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Domingo 29 de Marzo de 2015

La llegada del Rey
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez has visto la llegada de alguien importante? Recuerdo durante mi niñez que estábamos de vacaciones en el sur del Perú cuando llegó el presidente. Por razones de seguridad, no pudimos salir del hotel mientras llegaba su caravana de vehículos. Tuvimos que conformarnos con tratar de observarlo desde el techo del hotel. Estaba tan lejos que parecía observar una hormiga que entraba al hormiguero, pero al menos podía decir que había visto al presidente.

En otra ocasión, el papa llegó de visita a Lima. Su visita fue una gran bendición, al menos porque las autoridades repavimentaron muchas calles y pintaron las orillas de las aceras. Los terroristas también le dieron la bienvenida al papa, causando un apagón en algunas partes de la ciudad.

Siempre hay preparativos y celebraciones cuando llega algún personaje importante. Pero ¿cuál celebración sería adecuada para darle la bienvenida al Rey de todo el universo? ¿Cuáles preparativos tendrían que hacerse? Hoy vamos a ver cómo llegó a la ciudad donde estaba su palacio presidencial.

Quiero darte una advertencia: esta historia no es solamente de interés histórico. No es una simple anécdota, como mis experiencias con el presidente y el papa. Más bien, este Rey quiere llegar también a tu vida. ¿Cómo lo recibirás? Déjame contarte la historia de su primera llegada.

El Rey al que me refiero, por supuesto, es Jesús. Durante la mayor parte de su ministerio, El escondió su verdadera identidad. Cuando sus discípulos reconocieron que El era el Mesías, el Rey y Salvador que todos estaban esperando, El les ordenó que no se lo dijeran a nadie. En varias ocasiones, cuando su popularidad crecía, El se retiraba a otros lugares.

Ahora había llegado el momento en que se daría a conocer como el Rey esperado. Muchos peregrinos estaban llegando a la ciudad capital de Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua. Jesús llegó entre ellos con sus discípulos. Cuando estaban a poca distancia de Jerusalén, Jesús mandó a dos de sus discípulos a uno de los pueblos cercanos. Les dijo que encontrarían a una burra atada, y con ella, un burrito. Debían traerle los animales a Jesús. Si alguien los trataba de detener, debían decirle: "El Señor los necesita, pero luego los devolverá".

Prestarle a alguien un burro sería ahora como prestarle un carro. No era algo que se hacía a la ligera. Pero Jesús era conocido, y posiblemente había hecho arreglos anteriores con los dueños. De todos modos, cuando los discípulos se fueron, lo encontraron todo tal y como les había dicho Jesús.

El hizo todas estas cosas a propósito. Lo hizo para cumplir las palabras de la profecía que se había pronunciado siglos antes. El Rey vendría a Jerusalén montado sobre un burrito. No vendría como un conquistador sobre un corcel de guerra, sino humilde y pacífico, sentado en un burro.

Cuando se acercaron a la ciudad, muchas personas reconocieron a Jesús. Algunos vieron también el significado de su llegada sobre el burro. Jubilosamente cortaron ramas de los árboles que había alrededor, palmeras e higueras, y las tendían con sus mantos en el camino como una alfombra roja para recibir a Jesús.

Toda la multitud gritaba: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" Los que observaban todo este espectáculo preguntaban: "¿Quién es éste?" La respuesta que recibían era ésta: "Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea" - una respuesta correcta, pero incompleta.

Leamos ahora esta historia en la Biblia, en Mateo 21:1-11:

21:1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos,
21:2 diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella; desatadla, y traédmelos.
21:3 Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y luego los enviará.
21:4 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
21:5 Decid a la hija de Sion: He aquí, tu Rey viene a ti, Manso, y sentado sobre una asna, Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
21:6 Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó;
21:7 y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus mantos; y él se sentó encima.
21:8 Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en el camino.
21:9 Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
21:10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
21:11 Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.

¿Cómo te habrías sentido si hubieras formado parte de la multitud en aquel día? Por un glorioso instante, se olvidaron por completo de las dificultades y penurias y sufrimientos de su vida diaria mientras celebraban a Jesús. La alegría y la esperanza llenaban el aire como la luz de un cristal.

¿Por qué tanta celebración? Simplemente porque había llegado el Rey. Jesús es el Rey. Lo demostró cumpliendo la profecía que anunciaba su llegada. El es Rey sobre la creación, porque El la hizo. Es Rey sobre su pueblo, porque lo compró con su sacrificio en la cruz. Y El merece ser tu Rey también.

Todos tenemos un rey. Para algunos, es el alcohol; para otros, las drogas o los juegos del azar. Para algunos, es el trabajo; para otros, el placer. Para algunos, es el dinero; para otros, es alguna figura política que promete convertir su país en un paraíso. Todos tenemos un rey, pero el único que realmente merece ser rey es Jesucristo.

Debemos celebrarlo como Rey. La alegría y la celebración de quienes le dieron la bienvenida a Jesús cuando entró a Jerusalén deben mostrarse cuando nosotros lo celebramos también. Me pregunto cómo podemos celebrar cuando un balón de plástico se mete a una red, pero parece aburrirnos el golazo que Jesús le metió al diablo cuando nos rescató del pecado y del poder del enemigo.

Nuestro Rey es digno de celebración. Cuando nos reunimos para adorarle, ¡expresemos nuestra alegría! Cuando le cantamos, ¡hagámoslo con júbilo! Aplaudir, brincar, gritar, sonreír, celebrar - todo esto se lo merece Jesús, y mucho más. El es el Rey, y debemos celebrarlo como Rey.

Pero ¿qué clase de Rey es Jesús? Jesús es un Rey humilde. Es el Rey de la humildad. Como dice el verso 5, "Mira, tu rey viene hacia ti, humilde y montado en un burro". Jesús no viene exigiendo con soberbia que todos lo adoren. Viene en humildad y sencillez, aunque es el Dueño de todo.

Un día, El volverá a juzgar a todos. Ese día no vendrá sobre un burro, sino sobre un caballo blanco. Su juicio será severo. Pero ahora, durante esta era de la gracia de Dios, Jesús viene como Rey humilde para llamar a los humildes a seguirle. Si queremos seguir al Rey de la humildad, nosotros también tenemos que ser humildes. No hay lugar en el Reino de Cristo para los orgullos y altivos.

Había un pastor que preparó un sermón maravilloso sobre la humildad, pero decidió esperar hasta que la Iglesia estuviera llena para predicarlo. ¡Me parece que le hacía más falta escuchar el sermón a él que a los demás! El orgullo siempre trata de crecer, como una mala hierba, en nuestro corazón. Pero si somos seguidores del Rey de la humildad, tenemos que arrancarlo sin misericordia. Tenemos que cultivar la humildad y sencillez de nuestro Salvador.

Jesús es el Rey. Es el Rey de la humildad. Y es también el Rey que trae salvación. Las personas que le daban la bienvenida a Jesús en aquella entrada triunfante a Jerusalén gritaban: "¡Hosanna al Hijo de David!" La palabra "Hosanna" significa "salva". Se usaba como una expresión de alabanza sin considerar su verdadero significado, así como nosotros decimos "Aleluya" sin pensar en que significa "alaba al Señor".

Ellos quizás no estaban pensando en el significado de lo que decían, pero como tantas otras personas durante el ministerio de Jesús, dijeron verdades que ellos mismos no comprendían. Porque Jesús es, en realidad, el único que nos puede salvar. El es el Rey que ha venido a salvar a su pueblo.

No lo comprendieron perfectamente en ese momento, porque cuando se les preguntaba quién era Jesús, ellos dijeron que era el profeta de Nazaret. Ambos detalles eran ciertos, pero incompletos. Jesús es profeta, pero es mucho más que un simple profeta. Como profeta, El proclama perfectamente la verdad de Dios; pero lo hace porque es Dios. Se había criado en Nazaret, pero no era su lugar de origen. Nació en Belén, como descendiente y heredero del gran rey David.

Lo que ellos quizás no comprendían nosotros tenemos que reconocer. Ese Rey, a quien ellos aclamaban con "Hosanna", "sálvanos", es el único que realmente lo puede hacer. El vino a salvarnos de nuestra esclavitud al pecado. Nos vino a salvar del temor a la muerte. Nos vino a salvar de una vida sin sentido y darnos la entrada a su Reino de luz y verdad.

Pocos días después de esta entrada triunfal, El fue clavado en una cruz. Murió la muerte de un criminal. La única persona en todo el mundo que jamás cometió ningún pecado, ningún delito, murió como cualquier delincuente. Al morir, El ofreció el único sacrificio que podría quitar nuestra vergüenza ante Dios y hacernos limpios ante El. ¿Qué otro Rey ha dado la vida por sus súbditos?

Si tú sigues a este Rey, serás realmente libre. Tendrás esperanza, gozo y paz en medio de este mundo de oscuridad y desesperación. Nadie más te puede ofrecer esta salvación. Las drogas y el alcohol lo imitan, pero sólo por un rato. El pecado te lo promete, pero nunca cumple con sus promesas. Sólo Jesucristo te puede dar salvación de verdad.

¿Sabes? El Rey, Jesús, también ha llegado a este lugar. No ha venido en forma física, aunque un día lo hará. Pero El está aquí en este momento. ¿Cómo lo recibiremos? ¿Lo haremos con la humildad y la confianza que El se merece? ¿Lo reconoceremos como Rey legítimo sobre nuestras vidas? Es la única manera de recibir la salvación que El nos ofrece.


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