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Sábado 15 de Junio del 2002

¡Sí se puede!
Por Héctor Marín

Si piensas que por la frase con que titulamos esta colaboración, vamos a tocar nuevamente el tema del fútbol, te equivocas; no es así.

Y es que es muy común en los estadios oír a los porristas o hinchas gritar "¡sí se puede!, ¡sí se puede!", cuando su equipo logra conseguir algo que se creía muy difícil.

Pero te decía que no vamos a hablar de fútbol, aunque ¿quién en México no ha visto actuar a su equipo favorito mientras saborea unos espléndidos tacos?

¿Que no sabes qué es un taco? Rápidamente te explico: se trata de una tortilla hecha de harina de maíz a la cual se le puede poner prácticamente de todo: chorizo, suadero, frijoles, queso, y muchos ingredientes más, todo ello sazonado con una rica salsa picante que puede ser de chile verde o rojo.

Hay tacos "al pastor"; "de canasta"; "tacos árabes"; "al carbón", "de guisado" y mil combinaciones más que hacen la delicia de los mexicanos y aún más allá de nuestras fronteras, si no, ¿qué tal un taquito "gringo" en Taco Bell?

Pero bueno, esta reflexión que empezó con el tema futbolero y después gastronómico, ¿de qué trata?

EL BARRENDERO

Uno de los personajes cotidianos en la vida de la ciudad, es el barrendero. Camina con su escoba y su gran bote por las calles recogiendo todo tipo de desperdicios. Su uniforme varía dependiendo de la entidad federativa en que labore, pero recorre kilómetros y kilómetros tan sólo con un par de guantes y un recogedor de metal.

El barrendero de nuestra historia no caminaba tanto y su uniforme era azul con gris. Usaba una gorra azul marino y estaba en un lugar fijo: una estación de tren.

Cardozo era su apellido y estaba pendiente de los ceniceros y los pisos de los andenes. Guardaba las latas de refresco en una bolsa especial ya que posteriormente las vendía y eso le representaba un pequeño ingreso extra.

Para Cardozo cualquier cosa era lo mismo: levantarse, tomarse su café negro y un par de tortillas o un bolillo, y estar a las seis de la mañana en la estación.

Ponerse el uniforme, barrer, trapear y pulir el piso, y a eso de las nueve de la mañana ir a comer un tamal, comprar el periódico, regresar, vaciar los ceniceros, estar pendiente de la llegada del camión recolector y esperar a que dieran las tres de la tarde para salir, darse un duchazo y regresar a casa, el mismo camión, el mismo camino... Todo igual, día tras día, como desde hacía 25 años.

UN CONSEJO

La posición de Cardozo lo ponía como una de las personas más conocidas en la estación. Los maquinistas, las secretarias, los maleteros, los boleros (o lustradores de calzado), los voceadores y muchos más, formaban parte de su entorno. Muchas veces cruzaba palabra con alguno de ellos y con algunos más tenía una relación de mayor confianza y amistad.

"El Güero", era uno de esos que contaban con su respeto y confianza, a veces salían juntos a tomar un café o a platicar en el parque mientras terminaba la hora del almuerzo. Se conocían de apenas un par de años, pero se habían tomado estimación. "El Güero", en una ocasión, le dijo a Cardozo:

-Oye, deberías tener un mejor empleo que éste.

-¿Y cómo? -respondió Cardozo- Tengo 45 años de edad, éste ha sido el mejor empleo que he podido tener, además tengo esposa y tres hijos y mi madre está enferma, no tengo estudios, y además, en este país no se puede salir adelante.

El maquinista le hizo ver que debía tener confianza en sí mismo y en su país, pero sobre todo, le recordó lo que Dios puede hacer por alguien que se le entrega de corazón.

El semblante de Cardozo cambió. Ahora escuchaba atentamente al maquinista, quien le dijo:

-Conozco a una persona en un pueblo que queda a hora y media de aquí, que está vendiendo un puesto de tacos. Si quieres te doy su dirección para que hables con él.

Cardozo asintió y al día siguiente, después de trabajar, se dirigió al lugar donde vendían el puesto.

Habló con la persona que vendía el puesto, quien pedía 3 mil pesos por traspasar el negocio. Cardozo contaba apenas con 250 pesos para invertir, pero no estaba dispuesto a salir derrotado e irse con las manos vacías de ese lugar; algo tenía que poder hacerse. Quedó con el hombre de darle una respuesta en una hora; después volvería.

Cardozo fue mientras a caminar, fue al mercado, se tomó un jugo y después se sentó en una plaza donde el sol caía a plomo, apenas soplaba de cuando en cuando un poco de viento. Reflexionó la situación, oró y regresó con el hombre; ya tenía una respuesta.

¡PASELE, JOVEN!

Cardozo llegó con el rostro iluminado por el sol, pero había algo más que eso: Dios había tocado su corazón y estaba listo para enfrentar al hombre que le estaba dando la oportunidad de dejar de limpiar pisos.

Le propuso al dueño del establecimiento comprar el puesto sin hacer el pago en efectivo, pero conviniendo en pagar al término de un año, no los 3 mil pesos que el hombre pedía, sino 5 mil 500.

El dueño, impresionado por la propuesta, la aceptó.

Cardozo acordó después con el tendero y el carnicero la compra diaria de productos a crédito, estipulando que pagaría sus adeudos al día siguiente por la mañana con el dinero de las ganancias del día anterior.

Obviamente que Cardozo renunció a su puesto de barrendero y se enfundó en una camisa y una gorra blancas y a cuanta persona pasaba por la taquería le gritaba "¡pásele, joven; aquí están sus tacos!".

Lejos estaban los días de limpiar retretes o de estar recogiendo colillas de cigarros tiradas. Aquella tarde, mientras estaba en la plaza aquella vacilando sobre si era una locura lo de la taquería o si valía la pena arriesgarse, recordó sus días infantiles en la Escuela Dominical en que la maestra les dejó aprenderse el versículo 13 del capítulo 4 de la Carta a los Filipenses: "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece".

No había nada que perder y sí mucho que ganar; después de todo, si el dueño del puesto no aceptaba, él tenía un trabajo fijo, así que había que intentarlo.

Y se pudo. El puesto de tacos creció y ahora es una fonda con ocho mesas, donde ya no sólo hay tacos, sino que hay un menú diario de comidas corridas. El lugar se llena a diario, sobre todo a la hora en que salen los oficinistas a comer, y a veces hasta hay gente esperando a que se desocupen las mesas para probar alguno de los guisos especiales, sobre todo los de los viernes, en que hay pozole y una barbacoa que está para chuparse los dedos.

Los sábados también abre y en varias ocasiones ha invitado a su amigo "El Güero" y a su familia a comer paella.

A veces la fatiga de una rutina no deja que veamos más allá de nuestras posibilidades, dejando de lado que tenemos ni más ni menos que a Cristo de nuestro lado. El tiene los caminos abiertos y es nuestro guía y ayudador en cualquier adversidad, cuando sintamos que no podemos, pidamos ayuda a Cristo y aun cuando pensemos que las cosas están difíciles, veremos que con El, ¡sí se puede!

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