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Domingo 5 de Abril de 2015

¿Por qué murió Jesús?
Pastor Tony Hancock

Si has tenido un niño de tres o cuatro años, ya sabrás la frase que más le gusta: ¿por qué? De todo quiere saber el por qué. ¿Por qué no se cae la luna del cielo? ¿Por qué nos tenemos que lavar las manos? ¿Por qué me tengo que tomar la leche? Es fácil cansarse de tantas preguntas, pero así es que los niños aprenden.

Una niña pequeña le preguntó a su mamá: "Mami, ¿por qué tienes tantas canas?" Su madre le respondió: "Hija, cada vez que te portas mal, uno de mis cabellos se convierte en cana". La niña se quedó pensando un rato. Luego, le volvió a preguntar: "Si cada vez que me porto mal uno de tus cabellos se convierte en cana, ¿por qué tu mamá, mi abuelita, tiene la cabeza llena de canas?"

¡Buena pregunta! ¿verdad? Hay que tener cuidado con las respuestas que damos a las preguntas del por qué. En estas fechas, nos encontramos celebrando algo muy importante. Todos saben lo que estamos celebrando: la muerte y la resurrección de Jesucristo. No celebramos a un conejo que deja huevitos; eso es pura fantasía. Celebramos a un hombre que colgó en una cruz.

Pero cabe la pregunta: ¿por qué? ¿Por qué celebramos la muerte de Jesús? ¿Por qué tuvo que morir? Seguramente has visto las películas y otras representaciones de la muerte de Jesús, y quizás te hayas preguntado por qué sucedió. El mejor lugar para encontrar la respuesta está en la Biblia, la Palabra de Dios. Allí vamos a encontrar tres razones por las que Jesús murió.

La primera se encuentra en Juan 15:13: " Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos." Jesús murió como expresión de amor. El nos explica qué clase de amor representa El. Es un amor que se sacrifica. En realidad, el verdadero amor siempre envuelve sacrificio. El amor que Jesús nos tiene lo llevó a sacrificar todas las comodidades del cielo y venir a este mundo a dar su vida en sacrificio por nosotros en la cruz.

Con cada gota de sangre, Jesús nos decía: Te amo. Con cada latigazo que partió sus espaldas, demostraba la profundidad de su amor. La cruz de Cristo es la prueba final del amor de Dios hacia un mundo rebelde y desobediente. Si alguna vez dudas de que Dios te ama, mira hacia la cruz. Allí te lo dice de la forma más clara posible.

En realidad, el verdadero amor siempre envuelve sacrificio. ¿Qué motiva a la madre que se queda toda la noche con su niño enfermo, refrescando su cabeza enfebrecida con trapos húmedos? ¿Lo hace por interés? Dice ella: ¿Tengo que hacer esto para que él me cuide cuando llegue a la vejez? Claro que no; lo hace por puro amor. El amor la lleva a sacrificarse.

¿Qué motiva al esposo que se queda al lado de su esposa inválida, en lugar de divorciarse y buscarse otra pareja? Solamente el amor. ¿Qué motiva al padre que se sacrifica trabajando horas extras para pagar el estudio de sus hijos? Solamente el amor. El verdadero amor no consiste solamente en sentimientos o en palabras. El verdadero amor envuelve sacrificio.

Es un sacrificio para los jóvenes esperar hasta casarse para tener relaciones sexuales, cuando sus cuerpos anhelan unirse. Pero es en ese sacrificio de esperar y controlarse que el verdadero amor crece, un amor que puede durar hasta que la muerte los separe. Es un sacrificio pequeño levantarse temprano para asistir a la Iglesia y participar en la escuela dominical, en lugar de quedarse en la cama para dormir otro rato. Pero es a través de ese sacrificio que aprendemos y crecemos.

El verdadero amor siempre envuelve sacrificio. Jesucristo lo demostró cuando fue a la cruz a morir por nosotros. Si queremos demostrarle nuestro amor, lo haremos también con sacrificio. Inmediatamente después de Juan 15:13 encontramos estas palabras en Juan 15:14: "Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando." Jesús nos amó sacrificándose por nosotros. Nosotros le correspondemos cuando nos sacrificamos por obedecer los mandamientos que El nos ha dejado, simplemente porque le amamos.

Pero el sufrimiento del amor debe tener algún propósito. Si un padre entra a un hogar en llamas para rescatar a sus hijos, y en el proceso pierde la vida, lo consideramos un héroe. Si un padre se prendiera fuego, y mientras las llamas terminan con su vida les gritara a sus hijos: "¡Miren cuánto los amo!", lo consideraríamos un lunático. El sacrificio debe tener algún propósito.

El gran sacrificio de Cristo en la cruz por nosotros tuvo un propósito sublime. Su propósito fue pagar nuestra deuda de pecado, para que nosotros pudiéramos ser libres y vivir con El para siempre. En realidad, creo que nuestras mentes humanas no podrán comprender todo lo que sucedió en el cielo cuando Jesucristo murió en la cruz. Pero la Biblia usa varios ejemplos para ayudarnos a comprenderlo.

Por ejemplo, Hebreos 9:27-28 dice así: "Y así como está establecido que los seres humanos mueran una sola vez, y después venga el juicio, también Cristo fue ofrecido en sacrificio una sola vez para quitar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, ya no para cargar con pecado alguno, sino para traer salvación a quienes lo esperan". El pecado ofende el honor y la santidad de Dios. Es como una enorme mancha sobre nosotros, que tiene que ser quitada si vamos a entrar en su sagrada presencia. No hay blanqueador en este mundo que nos pueda quitar esa mancha. Sólo la sangre de Jesús lo puede hacer.

Segunda de Corintios 5:21 lo expresa así: "Al que no cometió pecado alguno, por nosotros Dios lo trató como pecador, para que en él recibiéramos la justicia de Dios". En la cruz de Jesús se hizo un gran intercambio. El fue tratado como si fuera pecador, como si fuera culpable, y Dios nos trata a nosotros como si fuéramos justos. De este modo, nuestra vergüenza ante Dios a causa del pecado puede ser quitada, y podemos estar confiados delante de El.

¿Te das cuenta de la gravedad del pecado? Es tan grave que se necesitó el sacrificio del Hijo de Dios y único hombre perfecto para que nuestro pecado pudiera ser perdonado. Pero por su amor, Cristo vino precisamente para hacer esa clase de sacrificio por nosotros. Con su muerte, El sufrió la vergüenza para que nosotros pudiéramos entrar con honor a la casa de nuestro Padre.

La muerte en la cruz fue muy vergonzosa. Los cuadros que vemos tapan modestamente al Señor con una tela, pero los crucificados generalmente estaban desnudos. La gente se burlaba de El. Los soldados lo menospreciaban. El fue avergonzado para que nosotros pudiéramos ser aceptados. El fue menospreciado, a causa de nuestro pecado, para que pudiéramos ser restaurados.

¿Has recibido su perdón? ¿Qué has hecho con Jesús? ¿Lo has reconocido por lo que es, legítimo Rey y Salvador de tu vida? ¿O lo has dejado afuera? Sólo puedes recibir esa restauración que Jesús murió por comprarte si te arrepientes de corazón y por fe lo reconoces por lo que es, Señor y Salvador. De otro modo, su muerte por ti será en vano.

Jesús, al morir, demostró su gran amor. Pero no fue una simple muestra; logró algo muy importante, que es el perdón de nuestros pecados. Jesús no fue una simple víctima del amor; El también logró librarnos del pecado, la muerte y Satanás. Con su muerte en la cruz, Jesús ganó una tremenda victoria.

El autor de la carta a los Hebreos lo expresa así: "Por tanto, ya que ellos son de carne y hueso, él también compartió esa naturaleza humana para anular, mediante la muerte, al que tiene el dominio de la muerte - es decir, al diablo -, y librar a todos los que por temor a la muerte estaban sometidos a esclavitud durante toda la vida." (Hebreos 2:14-15)

Algunas semanas atrás hizo titulares el caso de una mujer que decidió deshacerse de su esposo. Buscó a un sicario que le pudiera hacer el favor de asesinarlo, y se pusieron de acuerdo en el precio que le cobraría por matar a su esposo. Pasaron algunos días, y el asesino le presentó una foto del cuerpo inerte de su esposo, obviamente muerto y cubierto en sangre. Muy contenta, la mujer sacó el dinero para pagar la cuota acordada por la comisión del crimen.

En eso, varios agentes policiales entraron precipitadamente al cuarto para arrestarla. Resulta ser que el asesino a sueldo que ella había contratado era, en realidad, un agente encubierto de la policía. Este hombre le había avisado al esposo de lo que tramaba su esposa, y había sacado fotos del esposo, aparentemente muerto, cubierto en sangre artificial.

En lugar de quedarse como viuda libre de compromisos, la mujer se encontró comprometida con una larga sentencia de cárcel. Se convirtió en víctima de su propio complot. ¿Sabes qué? Lo mismo le sucedió a Satanás cuando Jesús fue crucificado. El diablo pensó que había ganado. Aprovechándose de los celos de los líderes religiosos y la debilidad de las autoridades seculares, había mandado a Jesús a la cruz. ¡Había logrado matar al Hijo de Dios! Su control sobre el mundo estaba más seguro que nunca.

Pero no sabía que, con esa misma acción, se había comprado la libertad de muchos que estaban bajo el control del diablo. Al ofrecerse a su Padre en sacrificio perfecto, Jesús nos libró del pecado que nos condena a la muerte y nos rescató del poder de Satanás. En lugar de que la muerte lo derrotara, Jesús derrotó la muerte. Como muestra, El resucitó tres días después.

Amigo, ¿a quién vas a seguir? ¿Al diablo, en su soberbia, rebelión y pecado? El ha sido totalmente derrotado. ¿O seguirás a Jesús, el que te amó, se sacrificó por ti y compró tu libertad? Sólo El merece tu completa devoción. Sólo El merece que le entregues toda tu vida, así como El se entregó a la muerte por ti.


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