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Domingo 19 de Marzo de 2017

El camino a la transformación
Pastor Tony Hancock

Años atrás, una maestra de primer año tenía en su clase a un niño muy malcriado. Tantas veces se portaba mal ese niño que la maestra se acostumbró a darle nalgadas. Por fin, llegó el día en que el niño pasó del primer año al segundo. Su nueva maestra era una joven muy tímida, así que la maestra de primer año le dijo: "Si ese niño te da problemas, mándamelo. Yo sé qué hacer con él."

Pasó como una semana sin problemas, hasta que la maestra de primer año oyó que alguien tocaba la puerta de su salón. Al abrir la puerta, observó al niño tan problemático. Sin decir nada, agarró su regla y le dio algunas nalgadas al niño. Al terminar, le preguntó: "Ahora niño, ¿qué me dices?"

El niño le respondió: "Disculpe señora, mi maestra quiere que le preste las tijeras." ¡Pobre niño! Se había portado bien, pero sufrió un castigo inmerecido. ¿Por qué lo castigó su maestra de primer año? Por fuerza de costumbre. Ese niño había cambiado; por lo menos, su nueva maestra no había sentido la necesidad de mandarlo a castigar. Pero por costumbre, su maestra anterior lo siguió tratando de la misma manera.

Hermanos, a nosotros muchas veces nos sucede lo mismo. En Cristo, viene una transformación a nuestras vidas. Cuando aceptamos a Cristo como Señor y Salvador, algo cambia. Ya no somos la misma persona. La Biblia dice que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; lo viejo ha pasado, y todo es hecho nuevo.

Cuando nos arrepentimos del pecado y reconocemos a Jesucristo como Rey y Salvador de nuestra vida, el Espíritu Santo hace una obra en nuestro interior. Se llama regeneración. El nos transforma espiritualmente. Nos da vida nueva. No sólo le da una manita de gato a la casa de nuestro corazón; la reconstruye por completo. No simplemente nos da una medicina para nuestro malestar; nos revive de la muerte espiritual en la que estábamos.

Pero a pesar de esto, muchas veces hay cosas en nuestra vida que no han cambiado por completo. Por fuerza de costumbre, arrastramos viejas maneras de pensar, de actuar y de hablar que desmienten el cambio que Dios ha hecho en nosotros. Dios nos está llamando a mostrar en nuestra vida la transformación espiritual que experimentamos en Cristo.

El te llama a dejar el pasado atrás y a vestirte de Cristo. Vamos a ver esto en Efesios 4. Empecemos con los versos 17-19:

4:17 Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos.
4:18 A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios.
4:19 Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes.

La primera cosa que tenemos que hacer es dejar el pasado atrás. El apóstol Pablo escribe: "Ya no vivan más con pensamiento frívolos como los paganos."

La vida sin Cristo es una vida sin destino. La persona que no conoce a Dios gasta su energía en frivolidades, en distracciones sin sentido. Se parece a una gallina que ha perdido la cabeza. Puede hacer muchos movimientos y atraer bastante atención, pero a fin de cuentas, no va a llegar a nada.

No quiero decir que la gente sin Dios no puede hacer cosas buenas, o que no logra nada. Eso obviamente no es cierto. Pero a comparación con la eternidad, tomando en cuenta lo que realmente importa, su vida es una estrella fugaz. Carece de lo más importante, el sentido que Dios le da a la vida.

La vida sin Cristo también es una vida sin entendimiento. Pablo dice que la gente sin Dios "tiene oscurecido el entendimiento". Pueden ser muy inteligentes y muy listos, pero ignoran lo más importante. Frente a sus ojos, en las maravillas de su creación, está la evidencia de que Dios existe. Ven la creación, pero no ven la firma que Dios ha dejado sobre toda ella. Lo ven todo menos lo más importante.

La vida sin Cristo es, finalmente, una vida sin sensibilidad. Dice Pablo: "Han perdido toda vergüenza". Cuando vivimos lejos de Cristo, llegamos a tener callos en el corazón. Nos acostumbramos al pecado. Perdemos la inocencia, porque tratamos de llenar el vacío que hay en nuestro corazón con cosas indecentes. Por sentir algo nos entregamos al pecado o al vicio, pero nada nos satisface; con el tiempo, perdemos la capacidad de sentir emociones nobles.

Así es la vida sin Cristo: una vida que no lleva a nada, que no sabe nada y que no siente nada. Dios nos llama a dejar esa vida atrás y a vestirnos de Cristo. Si Cristo está en nuestro corazón, El también debe ser la ropa que llevamos. No guardes a Cristo en tu corazón, ¡muéstralo en tus acciones!

Leamos ahora los versos 20 al 24:

4:20 No fue esta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo,
4:21 si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él.
4:22 Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos;
4:23 ser renovados en la actitud de su mente;
4:24 y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad.

Si nosotros hemos recibido una enseñanza verdadera acerca de Jesús, hemos aprendido que tiene que haber un cambio en nuestro estilo de vida. Es posible que alguien hable de Cristo, pero no de acuerdo a la verdad que está en El. En otras palabras, alguien nos podría hablar de un Cristo diferente, que no exige ningún cambio en nuestra vida.

Pero si hemos llegado a conocer al Cristo verdadero, también hemos aprendido que El nos llama a una vida diferente. Cuando recibimos su perdón y su amor, pasamos a una vida nueva. Tenemos nuevos privilegios, pero también tenemos nuevas responsabilidades. Se espera que vivamos de una manera diferente. Ahora somos hijos de Dios.

¿Cómo sucede este cambio? En primer lugar, dice la Palabra, tenemos que dejar la vida pasada. Tenemos que quitarnos el ropaje de la vieja naturaleza. Imaginemos que un niño se cae al lodo. Se embarra por completo, y sale completamente apestoso. Le da mucha pena lo que le ha sucedido. Se va corriendo a la casa y se pone una ropa limpia encima de la ropa lodosa y apestosa que lleva.

¿Ustedes creen que su madre no se dará cuenta de lo que le ha sucedido? ¡Claro que sí! Uno tiene que deshacerse de la vieja ropa sucia para ponerse la ropa limpia de nuestra nueva vida. Ahora bien, en el caso del niño, es algo que él hará en un momento. Pero para nosotros, es un proceso diario. Tenemos que irnos deshaciendo de los rasgos de la vida vieja que todavía llevamos.

Cada vez que reconoces algo en tu vida que pertenece al pasado, acuérdate de que tú ya no eres esa vieja persona. Recuerda que Cristo te ha dado una nueva identidad, y despójate de lo viejo. ¡Échalo a un lado! Y entonces, puedes hacer lo siguiente: ser renovado en la actitud de tu mente.

Tenemos que aprender a pensar de una manera diferente. Si nuestra mente no es renovada, la transformación sólo será superficial. Seremos como la calle que corre frente a mi casa. Está llena de baches, y esporádicamente, los trabajadores pasan y llenan esos baches con asfalto. Por un tiempo, la calle queda mejor; pero al rato, el asfalto se deslava y los baches reaparecen.

¿Por qué? Porque lo que realmente necesita la calle es una repavimentación completa. Necesita ser renovada desde abajo. Seguramente al gobierno le faltan recursos para ese proyecto, así que se conforma con echarle asfalto a los baches. Pero a ti y a mí no nos faltan recursos para ser renovados en nuestra manera de pensar.

Tenemos la Palabra de Dios. Tenemos la presencia del Espíritu Santo. Tenemos el apoyo de nuestros hermanos. Pero si no cambiamos por completo nuestra manera de ver la vida, sólo estaremos tratando de rellenar los baches en nuestro comportamiento. Eso no durará. Es necesario que cambiemos nuestra perspectiva y lleguemos a ver el mundo como Dios lo ve.

Entonces estaremos preparados para el tercer paso: ponernos el ropaje de la nueva naturaleza. Cuando nuestra manera de pensar acerca de la vida ha cambiado, entonces podemos comportarnos de acuerdo a nuestra nueva identidad. Podemos caminar en justicia y santidad.

Déjame darte un ejemplo muy concreto de cómo funciona esto. Digamos que eres muy impaciente con tu familia. Con tus amigos y con tu patrón siempre te expresas bien, pero con tu familia pierdes la paciencia. Ahora bien, la primera cosa que tienes que reconocer es que eso está mal. Tienes que reconocer que eso pertenece a tu vida pasada y es algo que debes dejar.

En otras palabras, debes tomar la decisión consciente de despojarte de eso. Tienes que dejar de hacer pretextos, dejar de decir: "¡Es que me sacan de quicio!", y conscientemente abandonar esa actitud. En segundo lugar, debes cambiar tu manera de pensar. Una de las causas de la impaciencia es la idea de que merecemos cierta consideración, que el mundo nos debe una vida tranquila y a nuestro gusto.

Pero Dios nos enseña algo muy diferente. El nos enseña que el amor es mejor que el egoísmo. Nos da el ejemplo de Cristo, quien se sacrificó en la cruz porque sabía que le esperaba el gozo de salvar a muchos. Nos llama a cambiar nuestra manera de pensar y buscar la felicidad de los demás, no sólo el nuestro.

Cuando comenzamos a cambiar nuestra manera de pensar, con la ayuda del Espíritu Santo y la dirección de la Palabra de Dios, entonces estamos preparados para actuar de otra manera. Entonces podremos empezar a mostrar paciencia y amabilidad con nuestra familia, y descubrir que nos sale del corazón - porque nuestro corazón está siendo transformado.

Puede ser que tú estés aquí en esta mañana y no conozcas esa vida nueva en Cristo del que hemos hablado. Antes que cualquier otra cosa, es necesario que recibas su perdón por fe y le entregues tu vida. Sólo así puede comenzar el cambio. Al final del culto podemos hablar más de esas cosas.

Para ti que ya conoces a Cristo, es hora de seguir por el camino a la transformación. ¿En cuál área de tu vida te está llamando Dios a cambiar? ¿Qué cosa de la vida pasada debes dejar atrás? ¿De qué maneras debes cambiar tu manera de pensar? Te invito ahora a que permitas que el Espíritu Santo te lo señale.


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