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Domingo 1 de Mayo de 2016

La autoridad de Dios en el hogar
Pastor Tony Hancock

La niña de seis años se quejó con su madre: "Mami, tengo dolor de estómago". Su madre le contestó: "Es que tu estómago está vacío. No te molestaría si tuviera algo adentro". La niña se grabó bien este consejo. Por la tarde, llegó de visita el pastor. En la conversación mencionó que había tenido un fuerte dolor de cabeza todo el día. La niña le respondió: "Es que su cabeza está vacía. No le molestaría si tuviera algo adentro."

Los niños se lo graban todo, aunque a veces no lo comprenden muy bien. Dios ha dado a los padres la responsabilidad de criar a los hijos, y los ha puesto como autoridad en el hogar. La autoridad humana nunca es absoluta; sólo Dios tiene completa autoridad. Los padres que abusan de su autoridad tendrán que responderle a Dios, y también en muchos casos a las autoridades humanas.

Hoy vamos a meditar sobre la autoridad que Dios les ha otorgado a los padres, y el uso correcto de esta autoridad. La verdad es que las acciones de los padres pueden traer mucha bendición a la vida de sus hijos, pero también pueden hacerles mucho daño. Tanto el padre como la madre deben guiar a los hijos.

Proverbios 1:8 dice: "Hijo mío, escucha las correcciones de tu padre y no abandones las enseñanzas de tu madre." Esto supone que el padre y la madre le están dando enseñanzas y correcciones al hijo. Si un hijo decide rechazar los consejos de sus padres, él lleva la culpa; pero si los padres nunca le dan dirección, ellos son responsables.

Encontramos muchos ejemplos de padres en la Biblia, algunos buenos y otros malos. Por supuesto, el mejor Padre de todos es nuestro Padre celestial. Frente a las fallas de nuestros padres humanos, podemos refugiarnos en nuestro Abba, Dios Padre, quien nos ama con un amor paternal perfecto. El mandó a su Hijo Jesucristo para que, por fe en El, pudiéramos ser adoptados como parte de su familia.

Si conocemos como Padre a Dios, debemos esforzarnos para imitarlo también. Algunos de los padres bíblicos hicieron esto, pero otros no. Uno de los padres que aparece en la Biblia es un hombre que se llama Jefté. El fue uno de los jueces que guió a Israel después de la muerte de Josué, y antes de los reyes de Israel. Su historia se encuentra en Jueces 10, 11 y 12.

Jefté fue un gran guerrero, un hombre usado por Dios para librar al pueblo de Israel del poder de los amonitas. El Espíritu Santo vino sobre él y le dio poder para liberar a veinte ciudades. Jefté trajo libertad a muchas personas, pero lo que trajo a su familia fue opresión. Esto es lo que sucedió.

Antes de una de sus más grandes batallas, Jefté le hizo un juramento al Señor. Juró que ofrecería en sacrificio lo primero que saliera de su casa para recibirlo, si Dios le daba la victoria. Dios no le exigió este voto a Jefté. De seguro le hubiera dado la victoria sin necesidad de hacer ningún juramento. Pero Jefté, en su necedad, hizo este juramento mal pensado.

Después de ganar la victoria, Jefté regresó a su hogar en la ciudad de Mizpa. Lo que salió a su encuentro no fue algún animal, como quizás había esperado Jefté; fue su única hija la que salió bailando con panderetas para recibirlo. No estamos seguros si él realmente la ofreció en holocausto, o si simplemente se quedó ella sin casarse. Pero lo seguro es que el juramento precipitado de Jefté produjo resultados trágicos en la vida de su hija.

Una decisión repentina, un momento de apuro o debilidad puede afectar a tus hijos durante el resto de su vida. Un golpe, una noche de embriaguez o un regaño innecesario pueden producir efectos duraderos en la vida de tus hijos. No destruyas la vida de tus hijos por tu necedad. ¿Qué fruto producirán tus decisiones en la vida de ellos?

Otro padre tomó una decisión que produjo resultados muy diferentes en la vida de su hija. Este hombre se llamaba Jairo. Como Jefté, Jairo tenía solamente una hija. Esta niña tenía unos doce años cuando se enfermó de gravedad. De inmediato, Jairo decidió buscar a Jesús para que la sanara.

Jesús aceptó ir con él a su casa, pero en el camino, se detuvo para sanar a una mujer que sufría una hemorragia. Antes de que pudieran llegar a la casa de Jairo, alguien llegó de su casa para traerla una triste noticia. Su hija había fallecido. Se imaginaba que Jesús ya no podría hacer nada, pero El le dijo: "No tengas miedo; sólo ten fe" (Lucas 8:50).

Cuando llegaron a la casa de Jairo, ya había mucha gente haciendo duelo. Jesús entró con algunos de sus discípulos al cuarto donde yacía la niña, la tomó de la mano y le dijo: "Niña, levántate" (Lucas 8:54). Ella abrió los ojos y se incorporó. Los evangelios nos cuentan de sólo tres personas que Jesús resucitó; la hija de Jairo es una de ellas.

Jairo decidió buscar a Jesús. Confió en el Señor, y su fe trajo vida a su hija. Tu fe en el Señor también puede traer bendiciones a la vida de tus hijos. Si tú le eres fiel al Señor, si tú lo buscas y haces lo posible para que tus hijos lo conozcan también, traerás bendición a sus vidas. Si haces esto, es mucho más probable que ellos acepten al Señor Jesús como Salvador.

Cada persona toma sus propias decisiones, y en esta vida, no hay garantías. No juzgues a un hermano si sus hijos se han alejado del Señor. Es muy probable que, con el tiempo, volverán a la fe. Lo que tenemos que entender es que Dios ha puesto autoridad sobre los hijos en manos de los padres. Es por esto que las decisiones de los padres son tan importantes.

Si esto es así, ¿qué podemos hacer para traer bendición a nuestros hijos? La primera cosa es orar por ellos. Ana, la madre de Samuel, oró por un hijo, y Dios se lo concedió. Este hijo llegó a ser un gran líder, usado por Dios. Pero todo empezó con la oración de una madre. Podríamos también decir que Jairo oró por su hija. El habló con Jesús acerca de ella, y recibió la vida.

Hermano, hermana, sé fiel en orar por tus hijos. Sean pequeños o sean grandes, pon sus vidas en manos de Dios. Ora por su salvación. Ora por sus estudios. Ora por sus amistades. Ora para que el Señor prepare a la persona adecuada para que se casen, cuando llegue el momento. La oración de fe nunca está perdida. Dios responde a la oración de los padres.

En segundo lugar, leamos lo que nos dice Colosenses 3:21 acerca de la responsabilidad de los padres: "Padres, no exasperen a sus hijos, no sea que se desanimen." Dios nos dice que tenemos que ejercer la autoridad que El nos da sobre nuestros hijos con mucho cuidado. El abuso de la autoridad puede hacer mucho daño, sobre todo cuando se trata de un niño influenciable.

Por lo tanto, la responsabilidad de los padres es ser justos y constantes, y no exasperar a sus hijos. Los hijos se exasperan o se desaniman cuando los padres son injustos o inconstantes. Cuando el hijo nunca puede complacer a sus padres, se desespera. Cuando nunca lo felicitan ni le muestran cariño, se desanima. El hecho de que tengas autoridad sobre tus hijos no los convierte en tu juguete o tu mascota. En lugar de exasperarlos, motívalos y ayúdales.

En tercer lugar, traemos bendición a la vida de nuestros hijos cuando les damos consejos y consecuencias. El rey Salomón recordaba los consejos de su padre, y nos cuenta de ellos en Proverbios 4:3-5:

4:3 Cuando yo era pequeño y vivía con mi padre, cuando era el niño consentido de mi madre,
4:4 mi padre me instruyó de esta manera: Aférrate de corazón a mis palabras; obedece mis mandamientos, y vivirás.
4:5 Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia; no olvides mis palabras ni te apartes de ellas.

Su papá, el rey David, no lo había dejado sin consejo. Le había explicado cómo funcionan las cosas. Le había dicho lo que es bueno y lo que es malo.

De hecho, si leemos el libro de Proverbios, nos damos cuenta de que su padre le había aconsejado acerca del dinero, las mujeres, las malas compañías y muchas otras cosas que necesita saber el joven para evitar problemas. No pienses que tus hijos ya saben lo que es bueno y lo que es malo. Háblales con sabiduría. Dales ejemplos. Cuéntales de tu propia vida. Instruye a tus hijos, como el padre de Salomón lo hizo.

Pero a veces los consejos no son suficiente. A veces, hace falta que haya consecuencias para la maldad. Esto lo vemos en Proverbios 13:24: "No corregir al hijo es no quererlo; amarlo es disciplinarlo." La disciplina no es lo mismo que el abuso. No confundamos estas dos cosas. Darle un golpiza al niño nunca es apropiado. Pero tampoco es bueno ni es amoroso dejar de corregirlo cuando desobedece.

Un hijo bien disciplinado generalmente conoce lo que significa la palabra "no". Cuando uno de sus padres u otra persona en autoridad le dice "no", obedece porque sabe que si no lo hace, habrá alguna consecuencia desagradable. Cuando les dices a tus hijos que no, asegúrate también de estar dispuesto a imponerles algún castigo apropiado si te desobedecen. Esta es la base de la disciplina. Si estás dispuesto a disciplinar a tus hijos, pocas veces será necesario que les grites.

Recuerda que estás bajo observación. Un día, un niño se acercó a su papá y le dijo: "Papi, cuando sea grande, quiero ser Supermán." Su papá le respondió: "¿Qué harás si no puedes ser Supermán?" El niño le respondió: "Bueno, entonces supongo que seré como tú." Muchos niños sueñan con ser Supermán, pero pocos tienen la honestidad de este pequeño.

Aunque sueñan con ser superhéroes, en realidad están observando a sus padres. Dios te ha encomendado a tus hijos. Te ha dado autoridad sobre ellos durante su niñez para que los formes con cuidado. No dejes de orar por ellos. No dejes de darles consejos y consecuencias. Sobre todo, piensa: ¿Me gustaría que mis hijos fueran como yo? Si no, ¿qué debe cambiar en tu vida?


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