Teófilo
Por Héctor Marín
Entre mis muchos recuerdos del Centro Histórico de la Ciudad de México, permanece el de un lugar cosmopolita: estaban ahí las panaderías, pastelerías, rosticerías, tiendas de abarrotes y cantinas propiedad de españoles venidos de diferentes provincias, de los cuales muchos tenían también casas de huéspedes.
Ni qué decir de los grandes almacenes franco-ingleses o algunos negocios de alemanes dedicados a la ferretería.
Los chinos tienen presencia en la zona cercana a la Alameda Central, en particular en la calle de Dolores, donde puede uno encontrar varios restaurantes de comida cantonesa.
El barrio conocido como La Merced, es dominado principalmente por comerciantes pequeños y grandes, de origen libanés, aunque también hay sirios, algunos palestinos y turcos, quienes tienen gran presencia en la venta de artículos de jarciería y telas.
En la calle de Izazaga y la avenida Veinte de Noviembre, se cuentan
numerosas tiendas de ropa, propiedad de judíos, y unas que otras de
hindúes.
Precisamente, con motivo de los recientes acontecimientos violentos en
Medio Oriente entre árabes y judíos, he recordado mucho la figura de
alguien que fuera uno de mis primeros amigos de origen israelita: Teófilo.
Teófilo, curiosamente no era el tipo de judío piadoso que aparece en
las cintas de televisión y cine, más bien era un sujeto muy particular:
gordo, con problemas de obesidad; era un hombre de más de 50 años cuando
lo conocí y su aspecto bonachón hizo que mi hermano se hiciera su amigo.
Su saco era una especie de bodega: lo mismo podía haber en alguna de
sus bolsas un chocolate, que un chicle o quizás hasta un pedazo de
chicharrón (cuero de cerdo frito), lo que habla de lo poco ortodoxo que
era.
Recuerdo cuando su suegro don Moisés –quien era su patrón y a quien
llamaba ami, hombre ortodoxo a quien vi mil veces hacer sus oraciones
arrodillado antes de abrir su negocio y con una pequeña jícara para lavar
sus manos- descubrió a Teófilo comiendo tal “alimento inmundo” al
interior de la tienda, lo que provocó la ira de don Moisés, quien sólo
repetía una y otra vez a Teófilo,: “fuera, lávate las manos, lávate las
manos, fuera, fuera”. Teófilo apenas acertaba a decir: “Tranquilo, ami,
no se enoje, ahorita me lavo”.
Aunque sefardita, Teófilo no vivía en la colonia Roma, como la mayoría
de los judíos de origen español, sino en la lujosa zona de Polanco,
barrio predominantemente askenazí, en un departamento que su suegro les
había dado a él y su esposa.
Teófilo era realmente la representación del judío pobre, a veces no
tenía dinero en la bolsa y vivía a expensas de cobrar su sueldo como
cualquier empleado, y el hecho de ser yerno del patrón, no era garantía
alguna para poder descansar un poco más.
Su buena actitud y disposición, además de su simpatía, me llevaron a
hacerme también su amigo. Pasamos juntos horas enteras hablando sobre mil
temas: futbol; el estado de las ventas en la tienda, donde se vendían
sobre todo suéteres; además de que, siendo entonces yo un adolescente,
recuerdo haber recibido de Teófilo uno que otro consejo poco pudoroso
acerca de las cosas que interesan a los muchachos y un sinfín de cosas.
Pocas veces tocamos el aspecto religioso, dado que él no era dado a
esas pláticas, aunque fue él quien le regaló a mi hermano su primera
kipá, que es el sombrerito que suelen usar los judíos. En una ocasión en
que sí abordamos el tema, mencionamos el nombre de Jesucristo, aunque
ninguno de los dos le conocíamos. Para él se trataba ni más ni menos que
de “un gran profeta, como Moisés”, mientras que para mí era el hijo de
Dios y de la virgen María.
Hablamos más ese día, pero analizando ese episodio de tantos años
atrás en retrospectiva, pienso qué hubiera sido, de haber yo conocido en
ese entonces a Cristo y su obra salvadora en mi vida antes de esa plática.
Habría quizás podido decirle que, como está en las Escrituras en Juan
4:22, “la salvación viene de los judíos”, y Jesús, hombre de origen
judío, fue no sólo profeta, sino sacerdote y rey también, pues es Dios
mismo.
Le habría podido decir que para nosotros los cristianos, Jesús es el
Mesías que el pueblo judío había estado esperando y que Jesucristo es el
Salvador del mundo.
No hubo oportunidad. Don Moisés murió, lo que orilló al cierre de la
tienda, por lo que Teófilo tuvo que enfilarse hacia otro lugar y tiempo
después mi familia haría lo propio, pues también nos mudamos a otro rumbo
de la ciudad.
Actualmente el edificio donde yo vivía y el lugar donde se encontraba
la tienda, han sido demolidos y de los lugares de mi adolescencia pocos
rastros quedan. Me enteré mucho tiempo después, apenas hace unos tres
años de la muerte de Teófilo, un hombre ya mayor y con problemas de
diabetes.
¿Tienes amigos judíos? Platícales de Jesucristo y de cómo a través de El pueden ser salvos. La mayoría son comprensivos en ese aspecto y si te llevas bien con ellos seguramente los moverás a reflexión, cuando les prediques, hazlo respetuosamente; el resto, lo hará el Espíritu Santo.
*En la foto, mi esposa y yo a la puerta de una de las más antiguas sinagogas de la República Mexicana.
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