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Martes 17 de Septiembre del 2002

Independencia
Por Héctor Marín

Dice el texto sagrado en Juan 8:31-36:

“31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; 32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. 33 Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres? 34 Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. 35 Y el esclavo no queda en la casa para siempre, el hijo sí queda para siempre. 36 Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”.

PREAMBULO

“Septiembre, mes de la Patria”. Las mismas frases vacías y huecas todos los años, invitando a la fiesta, al regocijo de algo que, por supuesto, no deja de ser digno de conmemorarse, pues se trata del aniversario de la lucha de independencia de México, encabezada por el católico don Miguel Hidalgo y Costilla.

Esta lucha, cabe destacar, era para liberar a la entonces Nueva España del yugo de la monarquía española que tuvo sometido a nuestro país.

Ha pasado mucho tiempo desde las 5 de la mañana del 16 de Septiembre de 1810, cuando Hidalgo, a la cabeza de un grupo de insurrectos, desembocó en el atrio de la iglesia. Repicaban las campanas llamando a misa de domingo, y una muchedumbre del pueblo mismo y de las rancherías ocupara el atrio.

Hace mucho que el cura de Dolores arengara a los ahí presentes para decirles que el movimiento que acababa de estallar tenía por objeto derribar el mal gobierno, quitando el poder a los españoles que trataban de entregar el reino a los franceses; que con la ayuda de todos los mexicanos la opresión vendría por tierra y que en adelante no pagarían ningún tributo, que todos se alistasen en sus filas llevando armas y caballo y recibirían un peso diario, y la mitad a quien se presentase a pie.

Hace mucho que esos valientes mexicanos gritaran al unísono: ¡Viva la independencia! ¡Viva América! ¡Muera el gobierno! Así se proclamó la independencia.

¿Y?

La era actual, la era posrevolucionaria, trajo consigo regímenes autoritarios, regímenes corruptos, llenos de ambición que con discursos demagógicos han sido prolijos en socavar no sólo a los gobernados, sino que, complacientemente, han expuesto los valores de independencia que se buscaron en un principio, para asumir una actitud de dependencia ante un nuevo régimen económico y globalizador cuya punta del iceberg tiene sede en Washington.

En las calles vemos las serpentinas, los globos y las banderas tricolores, y en el Palacio Nacional, justo a las 11 de la noche el presidente en turno encabezará la ceremonia del grito, en homenaje al inicio de la gesta de 1810.

La publicidad nos invita a consumir bebidas a menores precios, el ambiente se torna festivo, se escucha música y hay diferentes festejos en todos lados. Al día siguiente, el desfile ¿y después? Se acabó la fiesta, ya no hay serpentinas ni globos, ni alegría, ni licor, ni música, ni nada. La vida vuelve al vacío habitual tras el espejismo de sentirse libre por unas horas.

La verdadera libertad

En la lectura bíblica con que iniciamos, nuestro Salvador habla con los judíos que se habían acercado a él, les pide sujeción a su palabra, la cual les traería libertad. Pero no les está hablando de una libertad física o política como lo que hemos venido comentando, sino que él habla acerca de la esclavitud y la libertad espiritual. Warren Wiersbe, en sus Bosquejos Expositivos de la Biblia, comenta que: “El pecador perdido está en esclavitud a sus deseos y pecados (Tit 3:3): "Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros"”.

Agrega que al recibir la verdad en Cristo, ¡los esclavos reciben libertad!

Los oponentes a Jesús, desde luego, apelaron a sus ventajas humanas: "¡Somos hijos de Abraham!" Le dijeron lo mismo a Juan el Bautista. Jesús hizo una distinción entre la simiente carnal de Abraham y sus hijos espirituales. Pablo hace la misma distinción en Romanos 2:28, 29; 4.9-12; 9.6 y Gálatas 4.22-29.

La gente rechaza a Jesús porque confunden lo físico con lo espiritual. Jesús le habló a Nicodemo respecto al nacimiento espiritual, pero él le pregunto acerca del nacimiento físico (Jn 3.1-4):

“1 Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. 2 Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. 3. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. 4 Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?”

Aquí vemos la actitud de Nicodemo, que piensa inmediatamente en un nacimiento físico y no espiritual. Cristo le ofreció la vida eterna (agua viva) a la mujer junto al pozo, pero ella hablaba del agua física (Jn 4.14-15): “14 mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. 15 La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla”. Quizá ahí la mujer se imaginaba bebiendo un tipo de agua milagrosa, pero no era así, pues ella deseaba agua líquida. La salvación es una experiencia espiritual y el nacimiento humano no tiene nada que ver con ella.

Como los judíos de aquellas épocas, el hecho de ser o llamarnos ciudadanos de algún país en particular, no nos da una verdadera garantía de libertad.

¿Qué hacer?

Como cristianos, debemos entregarnos a Jesucristo, seremos sus discípulos y obtendremos la libertad espiritual que superará a cualquiera otra libertad que se nos presentare, pues como hemos visto, lo demás son espejismos y he aquí que Jesús nos promete algo que nadie nos puede quitar. No seamos jactanciosos, oremos y actuemos para no ser más esclavos del pecado.

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