; cuídate de lo que hablas con la que duerme en tus brazos.
7:6 El hijo ultraja al padre, la hija se rebela contra la madre, la nuera contra la suegra, y los enemigos de cada cual están en su propia casa.

¡Todos se tratan de aprovechar de los demás! Los líderes parecen cazadores. En lugar de proteger a los débiles, los destruyen. Son como una zarza de espinos, que sólo obstruyen el paso.

En cierta ocasión, una Iglesia en otro país había comprado una propiedad, pero uno de los vecinos también reclamaba el terreno. Para protegerse legalmente, los miembros de la congregación contrataron a un abogado que tenía fama de ser cristiano. Para su sorpresa, cuando llegaron a la audiencia con el juez, ¡el mismo abogado se presentó para representar al vecino! Obviamente, les había hecho una jugada sucia. ¿Cuántos casos parecidos se han visto alrededor del mundo?

Hay muchos líderes que, en lugar de ser guiados por la justicia de Dios, son guiados por sus propios apetitos y su deseo de conseguir dinero. Miqueas describe la situación en la Jerusalén de su día, y lamenta la pérdida de los valores que Dios había inculcado en su pueblo por medio de la ley de Moisés. Nosotros también lamentamos la pérdida de los valores que la Biblia nos enseña.

Vemos que la sociedad cada vez más abandona la honestidad, la decencia, la generosidad y la misericordia. En su lugar quedan el engaño, la inmoralidad y el egoísmo. Muchos líderes incluso reciben halagos por la manera en que se han aprovechado de los demás. ¿Cómo debemos responder a estas cosas? ¿Qué podemos hacer?

Miqueas nos da tres pistas. En primer lugar, debemos lamentar el estado de nuestra sociedad. El expresa su tristeza con lo que ve a su alrededor. Nosotros también debemos lamentar la falta de moral, de decencia y de honestidad. ¿Por qué lamentar? Porque la única opción es aceptar. Cuando dejamos de lamentar las condiciones en las que nos encontramos, empezamos a aceptarlas.

Esto se refleja en la actitud que dice: "Bueno, así es el mundo. ¿Qué vamos a hacer? Las cosas siempre han sido así." Cuando dejamos de lamentar la condición de la sociedad, pronto nos encontramos aceptando y participando en las cosas que antes habíamos rechazado. Lo que antes nos parecía extraño se vuelve normal.

Esto le sucedió a Lot, el sobrino de Abraham. Se mudó a la orilla de la malvada ciudad de Sodoma, porque había muchas oportunidades económicas allí. Como hombre justo, la sensualidad pervertida y las injusticias sociales de la ciudad le molestaban, pero poco a poco se fue acostumbrando.

Cuando llegaron los ángeles enviados por Dios para advertirle de la destrucción de su ciudad, los hombres de Sodoma quisieron acostarse con ellos. Lot se había acostumbrado tanto a la maldad de su pueblo que llegó al colmo de ofrecer a sus propias hijas a la multitud, en lugar de los ángeles que se hospedaban con él. Había dejado de lamentar la maldad, y se había acostumbrado a ella.

No quiero decir que debemos vivir en un estado constante de lamentación. ¡Al contrario! Uno de los frutos del Espíritu Santo en nuestra vida es el gozo. Pero en lugar de dejarnos deslumbrar por el brillo de la sociedad que nos rodea, debemos responder con tristeza por las injusticias y la maldad que vemos a nuestro alrededor.

Sigamos leyendo ahora Miqueas 7:7, y luego brinquemos a los versos 18 al 20:

7:7 Pero yo he puesto mi esperanza en el Señor; yo espero en el Dios de mi salvación. ¡Mi Dios me escuchará!

7:18 ¿Qué Dios hay como tú, que perdone la maldad y pase por alto el delito del remanente de su pueblo? No siempre estarás airado, porque tu mayor placer es amar.
7:19 Vuelve a compadecerte de nosotros. Pon tu pie sobre nuestras maldades y arroja al fondo del mar todos nuestros pecados.
7:20 Muestra tu fidelidad a Jacob, y tu lealtad a Abraham, como desde tiempos antiguos se lo juraste a nuestros antepasados.

En el verso 18, Miqueas nos habla del remanente. En medio de la maldad que se veía por todas partes del pueblo de Dios, algunos se mantenían fieles a su Dios. Aunque habían pecado, se arrepentían. Por la gracia de Dios, fueron preservados en medio de la maldad del mundo.

Dios siempre tiene un remanente, hasta el día de hoy. Hay muchas personas que se llaman cristianas hoy en día. Alrededor de dos mil millones de personas alrededor del mundo se identifican como cristianos. ¿Cuántos de ellos realmente lo son? Solamente Dios lo sabe. Pero El nos llama a nosotros a pertenecer a su remanente, al grupo de personas que realmente lo conocen y que son perdonados por medio de la fe en Jesucristo.

Como remanente, la segunda cosa que Dios nos llama a hacer es a separarnos. Tenemos que vivir una vida de separación y de santidad. No podemos dejarnos influenciar por lo que nos rodea. El creyente debe ser notable entre la sociedad. El apóstol Pablo lo expresa con palabras bellas en Filipenses 2:15: "para que sean intachables y puros, hijos de Dios sin culpa en medio de una generación torcida y depravada. En ella ustedes brillan como estrellas en el firmamento...".

Vivimos en medio de una generación torcida y depravada, pero Dios nos llama a brillar como estrellas en medio de la oscuridad. Esto sólo es posible si somos diferentes de los demás. Cuando las personas observan tu vida, ¿ven alguna diferencia entre tu forma de vivir y la de los demás? ¿Hay una diferencia en tu forma de hablar y de actuar?

¿Cómo podemos vivir en separación del mundo? ¿Cómo podemos brillar como estrellas en el firmamento? La respuesta está en el verso 7. Conforme más nos acercamos a Dios, más nos alejaremos de la maldad. Cuando nuestra esperanza está puesta en Dios, cuando lo amamos y esperamos en El, nos alejamos cada vez más de la maldad.

Si estás casado, considera tu matrimonio. Imagínalo como un triángulo. Los dos puntos de abajo te representan a ti y a tu pareja. El punto de arriba es Dios. Si ustedes sólo se miran el uno al otro, siempre habrá alejamiento. Pero si juntos se acercan a Dios, si se enfocan en amar y conocer y obedecer cada vez más a Dios, entonces terminarán acercándose también el uno al otro.

Esto representa una forma de pensar muy diferente de la que el mundo te presenta. El mundo te dirá que te concentres en tus propias necesidades, pero Dios te llama a orar y confiar en El. Te llama a buscar primeramente su reino y su voluntad. Este sólo es un ejemplo. En todas las áreas de nuestra vida, Dios nos llama a separarnos espiritualmente de la sociedad podrida que nos separa.

Nuestra forma de hablar, la música que escuchamos, nuestro uso del tiempo, nuestro uso del dinero - todo debe ser diferente. Esto nos lleva a la tercera verdad: tenemos una esperanza que el mundo no tiene. El verso 7 da voz al corazón de los que realmente siguen al Señor. Lo seguimos porque tenemos una esperanza en El.

Frente a la maldad que vemos a nuestro alrededor, nuestra reacción es esperar en el Señor. No quiero decir que vayamos a quedarnos con los brazos cruzados y no hacer nada. No me refiero a esperar como uno lo hace en una sala de espera, con una expresión de aburrimiento en la cara: "Dios, ¿cuándo vas a hacer algo?"

Más bien, me refiero a vivir con la expectativa y la seguridad de que Dios va a obrar. El está obrando en el mundo. En medio de toda la maldad que hay, El está trabajando para que el mundo no se destruya por completo. Un día, Jesús volverá y terminará para siempre con la maldad. Si permanecemos fieles a El, sabemos que también viviremos en ese mundo nuevo que El hará.

Escucha las palabras de Apocalipsis 21:1-4, que describen este nuevo mundo que Dios hará:

21:1 Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, lo mismo que el mar.
21:2 Vi además la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, procedente de Dios, preparada como una novia hermosamente vestida para su prometido.
21:3 Oí una potente voz que provenía del trono y decía: "¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! El acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo; Dios mismo estará con ellos y será su Dios.
21:4 El les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir."

Será un mundo de alegría, de bendición, de paz y prosperidad. No habrá muerte, ni habrá pecado. Será un mundo de amor, de diversión, de descubrimiento y de adoración. Será más maravilloso de lo que nos podemos imaginar. Dios está haciendo este mundo nuevo. Un día, vendrá sobre la tierra cuando Jesús regrese.

Vivimos en un mundo cada vez más oscuro. Esta semana las noticias nos presentaron horribles escenas de abuso de autoridad. Acto seguido, vimos las acciones alocadas de un asesino que quería destruir indiscriminadamente a los agentes de la orden pública. Parece que el mundo se ha vuelto loco.

En medio de esto, más que nunca tenemos que vivir como luz en las tinieblas. Sólo podemos hacer esto si la luz de Cristo - su verdad, su presencia, su amor - brilla en nuestros corazones. Frente a toda esta locura, podemos encontrar en Cristo la Palabra de verdad, de sanidad y de coherencia que trae paz a nuestros corazones. Sólo con El podemos vivir confiados en una sociedad corrompida.


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