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Jueves 7 de Marzo del 2002

Pies Lavados
Por Héctor Marín

Nos encontrábamos viendo la televisión. Se trataba de uno de esos documentales que muestran ciudades y civilizaciones antiguas.

El narrador, un australiano fornido y aventurero, escalaba junto con varios nativos, miles de metros para llegar a antiguas ciudades incas.

La belleza de esos lugares era sin igual y contrastaba con los pies sucios de los indígenas que guiaban al explorador australiano, quizá debido, en primer lugar, que a diferencia de éste, los indígenas no llevaban botas altas cubiertas por polainas de cuero.

El terreno era además irregular ya que había algunas zonas pantanosas, por lo que llenarse de barro y piedrecillas era algo casi seguro, sobre todo si el calzado eran tan sólo unas viejas sandalias.

De esto se pudo percatar el televidente cuando la cámara en un acercamiento, captó los pies maltratados de los aborígenes peruanos, llenos de callosidades y unas uñas bastante crecidas.

Mi interlocutor tomó nota de eso y pensó en el olor que debían expeler las extremidades de aquellos hombres trabajadores que, para complementar una dieta alimenticia sumamente pobre, deben masticar hojas de coca, que les darán energía para poder realizar sus labores sin necesidad de ingerir muchos alimentos.

Por un momento pensé en lo que se me decía y comenté que quizá por traer calzado abierto, la posibilidad de que los pies de estos hombres no olieran mal.

En los tiempos de nuestro Señor Jesucristo, no existían los zapatos como los conocemos en la actualidad, no había botas acojinadas, ni tampoco medias o calcetines, como tampoco había las pomadas y talcos para pies que hay en la actualidad y seguramente pocos podían contar con los servicios de un pedicurista. La mayoría de los caminos transitables en el Israel de esa época aún no estaban asfaltados, es más, eran caminos polvosos, y seguramente en tiempo de lluvias se debieron haber formado auténticos lodazales.

Pues bien, el Rey de reyes y Señor de señores anduvo por lugares como esos.

Era costumbre, entre los judíos, que al recibir a una visita en casa, como gesto de hospitalidad, se le lavaran los pies.

Durante la fiesta de la Pascua, sabiendo que pronto moriría, Jesús decidió tomar un lebrillo, que es una vasija, y se ciñó una toalla, comenzó a lavar los pies de sus discípulos y a enjuagarlos con la toalla.

Las Escrituras, en el evangelio de Juan, capítulo 13, versículos 13 a 17 son una muestra de la humildad de Nuestro Señor, que siendo Dios mismo, se inclinó para lavar los pies de estos hombres, con el fin de que aprendieran precisamente el valor que tiene seguir sus enseñanzas y aprender a no vanagloriarse de la posición que se tiene ante los demás, sino antes estar prestos a servir a los otros.

Seguramente muchos de los pies que lavó no olían bien, quizá estaban sudorosos, tenían las uñas crecidas o hasta probablemente tendrían alguna enfermedad cutánea, pero aún así, Jesucristo realizó este acto.

Tú, lector, si es que has podido leer este pasaje, ¿te has preguntado alguna vez si darías un paso de humildad como éste?


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