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Domingo 20 de Noviembre de 2016

El siervo restaurador
Pastor Tony Hancock

Durante siglos, los presidentes de los Estados Unidos han vivido en una mansión conocida como la Casa Blanca. Es uno de los edificios más famosos del mundo. Se construyó en el año 1800, así que ya tiene más de doscientos años de edad. Como cualquier edificio, se ha deteriorado con el tiempo. De hecho, en 1948, un estudio descubrió que el edificio estaba en peligro de desplomarse.

El mismo estudio determinó que sería más económico tumbar la Casa Blanca y volverla a construir, pero el presidente Truman rechazó esa opción. Consideró que el valor cultural de conservar la estructura original era mayor que cualquier ahorro económico. En diciembre de 1948, el presidente y su familia se mudaron a una mansión enfrente de la Casa Blanca, y la obra de restauración comenzó.

La renovación tuvo un costo total de 5,7 millones de dólares. Sería el equivalente de casi 60 millones de dólares actuales. Cuando el proyecto terminó, la Casa Blanca había sido restaurada a su belleza inicial y estaba lista para servir a las generaciones futuras de presidentes norteamericanos.

Hay otra construcción que se halló en gran necesidad de restauración. Me refiero a la humanidad, y a cada ser humano en particular. Nuestro diseño original fue de gran belleza y majestad, reflejando la imagen de Dios mismo. Fuimos creados para ser templos de adoración. Sin embargo, permitimos que el pecado entrara a nuestro mundo y a nuestro corazón. El pecado ha carcomido la estructura misma de nuestro ser.

¿Decidiría nuestro Dueño destruirnos por completo y empezar de nuevo? Quizás habría sido la opción más económica, pero El tomó otra decisión. El optó por ofrecer la restauración a cada ser humano. El Arquitecto y Artesano de esa obra llegó a este mundo hace más de dos mil años. El próximo mes, celebraremos su nacimiento. Me refiero, por supuesto, a Jesucristo.

En estas semanas que nos preparamos para celebrar su venida, vamos a considerar la misión que trajo a Jesús al mundo. Nos enfocaremos en cuatro poemas proféticos de Isaías, comúnmente conocidos como los cantos del Siervo. Cristo Jesús, el que ha existido siempre como Dios, tomó la forma de un Siervo para rescatarnos a nosotros. Nos dice Filipenses 2:6-7 que El, "siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo... ".

Leamos Isaías 42:1-9, el primer canto del Siervo:

42:1 Éste es mi siervo, a quien sostengo, mi escogido, en quien me deleito; sobre él he puesto mi Espíritu, y llevará justicia a las naciones.
42:2 No clamará, ni gritará, ni alzará su voz por las calles.
42:3 No acabará de romper la caña quebrada, ni apagará la mecha que apenas arde. Con fidelidad hará justicia;
42:4 no vacilará ni se desanimará hasta implantar la justicia en la tierra. Las costas lejanas esperan su enseñanza.
42:5 Así dice Dios, el Señor, el que creó y desplegó los cielos; el que expandió la tierra y todo lo que ella produce; el que da aliento al pueblo que la habita, y vida a los que en ella se mueven:
42:6 Yo, el Señor, te he llamado en justicia; te he tomado de la mano. Yo te formé, yo te constituí como pacto para el pueblo, como luz para las naciones,
42:7 para abrir los ojos de los ciegos, para librar de la cárcel a los presos, y del calabozo a los que habitan en tinieblas.
42:8 Yo soy el Señor; ¡ése es mi nombre! No entrego a otros mi gloria, ni mi alabanza a los ídolos.
42:9 Las cosas pasadas se han cumplido, y ahora anuncio cosas nuevas; ¡las anuncio antes que sucedan!

Este canto nos habla de un Siervo restaurador. Viene para restaurar a la humanidad arruinada por el pecado. Podemos ver esto con más claridad si pensamos, por un momento, en la historia de Isaías, el profeta que recibió esta revelación del Señor. Luego, consideraremos tres aspectos del ministerio de restauración del Siervo.

Isaías vivió en tiempos muy precarios. El pueblo de Dios se había dividido en dos partes, el reino de Judá y el reino de Israel. Durante la vida de Isaías, el reino de Israel - el reino del norte - fue conquistado por los asirios. Dejó de existir como nación. Muchos de los israelitas fueron llevados a vivir a otros lugares a la fuerza, y los asirios trajeron gente de otros lados para vivir en Israel.

Judá sobrevivió, pero muy apenas. Durante varios años, su futuro era muy dudoso; fue sólo por la gracia de Dios que no fue conquistado. Los primeros 39 capítulos de Isaías hablan principalmente a la situación de su día, aunque incluyen algunas profecías del futuro también.

Pero a partir del capítulo 40, Dios le revela a Isaías que, con el tiempo, Judá también sería llevado al cautiverio. Esto sucedió un poco más de cien años después. Isaías empezó a recibir mensajes de consuelo y restauración para los judíos que serían conquistados y desterrados. En el capítulo anterior al que hemos leído, el capítulo 41, Dios le revela a Isaías que levantaría a un rey para restaurar a los judíos desterrados a su tierra.

Más adelante en el libro, Dios hasta le revela a Isaías el nombre de este rey. Se llamaría Ciro. Este rey pagano del imperio persa, unos doscientos años después de la vida de Isaías, dio la orden que permitió a los judíos regresar a su tierra y reconstruir su tierra. ¡Fueron liberados de su cautiverio!

Pero en el pasaje que hemos leído, Isaías nos habla de otro líder - el Siervo - que traería libertad del cautiverio. Pero ahora no sería el cautiverio temporal que sufrieron los judíos; como dice el verso 7, el Siervo vendría para dar vista a los ciegos, para librar de la cárcel a los presos y del calabozo a los que viven en la oscuridad. El Siervo viene para traer libertad espiritual y eterna a todos, revelándonos la verdad y liberándonos del pecado que nos mantiene presos en la oscuridad.

Podríamos comparar a Ciro con Miguel Hidalgo, quien con el Grito de Dolores impulsó la lucha por la independencia mexicana. O lo podríamos comparar con José de San Martín y Simón Bolívar, los libertadores de gran parte de América del Sur. Estos hombres valientes lograron liberar a las colonias del dominio español.

Trajeron independencia política, pero no lograron transformar los corazones de las personas. Hasta el día de hoy, continúa la lucha por la verdadera libertad, que es espiritual. Nuestra querida América Latina sólo llegará a ser libre cuando Jesucristo reine de verdad en cada corazón. Eso tiene que comenzar con cada uno de nosotros.

El Siervo, Jesucristo, ha venido a liberar y restaurar lo que se había destruido. Pero ¿cómo es su obra de restauración? Los versos 2 y 3 nos revelan que el Siervo viene para restaurar con ternura. Descubrimos que el Siervo no clamará, ni gritará, ni levantará su voz en la calle; no romperá la caña quebrada, ni apagará el pábilo que humee.

Jesús no es como muchos supuestos libertadores, que llegan con mucho ruido y grandilocuencia, que a gritos prometen el cielo y la tierra y atropellan a todos los que no les sirven para algo. Mateo aplica estos versículos a Jesús cuando describe cómo Jesús ordenaba a los enfermos a quienes sanaba que no se lo dijeran a nadie.

Los líderes políticos de este mundo hacen alarde de sus logros. Todo el mundo sabe cuando han llegado a algún lugar. No pierden el tiempo con nadie que no les pueda ayudar a lograr sus propias metas. Pero Jesús no es así. El no se exalta a sí mismo; es el Rey de la humildad. El no atropella a los necesitados que se acercan a El; más bien, los recoge en sus brazos para sanarlos.

Quizás tú seas como aquella caña quebrada, como aquella mecha que sólo humea. La vida te ha dado muchos golpes, y te ha dejado estropeado. Si tú te acercas a Jesús, El no te terminará de destruir. No te golpeará más. No te dirá: "¡Tú mismo te lo buscaste! A ver cómo te las arreglas."

Quizás hayas sido atropellado por personas que usaban el nombre de Jesús, pero no te trataron con compasión. Por favor, reconoce que el daño que te hicieron fue culpa suya. No es una representación digna de Jesús. El no es así; El vino para restaurar con compasión y amor lo que está dañado. Acércate a El con fe. Puedes confiar en El.

Pero surge la pregunta: ¿de qué clase de restauración estamos hablando? Los versos 5 al 7 nos enseñan que el Siervo viene para reconciliar con su Creador a todos los hombres. Dios te hizo. Te diseñó con mucho cuidado. El es Creador de todo. Sin El, no tenemos vida. Sin embargo, el pecado ha creado un distanciamiento. Estamos separados de El.

Por eso, Dios le dice al Siervo, Jesús: "Yo te constituí como pacto para el pueblo, como luz para las naciones." Las personas de toda nación andan en la oscuridad del pecado, pero Cristo vino para ser luz en nuestra oscuridad. Vivíamos separados de Dios, pero Cristo vino a establecer un nuevo pacto entre Dios y nosotros - un pacto que se estableció por medio de su muerte en la cruz.

No había nada que nos conectara con Dios. En cualquier momento, podríamos entrar al castigo eterno que se merece nuestro pecado. Vivíamos como arrimados en este mundo que es de Dios. No éramos de la familia; éramos unos pordioseros que se acercaban a la puerta de atrás para pedir un pedazo de pan.

Pero todo eso cambió cuando Cristo vino. Por medio de su muerte, El nos ha hecho una oferta inigualable. El próximo viernes, todo el mundo estará buscando ofertas en las tiendas. Pero la oferta que Dios nos hace es mejor que cualquier oferta del viernes negro. Es la oferta de su perdón, de ser adoptados como sus hijos, de ser parte de su familia y vivir con El para siempre.

El costo lo pagó Cristo en la cruz. Nuestra parte es reconocer nuestro pecado, arrepentirnos de él y poner nuestra confianza en Jesús. Es entregarle a El el control de nuestra vida. Así entramos en este pacto, este acuerdo que Dios hace con nosotros por medio de su Siervo, Jesucristo.

Todo esto sucede para la gloria de Dios. Los versos 8 y 9 nos enseñan que el Siervo viene para glorificar a Dios. El viene para restaurar la verdadera adoración. Por medio de Cristo, volvemos a adorar al único que se lo merece, al único que conoce el futuro, al único que puede traer algo realmente nuevo a este mundo viejo y acabado.

En una ciudad cercana hay una casa antigua que solía ser muy elegante. Por varios años, estuvo vacante. Pero últimamente, unos nuevos residentes han llegado a esta casa. Se calcula que más o menos 20.000 murciélagos han llegado a vivir allí. Las autoridades han prohibido la entrada a la casa. De lejos se nota el mal olor que dejan sus habitantes.

Cuando una casa está vacía, cualquier cosa puede llegar a vivir allí. Cuando una vida está vacía, lo mismo sucede. Si no llenamos nuestra vida de adoración y servicio al Dios verdadero, otras cosas mucho menos agradables llegarán a llenar el vacío. El ministerio de Cristo, el Siervo, tiene el propósito de restaurarnos a la verdadera adoración, al único que se la merece.

Considera la grandeza de nuestro Dios. En amor, El mandó a su Hijo como el Siervo perfecto para traernos restauración. Con humildad, El viene a restaurar tiernamente la vida de todo aquel que se acerca a El. Con su muerte y resurrección, nos ofrece una vida nueva, una vida eterna, de relación segura y permanente con Dios. ¿No se merece este Dios toda nuestra adoración? ¿No se merece que le entregues por completo el control de tu vida?


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