Big Brother
Por Héctor Marín
El voyeurismo se instala en las casas. Big Brother está aquí.
El programa que ha causado controversia y polémica ahora se transmite
en México y esta pequeña reflexión es para tener en cuenta las cosas que
ahora se presentan como “entretenimiento familiar”.
Se trata de una transmisión en la que, basados en la idea del escritor
George Orwell, un grupo de jóvenes se introduce en una casa donde un gran
número de cámaras de televisión están instaladas en lugares estratégicos
para que el televidente pueda ver hasta los más íntimos movimientos de las
personas que participan en el concurso, ya que el objetivo es que, quien
logre estar más tiempo en la casa en cuestión ganará un premio consistente
en grandes cantidades de dinero.
Echando un vistazo se aprecian varias cosas: el lenguaje de quienes
participan, es muy pobre y al mismo tiempo muy vulgar, tanto que las
expresiones de cantina bien pudieran parecer insulsas e inocentes.
Por otro lado: ¿es que ya no hay ningún mensaje que llevar, algo que
aportar a la sociedad, que estar alimentando el morbo de quienes están del
otro lado de la pantalla pretendiendo ver “algo más”?
Estamos ante el festín del mal gusto y de la ociosidad, de la falta de
talento y de vocación de servicio que también tiene un medio de
comunicación con el único fin de ganar plata a través de la publicidad y
satisfacer las necesidades de audiencia de un canal televisivo. No digamos
que sería obvio agregar que se trata de toda una fiesta donde la ignorancia
y la falta de ética no han sido la excepción.
Se trata pues, de exaltar en los televidentes los valores humanos
puramente carnales, pues es la tónica de nuestra época, mientras lo
espiritual queda relegado cada vez más, ya que se explota la idea de que un
bien económico, una posesión material o la posibilidad de adquirir poder,
son el único ideal deseable y lo demás sale sobrando.
Los participantes son gente joven, sus edades oscilan entre los 20 y 30
años, y suponiendo que alguno de ellos o todos ellos hayan estudiado algo y
lo ejercieran, si alguno de ellos fuera profesor, ¿dejarías que educara a
tu hijo (a)? ¿Dejarías que uno de ellos te sacara una muela?
No es cuestión de satanizar y condenar, sino de hacer un ejercicio de
discernimiento, la descomposición social, si lo permitimos, puede
afectarnos también y si estamos débiles en la fe podemos llegar a pensar
que las promesas terrenales inmediatas por ser palpables a nuestros
sentidos son mejores.
Pregúntate pues: ¿a quién quiero agradar, a Dios o a los hombres?
El Señor esté contigo.
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