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Jueves 7 de Junio del 2007

Cuando el Divorcio Toca a la Puerta
Por Héctor Marín Segura

Hoy en día es muy fácil enterarse de diferentes y continuas rupturas matrimoniales, ya sea entre nuestros amigos, familiares o conocidos, o incluso entre personajes públicos que se casan y se divorcian como si se tratara de romper algún récord.

Y es que el divorcio ha ganado terreno a pasos agigantados en nuestra sociedad. En México, de la década de los 70 a la actualidad, el número de rupturas matrimoniales se ha duplicado de 4.1 a 8.2 por ciento. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), por cada 13 matrimonios se concreta una disolución.

Si el hecho de que esta práctica vaya en aumento es de por sí triste y desalentado, más lo es cuando la familia afectada dice profesar la fe cristiana.

En la gran mayoría de los casos, los motivos de separación no son muy distintos de quienes no profesan la fe cristiana: abandono, problemas personales de uno de los cónyuges, falta de carácter para afrontar el compromiso del matrimonio, decepción al no encontrar lo que se buscaba al casarse, problemas por matrimonios en yugo desigual, etc.

¿Cómo debemos hacer frente a la expectativa de un posible rompimiento matrimonial? Pensemos, ante todo, que el matrimonio es un compromiso no sólo hecho ante esa persona con la que decidimos unir nuestras vidas, sino que es un compromiso ante Dios. Cuando Dios unió a Adán y a Eva, no sólo estableció entre ellos un vínculo carnal, sino también espiritual. Adán y Eva no eran dos entes individuales con metas diferentes, sino dos personas que eran ahora una sola carne (Gn. 2:24).

El propósito de Dios al unir a un hombre y a una mujer es que ambos formen una familia, que procreen hijos y que estén en todo momento el uno junto al otro.

Nuestra actual sociedad, sin embargo, nos hace ver todo lo contrario, a través de diferentes medios nos quiere hacer ver que debemos satisfacer antes que otra cosa nuestros deseos personales aun a costa de nuestros seres queridos, sin pensar que lo que estamos haciendo es tener en menosprecio algo con lo que Dios nos ha bendecido.

Si bien es cierto que hay matrimonios que más bien parecen un tormento sin fin, debemos pensar los efectos que el divorcio traerá a nuestras vidas y para las de nuestros seres queridos, pues no olvidemos que, especialmente, una decisión de tal magnitud, afectará sin duda alguna, si los tenemos, a nuestros hijos.

Esto no quiere decir que aguantemos estoicamente ofensas, insultos, engaños y una serie de situaciones que a la larga, demeritarán cada vez más la relación matrimonial y la vida familiar, pero tampoco quiere decir que lo mejor es tirar la toalla darse por vencidos y comenzar de nuevo.

Se trata es de recapacitar si vale la pena hacer un trámite legal que aumentará las fricciones entre los cónyuges y que dejará heridas en nuestra mente y en nuestra alma. Se trata de hacer un intento por rescatar una unión que alguna vez nos trajo alegría y la esperanza de formar parte de un núcleo bendecido por Dios.

Claro, hay temas delicados como el del adulterio, que lastiman seriamente la relación conyugal. Aun así, el cónyuge ofendido puede, con la guía divina, perdonar al infractor.

Cuando el divorcio es inevitable, quienes se separan tienen que emplear al máximo su madurez para superar lo que supone un golpe fuerte para la vida de una persona sea ésta creyente o no. Si quien se ha divorciado es cristiano, debe buscar, ante todo, sanar su vida sin alejarse de Dios. La oración, la lectura de la Palabra de Dios y la comunión con hermanos en la fe ayudarán al divorciado a afrontar y superar esta situación.

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