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Domingo 27 de Julio de 2014

Un cuerpo, muchos miembros
Pastor Tony Hancock

Todos tenemos en el corazón un deseo profundo de encontrar un lugar donde podemos pertenecer, donde podemos aportar algo para lograr un objetivo. ¿Cuál es la atracción, por ejemplo, de formar parte de un equipo de fútbol? No es simplemente el ejercicio, o el aire puro que se respira en la cancha. Es el hecho de pertenecer.

En un equipo de fútbol, el jugador pertenece a un grupo. Es parte de algo. Es más, cada uno tiene su propia posición; juega defensa, está en la delantera, es el portero. Cada jugador en un equipo pertenece a algo, y aporta algo único - la posición que juega. Finalmente, el equipo tiene un objetivo: ganar los partidos.

Esta combinación de tres cosas es muy poderosa: un lugar donde podemos pertenecer, donde aportamos algo particular para lograr un objetivo. En el plan de Dios, así debe ser la Iglesia también. Debe ser un lugar donde puedes pertenecer, una familia que te acepta y te ama. Pero también es un lugar donde puedes aportar algo; Dios te ha traído aquí para participar, no sólo para ser un espectador. La Iglesia tiene un objetivo: compartir el evangelio de salvación con todo el mundo, y demostrar el amor de Dios.

Yo anhelo que esta Iglesia pueda cumplir con ese propósito divino. En esta mañana, te invito a meditar en tu lugar en el plan de Dios mientras leemos 1 Corintios 12:12-26:

12:12 Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.
12:13 Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.
12:14 Además, el cuerpo no es un solo miembro, sino muchos.
12:15 Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?
12:16 Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo?
12:17 Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato?
12:18 Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como él quiso.
12:19 Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
12:20 Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo.
12:21 Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de vosotros.
12:22 Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más débiles, son los más necesarios;
12:23 y a aquellos del cuerpo que nos parecen menos dignos, a éstos vestimos más dignamente; y los que en nosotros son menos decorosos, se tratan con más decoro.
12:24 Porque los que en nosotros son más decorosos, no tienen necesidad; pero Dios ordenó el cuerpo, dando más abundante honor al que le faltaba,
12:25 para que no haya desavenencia en el cuerpo, sino que los miembros todos se preocupen los unos por los otros.
12:26 De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan.

Si pudiéramos resumir la enseñanza de este pasaje, sería así: Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo.

Dios nos pone aquí la comparación del cuerpo humano. Cada uno de nosotros tiene un cuerpo, y ese cuerpo consiste en muchos miembros. Un cuerpo, muchos miembros; así es la Iglesia también. Formamos un solo cuerpo. Como dice el verso 13, "Todos fuimos bautizados por un solo Espíritu para constituir un solo cuerpo". En ese momento en que nos arrepentimos del pecado, volvemos la mirada hacia Dios y reconocemos a Jesucristo como Señor y Salvador de nuestra vida, el Espíritu Santo satura nuestro ser y nos hace parte del cuerpo de Cristo.

El verso 27 lo repite: "Ustedes son el cuerpo de Cristo". En la Iglesia, Cristo es lo que nos une. No somos uno porque todos somos hispanos, o porque nos gusta la misma comida, o porque la pasamos bien juntos. Todo eso puede ser cierto, pero lo que nos une en la Iglesia es el hecho de que todos pertenecemos a Cristo.

Cuando olvidamos esto, damos lugar a la división. Comenzamos a ver las diferencias que tenemos, y nos alejamos de otros miembros el cuerpo. Pero en Cristo, somos uno. Somos uno en el amor de Cristo. El hecho de saber que Cristo me ama y me ha hecho hijo de Dios es lo que me da valor. Al mirar a otro miembro de la Iglesia, me doy cuenta de que Cristo también lo ama. El amor de Cristo nos une.

¿Cómo puedo yo rechazar a alguien que Cristo ama? ¿Acaso soy mejor juez que Jesucristo mismo? ¡Si El va a juzgar el mundo entero! Pero si juzgo por las apariencias, por la ropa, por el acento, por las costumbres, usurpo su lugar. Si guardo rencor por algún error del pasado, en lugar de perdonar, me convierto en juez. Cada vez que veamos a un hermano en la Iglesia, recordemos que Cristo lo ama, así como El nos ama a nosotros también.

También somos uno en la fe de Cristo. Compartimos una fe, una verdad que nos une. Aunque tengamos diferentes perspectivas y diferentes experiencias, la fe en Cristo nos une. Vivimos esa unión aprendiendo juntos de la Palabra de Dios, creciendo unidos en esa fe.

Somos uno en la esperanza de Cristo. Todos los que confían de veras en Cristo como Señor y Salvador comparten un destino. Tenemos la esperanza de vivir para siempre con El en un mundo perfecto, donde toda la vida será una gozosa adoración al Señor y no habrá lágrimas ni dolor. Si vamos a pasar toda la eternidad con nuestros hermanos en Cristo, ¿cómo es posible que no nos llevemos bien con ellos ahora? La esperanza que compartimos en Cristo nos une.

En una caricatura, una niña le dice a su hermanito que cambie el canal de la tele. Su hermano le responde: "¿Qué te hace creer que puedes entrar aquí y tomar el control?" La niña le muestra el puño y le dice: "Estos cinco dedos. Individualmente no son nada, pero cuando los uno, crean una arma que causa temor."

"¿Qué canal quieres?" - le contesta su hermano. Dando le vuelta, les dice a sus propios dedos: "¿Por qué no se pueden organizar así ustedes?" En la unión está la fuerza, y en Cristo, somos uno. Pero al decir que somos uno, no significa que seamos lo mismo. Al contrario; en el cuerpo de Cristo, hay mucha variedad; y eso es bueno. Como dice el verso 14, "el cuerpo no consta de un solo miembro, sino de muchos."

Cada miembro es importante. Si todo el cuerpo consistiera de un solo miembro, no podría sobrevivir mucho tiempo. Si el cuerpo fuera una boca grande, ¡le faltarían manos para llevar la comida a la boca! Pero si todo el cuerpo fuera mano, pronto se moriría de hambre. Cada miembro es importante, y cada miembro tiene su función.

Eso significa que tú también tienes una función dentro del cuerpo de Cristo. En el cuerpo humano, no hay miembros sobrantes. Aunque tenemos dos manos, una de ellas no es superflua. Es mucho más fácil trabajar con dos manos que con una sola. Tenemos dos ojos, porque así podemos ver en tres dimensiones. Trata de caminar con un ojo tapado, y descubrirás que es difícil distinguir las distancias.

Dios te ha llamado a hacer algo, a aportar algo al cuerpo de Cristo. Su Espíritu está en ti para capacitarte. Tú tienes un papel importante que jugar. No sobras, ni estás aquí por accidente. Dios te ha traído con un propósito. Por lo tanto, no debemos codiciar la función de otra parte, ni despreciar las funciones de otros miembros del cuerpo.

Considera lo que significa el hecho de que seamos diferentes, con diferentes capacidades y dones. Primeramente, significa que Dios nos ha puesto en el lugar donde nos quiere. Esto nos lo dice el verso 18. Dios se encarga de que la Iglesia tenga un buen complemento de miembros distintos, para poder realizar la obra que El nos ha dado.

En segundo lugar, significa que nos necesitamos los unos a los otros. Esto lo vemos en los versos 21 y 25. A veces pensamos que sería mucho más fácil vivir la vida cristiana por nuestra propia cuenta, sin la distracción de tener que llevarnos con gente tan diferente de nosotros. Nos atrae la vida cristiana solitaria.

Pero no podemos vivir una vida cristiana como Dios la quiere por nuestra propia cuenta. Nos hacen falta los otros miembros del cuerpo para poder vivir una vida cristiana realizada. A veces, los mismos conflictos que surgen en la Iglesia nos ayudan a madurar. El hecho de tener que aprender a convivir con gente distinta nos ayuda a entender lo que es amar. Nos necesitamos los unos a los otros.

En tercer lugar, significa que nos debemos apoyar los unos a los otros, como lo dice el verso 26. El otro día, me encontraba en un parque con unos zancudos que me picaban las piernas. Mis manos podrían haber dicho: "Los zancudos no nos están picando a nosotros. ¿Qué nos interesa que las piernas estén picadas?"

Pero eso sería ridículo. Usé las manos para matar los zancudos y librar mis piernas del sufrimiento. De igual modo, si somos parte del cuerpo de Cristo, no podemos ignorar el sufrimiento de los demás miembros. No podemos vivir como si no nos interesara. Cuando vemos otro miembro del cuerpo en necesidad y sufriendo, tenemos que buscar la forma de apoyarlos.

En Cristo, somos un cuerpo con muchos miembros. Cristo nos une, pero no desaparecen nuestras diferencias. Más bien, El da a cada uno un don especial, algo particular para aportar. ¿Cuál es tu lugar de servicio en el cuerpo? ¿Qué te ha llamado Dios a ti a hacer? Si no lo sabes, ponte a orar y pídele a Dios que te ayude a encontrar tu lugar de servicio.

Quizás te encuentras aquí en esta mañana, pero no estás seguro de que perteneces al cuerpo de Cristo. Te gustaría pertenecer, pero por el momento, estás afuera. Hoy puedes llegar a formar parte de una nueva familia. Cristo vino a este mundo para que pudieras llegar a ser parte de la familia de Dios. Si te arrepientes del pecado, confías en la muerte de Cristo como el pago suficiente por tus pecados y te entregas a El, nacerás espiritualmente y formarás parte de su cuerpo. El hoy te invita.


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